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Huellas N.7, Julio/Agosto 2000

EEUU

Adivina quién viene a Plattsburgh

Giovanni Cesana y Luca Frigerio

Unos días de vacaciones con universitarios americanos de varios estados. Dos invitados italianos describen las excursiones, las canciones, las bromas y la frescura de algo que comienza


En el aeropuerto JFK de Nueva York nos encontramos con Stella, Greg y Leah. Es un caluroso día de mayo, y hemos llegado a la Gran Manzana para empezar una aventura de 7 días con los chicos del CLU de Estados Unidos. Greg y Leah son estudiantes en Nueva York y San Diego respectivamente; Stella, originaria de Pésaro, hoy vive en Nueva York. Charlando, nos damos cuenta de las profundas diferencias sociales que hay entre un estudiante universitario italiano y uno americano. En América la vida para un universitario es muy difícil; el coste de un college de nivel medio supera los dos millones de pesetas al año y sólo en casos contados la familia puede afrontar tales gastos. A los diecisiete años, la familia prácticamente se hace a un lado y para un chico emprender la carrera universitaria significa pedir cuantiosos préstamos a los bancos y hacer grandes sacrificios; por otra parte, sin un título es prácticamente imposible encontrar una salida laboral seria.

Todo por inventar
Tras una hora de tráfico llegamos a Brooklyn, a Senator Street, donde vive la familia de Stella, centro neurálgico del movimiento neoyorquino. Es la típica casa de las películas americanas, con unos diez escalones que dan a la calle en los que se sientan a pasar la tarde, uno detrás de otro, muchachos de entre 19 y 20 años. Apreciamos algo singular: muchos de ellos no se conocen; las vacaciones del CLU constituyen la primera ocasión para reunirse: varias veces se han hablado por teléfono y por e-mail, pero nunca se habían visto. Puede saborearse la experiencia del inicio, como las primeras canciones que nacieron en Varigotti... ¡Nos parece que estamos en una foto en blanco y negro! Aquí no es como en Italia. No hay nada organizado de antemano; allí se sabe que el jueves hay escuela de comunidad, que después llegarán los ejercicios de Navidad y Pascua, el équipe... Aquí está todo por inventar, no se puede dar nada por descontado.
Los chicos de Nueva York se pasan la tarde yendo y viniendo del aeropuerto para traer a Brooklyn a los que van llegando de los sitios más dispares de América.
En las vacaciones seremos unos 35: 14 de Nueva York, 7 de California, 4 de Boston, 2 de Washington DC, 2 de Oklahoma City, 1 de Minessota, 1 de Miami, 1 de Búfalo y otro de Chicago, Pablo, un amigo español que estudia allí arquitectura con una beca Erasmus.
El lugar de las vacaciones es Plattsburg, una zona universitaria al norte de Nueva York, a una hora de vuelo desde Montreal. Dormimos en una especie de internado.
Son alrededor de las seis de la tarde cuando llegamos; una horita para acomodarse, cena en el comedor y, justo después, la presentación de las vacaciones. Greg, responsable del CLU de América, lee unos pasajes tomados de En camino. Brevemente, nos dice qué significa para él la amistad con los otros chicos de Nueva York e invita a seguir con atención las distintas propuestas. Entonces conocemos a Lorna, de los Memores Domini, directiva de una sociedad de telecomunicaciones, que comparte la experiencia con los universitarios y que será nuestra traductora oficial; y también al P. Antonio López, a Damian, hermano de Greg, a Carlo, profesor de una universidad de New Jersey, y poco a poco, a todo el resto de la tropa.

En la tierra de los Mohicanos
Los abundantes desayunos americanos abren nuestras jornadas; después, los laudes y la lectura de un pasaje de En camino. Por la mañana, hacemos juegos o breves paseos, y por la tarde, encuentros o algún momento para retomar En camino. Esta gente tiene garra.
Empleamos un día entero para la tradicional marcha. Tras dos horas de escarpada subida, llegamos a la cumbre. En lugar de los cantos alpinos, se cantan las canciones de la Union Jack, de la guerra de Secesión, cantos populares americanos, alguna canción italiana y, finalmente, algunas sevillanas (con la ayuda de don Antonio y de Pablo). Carlo nos explica la historia de esas zonas montañosas, hablándonos de las batallas entre franceses, ingleses e indios: son los lugares de El Último Mohicano.

