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Huellas N.8, Septiembre 2003

PRIMER PLANO

Conmovidos por el Infinito

Comentarios a la carta de la Fraternidad

Julián Carrón
Profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid
Querido don Giussani: Quiero comentarte la última cosa que me ha venido a la mente volviendo a leer la Carta a la Fraternidad para preparar los Ejercicios de los Memores Domini.
« Advertir la presencia es advertir que la nada está vencida». Esta cita de Cornelio Fabro expresa muy bien el significado de la carta que es un testimonio del Ser. Que el Ser existe, que Dios es todo en todo se hace evidente mediante este testimonio, que nos manifiesta el Ser mientras dice: «Estoy aquí, soy yo. Cuando alguien no me reduce y se deja tocar por la realidad de lo que yo soy, se convierte en un hombre de este calibre». ¡Cómo se impone el Ser!
Una abstracción, algo virtual, no hace vibrar a un hombre de esta manera. No lo cambia de este modo. Es necesario el Ser para explicar el hecho de esta carta. Fe: reconocimiento de una Presencia presente.
A través de ti – de tu carne – el Misterio del Ser desafía nuestra nada y la vence. Y nos acompaña: «Estoy aquí. No tengáis miedo. Ya lo veis, soy más potente que la nada».
Por ello, lo que vemos acontecer en ti delante de nuestros ojos, nos permite comprender lo que le pasó a la Virgen. Siempre partimos del presente. De lo contrario, sucumbimos a nuestra imaginación.
Quiero volver a verte pronto para continuar compartiendo la aventura del Ser, que en estos últimos tiempos se me impone con una potencia nunca experimentada antes.
Un fuerte abrazo.

Francesco Cossiga
Ex presidente de la República Italiana
En su carta del 22 de junio de 2003 a la Fraternidad de Comunión y Liberación, Luigi Giussani continúa con su inteligente, nada abstracta, pero pastoral obra de enseñanza teológica, que habla a la vez al corazón y a la mente de la trascendencia y de la “carnalidad” de la Revelación y de la Redención, fuera de cualquier esquema “iluminista” o de piadosa devoción. Habla de la maternidad de Dios, que se ha realizado, en el espacio y el tiempo, en la maternidad de Jesús el Cristo, en María y lo que en ella significa la proclamación de este dogma por parte del Concilio de Nicea: la divinidad de Jesús el Cristo no sólo en el Jesús-Logos, sino también en el Jesús-Hombre, y la unidad de las dos naturalezas, divina y humana, en una sola y única persona humano-divina, que ata por la Eternidad, lo Eterno al tiempo y, por tanto, lo Eterno a la historia, el Infinito a lo Finito y que de este modo, garantiza la resurrección del hombre en su integridad. Sólo la virginidad de María podía ser la única modalidad de encarnación del Logos. Si Jesús hubiera sido hijo de una semilla humana y de una mujer cuya fertilidad estuviera ligada a una “carnalidad” parcial e individual, no habría podido unir en una sola persona la naturaleza divina del “Logos”, espiritual y eterna, espiritualizando y eternizando en Cristo una carne que, al no ser fruto de una única semilla, es la carne, por decirlo así, “universal” de la humanidad, la cual en Cristo resucitará a los hombres en su tierra, conocerá en sí misma nuevos cielos, resucitará a los hombres en su tiempo y en su historia y, juntos, se dilatarán en la Eternidad.
Este es el sentido, el significado de la virginidad de María: un evento que no es una “verdad de filósofos”, sino un hecho histórico que se acepta con la fe.

Luigi Accattoli
Vaticanista del Corriere della Sera
Al leer el mensaje fuerte de don Giussani, llevo mi mente a sus ochenta benditos años y me nacen estas reflexiones: a su edad, él no deja de pensar en la humanidad de Cristo y de buscar la familiaridad con Él; cada vez que lo hace, busca nuevas palabras para comunicar lo que ha contemplado; y siempre ofrece su compañía a los amigos para realizar ese camino. Medita, comunica y ofrece su compañía a quien le escucha. Los lectores de Huellas conocen mejor que yo esta pedagogía. Mis palabras, que llegan desde el exterior, pueden ayudarles a mirarla de nuevo con los ojos de quien acaba de descubrirla. En muchas páginas de don Giussani – en estas ciertamente – se advierte la fascinación y la fatiga de quien piensa en algo que no se ha pensado todavía por completo, que es inagotable. Por ejemplo, que Dios es la medida del deseo. Se deja provocar por los versos de Dante. Pero sabemos que le bastaría cualquier provocación, porque él nunca se detiene en lo ya pensado. Es su modo de permanecer joven.

