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Huellas N.08, Septiembre 2024

RUTAS

La verdadera alegría inmovilizada en una cama

Giorgio Paolucci

De peregrinación por los lugares de la vida de Takashi Nagai, el médico de Nagasaki que vivió entregado a Dios. Incluso bajo la bomba atómica

Participar en una peregrinación de diez días en Japón organizada por Rusia Cristiana tras las huellas de Takashi Pablo Nagai nos permitió conocer de cerca los lugares donde se desgrana su aventura humana y fue la ocasión de comprobar la profundidad de algunas afirmaciones de Giussani contenidas en El sentido religioso. Acompañados por Hitomi Yanagisawa, nuestra guía japonesa, y Gabriele Di Comite, presidente de la Asociación Amigos de Takashi y Midori Nagai, nos adentramos en el descubrimiento de Kioto, cuna de la cultura de este país, con una inmersión en ciertas manifestaciones fascinantes de la religiosidad nipona: los templos budistas y los santuarios sintoístas cargados de historia y poblados con imágenes de múltiples divinidades, los jardines decorados con acequias y especies arbóreas que invitan a perderse en la naturaleza, todo evoca la profundidad con la que el pueblo japonés se pone delante de un Misterio cuya presencia advierte pero al que no sabe poner rostro, por lo que permanece insondable. Ese sentimiento profundamente religioso se fue nutriendo en el tiempo con el encuentro entre sintoísmo y budismo, que en el arco de dos milenios dio lugar a una forma de sincretismo que algunos llaman “religión atea”, con la percepción de un “más allá” sin confines que invita al hombre a identificarse con él hasta diluirse.
En este clima cultural es donde crece Takashi Nagai, joven estudiante de medicina que bebe del cientificismo materialista dominante en el ambiente universitario de Nagasaki, donde las clases de anatomía teorizan que la persona no es más que un concentrado de tejidos y órganos. Hasta el día que, ante la mirada de su madre moribunda, su visión de la vida empieza a cambiar. En un libro titulado El rosario de Nagasaki escribe: «Los ojos de aquella mujer que me había generado, educado y amado hasta el fin, me decían de un modo infalible que su alma se quedaría al lado de su querido Takashi incluso después de morir: tuve la clara intuición de que el alma de mi madre existía realmente».
La lectura apasionada de Pascal le llevó a captar la importancia y al mismo tiempo la insuficiencia de la razón para conocer la verdad. «Viví cinco años profundamente turbado por una voz sutil que oía tanto de día como de noche: ¿qué sentido tiene nuestra vida? Leía (...) pero cuanto más leía de filosofía, más me confundía, aunque cada vez estaba más convencido de que nacer, vivir y morir debía tener un significado». En su itinerario de búsqueda resultará decisivo su encuentro con una familia católica –los Moriyama, que lo acogen durante varios años–, especialmente con Midori, la mujer que le acompañará a reconocer el rostro del Misterio.

Mártires, fuego vivo. A través de Midori es como Takashi Nagai conoce la odisea de los “cristianos ocultos” que, entre finales del siglo XVI y mediados del XVIII, conservaron la fe viviendo totalmente escondidos a causa de la prohibición de profesar su religión. Testigos de Cristo usque ad sanguinem, como muestra el Martirio de Nagasaki, donde en 1597 fueron crucificados el jesuita Pablo Miki y sus 25 compañeros después de recorrer encadenados 600 kilómetros a pie por la nieve desde Kioto a Nagasaki, para que todos vieran la suerte que corrían los que abrazaban la fe “extranjera” que Francisco Javier llevó a esas tierras. En 2019, el papa Francisco rindió homenaje ante el monumento de los santos mártires diciendo: «¡No olvidemos el amor de su entrega! Que no sea una gloriosa reliquia de gestas pasadas, bien guardada y honrada en un museo, sino memoria y fuego vivo del alma de todo apostolado en esta tierra, capaz de renovar y encender siempre el celo evangelizador».
Otro lugar simbólico de la historia de la cristiandad es el santuario mariano al que llegamos atravesando un bosque que sube desde la ciudad de Tsuwano, donde cada año se celebra una peregrinación en la que participan miles de personas. De 1868 a 1873, aquí fueron deportados y martirizados cientos de cristianos: 37 de ellos murieron torturados, y uno de los supervivientes narró los acontecimientos de los que había sido testigo a Takashi Pablo Nagai, que los describe en un libro titulado El Paso de la Virgen.

Las cicatrices de la bomba atómica. La visita al Memorial y al Museo de la Paz en Hiroshima, el lugar donde el 6 de agosto de 1945 cayó la primera bomba atómica de la historia causando 160.000 muertos, es un camino de dolor que serpentea entre los dramáticos testimonios de aquel día: fotografías y dibujos que muestran muerte y destrucción, esqueletos de edificios en el desierto atómico, frases sobrecogedoras de los que veían cómo se desgarraban de su cuerpo jirones de piel, un triciclo en el que pedaleaba un niño de tres años en el momento de la explosión. En su despacho al lado de la catedral, el obispo de Hiroshima, Alexis Mitsuru Shirahama, comenta: «Las heridas de aquel día siguen abiertas en el corazón de los supervivientes y familiares de las víctimas. Pero la herida más insoportable es ver asomar en el horizonte el espectro de una guerra nuclear, como si las lecciones que nos da la historia no nos hubieran enseñado nada. En el corazón del hombre, en su presunción de sustituir a Dios, está la raíz de todo este mal. Pidamos a Dios que nuestros corazones puedan cambiar».
Llegamos a Urakami, un barrio de Nagasaki donde el 9 de agosto de 1945 cayó la segunda bomba atómica, causando 70.000 muertos en el acto y otros tantos en lo que quedaba de año por las consecuencias de la explosión. La iglesia quedó completamente destruida y se reconstruyó a poca distancia del epicentro de la bomba, y en 1962 se erigió como catedral de la ciudad. En una capilla se conserva una reliquia de fe y de dolor: se llama “la Virgen bombardeada” y es la cabeza de una estatua de la Virgen hallada entre los escombros por un monje trapense japonés. La explosión hizo que sus ojos se derritieran, dejando las órbitas vacías y quemaduras en el rostro. Al lado, una cruz tallada con madera de un tronco en el que ataron y martirizaron a los cristianos.
Antes de la misa suenan las campanas, una de las cuales se rescató de entre las ruinas y tocó la noche de Navidad de 1945 entre las lágrimas de los supervivientes. «Pasado y presente se encuentran misteriosamente en este lugar –afirma Gabriele Di Comite–. Urakami es donde el cristianismo echó raíces hace 450 años, aquí es donde los “cristianos ocultos”, privados de su libertad para profesar la fe, la preservaron en clandestinidad, transmitiendo en secreto a sus hijos el tesoro que sostenía sus vidas, aquí es donde miles de personas fueron torturadas y asesinadas, aquí es donde se consumó el último acto de la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a esta gente en el cordero sacrificial para devolver la paz al mundo entero».

La verdadera libertad. Takashi Nagai perdió a su mujer en la explosión de Nagasaki. De ella solo encontró cenizas y el rosario con que rezaba. La leucemia que padecía desde hacía tiempo le llevó a la muerte en pocos años. Son los años que pasa en el Nyokodo, «el lugar del amor a uno mismo», una cabaña de cuatro metros cuadrados donde acaba nuestra peregrinación. Aquí el doctor de Nagasaki reza, escribe libros que serán best sellers, recibe a miles de personas de peregrinación a su cabecera (hasta el emperador de Japón), habla de la necesidad de una paz que parta del cambio de uno mismo, devuelve la esperanza a hombres y mujeres devastados por la bomba atómica, exhorta a mirar el dolor recordando que la Providencia es capaz de sacar bien del mal. «Pero sobre todo –apunta Di Comite– recorre el último tramo de su camino de entrega. Consagra su existencia al Misterio, cuyo rostro había conocido, descubriendo que la verdadera libertad consiste en depender de Aquel que es el autor de la vida. En la pobreza extrema del Nyokodo y en la fragilidad de su salud, entregándolo todo, Pablo comprende que lo posee todo, que ha encontrado la verdad de sí mismo porque su existencia solo se nutre de la amistad con Dios, de aquello que nunca muere».
En sus Pensamientos desde el Nyokodo, su último libro, Pablo describe así su entrega total: «Lo primero que pienso todas las mañanas, nada más despertarme, es que soy feliz. […] Es una conquista de estos últimos tiempos el hecho de sorprenderme todas las mañanas en mi cama lleno de esta expectativa de alegría frente al día que comienza. Descubro que tengo el corazón de un niño. […] Tendríamos que transformar nuestra vida en poesía. Debemos dejar que la mirada atenta y admirada del poeta perfore la superficie y vislumbre la belleza que se esconde en cada cosa, dando forma a todas nuestras acciones y pensamientos. […] Por fin he alcanzado este nuevo horizonte. En mi pecho palpita un corazón de niño. La vida de un nuevo día me espera, la verdadera alegría en esta cama de dos metros de la que ni siquiera puedo salir. Pero es una vida, sin el azote de las obligaciones ni las ataduras de las prohibiciones que frenen la audacia de este corazón que cada mañana se pone a trabajar».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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