Los invitados
Una tarde llegan de Nueva York Jonathan, Valentina y Chris, un excepcional trío de músicos que ofrecen una sobremesa de música clásica. En un clima de profunda atención, abre la velada Leah, que explica y toca al piano la pieza de Chopin “La gota”; después interpretan los tres neoyorquinos que, alternando piezas clásicas y espirituales negros, cuentan cómo la pasión por la música se volvió a despertar en ellos a raíz del encuentro con el movimiento. En particular, nos impresionó el relato de Chris, que lleva tocando desde que tenía seis años; se graduó en la escuela de música más importante de Estados Unidos, pero no podrá llegar a ser el músico que quería porque padece una tendinitis. Nos dice que, tras varios años de oscuridad, ha vuelto a tocar sólo gracias al encuentro con el movimiento; está mucho más contento porque ahora “posee” realmente las piezas que lleva tocando toda la vida.
Viene también monseñor Albacete, un hombre enormemente simpático y de gran inteligencia. Los chicos le han invitado para hablar de política, en vista de que dentro de poco serán las elecciones presidenciales. Albacete, volviendo a recorrer el discurso de don Giussani en Assago, habla de subsidiariedad y solidaridad como los pilares de la sociedad. En Estados Unidos - al contrario que en Europa, donde la batalla se centra en la subsidiariedad - es la solidaridad lo que falta en la escuela, en la sanidad... Y los chicos parecen tener ganas de cambiar las cosas, ellos, que ni siquiera tienen dinero para coger el metro todos los días, pero que han encontrado algo grande.

Salvados de la calle
Después de la misa tenemos a la cena, que para nosotros es la ocasión de conocer a la gente. Todos son de una humanidad grande; viven situaciones duras, la mayoría con difíciles circunstancias familiares. Ray nos dice que en su barrio hay dos bandas; para entrar a formar parte de alguna de ellas, como prueba de coraje, tienes que cortarle la cara al primero que se te pone a tiro. Estando con ellos comprendes qué quiere decir literalmente que Cristo salva al hombre - que también es cierto para nosotros, pero que en ellos se ve hasta físicamente - en el sentido de que les ha salvado de la calle y de todo el resto. El simple hecho de encontrar un grupo de personas que se junta a cantar por la noche no es nada común en un ambiente como el de Nueva York, nos decía Stella. Y a partir de esa conciencia de haber sido salvados, ellos se miran de un modo distinto y miran con gran interés todo lo que nace del lugar donde han sido acogidos.
Ivonne, de Oklahoma City, nos cuenta que en su estado el 97% de los habitantes son protestantes y el 3% católicos. La última noche nos reunimos para una velada de fiesta. Entre los juegos y las canciones, nos damos cuenta de que somos el objeto de casi todos los frizzi (las bromas y los sketch que suelen clausurar nuestros actos). Una vez don Giussani, al final de los ejercicios del CLU en Italia, llamó para saber cómo había ido, y lo primero que preguntó fue: «¿Qué tal los frizzi?». Allí en Plattsburg nos reíamos todos por los suelos. Esto da una idea del clima que se había creado y que se confirmó en la asamblea final, al día siguiente. Todos intervinieron intentando decir qué habían significado estos días para ellos. Prevalecía el entusiasmo por seguir viviendo esta amistad allí o en lugares alejados cientos de kilómetros, cada uno en su universidad y dentro de las propias circunstancias.

Camino de casa
Al día siguiente nos volvemos a Nueva York y, en el coche, Greg vuelve a hacer un montón de preguntas sobre la historia del movimiento. Nos pregunta acerca de la universidad y de la política universitaria; de don Giussani, de nuestros amigos de Italia, y también si es posible mandar a alguno de nosotros a estudiar a Estados Unidos.
Por la noche comemos, por fin, comida italiana en casa de Stella. Apenas nos sentamos a la mesa, empiezan a sonar el teléfono y el portero automático; en veinte minutos la casa está de nuevo llena de gente.
Nos queda el tiempo justo para hablarle a Riro, el padre de Stella, de estos cinco días, antes de vernos otra vez en el coche camino de Manhattan. Nos llevan a escuchar un poco de blues; delante de una buena cerveza, comparamos aquellos 10 escalones de la casa de Senator Street con aquellos 3 ó 4 del liceo Berchet: unos pocos pasos que conducen al lugar físico donde se desarrolla una amistad nueva y desde donde brota la misión, siguiendo la idea de don Antonio de que no hay misericordia sin una tarea, para que todos puedan encontrar lo que a nosotros nos ha cambiado la vida.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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