Australia, Chile, Uganda. En mundos completamente distintos, la experiencia de la misión que nace de una verdadera libertad. Tres testimonios de la Asamblea internacional de responsables, que ha reunido a más de quinientas personas de 80 países
John Kinder
Perth
Nací y me crie en Nueva Zelanda, en una familia católica. Desde pequeño he amado a la Iglesia y la fe. En la universidad era un católico comprometido, también en el activismo político. Cuando fui a estudiar a Italia, nada más llegar tuve dos encuentros que marcaron mi vida para siempre. En uno conocí a la que sería mi esposa y en el otro, a un grupo de jóvenes de la parroquia donde vivía en Milán. Era el año 1977 y no recuerdo haber oído mucho las palabras “Comunión y Liberación”, o a lo mejor es que no estaba escuchando porque simplemente estaba cautivado por la amistad con estos nuevos amigos. A mí me interesaban la teología y la acción política. Ellos lo vivían todo con una pasión, una honestidad, un realismo y una alegría que nunca había visto.
Lo más sorprendente era que afirmaban que su amistad era el lugar donde habían experimentado a Jesús. Jesús nos enseñó a rezar diciendo no “Padre mío” sino “Padre nuestro”, prometió estar presente allí donde dos o tres se reunieran en su nombre. Encontrar a Jesús en esa amistad –me decían– nos abre a su Presencia en todo tiempo y lugar. Parecía que nunca tenían miedo, podían abrazar cualquier cosa. Pero cuando comprendí que ese pequeño grupo juvenil parroquial formaba parte de algo más grande y organizado, me alejé con sospecha. Quería conservar mi libertad.
Mucho tiempo después, dejé de resistirme y acepté el abrazo de esa amistad. Fue el comienzo de mi verdadera libertad. Pero no fue un paso fácil para mí, llegó por un hecho trágico en mi familia. En los días que siguieron a aquel suceso, me descubrí –para mi gran sorpresa– buscando a los amigos del movimiento, aunque yo seguía sentado cómodamente al margen. Esos amigos –la mayoría de los cuales se encontraba al otro lado del mundo– me acompañaron con su rica humanidad, su fidelidad y su infinita paciencia. El cantante australiano Nick Cave dice que le hizo falta una experiencia devastadora para abandonar una cómoda posición de cinismo y abrazar la esperanza. Mi amigo Tom se preguntaba si todos necesitamos que nos hieran antes de abrirnos a la realidad – heridos tal vez por el dolor o tal vez por la belleza. Así fue como, hace 25 años, nació nuestra pequeña comunidad. Me mudé por trabajo a Australia, a Perth, en el océano Índico. Todo empezó de forma muy sencilla, enviando una invitación a mis amigos y luego con encuentros periódicos por la Escuela de comunidad, siempre en casa de amigos.
Australia, la Terra Australis del Esperitu Santu, como la llamaban los primeros exploradores portugueses, es la isla más grande del mundo. Su pequeña población –25 millones de habitantes– vive alrededor de la costa, mientras que el centro es mayoritariamente desértico. Una compañera mía decía que es un país con un agujero en el corazón y lo llamaba “agujero en forma de Dios”. Cuando el papa Juan Pablo II vino a Australia en los años 80, Huellas publicó un artículo que la describía como la nación más secularizada del mundo. Al principio me molestó, pero en realidad era cierto. El multiculturalismo se convirtió en la política oficial del Estado en 1973 y la virtud más valorada es la tolerancia. Que de hecho casi nunca es tolerancia, sino indiferencia. Toleramos la diferencia a condición de que no se me pida nada.
Entre los católicos –tradicionalmente de origen irlandés o italiano– la atención se centra en la pertenencia a una minoría cultural. La fe se expresa en una práctica devocional o en obras de caridad. Reina el dualismo. Como yo, la mayor parte de mis amigos católicos no confiaba en su propia experiencia. Pensaban que, si alguna vez se revelara la verdad de la vida, no se me revelaría justo a mí, ante algo tan insignificante como mi experiencia. La propuesta de don Giussani es algo nuevo y estimulante. Es liberadora.
