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Huellas N.9, Octubre 2000

LA THUILE

Unidad, ley del conocimiento

Julián Carrón

Apuntes de la síntesis* de Julián Carrón en la Asamblea Internacional de los responsables. La Thuile, 26-30 de agosto de 2000



1. Acontecimiento

Miremos juntos lo que hemos vivido estos días. No podemos dejar de reconocer que ha sucedido algo entre nosotros. La única palabra adecuada para describirlo es ‘acontecimiento’. Sabemos que ha sucedido algo porque se ha producido un cambio en nuestras personas: cada uno puede verlo en su vida. Es necesario fijarse en ello, no basta escucharme a mí y repetírselo después a los demás; hace falta mirar; mirar lo que ha sucedido en nosotros, mirar lo que nos ha hecho diferentes.
Ayer, al tener que preparar esta intervención, hablaba con algunos y preguntaba: «¿Qué os ha sucedido estos días?». «Yo vuelvo a casa con una certeza mayor», me decía una persona; y otra: «Me han dado ganas de conocer más a Jesús»; o bien: «He visto que así la vida es más vida». Cada uno utiliza la expresión que más se ajusta a lo que le ha ocurrido, pero todo se puede resumir en un cambio, un cambio de nosotros mismos.
¿Por qué estamos cambiados? ¿Por qué volvemos a casa distintos? ¿Qué ha sucedido? Vamos a casa distintos (todos debemos reconocerlo) por habernos topado, en estos días, con un acontecimiento vivo e irreductible (según el término que se utilizó en el Consejo Internacional), por el impacto con una diversidad irreductible. Cada uno de nosotros ha llegado aquí determinado por su situación personal, por el momento que atraviesa o por el estado de ánimo, pero el impacto con este acontecimiento irreductible nos ha cambiado, ha empezado a cambiarnos. ¿Por qué es irreductible este acontecimiento? Porque es algo que tiene la fuerza de introducir una novedad en nuestra vida, algo distinto de nosotros.
Me decía un amigo: «Hace mucho tiempo que no esperaba tanto una asamblea. Hacía tiempo que no sucedía nada; estaba como estancado». Han sido muchos los comentarios de este tipo. Vemos asombrados cómo todo en nosotros vuelve a despertar, incluso cosas que a veces comenzábamos a considerar estancadas para siempre, tal vez con un apunte de escepticismo.
Ante lo que ha sucedido forzosamente se incrementa el estupor, se acrecienta el estupor del inicio: formamos parte de un hecho tan irreductible que cuando todo lo demás decae, este acontecimiento dura en el tiempo, demostrando así su verdad. Eso nos hace volver a empezar, da pie en nosotros a un nuevo inicio. Renace el inicio. Ésta es la fuerza del acontecimiento del que participamos, del acontecimiento de Cristo entre nosotros.
Es un acontecimiento que suscita en nosotros la esperanza. «Para esperar - dice Péguy - es necesario haber recibido una gran gracia»1. Por ello, seguimos esperando. Muchos de nuestro coetáneos ya no esperan nada. El que nosotros tengamos todavía esta esperanza a veces no parece sorprendernos; sin embargo, en muchos a nuestro alrededor esta esperanza hace tiempo que desapareció.
Aunque hubiéramos visto un cambio sólo en otros, eso indica que hay algo, o mejor, Alguien, que obra entre nosotros, algo que es la esperanza también para nosotros. La esperanza para nosotros - dice Giussani - es una certeza, una certeza para el futuro: por lo que hemos visto suceder entre nosotros, podemos volver a casa más ciertos.
¿Cuál es el fundamento de la esperanza? Es Aquel que obra todo esto: «El sujeto verdadero de todo lo que vemos con nuestros ojos es Su dulce presencia». Por ello, estamos tranquilos, no tenemos miedo: Él está entre nosotros, es Él quien obra. La conmoción por Su presencia entre nosotros, más fuerte que nosotros, nos hace mirar de otro modo todo lo que falta, lo que todavía debe cambiar. Porque nosotros no podemos borrar Su presencia de nuestros ojos, no podemos mirarnos a nosotros mismos sin tener en los ojos Su presencia, Su dulce presencia, a no ser que reneguemos de lo que hemos visto.
La fe es el reconocimiento de esta Presencia que obra entre nosotros, de manera que a uno le entran ganas de gritar: «¡Gracias, Cristo, porque te hemos visto en estos días! Gracias, porque sin ti todo se vuelve nada, todo se vuelve anodino. Sin tu mano que obra entre nosotros, nos quedaríamos parados, volveríamos a casa como antes. Sin Ti, sin tu potencia, sin tu abrazo de misericordia, sin la estima por nuestra persona que hemos experimentado estos días, ¿qué sería de nosotros?, ¿qué sería de mí?». Podemos repetir lo mismo que los samaritanos del pueblo le decían a aquella mujer que les había hecho conocer a Jesús: «Ahora creemos no por lo que dicen los demás [quienes nos han dicho al comienzo de estos días: “Hay un sujeto que obra entre nosotros”], sino por lo que nosotros mismos hemos visto». Y así se consolida la certeza, crece la certeza de Su dulce presencia.