Constantino Esposito
Profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Bari
Parece que el ser se ha convertido en el huésped más inquietante de la filosofía contemporánea. Puede parecer paradójico, pero hoy, en el horizonte del debate filosófico, sería difícil encontrar a alguien dispuesto a admitir que la realidad – las cosas, los acontecimientos, los hechos, en una palabra, el ser – pueda conocerse realmente. Es igualmente difícil que alguien entienda aún el conocimiento como el encuentro y el impacto que provoca en nosotros la realidad, lo que, simplemente, existe.
¿ Quién no comparte el mensaje de Kant, por el que se conoce sólo lo que puede probarse (lo que él llama experiencia), mientras que el destino del ser sería una pura idea de la razón, un producto del pensamiento sin relación alguna con la experiencia?
Y, si es cierto que después de dos siglos, gracias al genio trágico de Heidegger, el problema del ser ha vuelto a la escena filosófica, tal problema continúa todavía definitivamente impregnado de una imposibilidad radical para comunicarse como una presencia con la que uno se puede encontrar. Es como si nosotros entrásemos en relación con las cosas (con nosotros mismos y con el mundo) en el mismo instante en el que su ser – es decir, su sentido y su verdad – las abandona y nos abandona. Pero así, la relación se interrumpe y la experiencia del ser se reabsorbe en los mecanismos conceptuales de nuestra mente, en la reacción de nuestras emociones, en las interpretaciones llenas de prejuicios de la cultura dominante. A esto parece que se reduce la experiencia del ser en la época nihilista: a una construcción cultural.
Lo que me sorprende de la intervención de don Giussani es que, dentro de este clima, introduce con libertad una experiencia que creeríamos imposible, y en ella, se advierte una bocanada de aire fresco para el mismo pensamiento, no ya entendido como la búsqueda de lo ya sabido, el juego de espejos gestado por los intelectuales del poder, sino como una mirada que descubre continuamente lo que existe, y pregunta siempre por lo que no conoce, e incluso por lo que ya ha empezado a conocer. La novedad es el ser, siempre. Que el pensamiento sea capaz de vivir una novedad, que lo finito sea capaz de infinito, no en el sentido de que lo construya, sino que pueda recibirlo, reconocerlo o acogerlo como un dato misterioso: esta es la partida decisiva que don Giussani me invita a jugar como protagonista, como quien quiere descubrir las cosas, sin saber a priori el resultado. El ser es misterio no en el sentido de un anónimo enigma que se escapa a la experiencia, como si fuera un refugio para nuestras pretensiones y nuestras impotencias teóricas y morales, sino que es misterio precisamente porque nos es dado, es dado a alguien, es donado. Se trata de una verdadera y propia “percepción” del misterio, y por tanto, de un modo preciso de conocer lo que es finito como una “forma” en la que vibra una fuente y un significado más grande. Sin este descubrimiento del ser, los datos reales no serían experimentables, pero sin estos datos, el misterio mismo permanecería en su abstracción. Si dato y misterio están unidos desde su origen, conocer la realidad significa, en el fondo, pedir el ser. Y así, pedir al ser mismo que me alcance, que “sea” para mí. El conocimiento, o es afecto o no existe.