La gente de nuestra comunidad se vio atraída por esta amistad y fascinada por esta propuesta. La novedad de la propuesta se me hizo evidente gracias a un amigo que, desde hace 25 años, participa en todos nuestros gestos. Debo decir que él también ha permanecido fiel a su postura de ateo. Pero cuando empezó nuestra experiencia comunitaria teníamos que decidir si seguir leyendo El sentido religioso o trabajar algunos documentos de nuestra diócesis. Él fue el primero en hablar. Dijo que los textos de la diócesis intentaban explicar quién es Dios y por qué él tendría que creer en Dios; don Giussani, en cambio, le ayudaba a entender quién era él mismo, sus preguntas, y por qué Dios podría ser la respuesta a ellas. Sigue declarándose oficialmente ateo: “Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos”. Las demás comunidades de Australia y Nueva Zelanda han crecido casi todas así. Alguien encuentra a alguien, o alguien llega desde alguna parte, o lee algo en internet y luego, por la necesidad de vivir más intensamente, por un deseo de no vivir sin sentido, sucede algo.
En Perth, mis hijos nos definían como una comunidad casual, en el sentido de que la unidad entre nosotros parecía no tener ninguna razón o justificación. De hecho, somos extremadamente diferentes, desde todos los puntos de vista. Sería imposible para nosotros seguir siendo amigos al cabo de una semana, ¡como para pensar en 25 años! Es obvio que la fuente de nuestra unidad está fuera de nosotros, o tal vez sea mejor decir que está dentro de nosotros, pero dentro de nuestro verdadero yo. El hecho de estar juntos, de seguir juntos, es la prueba de lo que dice don Giussani, que el corazón del hombre es siempre el mismo.
No tengo gestos llamativos que contar. La historia de nuestra comunidad es más bien una historia ininterrumpida de pequeños milagros. Personas que han decidido entrar en la Iglesia para regularizar su matrimonio o bautizar a sus hijos, otros que prestan un servicio en la parroquia o en otros ámbitos de vida cristiana. Formas nuevas de vivir la amistad o la vida juntos.
Personalmente, vivir la vida de esta comunidad supone una experiencia constante de cambio. Mis proyectos para la comunidad siempre han fracasado. Pero han sucedido otras cosas, auténticas, reales, y obviamente obra del Espíritu. Para mí ha sido un proceso educativo para aprender a “descentrarme”, como nos decía el papa Francisco en 2015.
Últimamente nos hemos encontrado con jóvenes que tienen una energía nueva y un nuevo entusiasmo, que hacen propuestas nuevas y nos reclaman. Esto es muy útil para mí, que en esta etapa de mi vida estoy retirado de mi trabajo en la universidad. Más aún que antes, lo que soy es más importante que lo que hago. Las propuestas de nuestros amigos jóvenes me exigen tener la libertad de aceptar un nuevo inicio.
Un nuevo inicio es posible porque esta experiencia de amistad ha sido una escuela donde he aprendido que estoy ahí por un motivo. Estoy en el lugar donde me encuentro, con las personas con las que estoy, porque Alguien me ha puesto ahí, me ha llamado para estar ahí. La paciencia de Dios se me desvela en la paciencia de mis amigos. Así he podido llegar a reconocer a Dios, que estaba esperando encontrarse conmigo a través de ellos. Y también he aprendido a dejar que Dios se encuentre con otros a través de mí. La experiencia continúa.
Javier Bossart
Santiago de Chile
Quiero empezar por el momento de mi encuentro, cuando tenía 15 o 16 años. Me creía capaz de todo, estaba lleno de presunción, pero estaba triste. En clase conocí a un gran profesor de religión, Hugo. Era enorme, padecía poliomielitis y cojeaba, pero estaba lleno de alegría, de certeza, y sobre todo no tenía ningún miedo a entrar en diálogo con sus alumnos. Cualquiera que dé clase sabe que, sobre todo en los cursos superiores, puede resultar muy difícil hablar con los jóvenes, más aún si están en grupo. Hugo era alguien que estaba con nosotros en los recreos y eso me llamaba la atención. Yo vivía alejado de la Iglesia, llevaba otra forma de vida y me resistí durante tres o cuatro años a sus invitaciones para participar en el movimiento. Le decía que era una secta y que nunca iría. Cuando empecé la universidad, me di cuenta de que mi grupo de amigos, en realidad, no me importaba tanto como creía, así que acepté la invitación de Hugo de conocer a sus amigos de CL. Llegué justo el día –era agosto de 1996– que hacían el primer Happening: había 20 o 30 personas. Guiando la comunidad estaban Antonio Giacona y Giuliana Contini. Allí encontré una vida fascinante, llena de alegría, de afecto, audaz a la hora de entrar en el ambiente, en cuestiones políticas, culturales… Pensé: «Esta vida no existe en ninguna otra parte y la quiero». La intensidad que vi y que viví durante todo ese tiempo hizo nacer en mí, un joven de veinte años, el deseo de entrar en relación con la “fuente” de esa vida: «Quiero coincidir con lo que me está sucediendo». Entré en los Memores Domini y con 26 años fui a vivir a una casa. Éramos 10, cuatro italianos y seis chilenos.