2. Pertenencia

Cuando alguien es espectador de lo que ha sucedido, no puede evitar una adhesión mayor a Su dulce presencia. La pertenencia a esta Presencia es de algún modo el resultado del conocimiento de Su obrar. Porque el conocimiento verdadero es siempre afectivo. Si no es afectivo tampoco es conocimiento: tanto es así que nos sorprendemos vinculados a esta Presencia, y esto es mucho más que una acción o una decisión nuestras. Como describe don Giussani en la bellísima Introducción de El atractivo de Jesucristo: «El asombro inicial fue un juicio que se convirtió inmediatamente en adhesión (como cuando alguien te ve en las colinas del norte de Bérgamo y dice: “¡Qué chica tan guapa!”, y se te pega. ¿Me entiendes?). Se trató de un juicio que era como un pegamento: un juicio que le pegaba a Él». Hacer un juicio es acusar el impacto que produce Su presencia, un impacto que arrastra consigo toda nuestra sensibilidad, todo el afecto. «No era una adhesión sentimental, no era un fenómeno emocional: era un fenómeno de la razón, una manifestación de esa razón que te pega a la persona que tienes delante, en cuanto que es un juicio de estima; mirándola, nace una maravilla de estima que te hace vincularte a ella».
Amigos, no decidimos nosotros a quién pertenecemos. Lo que corresponde a nuestro corazón no lo decidimos nosotros: lo reconocemos, lo sorprendemos en nosotros. Un instante después podemos negarlo, pero seguimos siendo Suyos para siempre. Para siempre. Todos los que le han conocido pueden marcharse, pero quedan tocados para siempre. Es una evidencia que permanece.
La compañía de todos los que están pegados a esta Presencia, de todos los que no pueden no decir: «No sé cómo, no sé cómo, Señor, pero Tú sabes que te quiero», se llama Iglesia. La pertenencia a esta compañía de la Iglesia, sea como sea esta compañía, nace de un acontecimiento, de un encuentro del cual brota el inicio de una novedad en mí, de una percepción de mí mismo diferente; brota el inicio de una creación nueva de mi persona, una creación nueva que no puede ser reducida a lo que yo pienso o siento habitualmente acerca de mí mismo.
Nuestra vida cambia en la pertenencia a esta compañía. El otro día os señalaba dos condiciones: gritar, pedir a esta dulce Presencia que ya conocemos y amamos, que ya ha comenzado a hacerse familiar entre nosotros: «Señor, ven; ven, hazte presente, remueve, inicia de nuevo todo dentro de mí, de manera que todo, todas la circunstancias, todas las ocasiones de la vida, cada instante, se convierta en un peldaño hacia Ti; ven, Señor, de manera que todo se convierta en un peldaño en el itinerario hacia Ti, en la aventura de ser más Tuyo».
Gritar, y plantear la vida según la compañía a la que se pertenece. No sólo gritar, sino pertenecer. ¿Qué significa «plantear la vida según la compañía a la que se pertenece»? Seguir. Miremos cómo hemos vivido aquí. Porque los gestos que hacemos (rezar el Ángelus, hacer Escuela de Comunidad, las propuestas, los avisos, los cantos, las lecturas, la música) son como el paradigma de lo que debe ser la vida normal.
Plantear la vida según la compañía que hemos encontrado. Imaginad que en estos días cada uno de nosotros hubiese hecho lo que le hubiera parecido o apetecido: no habría sucedido nada. Si nosotros, al irnos a casa, hacemos lo que nos gusta o nos parece, después decimos: «Ya no pasa nada...». Sucede perteneciendo, continúa sucediendo si pertenecemos, si planteamos la vida según lo que ha sucedido. No podemos cambiar el método al volver a casa, como si sólo aquí hubiera que seguir y, en cambio, en casa tuvieras que ir detrás de tus imaginaciones. Sólo hay dos caminos: o seguir o imaginar. Si uno no sigue, prevalece lo que se imagina (incluso cosas buenas, desde luego). Pero lo que es evidente es que haciendo lo que nos imaginamos no sucede nada.
Entonces, las dos cosas son lo mismo, porque la primera forma de petición es seguir. Y, planteando la vida según la compañía que hemos encontrado, en la pertenencia, con el paso del tiempo todo en nuestra persona cambia.