José Andrés Gallego
Catedrático de Historia Contemporánea e investigador del CESIC
Llama la atención la pedagogía de don Giussani, empeñado en tres cosas: una, hablar con un lenguaje nuevo, que no induzca a pensar «ya estamos con aquello»; la otra, hacerlo como propuestas que obliguen a reflexionar por sí mismo al que lee o escucha y, con ello, a ser uno mismo quien descubra libremente el paso que ha de dar; la tercera, no escamotear la dificultad de entender la parte de la verdad cristiana que excede infinitamente las posibilidades de comprensión del ser humano. Simplificar las cosas, a costa de su profundidad y, a veces, de la propia verdad, ha sido una de las tentaciones principales en las que han caído algunos pastores católicos en los siglos de vida de la Iglesia.
La Carta a la Fraternidad forma parte de ese depósito difícil de comprender pero es capital. Se trata de poner de manifiesto el enlace entre metafísica y hecho cristiano. Empezaron a hacerlo los primeros padres de la Iglesia, cuando asumieron la forma de comprender el ser, como suma de perfección y de pureza, de los neoplatónicos, Plotino a la cabeza. En el último medio siglo, no pocos teólogos y pastores católicos han defendido (y defienden) la idea de desvincular cristianismo y filosofía (y metafísica) con el afán de permitir que, así, el cristianismo se “inculture” de nuevo en cualquier cultura. Y el resultado es la regresión a un puro fideísmo, cuando no la propuesta de un cristianismo adogmático y, por tanto, esencialmente relativo. Se olvida que la incardinación originaria del cristianismo en la cultura helenística también forma parte de la pedagogía de la Encarnación, en el sentido de que fue la realidad concreta en la que Dios quiso encarnar el culmen de su revelación y la comprensión del hecho cristiano.
Ahora bien, lo decisivo de esa imbricación entre metafísica y cristianismo es que expresa de forma vívida precisamente lo que constituye el núcleo del Misterio cristiano: la concreción de lo infinito. Si se prefiere, la concreción de la metafísica en física, la de lo eterno en lo temporal más concreto; porque eso es lo que sucedió cuando el Verbo se hizo carne y eso es lo que vuelve a hacer posible – después de la aparición del pecado sobre la Tierra – nuestra propia consistencia como seres absolutamente finitos destinados a ser inacabadamente eternos. Que eso sucediera – comenzara – en la Virgen tiene que ver también con la relación entre metafísica y cristianismo. Aquí, aquella idea de Plotino de que el ser supremo es el ser perfecto y puro por antonomasia. Por eso el Ser es virginidad y, al mismo tiempo, es materno al inundar y empapar la realidad finita en su totalidad. El vientre de María es el lugar concreto, espacial e histórico donde eso sucede: donde lo infinito se hace finito, en el sentido de que tiene un momento temporal y un sitio espacial muy concretos y precisos y, con eso, enlaza con todos nosotros y con toda la realidad creada, que es finita, y puede redimirla. Así es como la virginidad genera maternidad.
Esto no se me impone, sino que se me propone. La mediación entre el Ser y lo finito de mí mismo, para que yo no quede anulado ante Aquél, consiste en la dialéctica entre deseo, mediación, libertad y amor. La finitud –una finitud abierta a lo infinito – supone deseo y, en efecto, el deseo forma parte de mi naturaleza; es lo que me impulsa permanentemente a buscar. Si no hubiera deseo, sólo habría satisfacción o insatisfacción fisiológica, pero sin un yo que tomara conciencia de esa satisfacción o insatisfacción.
Ahora bien, el yo, el deseo y la conciencia son tanto como decir libertad. El Ser no puede responderme manifestándose plenamente; si lo hiciera, me aniquilaría. La misma dialéctica virginal-maternal del Ser, de la que habla don Giussani, es ya una mediación. El Ser recurre a mediadores; se me manifestó una primera vez como un destello de sí mismo. Habitualmente, lo hace encarnado en otro, cuya personalidad nos atrae; de manera extraordinaria, con el destello personal de la Luz. Y, cuando lo encontramos, no se nos impone tampoco, sino que se brinda a nuestra libertad. No es que sea así porque sí, sino porque no puede ser de otro modo desde el momento en que me llama por mi nombre – tú – y suscita un deseo y busca un mediador. La libertad es esencial en el cristianismo. Por eso es dramático que el cristianismo se reduzca a dogmatismo o a moralina, a código de obligaciones intelectuales o volitivas. La libertad es esencial no porque lo digamos, sin más, sino porque es la única posibilidad de responder a la mediación entre el deseo y lo infinito. Si no la hubiera, no existiría tampoco el deseo; el deseo conlleva la libertad.
Pero la libertad me constituye de suerte que, si digo que sí, lo que hallo no es la mera constatación de que estoy en lo cierto, sino la de que soy amado infinitamente.

