Se ha presentado en el Meeting el último libro de don Giussani. Publicamos algunos fragmentos de las intervenciones
ALBERTO SAVORANA
responsable de la actividad editorial de CL
La lectura de estos textos inéditos me ha permitido recorrer esos tres años dramáticos, de 1968 a 1970, casi llevado de la mano de don Giussani, descubriendo la profunda actualidad y pertinencia de aquellas palabras para el momento actual de nuestra vida, de la vida del movimiento y me atrevo a decir también de la vida de la Iglesia. ¿Qué vemos en este texto? Ante todo, que Giussani describe la fe que considera que aquellos jóvenes del Centro cultural Péguy tienen que redescubrir para poder afrontar un momento histórico tan dramático. Y lo hace mediante una especie de conversión personal, no en el contenido de su fe, inquebrantable y firmemente arraigada, sino en la forma de comunicarla en unos tiempos que estaban cambiando profundamente.
Giussani comprende el signo de los tiempos, se da cuenta de que el discurso sobre la tradición ya no vale para favorecer la adhesión al hecho cristiano. ¿Y por dónde tiene que volver a empezar para lanzar el desafío del cristianismo a los jóvenes del 68? Por aquello que le había conquistado, por el encuentro que le cambió la vida. Un evento que no era una doctrina ni un discurso sino un acontecimiento: el encuentro con una persona, Cristo.
CARD. KEVIN JOSEPH FARRELL
Prefecto del Dicasterio vaticano para los laicos
Desde sus primeras páginas, el libro muestra claramente la intención que, como actitud y como conciencia, anima a don Giussani: las dificultades externas –sociales, ideológicas, conductuales– no son algo de lo que defenderse, sino una ocasión para crecer en la fe, es decir, un momento para afrontar el problema de la madurez de la fe, el lugar del adulto cristiano en la historia.
«La vida cristiana como comunión y la colaboración con el acontecimiento del mundo, del cosmos, son –subraya don Giussani– los dos puntos cardinales de nuestra concepción, literalmente. Son esos dos puntos, y basta». La genialidad de don Giussani está en mantener una profunda unidad y correlación entre estos dos puntos cardinales. En efecto, la vida como comunión tiende a abrazar el mundo, a hacer de él una casa habitable para todos y, análogamente, la colaboración en la mejora del mundo pasa a través de la comunión vivida.
Lo que Giussani propone a los jóvenes que se ven arrastrados por los vientos de la contestación no es una “cristiandad” que defender, sino un “cristianismo” que vivir como acontecimiento. De hecho, el cristianismo, se pregunta Giussani, «¿cómo surgió, cómo empezó? Fue un acontecimiento. El cristianismo es un acontecimiento». La palabra acontecimiento aparece a menudo en el texto y califica, en sentido estricto, el itinerario de la vida y de la vocación cristiana. (…) Este acontecimiento –no una “cosa” o consecuencia de factores antecedentes, sino una novedad que acontece– es la presencia de Cristo en la historia (…) y el «acontecimiento que se prolonga» en la historia es la Iglesia.
En el 68, y durante todos los años siguientes a partir de esa fecha, no intentó poner remedio a las convulsiones de la época ni a una situación de cambios radicales, apuntalando todo lo que todavía se pudiera salvar para sobrevivir, sino que planteó un punto de partida distinto, sobre el que construir, pensar y vivir. Según él, el cambio de uno mismo –la revolución del yo– estaba en el origen de cualquier revolución auténtica y de cualquier cambio serio.
Pero ese cambio de uno mismo se expresa y tiene como método para su realización la comunión, una comunión –dice Giussani– que implica la vida entera –desde la vida cotidiana a la civil, desde la propia capacidad económica hasta el juicio sobre los acontecimientos sociales, económicos y políticos y las decisiones morales– haciendo revivir a la Iglesia, haciendo más consciente la realidad cristiana, creando numerosas comunidades, vinculadas unas a otras, que hagan más humana la vida del hombre y contribuyan a crear un nuevo marco en la vida social.
Esta idea de movimiento (…) no se refiere específicamente a un movimiento en particular, sino a la dinámica propia de la Iglesia, en su totalidad y en su misión que, como decía san Juan Pablo II, «es movimiento», dinámica y testimonio de la fe cristiana en la vida de los hombres.