Mientras tanto, había estudiado música y el encuentro con el movimiento había suscitado en mí el deseo de enseñar para comunicar a los jóvenes la belleza de la fe, el sentido de la vida. Durante 17 años di clase en colegios, con alumnos de 13 a 18 años. Junto a otros amigos con los que había vivido los años de la universidad, deseábamos comunicar a los jóvenes la vida del movimiento y les invitábamos a vacaciones, gestos, convivencias, excursiones… con bastante poco éxito.
Durante años yo invitaba, invitaba, y venían a veces dos o tres personas, a veces ninguno, a veces diez. Eso me entristecía y me preguntaba si era que no sabía hacerlo bien, si no les hacía una propuesta. Con los años me he dado cuenta de que uno debe comprender por qué invita y cómo ir hasta el fondo de la razón gratuita por la que propone, sin depender del resultado. Es una dimensión que afecta a la forma, al modo de estar donde uno tiene que estar, como comunica la fe. Sería imposible experimentar la plenitud en mi trabajo si no tuviera que ver de alguna forma con lo que yo soy.
Como decía, en casa éramos diez. Desde 2015, poco a poco, cada uno se fue marchando a otra parte, hasta que quedamos dos chilenos y el otro se acabó mudando a Perú. En 2016 me quedé solo. Ahí empezó una nueva etapa en mi vida. Uno da la vida a Cristo, vive la vida de la casa, tan bella, y de repente se queda solo. Durante mucho tiempo me pregunté si había fallado en algo. Dios me había prometido: «Deja a tu padre y a tu madre y yo te daré el ciento por uno», pero estaba solo. Fue un golpe muy fuerte. Tuve incluso que triplicar mi trabajo para mantenerme. Fue realmente difícil.
Pero, de nuevo, igual que con mi “fracaso” con mis alumnos, el encuentro con Cristo era una certeza para mí. Pasaban muchas cosas, momentos complicados, problemas de salud… pero eran una ocasión de hacer memoria de Jesús como alguien real que entraba en mi vida, eso era un hecho. Puede derrumbarse todo, pero yo no puedo negar que Él está. Estuvo conmigo todos esos años y lo sigue estando ahora, aunque siga solo en casa. Le pregunto a Dios por qué y no sé cuál es la respuesta, hay veces que uno no comprende por qué el Señor actúa así. Pero de estos nueve años quiero subrayar algunos factores esenciales y algunos frutos. Los factores esenciales son las presencias. Miro a todos los amigos con los que comparto hoy mi fe: la compañía vocacional, no solo en los Memores Domini. Julián Carrón me dijo una vez, citando el libro Una extraña compañía, que uno puede tener un gran amigo aunque viva a miles de kilómetros. Yo tengo grandes amistades aunque estén muy lejos, como Giuliana, que siempre me ha acompañado, y la casa de Memores de Buenos Aires, porque son personas esenciales para vivir mi vocación. Otro factor es algo que siempre me han recordado grandes amigos: «Presta atención a la regla». ¿Qué significa eso? Prestar atención a la relación con Cristo, al silencio diario. No se puede perder la centralidad de Jesús, si no lo pierdes todo.
Algunos frutos. Una de las paradojas, sobre todo en los últimos tres años, después de la pandemia, es que he empezado a experimentar dentro de mí una alegría que nunca había sentido, mayor incluso que cuando no tenía estos problemas, una libertad y una ausencia de miedo que me ha llenado de asombro. Porque yo no soy así… La capacidad de reír, de tomarme las cosas con más ligereza, de pedir ayuda, yo soy el primero en sorprenderme. Y creo que es el origen de lo que me ha pasado estos dos años con mis alumnos. Algunos hechos. Hoy trabajo en dos universidades, una es la Católica, donde formo a profesores de música. Un grupo de alumnos ha empezado a buscarme, algo insólito. Los viernes doy clase hasta tarde y empecé a ver que quedaban para beber y drogarse. Me di cuenta de que, en el fondo, eran como yo de joven. Quise encontrarme con ellos y les dije: «Lo que buscáis en todo lo que hacéis, las fiestas y demás, es algo que yo ya he encontrado. Hay algo que buscáis en lo que hacéis y no lo encontraréis así. Y es Jesucristo». Sabía que me exponía a un rechazo total, pero me parecía esencial en mi relación con ellos. En ese momento comenzó una amistad muy bonita.
