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Huellas N.5, Mayo 2003

PRIMER PLANO

ONU. Los crujidos del Palacio de Cristal

Maurizio Crippa

¿Qué queda de la Asamblea General de la ONU al término de la guerra en Iraq, de la que se ha visto excluida sin contemplaciones? Un balance tras casi 60 años de actividad

Maurizio Crippa
Nosotros, pueblos de las Naciones Unidas, decididos a salvar a las generaciones futuras del azote de la guerra, que dos veces en la vida de esta generación ha traído indecibles aflicciones a la humanidad...». Así empieza la Carta de la ONU, suscrita inicialmente por 51 naciones en el verano de 1945. Los países firmantes se comprometían a perseguir «la paz y la seguridad» y a «abstenerse en sus relaciones internacionales de la amenaza o del uso de la fuerza». Hasta aquí las intenciones. Después viene una larga historia de 58 años.

¿Cómo ha sido? Entre utopía ética y disuasión
Hay que partir de la constatación de que la ONU nace de dos padres cuyos caracteres son bastante diferentes: por un lado, el gran impulso moral de rechazo a la guerra tras los peores treinta años de la historia contemporánea, teñido de cierta carga utópica; por otro, nace dirigida o condicionada (según los puntos de vista) por el ya consumado reparto del mundo en Yalta (febrero 1945) y la incipiente Guerra Fría. Con estos condicionantes, el papel de “constructor de paz” de la ONU ha sido objetivamente limitado y parcial, sobre todo frente a los grandes problemas que tuvo que encarar casi de inmediato: Palestina, Corea y Vietnam. Pero es erróneo considerar su experiencia reduciéndola a una púdica hoja de parra, un peaje moralista que la realpolitik ha tenido que pagar a la renuente opinión pública mundial: la ONU ha servido con frecuencia para desbloquear los conflictos cuando las situaciones parecían no tener salida. No es un mal resultado.
Además, es oportuno recordar que las decisiones de la Asamblea General no tienen nunca valor vinculante. El poder real está en manos del Consejo de Seguridad, formado por 15 miembros, diez de los cuales van rotando, pero controlado por los cinco miembros permanentes, que no son otros que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China). Así, el Consejo de Seguridad está limitado por el derecho de veto de los 5 miembros permanentes, la más evidente concesión “realpolítica” a la lógica de la Guerra Fría.

La caída del bloque soviético
La crisis de funcionamiento de esta “cámara de compensación” de los contenciosos internacionales adviene en 1989. La caída del bloque soviético volvió obsoleto un mecanismo que, a la sombra de la Asamblea General, era en realidad la reproducción en términos de derecho formal de la bipolaridad. La primera señal clamorosa fue la Guerra del Golfo: en 1991, una Unión Soviética desmembrada no tuvo fuerza para oponer el veto (fuera justo o no) a la coalición anti-Sadam, antiguo “cliente” de Moscú, como hubiera sucedido antes del 89. Por primera vez (y última) la ONU se encontró guiando una triunfal guerra a lo grande bajo sus banderas. ¿Un paso adelante o un paso atrás? Lo cierto es que supuso un cambio trascendental. Mientras, surge otro factor de crisis: algunas potencias medias regionales han crecido y piafan por tener un mayor peso internacional; son la Alemania unificada y el Japón del boom económico. Es hora de cambiar las reglas.

La larga marcha de la crítica
En los años 90 es una verdad a voces que la ONU tal como es ya no funciona. Las mayores críticas le llueven de los EEUU, hartos de las trabas que consideran injustificadas y de los costes faraónicos de la burocracia. A ello se añade la grave debilidad política y militar manifestada frente a las catástrofes que marcan la década: Somalia, Balcanes y Ruanda. Terribles guerras, genocidios y desmembramientos de estados enteros acaecieron sin que la ONU fuera capaz de prevenirlos ni de intervenir. Estos fracasos son los que dan el golpe de gracia político a la credibilidad del Palacio de Cristal. En los años 90 se intenta incluso pasar por encima de la ONU, manteniéndola con vida sólo formalmente, pero al margen de las decisiones mundiales importantes. Si hay una línea de conducta que marque la presidencia Clinton es precisamente la de dar espacio a otras entidades supranacionales con derechos más inciertos - desde el G8 a la WTO (World Trade Organization) - como “foros” de referencia internacionales.

El naufragio de las reformas
Los intentos de cambiar de rumbo se han estrellado contra dos escollos. El primero: no se ha logrado llegar a un acuerdo entre quienes apoyan una reforma “de aligeramiento” (una ONU menos “asamblearia”, pero más fuerte a la hora de intervenir en las crisis, aboliendo también el derecho de veto) y quienes, en cambio, abogan por medios de actuación más robustos. En esta línea está el proyecto de crear un Tribunal Penal Internacional, dotado de “policía militar” y habilitado para intervenir y castigar a los estados violadores de la paz o de los derechos humanos. El segundo escollo ha sido el intento fallido de forzar una reforma del Consejo de Seguridad que habría premiado sólo a dos estados - Alemania y Japón, candidatos a un asiento permanente -, mandando a la segunda fila a todos los demás. A esta maniobra, bien vista por los EEUU, se ha opuesto sobre todo Italia, con la actuación de su embajador, Paolo Fulci, que logró bloquear la reforma y “salvar” el rango internacional de su país. Pero, visto a toro pasado, uno se pregunta si no habrá sido una victoria pírrica.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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