Primera visita al Meeting de Andrea Bellantone, filósofo del Instituto Católico de Toulouse y miembro de la Academia Católica en Francia. «Una verdadera experiencia, que ayuda a pensar»…
«Me gustaría llevarme alguna exposición, pero lo mejor sería que alguno de mis alumnos pudiera venir a ver lo que yo he visto en el Meeting. Quién sabe, ya veremos…». Andrea Bellantone, filósofo italiano instalado en Francia, donde da clase de Filosofía moderna y contemporánea en el Instituto Católico de Toulouse (del que ha sido decano durante diez años) y miembro de la Academia Católica, fue a pasar dos días en Rímini por primera vez, invitado a una mesa (muy concurrida) con su amigo y colega Costantino Esposito sobre “¿Qué significa perseguir lo esencial?”. Antes y después del acto estuvo paseando, viendo, oyendo… y ahora describe su impresión ante lo que define como «una realidad que ayuda a pensar».
¿Por qué? ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención?
Sobre todo, la diferencia entre ver este evento desde fuera y experimentarlo desde dentro. Vivirlo desde dentro te ayuda a entender mejor por qué se llama Meeting, es decir, “encuentro”. Es una forma de encontrar personas, pero también realidades que de otro modo no podrías conocer. Es una verdadera experiencia. Tanto que me dan ganas de volver. No tanto de saber “qué se dirá en el Meeting el año que viene”, sino de estar presente. También me ha sorprendido la variedad de gente que había: familias, jóvenes, adultos… de tantas procedencias y de diversas clases sociales. Me da la impresión de que tiene un carácter universal: personas que se encuentran por razones muy distintas, pero en un escenario común. Por ejemplo, nunca me habría imaginado que también hubiera un lugar pensado para los niños, pero existe un espacio ad hoc, y creo haber entendido que no se trata simplemente de “aparcarlos” ahí, sino de ofrecer una forma que también les permita a ellos vivir una experiencia. O las exposiciones. Por lo que he visto, cada una es un pequeño Meeting.
¿En qué sentido?
He visitado tres, y también tenían ese rasgo de experiencia: estaban hechas para encontrar algo y a alguien. Te encuentras con la persona que te acompaña, por ejemplo, pero también recorres un itinerario que te hace descubrir cosas. Es un camino. Y como están tan bien hechas, a medida que avanzas en el camino encuentras algo que te cambia, mucho o poco. El video de una chica rusa que se hace fotógrafa estando enferma en cama, en la exposición sobre los cuidados paliativos en Rusia, me acompañará durante mucho tiempo. Me he encontrado con ella. Igual que me llevo dentro el impacto de los voluntarios, otro aspecto que me ha llamado la atención. Los he visto jóvenes y de avanzada edad: que entre sus quehaceres saquen un momento para vivir esta experiencia, para ponerse a servir, me ha parecido muy significativo.
Dijo desde el escenario que el rasgo fundamental de la búsqueda de lo esencial es la apertura, «relacionarse con el mundo y con los demás». ¿Ha visto algo así en Rímini?
Sí, y eso es quizá lo más importante. El riesgo que corren ciertas iniciativas es siempre el de ser autorreferenciales. El Meeting no lo es, lo he podido experimentar. Es un lugar donde la sociedad y la cultura se encuentran, donde las diversas voces se abren unas a otras. No me ha dado la impresión de un ámbito donde los católicos se abran a “otro” mundo, sino un espacio donde los hombres de nuestro tiempo discuten entre sí, de forma abierta, sobre las cuestiones que más les afectan: la búsqueda de sentido, el trabajo, la inteligencia artificial… Para mí eso es fundamental. Yo vivo y trabajo en Francia. Allí es evidente que, ante la secularización, la tentación a veces es encerrarse en una fortaleza, como si ser católicos fuera defender una identidad y, eventualmente, una especie de tesoro cultural que ofrecer a otros. En realidad, creo que la postura adecuada no es quedarse predicando desde una montaña sino estar en medio, viviendo con todos los hombres, como nos invita el Papa continuamente. Me ha dado la sensación de que el Meeting era un ejemplo de ese estar “en medio”, como un puente. Y me ha gustado muchísimo.
En un momento dado decía que «hay que buscar una nueva forma de estar en el mundo porque los desafíos a los que nos enfrentamos son cruciales». Esa «nueva forma de estar en el mundo» no solo afecta a los creyentes…
No, por supuesto. Ante los cambios que estamos viviendo, está muy extendido eso que podríamos llamar “la tentación antimoderna”: cerrarse en supuestas identidades –culturales, nacionales, etcétera– que en realidad no aceptan el desafío del presente. Son tranquilizantes, pero no operativas. El pasado constituye una reserva de respuestas, pero no puede estar a la altura de un presente que es totalmente nuevo. Creo que el reto es otro: tomar en serio a nuestros contemporáneos. Y eso requiere en primer lugar no considerarlo como algo hostil –persona, religión, espíritu, lo que sea– sino encontrar en su interior esos elementos llenos de riqueza que permiten responder a los problemas. En este sentido digo que uno de los desafíos actuales es la creatividad intelectual: encontrar una nueva forma de habitar en el mundo. Inventar nuevas formas jurídicas, nuevas formas económicas, y obviamente nuevas formas de pensamiento. Y ahí el cristianismo puede ofrecer una contribución decisiva, pues es por definición un recurso inagotable, a la altura de los desafíos presentes y futuros. Sencillamente, no hay que tener miedo.