Luego, a finales de año, les propuse la campaña de Navidad, donde se implican también muchos jóvenes de la Universidad de Santiago e hicimos un gesto juntos. Invité también a amigos de mi juventud y retomamos la amistad veinte años después.
Hace poco, durante las olimpiadas, varias alumnas empezaron a alabar a Simone Biles por retirarse del deporte para cuidar su salud mental y luego volver a estar en la cima. Surgió un diálogo muy bonito sobre el sentido de la vida. Veo que empiezo a reaccionar ante mis alumnos con un factor que antes no tenía: hay algo que vive en mí. Y me doy cuenta de que no es más que la presencia del Señor que habita en mí. Ellos dicen ciertas cosas y es como si de pronto estallara algo en mí: es la humanidad de Dios dentro de mí, que me hace desear abrazar a todos mis alumnos, querer acompañarlos siempre. Dios dirá cómo, pero creo que es el “resultado” del camino vocacional de mi vida ofrecido al mundo.
Fredy Komakech
Kampala
Me llamo Fredy y soy memor Domini. Puedo decir que mi identidad coincide con haber sido elegido. Lo digo porque miro mi vida antes y después de mi encuentro con el movimiento y veo que cada hecho concreto era ya para mi vocación. En el momento parecían cosas negativas, pero ahora estoy seguro de que nada se ha cruzado en mi camino para destruirme sino para la gloria de Dios. Dios ha permitido cada cosa para que yo experimentara su preferencia por mí. Lo pienso incluso de la pérdida de mis padres en la guerra. Eso fue lo que me empujó, con solo 14 años, a marcharme a Kampala, donde estaba mi tío, para evitar que me mataran o me secuestraran los rebeldes. Él trabajaba en una cantera, era su fuente de ingresos para sobrevivir, así que empecé a trabajar con él para ganarme el pan. El negocio de la piedra iba bien, trabajando duro se podía ganar algo de dinero. Con lo que conseguía de la venta, mi tío pagaba mi educación. Pudo hacerlo hasta cuarto, luego era más caro y ya no se lo podía permitir.
Fue en ese momento cuando conocí a Rose Busingye y le pedí ayuda para volver a clase. Me alegro de que lo hiciera. Pero lo más importante para mí no fue solo que me acompañara al colegio, sino que nunca me dejó solo, y lo hizo con más jóvenes. Recuerdo que todos los fines de semana venía a vernos. Cantábamos y jugábamos, luego nos preguntaba cómo estábamos, si estábamos contentos. Pero un día, en vez de las preguntas habituales, nos preguntó por qué creíamos que nos pagaba el colegio. Para nosotros era una cuestión muy simple y le dijimos que lo hacía porque era nuestro derecho. Yo la miraba sonreír mientras le dábamos nuestras “correctas” respuestas. Después de escucharnos, nos dijo: «Ok, digamos que es vuestro derecho, pero ¿a quién le importa si hoy os vais a la cama sin comer, puesto que también tenéis derecho a comer?». Para nosotros, la experiencia de no tener qué comer no era nueva, pues es verdad que no le importaba a nadie. Luego añadió: «Yo no os pago el colegio porque os lo merezcáis, ni porque me sobre el dinero. Lo estoy pagando porque vosotros tenéis un valor y quiero que el colegio os ayude a descubrir el valor que tenéis». ¿Cómo puedes decirle a alguien que ni siquiera es capaz de ganarse el pan que tiene un valor? Nunca había oído una locura como esa. Así acabó el encuentro aquel día. Pero, poco después, descubrí que mis amigos estaban tan perplejos como yo. Así que decidimos ir juntos a su despacho para preguntarle qué quería decir. Ella, en lugar de respondernos, nos enseñó dos canciones: My Father Sings To Me y The Things That I See. Luego nos invitó a ir un sitio y fuimos con ella. Era la Escuela de comunidad.
Su forma de acompañarme en el colegio fue una ayuda en el camino de mi vida hacia la meta porque me hizo encontrar el movimiento. Lentamente, empecé a ver la forma en que Rose miraba todas las cosas, incluso mis errores. He perdido la cuenta de las veces que le fallé, pero siempre tengo presente cada momento que me abrazó delante de cada traición.