Marco Politi
Vaticanista de La Repubblica
Os dejo alguna reflexión, que surge fundamentalmente de las sensaciones del alma.
En el mundo contemporáneo, marcado por primera vez por una auténtica y completa universalidad, es justo y digno darse cuenta de que existe una pluralidad de “eventos” religiosos que han cambiado profundamente la historia. La predicación de Mahoma, el camino de Siddhartha Gautama hacia la ascesis, han movido el corazón y el destino de cientos de miles de personas y no sólo en determinadas épocas, sino en el sucederse de la historia, en una dinámica que llega hasta hoy. El cristianismo no vive en el desierto, no actúa en medio de los ídolos. Crece y respira en medio de millones de corazones inspirados por la religión (o por la ética de alguna filosofía).
No es algo sin importancia. No se trata de una invitación a relativizar, homogeneizar o empastarlo todo bajo el signo del sincretismo. Al contrario. Quizás es el signo de la vitalidad de la creación con la que tenemos que hacer cuentas y también, quizás, de la libertad absoluta de lo divino para dejar sus signos como quiere, donde quiere y cuando quiere.
La idea de la libertad de Dios, de su absoluta libertad es un concepto para pensar en profundidad, para reelaborar sin temor, para digerir – casi diría– sin prejuicios. ¿No es a caso verdad que durante siglos la libertad divina ha sido vista muchas veces sometida a las directrices marcadas por los hombres? Estas son reflexiones de un laico, plenamente consciente de que el misterio de la divinidad y su búsqueda son parte imprescindible del camino de los hombres y mujeres a lo largo de la historia. Por tanto, es algo que atañe a todos, algo sobre lo que todos tienen que argumentar en el ágora del mundo. ¿Qué distingue, entonces, al “acontecimiento de Cristo”? ¿Qué es lo que lo hace único respecto a los demás? Creo que se trata de esa admirable carnalidad a la que don Giussani se refiere cuando repite, sorprendido, los versos de Dante Aligheri. Un estupor que nos invade a todos al aferrarnos a la potencia del poeta. Es esta carnalidad tan real, tan tocable, tan plena la que – parafraseando a don Giussani – no sólo hace a lo creado totalmente «digno de ser aceptado por el hombre, ofrecido al hombre», sino que, al mismo tiempo, lo hace totalmente digno de hospedar al Espíritu. Es un concepto potente, un motor potente para actuar en sentido religioso y humano. Pero, porque el mal forma también parte de lo cotidiano – y también actúa – es necesario que cualquier intuición y aliento espiritual tomen cuerpo así mismo en un “hacer” inscrito en la historia, en la crónica del mundo, en lo público y en lo privado.
Sí, la caridad puede y debe considerarse como la única forma de la moralidad. ¿No la indicaba ya san Pablo como el signo supremo? Sé bien, creo que todos lo sabemos, que las palabras amor y caridad han sido malgastadas por un gusto dulzón que no merecen. Diría entonces que los creyentes de todos los credos confían la fuente viva de la esperanza a un imperativo exigente: ser humanos con cada ser humano.

Robert Fawcett
Estudiante protestante de Evansville (Indiana, EEUU)
Cuando leí la carta de don Giussani, me impresionó esta frase: «La figura de la Virgen es el constituirse de la personalidad cristiana». Yo miro la figura de la Virgen en las Escrituras, sobre todo en la Anunciación, y veo que ella eligió libremente decir «sí». Su elección no se vio obstruida por nada gracias a su Virginidad. Ella ejercitó su plena libertad, y como consecuencia, obedeció. María se encontró ante algo mucho más grande que ella. Y este encuentro reverberó dentro de ella. María dijo humildemente: «Hágase en mí según tu palabra». Cuando digo «sí», acepto y sigo, sigo a alguien o algo que me conmueve y que encuentra un reflejo en mí. Un amigo mío, Branden Robards, me ha ayudado mucho en la vida, porque me quiere y, antes de nada, quiere mi libertad. Estoy con él porque me provoca y me desafía. Sigo a este hombre exactamente igual que María siguió a Cristo. La razón por la que le sigo es porque lo quiero. Me sorprende mucho. Él trabaja y además se dedica al voluntariado. Está casado y tiene dos hijos y, aún así, siempre tiene tiempo para mí. Es un protestante evangélico, no es de CL, pero vive el carisma del movimiento. Como protestante, yo me guío por las Escrituras, pero también por la carne a la que Ella obedeció y siguió. Como cristiano quiero hacer lo mejor posible para imitar esta obediencia.

