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Huellas N.10, Noviembre 2000

AUSTRALIA

Un café con Leopardi

John Kinder

En la universidad de Perth, un profesor aprovecha la ocasión de una suplencia y propone a sus estudiantes unas clases sobre el poeta italiano, con la ayuda de un crítico literario y de un sacerdote

Un compañero se da inesperadamente de baja y surge la necesidad de un suplente, alguien que prepare en poco tiempo unas clases sobre Leopardi. Paralelamente están mis lecturas de las reflexiones de don Giussani sobre el poeta y, más en general, su ejemplo y su invitación a tomar en serio la exhortación de san Pablo: «examinadlo todo y quedaos con lo bueno». Es una provocación imprevista a la que hay que responder: «Bien, de acuerdo».
Fue una solución improvisada a un problema administrativo y de personal de mi universidad, pero me ha llevado a experimentar la fuerza liberadora de la mirada que tiene Giussani. He tenido la oportunidad de relacionarme con mis estudiantes de una manera nueva, directa y personal. El trabajo consistiría en leer las poesías juntos y, tras estudiar el contexto socio cultural, discutir «lo que estas poesías dicen a un lector a las puertas del tercer milenio» (este era el encabezamiento del tema a desarrollar por escrito al final del curso).
Leer a Leopardi fue difícil. Sin embargo, a medida que los estudiantes se acercaban a la humanidad del poeta, me di cuenta de que podía ser muy útil plantearles los problemas centrales de la interpretación leopardiana como los explica Giussani. En una clase distribuí un folio con dos breves citas. Aportaba los datos biográficos de cada uno, pero sin dar ninguna otra información sobre los autores, aparte de su nombre.



Dos puntos de vista

La primera cita era de Natalino Sapegno (cf. cap. VI de El Sentido Religioso): «Las preguntas en las que se condensa la confusa e indiscriminada veleidad reflexiva de los adolescentes, su primitiva y sumaria filosofía (¿Qué es la vida? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es el fin del universo? o ¿Por qué el dolor?), las preguntas que un filósofo auténtico y adulto aleja de sí como absurdas y carentes de auténtico valor especulativo y que, además, no comportan ninguna respuesta ni posibilidad de desarrollo, precisamente estas se convirtieron en la obsesión de Leopardi, en el contenido exclusivo de su filosofía».
La segunda cita estaba tomada de un ensayo de Giussani: «El verdadero discurso que anima todas las palabras de Giacomo Leopardi es que el hombre es nada y que toda su grandeza consiste en la relación con el Infinito. El universo entero al igual que la realidad más pequeña son signos que le reclaman al Infinito. Aquí radica la profundidad del ser humano. En el fondo de su corazón espera en cada realidad, en cada aspecto concreto del gran universo, que la presencia oculta se manifieste, que la sabiduría eterna se revista de “forma sensible”, lleve “los afanes de funérea vida” como un compañero».
¿Por qué entregué estas citas? Es importante actuar, pero también lo es reflexionar sobre las motivaciones de nuestras acciones y gestos. Como profesor, mi primera responsabilidad para con mis estudiantes es la de enseñar mi materia. No quiero hacer proselitismo ni predicar mis teorías. Pero la frescura y la audacia (¿se puede decir «atrevimiento ingenuo»?) de la visión que Giussani tiene de la relación entre fe y cultura me proporciona el valor para volver sobre lo que ya conocía y mirarlo de nuevo, presentarlo a los demás para buscar con ellos lo que es más profunda y verdaderamente humano.
Una semana después, durante el seminario, algunos estudiantes sacaron el tema de las dos citas. Estaban fascinados por estas dos opiniones tan diferentes. Uno proponía: «Este tal Sapegno parece un católico frustrado». «Por favor, explíquese», le invité. «Católico en cuanto que reconoce que Leopardi se hace preguntas adecuadas, pero frustrado porque no consigue ir más allá, encontrar las respuestas, es decir, la fe».
Entonces el sorprendido fui yo. «¿Y Giussani?». «Parece mucho más abierto y tolerante, probablemente un intelectual de izquierdas, tal vez marxista».
Cuando revelé la identidad de los dos críticos los estudiantes reaccionaron de muchas maneras. Uno no se creía que este Giussani fuera un sacerdote católico italiano. «He conocido muchísimos curas en Italia y no hablaban así».
¿Qué quiere decir esto? En primer lugar, revela el profundo condicionamiento cultural que han sufrido mis estudiantes, muchos de los cuales han estudiado en colegios católicos. Además, creo que la lectura que propone Giussani, lo que llama “la hipótesis cristiana”, es tan libre y liberadora que nos reta a juzgar de una manera radicalmente nueva, partiendo de nuestra experiencia.



Cartas a distancia

Durante la Asamblea Internacional de los Responsables en La Thuile, tuve la suerte de conocer al padre Antonio, de Chile, que me dio un trabajo sobre el Romanticismo italiano, realizado por la profesora Giuliana Contini de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue estupendo encontrar a miles de kilómetros a otra persona que procura leer la literatura y la búsqueda de sentido de una manera abierta a todas las facetas de la realidad.
Al acabar el ciclo de clases, propuse a los estudiantes continuar los debates.
Me cité con una decena de estudiantes en un bar cercano a la universidad para tomar un «café con Leopardi».
También en esta ocasión percibí cierto recelo, cierto malestar en los estudiantes, cuando les invitaba a contar sus impresiones personales a raíz de la lectura de Leopardi. Pero gracias al ambiente menos formal del bar conseguimos superar las barreras académicas y vi en ellos un genuino interés por la historia humana de Leopardi, su obra y sus preguntas eternas.
El resultado no se puede cuantificar, aparte de una hora pasada felizmente en compañía. Después, en el examen, una estudiante que había venido al bar escribió: «Si Leopardi estuviera vivo le preguntaría “qué te haría feliz hoy” o, tal vez, simplemente le invitaría a mi casa a tomar un café en compañía».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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