En un momento dado, le dije que quería vivir como ella y me propuso empezar un camino de verificación vocacional. Lo empecé, pero seguía “jugando” con mi vida. Entonces ella me invitó a dejarlo todo, salir al mundo y buscar un lugar que fuera mejor que este. Si lo encontraba, debía ser sincero conmigo mismo y volver para decírselo, de modo que se pudiera ir conmigo. Me alejé durante cinco años. Pero si estoy aquí significa que este es el único lugar para mí. No puedo hablar de mi camino sin pensar en los amigos con los que conocí CL. Por desgracia, ellos se fueron del movimiento y yo soy el único que volvió a “casa”, pero también puedo decir que esto me ha ayudado a crecer y caminar porque estoy totalmente seguro de dónde estoy. Estoy en casa. Sin hacer ese camino, no habría descubierto lo que el movimiento significa en mi vida ni la razón por la quiero quedarme aquí. Lo que me salvó fue mirar el rostro de una persona que tenía delante para caer en la cuenta de la misericordia de Dios conmigo. Esa mirada concreta me salvó y me sigue salvando cada día porque me recuerda siempre quién soy.
Mi vida se ha convertido en esta espera constante porque Alguien viene a mí en cada instante. Me despierto por la mañana lleno de gratitud por el hecho de ser amado, y solo por esta razón puedo levantarme de la cama para comenzar el día rezando y pidiéndole que vuelva a entrar conmigo en esa jornada, cuando voy a trabajar, para poder encontrarlo en el rostro de mis compañeros, en mis alumnos y en lo que tengo que hacer.
En la Luigi Giussani High School, donde trabajo dando clase, una de mis tareas cotidianas es recibir a los alumnos que se quedan en la puerta y escuchar los motivos por los que los porteros no les han dejado pasar, que son de lo más variado. Los escucho para ayudarles a juzgar juntos la situación. No es un trabajo fácil de hacer solo, por eso siempre voy hacia allí en silencio, pidiendo a Cristo que vaya conmigo, para que no le mire solo con mis esquemas, sino con sus ojos, como él me mira. Incluso cuando me alejo, sé que la memoria, el silencio, puede salvar la situación, porque puedo cometer un montón de errores, pero cada vez que me equivoco hay alguien que me corrige, indicándome el motivo por el que lo que he hecho está mal, y me descubro agradecido y conmovido. Por un abrazo así, puedo mirarme a mí mismo como persona y puedo abrazarlo todo, tanto a mí mismo como la tiza que uso en clase.
Mi vida se ha convertido en este silencio, el único que permite una posesión verdadera, la virginidad. Recuerdo que en la Jornada de apertura de curso de 2023, Davide Prosperi decía: «El culmen de esta mirada nueva que nace de la fe está en mirar al otro con el anhelo de que pueda encontrarse con el mismo Acontecimiento que llena mi vida. Eso se llama misión. […] La misión está allí donde estás llamado a vivir y se desarrolla como Dios quiera. De lo contrario no sería misión. Misión quiere decir que hay Uno que te envía; quiere decir que tú, a través del encuentro, has sido elegido, elegido para dar a conocer a todos a Aquel que, sin ningún mérito tuyo, te ha elegido, te ha preferido. Te ha elegido para esta tarea. Por tanto, si te ha elegido para esta tarea, si te ha llamado –vocación– y si ese ser llamado coincide con ser enviado, eso significa que tú, allí donde estés, eres consciente de que no estás allí solo por ti mismo, solo por tu proyecto, solo para tu provecho, solo para obtener lo máximo que puedas obtener, sino que estás allí para responder a Alguien que te quiere allí, estás allí porque Alguien te ha enviado y quiere darse a conocer a través de ti, a través de lo que Él, si tú lo reconoces y lo acoges, cambia en ti. Esta conciencia es para nosotros el inicio de la misión. Pensemos, por ejemplo, en todos los que están en las zonas más impensables del mundo por trabajo y cómo esta conciencia puede cambiar su forma de estar allí: están allí por trabajo, sí, pero ya no solo están allí por trabajo, sino para que otros, a través de su vida, puedan encontrar y conocer a Cristo, y esto incide también en su forma de afrontar el trabajo y sus circunstancias».
Ahora vivo en Uganda, con personas que han dejado su país de origen porque han sido llamadas para dar testimonio a todos los que se encuentren. Deseo poder escuchar y responder a esta llamada todos los días de mi vida porque necesito esta relación con Cristo para encontrar el sentido de mi vida. Eso es lo que da estabilidad a mi vida y significado a todo lo que toco.
Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón