Lo más valioso que tengo
Soy de Venezuela pero actualmente vivo en Madrid. Estas vacaciones me han ayudado a dar un paso, a darme cuenta de lo enamorada que estoy de mi nostalgia. Descubro, en distintos signos que he visto estos días, que esta nostalgia, este echar de menos, no es una condena, sino lo más valioso que tengo. El 29 de julio se desató el caos en mi país. Toda mi familia está allá. Yo vivo sola en Europa. Y estos días, cuanta más belleza veo, en las montañas, en los cantos, en los actos, en las conversaciones, en las amistades, más crece la felicidad y el agradecimiento por estar aquí y, a la vez, más triste me siento. Como lo define don Gius en El sentido religioso: la nostalgia de un Tú. Cuanta más belleza percibo, más salta toda mi exigencia de decir: pero, ¿por qué mi familia no puede disfrutar de esto? Y a la vez, pienso que quizá esto no se le está dando a ellos, pero se les da la vida, como a mí, ¿y quién me la da? Es en ese momento, cuando reconozco quién está detrás de toda esta belleza, quién me sostiene, a mí, a mi familia y a todo mi país, cuando digo Tú la nostalgia se convierte en diálogo con el Misterio. Como dice el capítulo 8 de El sentido religioso, descubro que «solo en la hipótesis de que exista en mí esta relación con el Infinito, el mundo podrá hacer de mí lo que quiera, pero no me vencerá, no me despojará, no me atará, porque yo seré más grande, seré libre».
Me descubro libre de vivir mi nostalgia hasta el fondo porque reconozco que si extraño a Cristo es porque ya le he conocido. Es decir, uno no puede extrañar una ilusión, un producto de su imaginación, una mentira. Entonces, encontrar en mí esta nostalgia es el signo más potente de que lo que ha entrado en mi vida es real. Para mí, extrañar a Cristo es tan concreto como extrañar a mi familia o cómo echaré de menos a mi familia de Madrid o a los amigos que he hecho aquí cuando vuelva a Venezuela, si es que llego a volver.
Custodiar esta nostalgia me hace ver lo que sucede en mi país como la tormenta que se desata con Jesús durmiendo en la barca. Gracias a esa tormenta puedo ver cómo Cristo surge con toda su potencia en mi vida.
Porque le echo de menos, puedo ver cómo cumple mi afecto cuando vuelve a aparecer. Porque tengo sed, como decía nuestra amiga kazaja Ramzi, puedo ver cómo solo Él es capaz de saciarla, y cómo se vale de cada uno de los rostros de los que estáis aquí para hacerlo: se vale de una que me invita a estas vacaciones, de unos que me dejan venir con ellos, de una que me viene a buscar en la excursión para subir juntas, de una que comparte conmigo su herida y lloramos juntas, de las canciones de la primera noche, de uno que me habla de la relación entre religiosidad y literatura, de una que conozco en España y aquí nos llamamos “hermanas”, se vale de tantos que me escucharon y me dieron un abrazo.
Creo que nadie querría dejar de extrañar a alguien a quien ama, porque sería borrar toda evidencia de que existe una relación de amor. Por eso yo no quiero quitarme esta nostalgia, yo no quiero borrar de mi corazón el hecho de que Cristo me ha alcanzado una vez más, de una manera concretísima, en estas vacaciones.
Isabella
Un lugar lleno de esperanza
Después de seis años sin ir a Masella como propuesta de vacaciones, por las circunstancias y las pretensiones, doy las gracias a cuantos me han ayudado a salir de mi ambigüedad a la hora de decidir esta vez. Llevaba una mochila grande de dolor y a la vez una desgana porque mi familia no me acompañaba. En cambio, el camino de la Escuela de comunidad de este año junto a mis amigos ha sido tan verdadero que me ha hecho seguir cada una de las propuestas aunque solo me apeteciera quedarme dando vueltas a mis problemas. En cada pequeño “sí” se abría una gran ocasión para verificar dónde está la esperanza verdadera de la que hablan los Ejercicios; porque podrán no cambiar las cosas, podrán seguir doliendo los acontecimientos, pero sin duda pueden y han sido ocasión de desear volver a vivir estos días con el mismo asombro de las primeras vacaciones a las que fui, ¡hace ya 20 años!
Desde los laudes, la preparación de la liturgia, el acto de Tierra Santa, los cantos, los Beatles, la explicación del universo, la subida a la montaña, ver cómo viven los cristianos en Venezuela, mirar a las familias, a los niños, a mis amigos, y también nuestros límites en los juegos... y por supuesto a todos aquellos que han dado muchas horas de su tiempo libre con total gratuidad.
¡Por eso estoy aquí escribiendo esta carta! Han hecho que, al volver, los fuegos artificiales de la fiesta que traigo en el corazón hayan sido la muestra de la alegría que me identifican para poder compartir tanto entusiasmo. Hoy tengo muy presente que nada de esto tiene valor si no nos empuja a vivirlo en la cotidianidad y en todo aquello que la realidad nos propone. Es como si el Señor me dijera: “Soy tu gran Amor y nunca te abandonaré”. Y es en torno a esta verdad donde la vida adquiere todo su sentido de esperanza y promesa.
Ana, Fuenlabrada (Madrid)
Vacaciones comunitarias en Perú
La primera semana de agosto se celebraron las vacaciones de Arequipa 2024 en el Perú. Llegué con mucha expectativa, queriendo entender más de la libertad. Una de las premisas que se dieron y nos acompañó fue «la provocación del deseo como apertura infinita, y capacidad de un bien que no tiene límites». Probablemente esas palabras las hemos leído y escuchado miles de veces, sin embargo es tan necesario que te lo recuerden sobre todo cuando vives sucesos dramáticos, por ejemplo en mi trabajo me tocó ver cómo la alumna más alegre de uno de mis salones sucumbió en la depresión, me sentí de manos atadas sin poder hacer nada. Fui a las vacaciones esperando algo quizás diferente y nuevo que diera respuesta al cuestionamiento que tenía, y conforme pasaban los días, con la sencillez de los gestos, iba reconociendo la certeza del camino que elegí.
Lo primero con que me choqué y me conmovió fue ver a las mamás de mis amigos, de casi 80 años, cantando, riendo e incluso caminando a las cataratas, a pesar del frío o altura del lugar. También en el diálogo con los amigos, me conmovió el testimonio de Iván, un amigo venezolano que, a pesar de la preocupación de lo que estaba sucediendo en su país, no perdió su entusiasmo en cada propuesta que se dio. En una cena estuve dialogando sobre la situación de algunos países de América, probablemente sin entender a fondo el dolor que puede producir la ideología, hasta que Silvia, una amiga cubana que ahora está en el Perú, comentó: «el gobierno tiene el poder político, pero no puede impedir que vivamos, que amemos, que seamos felices, a pesar de la austeridad económica; celebramos los cumpleaños, los niños juegan y los adultos escuchan y bailan su música, no pueden quitarnos nuestra felicidad». Esas palabras me hicieron entender más aún el lema de las vacaciones, “He aquí la paradoja: la libertad es depender de Dios”, y me hizo entender que esta es la conciencia con la que debo acompañar a mis estudiantes.
Al finalizar, una amiga, que fue por primera vez a las vacaciones, me dijo que estaba «feliz porque había encontrado personas que la miraban entendiendo su deseo», otro amigo me dijo que había estado viviendo un gran vacío y que bastaron cuatro días de vacaciones para encontrarse a sí mismo y que no estaba dispuesto a dejar esta compañía que le ayudaba a reconocer el sentido de su vida.
Fueron unas vacaciones sencillas y al mismo tiempo extraordinarias, porque en la obediencia a los gestos podemos reconocer de qué estamos hechos, como comento monseñor Giovanni Paccosi, que nos acompañó esos días: «Si vivimos intensamente la realidad nos damos cuenta que nada es capaz de satisfacer este deseo. Sin embargo, esto es signo de una totalidad que no nos pertenece, para la cual y por la cual estamos hechos». La vida es una gran aventura hacia la búsqueda de esta totalidad y cada vez soy más consciente de que se vive mejor con la compañía que te ha donado Dios.
María Luisa, Perú
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