Cardenal Adrianus Johannes Simonis
Arzobispo de Utrecht (Países Bajos)
Envuelto por el pueblo del Meeting de Rímini, no me es fácil detenerme un momento para hacer un comentario a la última carta de don Giussani a la Fraternidad de CL. Es evidente la profundidad del pensamiento de pura contemplación que esta nos impone.
No se trata de un comentario, como me habéis pedido, sino de la impresión inmediata que me han sugerido sus palabras: son un himno al núcleo de la fe, de la fe católica cuyo eje es la Encarnación. En la fe de la Encarnación se sostiene la paradoja, las múltiples paradojas, que sólo el hecho histórico de Cristo supera. En el sentido de que Cristo las abraza. Entiendo por paradoja una aparente contradicción que se da entre dos términos. La primera paradoja es la que se da entre el Ser que es todo y la aparente nada de la realidad. Desde esta perspectiva, la letra evita admirablemente el doble peligro de hoy, el del nihilismo y el del panteísmo. El Ser y la realidad son inseparables, pero no se confunden. La segunda paradoja diría que tiene que ver con la libertad, tan querida para don Giussani. Es sorprendente ver cómo renueva la más hermosa tradición de la Iglesia: que Dios quiera suspender Su libertad de la libertad del hombre. Y precisamente este vínculo establecido por el Misterio es lo que permite a Dios y a la criatura afirmarse por lo que son. Llegaría así a la Virginidad, a María, madre, porque hija, a la raíz de la paradoja de la fe católica. El cristiano más “pequeño” es la presencia de un alter Christus. No se identifica con Cristo, pero Cristo se identifica con él. Mi comentario no trata de ser especulativo, sino que intento reflejar la primera reacción ante un texto que de modo tan admirable, por su capacidad de comprometer, obliga y exalta la razón.
Parece que se confirma la tarea de monseñor Giussani y de sus cada vez más numerosos amigos de regenerar la mentalidad en función del Acontecimiento cristiano.
Se ha abierto un camino providencial para liberar a la fe de su reducción a moral.
Sólo de este modo la Iglesia puede volver a ser vida entre y para los hombres.

Yordanis
Profesor de Instituto (Cuba)
« Y abajo, entre los mortales, eres fuente viva de esperanza». No hay nada más concreto para un pueblo arraigado en la nada, que le han creado raíces en la nada, que la mirada de la Virgen. Este es el modelo humano en su cumplimiento, pues la revolución más grande es aceptar el ser. Vivir la vida como don amoroso de Otro, atento a cada gesto de lo que es “aparente”. Pendiente de un modo más vivo de la realidad, abrazándola en cada instante. Un pueblo necesita de este rostro, de la presencia de la Madre que porta en su seno, que educa, que se hace presente en la carne, en la relación con los rostros concretos de unos amigos. Por ello estamos juntos.

John G. Vlarny
Arzobispo de Portland (Oregón, EEUU)
En la Thuile, en compañía de mis queridos amigos de CL, si bien de un modo inconstante y aún frágil, era más consciente de estar junto a la Virgen, ante la mirada potente y benigna del Señor. Como María ante el anuncio del ángel, también yo me he conmovido por el Infinito y he vuelto a nacer a la fe a través de la misericordia de Dios. Jesús, el Santo Hijo de su seno, me ha alcanzado mediante esta compañía maravillosa con el canto, la plegaria, el compartir. Se me ha hecho evidente que María respetó la libertad de Dios obedeciendo a Su llamada. Nosotros decimos a menudo: «Los caminos del Señor no son nuestros caminos». He rezado para que, de algún modo, mi vida pueda ocuparse de Dios y de los demás a través del abrazo filial de Su camino, que María ha modelado tan maravillosa y libremente, para las personas de todas las edades y lugares.
¡ Ven Espíritu Santo, ven por María!