SERGIO BELARDINELLI
profesor de Sociología de los procesos culturales
Estar aquí me da la ocasión de expresar la profunda gratitud que siempre he sentido por don Giussani y por su movimiento. Desde aquellos años, cuando conocía muy poco del movimiento, siento una simpatía natural por la forma absolutamente inaudita con que Giussani afrontaba esos temas. Lo extraordinario de él –ya lo era entonces y lo
entiendo hoy– era la capacidad que tenía este hombre para transformar casi una catástrofe en una gran oportunidad, que animó a Giussani a apostarlo todo por lo esencial. No tenemos más que a Cristo. No tenemos más que la presencia viva de Dios. No tenemos más que aferrarnos a Él. Estas frases recorren el libro. Lo apuesta todo por la persona de Cristo.
Antes de realizar cualquier operación, construir una estructura o establecer un proyecto, la tarea que tengo es ser yo, y esto permite reconocer instrumentos de juicio y de acción totalmente distintos: ese es el corazón del discurso de este libro. Recuerdo muchos eslóganes de esa época, algunos de ellos preciosos, como «la imaginación al poder». Pero cuanto más bonitos eran, más pobre era el pensamiento que expresaban. Giussani, en cambio, trata de ofrecernos una mirada nueva, algo inaudito, un criterio para juzgar la realidad que depende totalmente de Otro. «Mi medida», se dice en este libro, «no es mía». Estas palabras resultan sobrecogedoras en 1970 pero hoy lo son aún más. (…) Cuántos disparates nos habríamos ahorrado si hubiéramos estado verdaderamente anclados a esta comunión. ¿Cómo se va a asustar el otro si está dentro de mí? ¿Cómo voy a construir una teoría de la identidad sin tener en cuenta a ese otro que llevo dentro de mí? El tema de la esperanza me ha llamado mucho la atención. En un tiempo complicado, en vez de llorar, se mira al futuro. Tener futuro quiere decir tener la certeza de que nuestra vida no cae en el vacío, que a pesar de todo el mundo tiene sentido: en cierto modo es Gracia. La esperanza no nos vuelve simplones ni nos ahorra los riesgos e imprevistos de la vida: sobre todo, nos pone a salvo del miedo. Nosotros sabemos que hay un destino bueno.
DAVIDE PROSPERI
presidente de la Fraternidad de CL
Giussani se detiene a indicar las dimensiones de la comunión con una radicalidad que te deja estupefacto y que no tiene nada que envidiar a la primera comunidad cristiana, tal como se refleja en las páginas de los Hechos de los Apóstoles. Habla en efecto de «autoridad moral de la comunión», que invita a vivir una actitud de escucha y dependencia, y luego de comunión de los gestos, comunión de los bienes y comunión del juicio, lanzando la idea de los «grupos de comunión», donde estas dimensiones puedan hacerse efectivas, concretas, cotidianas, y se comuniquen en los propios ambientes. Sobre el terreno de esta propuesta nace el nombre de «“Comunión y Liberación”: la fórmula más bella que hemos encontrado en todos los años de nuestro camino. Comunión es por tanto liberación. No puede ser a la inversa».
Giussani observa: «Si estoy en comunión, la formación del juicio que está en el origen de todas mis decisiones tiene como humus, como terreno, la misma comunión. Un juicio se forma partiendo de criterios y sensibilidades. Y el lugar de los criterios y sensibilidades, donde yo formulo mi juicio sobre las cosas, sobre los problemas que me plantea la vida, es la comunión». No es en absoluto una afirmación obvia; al contrario, todo esto se percibe normalmente con sospecha, cuando no con hostilidad. (…) «Se podría decir incluso –añade Giussani– que mi juicio sobre las cosas y por tanto mis decisiones nacen y se formulan en diálogo con la comunión». Pero para que se forme mi juicio, para que se exprese una posición cultural, hace falta otro factor aparte de la inmanencia en la comunión. Hace falta estar «metido hasta el tuétano dentro de las exigencias y necesidades de la humanidad, del hombre, porque identificándose y estando en relación con las exigencias y necesidades del hombre es como el acontecimiento de la comunión se enriquece, irradia todas sus intenciones y afirmaciones, aclara todas y cada una de sus perspectivas».
