Fragmentos de un diálogo con Mauro-Giuseppe Lepori sobre el nuevo podcast de don Giussani en el Meeting de Rímini
¿Qué significa que este amor –del que Giussani habla a propósito de Zaqueo– es más fuerte que el propio mal? Usted se encuentra con mucha gente, con muchos jóvenes con historias complicadas, tal vez algún que otro Zaqueo…
Yo me encuentro todos los días con Zaqueo, la Samaritana, Pedro, el buen ladrón y a veces también con el malo: los encuentro en mí mismo. Yo soy el primer Zaqueo, la primera Samaritana, sus maridos, sus mujeres, a los que el Evangelio quiere llegar y que son la razón de ser de estos relatos. Porque ese es mi encuentro con Cristo. Creo que el gran carisma de don Giussani consiste en hacer de todos estos encuentros el mío, nuestro encuentro con Cristo. Su forma de contarlo hace que llegue a ser realmente nuestro. Esto me parece importante para aceptar que lo fundamental es estar abiertos a la salvación. La dignidad de los redimidos es mayor que la dignidad de los santos, aunque los santos no son más que eso: redimidos. El problema es que solemos buscar una santidad sin redención. Ni siquiera la Virgen se dejó aferrar por Dios sin ser antes redimida, desde su concepción. (…)
Un Zaqueo que me ayuda mucho últimamente es un preso con el que me he puesto en contacto gracias a un amigo. Todavía no le conozco personalmente, aunque iré a verlo, pero ha surgido una correspondencia donde nos contamos nuestra vida. Yo tengo tendencia a hacer de buen samaritano, a ejercer de cura, pero él me da mucho más que eso porque me testimonia la libertad de alguien que se deja salvar, alguien que acepta su condición. (…) Alguien que te dice: “acepto estar en las profundidades del infierno porque Cristo viene hasta aquí a buscarme”. La amistad con este preso me está evangelizando, me está convirtiendo, porque yo no soy así, soy incapaz de aceptar todo lo que no me cuadra como una ocasión de bien para mi vida. Es exactamente lo mismo que descubrió Zaqueo: es más importante ser redimidos que ser santos.
Jesús lleva siempre a los discípulos a casa de estos mafiosos y malhechores, los lleva a su casa –cuando llama a Mateo se los lleva a todos a cenar con él, cuando llama a Zaqueo, subido a aquel árbol, se lleva a todos a su casa para celebrarlo– y quién sabe con qué disgusto entrarían instintivamente en esas casas. Pero Jesús los llevaba allí porque allí era donde se encontraban con Él: mirando Su mirada hacia esa gente que encontraba.
¿Dónde le ha llevado y dónde le lleva el reconocimiento de esta Presencia?
Tal vez en esto, envejecer ayuda. Cuando sentí más intensamente la vocación dentro de mi corazón, yo estaba en la Porciúncula de Asís. En aquel momento me senté junto a un pilar de la basílica de Santa María de los Ángeles y escribí una nota, algo así como mi “contrato” con el Señor: «En un instante de amor a Cristo es imposible no decidir totalmente por Él y solo por Él». Esto pasó cuando tenía 18 años, pero al envejecer me he dado cuenta de lo importante que es entender que Él solo te pide un instante de amor.
La tentación que tenemos es la misma que tuvo Pedro cuando Jesús le dijo: «serás la piedra de mi Iglesia». Empezó a imaginarse lo que tenía que hacer y lo que no: “daré mi vida por ti, haré no sé qué cosas…”. Sin embargo, al final, cuando Jesús vuelve a acercarse a él, ¿qué le pide? «¿Me amas?». Y se lo repite para que no empiece a imaginar quién sabe qué gran misión. Hasta tres veces: «¿Me amas?». Le pide un instante de amor, para que esa pregunta permanezca en él como la única exigencia que le pedía aquella llamada.
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