Giovanni Ungarelli
Administrador de la Editorial Marietti
Querido don Gius: Hace mucho calor, pero leyendo una y otra vez tu carta a la Fraternidad del 22 de junio, todo lo que disturba nuestra vida cotidiana pasa a un segundo plano. La he leído muchas más veces que el Patriarca y me he convencido de que me encuentro frente a un evento extraordinario. Siete puntos de grandísima importancia que no pueden quedarse sólo enunciados. Cada argumento se soporta porque tan extraordinarias reflexiones se amplían contigo para entender mejor su importancia. Me han dejado estupefacto las pocas palabras entre paréntesis a cerca de la Trinidad: (la esencia de la Trinidad son los tres que se aman) escribiendo esto, has añadido en mí un misterio al misterio, porque primero divides a los tres y luego los reúnes en el amor, en su amor infinito que se convierte en caridad. Don Gius, gracias de nuevo por todo lo que me das.
Con estima.

John Mc Carthy
Profesor de Filosofía en la Universidad Católica de Washington DC
Las palabras de los filósofos nos golpean a menudo con su horrible abstracción, al mismo tiempo que la filosofía se vuelve metafísica. La abstracción no es mala en sí misma: las matemáticas, por ejemplo, serían imposibles de otro modo. Cuando un texto filosófico nos parece abstracto, juzgamos que es fallido, porque se salta u omite algo esencial, vital. Sin duda, muchos filósofos, en realidad muchos grandes filósofos, han caído en este error. Sin embargo, la metafísica siempre ha aspirado a ser la ciencia y la investigación más concreta, porque no debe dejar atrás nada, nada que haya que tener en cuenta. La metafísica trata de entender todo lo que existe, la razón por la que existe. Esta ambición sería ridícula, o patética, si el filósofo no fuera consciente de sus propios límites, partiendo de la evidencia de que su propia existencia, su mismo ser, no están tampoco bajo su control, y si no fuera porque su aspiración es, de algún modo, la representación del deseo de conocer que, como don Giussani a menudo recuerda, está en acto constantemente en cada hombre, sea o no filósofo. Confieso que cuando leí por primera vez la carta de don Giussani a la Fraternidad me sentí – y creo que no soy el único – abrumado por mi incomprensión. Un momento después tuve que luchar contra la tentación de juzgarla excesivamente abstracta, más que ponerme en juego seriamente con su obvia densidad e inteligencia. Después de muchos intentos, lo que tengo claro es lo lejos que estoy de haber comprendido sus palabras, y más aún de empezar a vivirlas. Pero no son mis deficiencias lo que predomina cuando leo la carta. Lo que más me sorprende es la humilde audacia de don Giussani, o mejor dicho, su humildad audaz. A él no le preocupa usar el lenguaje pretencioso de la metafísica (“ser”, “naturaleza”). ¡Y nos habla con esta certeza! Más notable aún es su atrevida identificación entre “ser” y “virginidad”. ¿Qué filósofo, y de hecho, qué teólogo ha dicho algo así? Sólo su humildad le permite ser tan tenaz. ¿Quién, sino un niño tan maduro puede hablar con semejante seguridad, familiaridad, de la Virgen Madre y de la creación entera?
Como segundo pensamiento, lo que sigue conmoviéndome de la carta es el extraordinario espíritu de Fraternidad que la anima. Porque en cada renglón aparece su deseo de incluirnos a cada uno de nosotros en su himno a la Madre del Dios Creador, y de incluirnos no sólo como “objetos” de su plegaria, sino también como “sujetos”, es decir, como plenos participantes activos con él, en su trabajo de generación. Este pensamiento me ha abrumado por segunda vez, con una gratitud que no sé expresar de un modo adecuado.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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