Hablando de cultura, usted señalaba que no se trata de un asunto de intelectuales, sino de todos, que consiste en «vivir la vida de una manera auténtica». ¿Podría explicarlo mejor?
Me parece que la cuestión decisiva es cuál es la verdad del hombre. Se suele pensar que la verdad es una especie de contenido abstracto, no sé, un sistema, una serie de ideas… Creo que la gran tradición occidental, lo que se entendía desde sus orígenes como “filosofía”, plantea una cierta forma de vida cumplida. Y creo que pasa lo mismo con el cristianismo. No nos ofrece un modelo de vida intelectual, sino de vida cumplida, plena, y eso es otra cosa. Si el objetivo es ese, no se puede alcanzar solo mediante conocimientos teóricos. Los caminos para llegar ahí pasan por el trabajo, la relación con los demás, la política, etcétera.
Bien pensado, quizá esa sea una clave de lectura del Meeting: es un evento cultural no solo porque presenta ciertos contenidos y reflexiones, sino porque ofrece una experiencia más profunda, auténtica. Para todos los que trabajan, como los voluntarios, pero también para los invitados.
Sí, estoy de acuerdo. Cuando se habla de “autenticidad de uno mismo” se corre el riesgo de pensar en algo que solo me afecta a mí, una conquista individualista. Pero justamente porque somos abiertos –el ser humano es esencialmente abierto: somos hermanos, hijos– esa autenticidad solo se puede descubrir a través de un encuentro. El Meeting, por lo que he podido ver, es un momento que, gracias a una experiencia comunitaria, permite habitar de una forma distinta en el mundo. En el fondo, eso es lo que todas las comunidades verdaderamente culturales deberían intentar.
Al terminar su intervención, señalaba este aspecto: la búsqueda de lo esencial solo puede vivir dentro de una comunidad, ¿por qué?
En nuestra cultura a veces se piensa que ser uno mismo y estar con otros son dos cosas opuestas. Cito una famosa expresión, de la que se abusa un poco, de Sartre: «la mirada de los otros es el infierno, el infierno son los otros». En cierto sentido, no se equivocaba del todo.
Una de las cosas que debemos aprender es a mirar a los otros sin que nuestra mirada se convierta en una condena. Pero si absolutizamos esta frase, da la impresión de que para ser tú mismo tienes que librarte de la mirada de los otros, y de los otros en general. Si nos fijamos, es una visión bastante extendida. Pero es antropológicamente falsa. Ninguno de nosotros parte de sí mismo, lo sabemos desde que nacemos, no solo desde el punto de vista biológico sino también cultural. Venir al mundo significa recibir algo. Se nos inscribe dentro de un texto que no hemos escrito nosotros, no hemos empezado a escribirlo nosotros, nosotros participamos de él. Participamos de esta aventura, que siempre es una aventura comunitaria. Por lo tanto, no hay ninguna oposición entre ser uno mismo y estar con otros. Digamos que son cosas directamente proporcionales. Cuanto más soy yo mismo, más puedo estar con otros, y viceversa. Nos alimentamos de la relación con otros. Son dos cosas que crecen juntas. Nosotros “somos” apertura, somos estructuralmente comunitarios, porque nos hemos encarnado. Y encarnarse implica ante todo “estar con otros”. Los cristianos deberíamos saberlo bien porque el sentido de la Encarnación es tomar un cuerpo, una carne humana, para permitir que los hombres conozcan a Dios…
El lema del próximo Meeting es una cita de T.S. Eliot: “En lugares vacíos construiremos con ladrillos nuevos”. ¿Qué le parece, pensando en todo lo que ha visto en Rímini?
Me parece que el “vacío” evoca una sensación muy extendida entre la humanidad contemporánea: la de haber perdido algo y tener que reconstruir. Mientras que los “ladrillos nuevos” apuntan a una relación con el presente y con el futuro. Me siento en sintonía porque indica esa idea de lo nuevo y no una mera repetición del pasado. A veces percibo una cierta tendencia melancólica a afrontar el momento actual como si no tuviéramos herramientas para aceptar el desafío. Sin embargo, me parece importante caer en la cuenta de que podemos hacerlo, que hay “ladrillos nuevos” para construir.
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