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Huellas N.6, Junio 2001

30 ANIVERSARIO DE LA CASCINAZZA

Un milagro de unidad

El monasterio benedictino de la Cascinazza celebra sus treinta años de vida. Su presencia en nuestra historia constituye el ejemplo de un modo nuevo de ordenar la vida a partir de la certeza de que sólo Cristo salva. A continuación, un testimonio del prior y los apuntes de un diálogo con don Giussani acerca del juicio comunional

La naturaleza de la experiencia
que dio vida a la Cascinazza
es precisamente el acontecimiento
en el mundo de una unidad de hombres que, por la fe y el amor a Cristo,
se apasionan por el mundo.
Se apasionan por edificar la Iglesia:
en lugar de edificarla como una catedral, al igual que en la Edad Media,
reconstruyen a la Iglesia
edificando a la persona.
don Giussani

Sobre el juicio comunional
20 de marzo de 1982
a pregunta más frecuente apunta al juicio común, al modo de llegar al juicio común.

¿Por qué es necesario hacer un juicio? Porque el juicio guía, marca el camino. Pero hay algo que está antes que el juicio: el amor al camino y la voluntad de recorrerlo. No es algo banal, porque si no amáramos el camino, el juicio se convertiría en algo que a uno no le importa, o en expresión del amor propio, en la búsqueda del amor propio.
¿Cuál es nuestro camino? El Señor dijo: «Yo soy el camino». El camino es la profundización en nuestra relación con el Señor, es decir, la profundización en la memoria que invade y determina toda la vida. Es el sentimiento que expresa san Pablo al final del octavo capítulo de la carta a los Romanos.
Por tanto, antes de valorar la palabra “juicio” y tratar de definir de dónde nace o debe nacer, tenemos que prestar atención al punto del que partimos, es decir, observar si partimos de esta búsqueda de Cristo, de la memoria de Cristo o no. Porque si ésta es débil, la damos por descontado; es habitual y ajena al dinamismo que nos lleva a emitir un juicio.
Podemos usar una palabra que ahora está un poco de moda entre nosotros por ser de la escuela de comunidad de este año (Luigi Giussani, Moralidad, memoria y deseo, Ed. Encuentro, Madrid 1983; ndr.): ‘pertenencia’. El juicio nace de la conciencia de pertenecer que tenemos, está vinculado a la conciencia de pertenencia. ¿A quién pertenezco? ¿A quién pertenecemos? El juicio nace siempre de la respuesta que damos a esta pregunta. Si estás en un camino, perteneces a ese camino, al camino que es Cristo. Y, si estás en camino hacia tu Destino, perteneces al camino que es Cristo.
Después decimos que el juicio debe ser común. Evidentemente, el término ‘juicio común’ significa ‘juicio comunional’, porque si no, significaría un juicio que todos comparten, sobre el que todos están de acuerdo; y esto, además de peligroso desde el punto de vista de su eventualidad (casi nunca sucede), sería también “indecente” desde el punto de vista del camino, porque querría decir que no existiría el signo de algo más, es decir, no habría nunca obediencia. ‘Juicio común’ significa ‘juicio comunional’. ¿Qué indica esta expresión? Indica un juicio que nace de la comunión que vivimos entre nosotros. El juicio comunional expresa la comunión que se vive, una vida de comunión.
¿Qué quiere decir una vida de comunión? Una vida compartida para vivir la memoria de Cristo. Porque en la fraternidad, en la compañía fraternal, la presencia de Cristo es más pedagógica, se comunica de forma pedagógicamente más eficaz y se asimila de una manera más viva y segura. Si se vive la comunión fraternal, entonces se puede hablar de juicio verdaderamente común. Si no se hace el esfuerzo por vivir la vida de comunión, el juicio común será el cauce de una pretensión, donde pretenderemos afirmar nuestro punto de vista.
Esto significa que el lugar donde se forma el juicio común es la expresión del deseo común, del esfuerzo común por identificar el camino que la compañía debe tomar para ayudar a cada uno - y por tanto a mí, en particular - a comprender y a amar a Cristo.
Incluso cuando habláis del establo y de los campos no lo hacéis porque sois “maruse” (como se dice en el dialecto de Milán; “maruse” quiere decir “tratante”), sino porque buscáis a Cristo. Para decidir si una ventana va aquí o allí hay que tener presente esto, no porque tenga que ver directamente con la ventana, sino porque tiene que ver con el motivo por el que te interesa la ventana; y este motivo puede aportar sugerencias y diferentes puntos de vista o determinar una sensibilidad diferente al hablar de la ventana. «Cristo todo en todos» es la fórmula de la vida cristiana y, por tanto, de la vida monástica que es signo casi sacramental de la vida cristiana.
¿Cómo se forma este juicio común? He dicho ya dos cosas que son las más importantes:
1) la primera es que para emitir un juicio hay que vivir el amor a Cristo porque estamos en este camino para eso;
2) en segundo lugar, para hacer un juicio hay que vivir la vida comunional. Sólo así el juicio se convierte en expresión del amor que tenemos por la vida común.
Y como paso siguiente,
3) un juicio es obra de la inteligencia, o de la conciencia.