3. Misión

Alguien que ha cambiado, por su naturaleza - por el cambio, no por lo que hace además - se convierte en testigo de Su presencia. La misión nace de ser traspasados por el hecho, por este acontecimiento. Este ser traspasados por un hecho nos hace criaturas nuevas, cambia nuestro yo, y «cuando la gente te conoce se da cuenta - escribe don Giussani - de que tú ves de un modo diferente: tu nariz, tu boca (porque tu boca dice palabras de un modo diferente, tienes un tono distinto, una conmoción distinta) y los otros perciben esto y se preguntan: “¿Cómo eres así?”. Esta pregunta tan banal manifiesta toda la misión, el contenido de nuestra misión»2. ¿Cómo eres así? Esto es cierto hasta el punto de que tú no puedes responder a esta pregunta banal sin contar tu historia, a quién perteneces, sin pronunciar Su nombre. Tú debes comenzar a contar una historia que te ha alcanzado: un acontecimiento entró en mi vida, me topé con una Presencia, con unos rostros concretos, rostros inconfundibles, y al relatar esta historia no puedes pararte hasta llegar a “el ángel del Señor que anunció a María”. No puede detenerse antes. Soy así porque he conocido a Jesús, mediante el acontecimiento de una presencia humana.
Por eso la misión consiste en dar testimonio. No se trata de hacer cosas, de añadir algo, no consiste en lo que hacemos “después” de nuestras obligaciones, en el tiempo que nos sobra. ¡No! Escribe don Giussani: «Dar testimonio es afirmar inexorablemente, con el propio modo de vivir [subrayad esto: “con el propio modo de vivir”: trabajo, afecto, tiempo libre, dinero], a Uno (con mayúscula), Uno que está»3. Es un acontecimiento que vive en nosotros, que está actuando en nosotros. Dar testimonio es afirmar Su presencia inexorablemente, de tal manera que si uno se pregunta: «¿Quién sabe si existe?», y don Giussani añade: «El hecho de que yo haya cambiado te obliga a decir: “Existe” [y dice la razón], porque toda la motivación posible de la diversidad que yo soy, lo distinto que hay en mí, es algo que viene de la presencia de Otra cosa»4. No puedes explicar esta diferencia si no te refieres a Otra cosa. Por ello, el testimonio demuestra Su presencia en el cambio que se produce en la vida del testigo.
El testimonio es algo totalmente distinto de una actividad, porque “hacer cosas” lo puede hacer cualquiera, pero para llevar Su presencia es preciso que algo haya cambiado en nosotros, que entre nosotros actúe Su presencia.
La primera misión es entre nosotros. La primera caridad es con los amigos más cercanos. El Señor nos ha reunido para que nos acompañemos, para que seamos compañía los unos para los otros, compañía hacia el Destino. Nadie necesita tanto como nosotros que alguien verdadero le acompañe: no alguien que le repita las citas (¡por favor!), sino alguien que le acompañe en la vida. Necesitamos entrar en la vida de la mano de alguien que nos acompañe. Al igual que el niño cuando tiene miedo no necesita que la madre le diga: “¡No tengas miedo! No hay nada en ese cuarto oscuro”. Esto no quita el miedo. Lo que quita el miedo es que alguien le acompañe, es que la madre lo tome en brazos y entre con él. Alguien que entre con nosotros donde tenemos miedo de entrar, para llegar a mirar lo que nunca nos hemos atrevido a mirar. Gracias a que alguien nos ha tratado así, hemos podido mirar ciertos aspectos de la vida. Alguien que nos acompaña. Necesitamos que entre nosotros haya personas así.
La misión es testimonio también ante todos los demás. Y ponernos delante de todos a partir de lo que hemos encontrado (pensemos en la presentación de los libros de don Giussani, pensemos en los juicios que hace el movimiento, nuestra compañía), ponernos delante de todos sin borrar a Jesús de la mirada, forma parte de la verificación de lo que hemos encontrado, es lo que nos hace estar más seguros de lo que hemos encontrado, que es tan potente que podemos decirlo delante de todos. Quien lo hace, quien hace una presentación, quien dice delante de todos el juicio de la compañía a la que pertenece, crece. En primer lugar, crece él, aunque no haya resultados cuantificables; se incrementa su “yo”.
Don Giussani nos dijo al comienzo de estos días: «Nosotros llevamos la esperanza para todos». Al escuchar algo así, ¿quién no siente la desproporción entre su fragilidad y la tarea? Esta desproporción nos urge a pedir, al igual que los israelitas: «Si Tú no vienes con nosotros, Señor, no nos hagas movernos de aquí»5.



Notas
1 Ch. Pèguy,
2 Luigi Giussani, El atractivo de Jesucristo, Ed. Encuentro, Madrid 2000, p. 11.
3 Luigi Giussani, Situación de temporal, (Tischreden todavía no publicada).
4 Ibidem.
5 cf. Ex. 33.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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