La realidad a la que decimos que pertenecemos, en nombre de la cual nos movemos, debe llegar a ser –sus palabras resultan aquí especialmente fuertes– «la estructura de mi cerebro, de mi corazón, de mi sensibilidad, de mi espíritu, de mi cuerpo». Esta es la verdadera identificación con Cristo. (…) Esto es la conversión, el paso a una autoconciencia nueva. El contenido de nuestra autoconciencia es Otro que «es yo», es el misterio de Cristo, su Hecho presente en la historia, que implica a todas las personas a las que Cristo ha llamado a mi lado. Si no alimentamos esta autoconciencia, «desperdiciamos, desdibujamos, devaluamos, perdemos las categorías; perdemos la cara». Esa construcción tiene lugar dentro de la comunidad, «mediante la comunidad en la que hemos nacido y dentro de la comunidad es donde nos edificamos». El fenómeno de esta transformación, de este cambio, se llama «misión». No se trata ante todo de un problema de iniciativas, obras y actividades: la propia vida es misión. «Si la autoconciencia es distinta, si soy un hombre distinto, esa diferencia, el fenómeno de esa diferencia es la misión».
LINDA GHISONI
subsecretaria del Dicasterio vaticano para los laicos
Diría que este libro vale realmente la pena porque recoge intervenciones de don Giussani que se dirigen a un público de personas que vivían en el contexto de un escepticismo tremendo, aunque muy distinto del que estamos viendo hoy. Era un escepticismo muy enfrentado contra la autoridad, de reacción ante las reglas, de gran resistencia por tanto y también muy ideológico. El nuestro es tal vez un escepticismo más difícil de definir porque no es tan contestatario, sino que se caracteriza más bien por una indiferencia, una fluidez o quizá post-fluidez escurridiza.
Y en esos tiempos todos procedían de un contexto que era fundamentalmente cristiano, en el fondo había ciertos valores establecidos y hoy en muchos casos no es así.
Los movimientos eclesiales, sobre todo los que surgieron precisamente en los años 50, 60 y 70, tenían el cometido de testimoniar una presencia, testimoniar que merece la pena la búsqueda del sentido por un encuentro con Cristo vivo, vivido, que te transforma la vida, que puedes anunciar a otros con un cuerpo, unos amigos. Esta tarea histórica que los movimientos tuvieron sobre todo en aquellos años no se ha agotado.
La tarea de anunciar el cristianismo de un modo nuevo, llevar a Cristo y la experiencia de Cristo con lenguajes nuevos e instrumentos nuevos, no ha disminuido en absoluto.
El desafío consiste en conocer a los hombres y mujeres de hoy, acompañarles, escucharles y proponer con un lenguaje adecuado y nuevo nada menos que a Cristo. Nada menos que el encuentro cristiano dentro de esta fluidez, o post-fluidez.
En definitiva, el gran desafío de los movimientos es mantener vivo ese ímpetu misionero. Permaneciendo firmes y fieles al contenido de la fe y al carisma concreto de cada uno, dialogar y encontrarse con los hombres y mujeres de hoy poniéndose en juego con una misión evangelizadora.
Me gustaría terminar con lo que decía Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio». Yo diría que indudablemente don Giussani es un gran maestro, así como su compañía de amigos, pero se le ha seguido y se le sigue aún hoy, como el movimiento pide que se le siga, como testigo antes que como maestro.
Publicamos la carta de agradecimiento enviada por la Secretaría de Estado de la Santa Sede a Davide Prosperi, quien envió al Papa el nuevo libro de don Giussani.
Vaticano, 30 de julio de 2024
Ilustre Señor,
con su preciosa carta del pasado 24 de julio, quiso hacer llegar al Santo Padre el libro Una rivoluzione di sé. La vita come comunione, que recoge las intervenciones de Don Luigi Giussani entre 1968 y 1970 en el Centro Péguy de Milán.
Agradeciendo su gentileza por el envío de este libro y con el deseo de que contribuya a vivir la fe como comunión y a anunciarla como fundamento de la liberación integral del hombre, quiero transmitirle la Bendición Apostólica que el Papa Francisco le imparte y que extiende gustoso a todos los miembros del Movimiento.
Reciba un cordial saludo,
Mons. Roberto Campisi
Asesor
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