A) Para que un juicio sea verdaderamente un juicio común y nazca como juicio comunional hace falta que cada uno tenga la posibilidad, la libertad y la sinceridad de expresar su propio parecer. Por eso hay que salvaguardar la libertad y la sinceridad para expresar el propio parecer teniendo en cuenta lo que he dicho antes. Es decir: uno expresa su parecer por amor a la realidad común que vive cotidianamente, que todos los días trata de vivir. Si una madre o un padre se interesan de verdad por sus hijos entonces “se les agudiza también el cerebro” - como se suele decir -, se percatan con mayor agudeza de las necesidades de sus hijos. Si amamos nuestra vida en común (como la primera forma del cuerpo de Cristo en el mundo, la que nos toca más de cerca) - este es el problema -, entonces cada uno (según su temperamento y su formación) tendrá un cierto tipo de exigencia y, por tanto, dará un juicio determinado: ¡ojalá tenga libertad y sinceridad para decirlo! Porque el primer factor de la génesis de un juicio común es que cada individuo pueda expresar su parecer.
Pero - insisto por tercera vez - en que no es “el parecer por el parecer”; es el parecer de alguien que vive la comunión y que habla por pasión hacia la vida comunional.

B) En segundo lugar, cada uno debe estar atento a la intervención del otro para percatarse de lo que el Señor le dice de novedoso, de lo que el Señor le ofrece a través del otro para que sea útil para él mismo dentro de la vida de comunión o para la comunidad en la que vive.
Uno de los síntomas de que el amor propio es fatuo y vano, y lo destruye todo, es que cuando alguien se ha formado una opinión sobre algo no se deja rozar siquiera por lo que escucha: los demás pueden hablar cuanto quieran, él está allí oyéndoles, pero las razones de los demás no le afectan, no le provocan, no le cuestionan; ¡daría lo mismo que los demás no hubieran hablado!
En cambio, el primer síntoma de que el juicio común es un acto de conversión (aquí introduzco otra idea: si el juicio común no coincide con un gesto de conversión, deja de ser un juicio cristiano) es que, tenga la opinión o la certeza que tenga, uno está dispuesto a captar, a comprender y a valorar lo que hay de bueno en la intervención del otro, dispuesto a completar su opinión, a rectificar su opinión o a cambiar de opinión.
Cristianamente hablando, no puede existir un juicio que no participe del “Juicio” que es Cristo. «El Señor viene a juzgar la tierra», y cuando esto se manifieste en el juicio final, cambiará incluso las puertas y las ventanas, cambiará la manera de cultivar los campos y los huertos, pondrá todo en su sitio.
Todo juicio debe ser emitido con la conciencia de que pertenece al Juicio que se está haciendo sobre el mundo, al Juicio que es Cristo. Por ello, son actos de conversión tanto el amor a la verdad que nos lleva a expresar nuestra opinión, como la atención a las razones de los demás, que nos permite construir y demuestra que buscamos el camino, que tratamos de hacerlo.

C) Pero hay un tercer factor. La conclusión podría establecerse por mayoría; sin embargo, tenemos que tener en cuenta dos cosas.
1- Lo que es verdadero o falso no se establece por mayoría; lo verdadero es lo más verdadero, mientras que la mayoría se debe a una decisión.
¡Qué importante es que cualquier decisión nazca de lo que hemos dicho antes, y no de nuestra testarudez o de la defensa de nuestro punto de vista!
2- El segundo aspecto que caracteriza un juicio, incluso establecido por mayoría (si la regla establece que exista una mayoría), es que debe convertirse en obediencia como la de Cristo al Padre, en sujeción, ¡aunque no fuera de la misma opinión! (¡por lo menos en la agonía... pero tampoco antes!).
Incluso si una decisión se toma por mayoría, es necesario que se convierta en obediencia. En efecto, un juicio común no afecta sólo a las cosas, sino a una valoración, expresa una valoración. Por tanto, puesto que el juicio común implica una valoración - ¡siempre la implica! -, en cualquier caso debe cambiar algo en nosotros, debe aportarnos algo diferente, hacernos comprender algo más.
Todo esto sucede de una manera emblemática cuando la decisión es del Superior. Un juicio, en una realidad de comunión, debe tener siempre un origen y una génesis comunional. Puede ser formal o informal; formal cuando se convoca a todos y cada uno expresa su parecer, o también informal, implícito, porqué el Superior - al tomar una decisión o dar un juicio - teniendo que hacerlo él (en algunas circunstancias en las que no se puede, o no es conveniente reunir a todos) no puede dejar de tener en cuenta las opiniones de todos y tratar de partir de las posiciones que existen en la casa. Pero ahora no quiero centrarme en la forma; quiero insistir en que, cuando el juicio comunional se expresa mediante el parecer del Superior, roza el culmen de la claridad, de la seguridad - y, por tanto, de la paz - en la obediencia.
Sobre este punto tal vez haya que añadir una observación: si se quiere que el juicio sea comunional, también el que respecta al Superior como tal, es necesario tener confianza con el Superior, es decir, ser fraternales con el Superior; hay que decirle las cosas, expresarle el propio parecer, porque así la idea que él se hace es más comunional.
D) El último punto. Puesto que sin juicio, sin un juicio, no hay decisión ni construcción, el demonio tiene interés en debilitar el juicio. El juicio es el que juzga (en el sentido de ‘condena’) al diablo, es el que quita del medio al maligno: lo quita del medio porque construye. Un juicio sobre ti combate a la mentira que está en ti, te pide cambiar. Por eso, para el diablo el juicio es un estorbo; entonces trata constantemente de debilitar y vaciar el juicio. ¿Cómo? En primer lugar, haciendo que uno se desentienda; está claro que sería estúpido que alguien que vive en comunidad se desentendiese del juicio; esto puede suceder cuando alguien comete un pecado, pero no es esto de lo que quiero hablar; quiero aludir a cosas más sutiles: se acepta el juicio común, dado por la mayoría o por el Superior, pero con una reserva evidente, en el sentido de que uno acepta meditando cómo dar la vuelta a la tortilla, cómo subvertir el resultado de la batalla. Así se obedece sólo formalmente. Puede suceder alguna vez, en casos de extrema prudencia, que algo ya decidido, una elección tomada, se revise en función de otra elección que la cambia. Nuestro amor propio o individualismo frente a todas las decisiones - si “no estamos de acuerdo” - aguarda el momento de cambiar la decisión o de ignorarla.
¿Y si, incluso aceptando lo que ha decidido el Superior, alguien en conciencia cree que no puede olvidar su opinión y cree que esa cuestión es tan delicada y tan importante que requiere volver sobre la decisión tomada?
Entonces, lo primero de todo, tratará de identificarse con las razones del Superior o de la mayoría, porque la verdad se comunica de múltiples formas.
En segundo lugar, se adherirá con todo el corazón a lo que se ha decidido ofreciendo a Dios el sacrificio de sí mismo.
Y tercero, no vivirá esperando el momento de la revancha, sino que con discreción y humildad le repetirá al Superior (a su tiempo, en el momento oportuno) su opinión: «Mire, creo que... piense sobre ello de nuevo». Y con mucha mayor discreción podrá volver a decirlo a la comunidad; en cualquier caso, con una humildad que sobre todo hace que no lo repita cada vez que habla. Porque si se ha madurado una decisión es necesario dejar en manos de Dios el tiempo para madurarla y llevarla adelante; expresaré mi opinión, la volveré a expresar - si me parece tan clara - después de un tiempo; porque si no...
De todas formas, en la medida en que permanece en mi conciencia, con humildad pero con tenacidad, se lo diré al Superior. Y a la comunidad se lo diré de forma que no cree escándalo y esto depende de la manera de hacerlo, de la humildad que me mueve a hacerlo (vosotros ya habéis tenido de esto una buena experiencia, buenos ejemplos). Una idea puede ser fantástica pero no construye nada si el único criterio de actuación es conseguir que sea aceptada; ¡no construye! Al final también la decisión por mayoría es una obediencia. Si a alguien le cuesta demasiado aceptar estas cosas, bien es porque esta empezando el camino, o bien es el síntoma de que nos estamos empantanando en la vanidad. Sólo importa una cosa: no es tan importante ir por aquí o ir por allá..., puede ser que sea mejor ir por allí, pero si se ha decidido ir por allá se llega igual; es más, es mejor si se obedece. Los dos primeros puntos de los que hemos hablado son los más importantes para salvaguardar el juicio común.
La moralidad es hacer todo por algo más grande que es Cristo, como afirmamos en Moralidad: memoria y deseo. ¿Y qué es lo contrario? Lo contrario de la moralidad - es decir, la inmoralidad - es actuar de manera reactiva. ¿Y qué es actuar de manera reactiva? En el ámbito de la inteligencia es la opinión, en el ámbito de la práctica, el instinto.
¡Ay de nosotros si adoramos nuestra opinión en lugar de a Cristo!
Sin embargo, el Espíritu de Cristo guía a una comunidad a través de la “cabeza” de los individuos, de su conciencia, a través de la experiencia de los individuos; por lo tanto, poner en común la experiencia, con el Superior y entre vosotros, contribuye a crear un contexto en el que emerge el juicio común. De esta manera, incluso cuando el Superior debe decidir personalmente, casi sin darse cuenta, el juicio emerge de lo que percibe, del ambiente que percibe, de la experiencia común que se vive.
¿Cómo comportarme cuando veo que existe confusión, no sobre un solo punto, sino en todo, es decir, al plantear los problemas, en el desorden de las decisiones, en la falta de claridad del juicio? Me doy cuenta de que si tuviera que intervenir sería peor, y al no ver la solución, tengo la tentación de echarme para atrás...
Por encima de todo, como el Señor te ha puesto en este tren, te quedas en él. Te ha puesto en esta compañía y permaneces: por eso el amor a Cristo y la memoria de Cristo - buscada en esas condiciones - te hacen caminar y madurar más que si todo fuera limpio y claro; porque lo importante es que tú madures frente a Cristo y por lo que respecta al gobierno de la casa y de la comunidad, la comunidad hace lo que puede. Si tuvieras una idea más clara que los demás la expresarías; pero como tampoco la tienes, aunque exista mucha confusión, ya que hay que vivir, se hace lo que se puede y se avanza juntos. Pero cuando uno está en esa situación puede ser útil pedir consejo a una persona cabal, pedir ayuda; también había momentos en los que el pueblo de Israel vivía en una nube completa, no en la que le guiaba, sino en la que le impedía ver incluso la batalla...
Pero no debéis tener resentimientos entre vosotros por lo que no conseguís dar. Sería como culpar a los demás de algo que les hiere, porque no comprender bien es ya una herida... Ánimo ¡sois afortunados!

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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