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Huellas N.08, Septiembre 2024

PRIMER PLANO

La libertad de quedarme en casa

Raquel Rivera

Algunos de los momentos más significativos de los campamentos de Bachilleres de este verano en Picos de Europa

La letra de la canción Freedom to Stay, de Waylon Jennings, dio inicio al primer turno de los tres campamentos de Picos de Europa desarrollados en Cordiñanes de Valdeón, una localidad leonesa que durante 21 días se convirtió en nuestra casa: «La vida está vacía cuando caminas solo, me diste la libertad de seguir mi propio camino. Me diste mucho más, me diste la libertad de quedarme en casa».
Durante el curso hemos tenido pocas veces la oportunidad de vivir juntos la experiencia de fe que nos une. Todos nos hemos movido desde procedencias muy diversas (Madrid, Castellón, Cantabria, Cataluña, Canarias, Osuna, Venezuela, Ucrania e incluso Finlandia). Algunos han tenido que afrontar grandes sacrificios para poder llegar a este lugar. Muchos de los participantes se mostraban expectantes e ilusionados ya que era su primera vez. Otros, en los días previos, manifestaban cierto escepticismo al pensar que ya nada nuevo podía suceder. Y también gran parte llegaron al campamento marcados por el dolor como consecuencia de circunstancias difíciles de afrontar…
A pesar de ese punto de partida, en cualquiera de las situaciones descritas, todos hemos percibido que nos movíamos por la intuición de un bien que podía ser también nuestro. Ninguno de nosotros podíamos quitarnos de encima la conciencia de que somos promesa de felicidad. Tenemos un aguijón en nosotros que nos espolea y no nos deja nunca tranquilos. Lo que nos ha lanzado a esta aventura, en último término, ha sido el anhelo de que nuestra vida se cumpla.
Y si lo deseamos es gracias a que ya hemos experimentado que es posible. Durante el transcurso de los campamentos lo hemos visto, escuchado, tocado y hemos empezado a seguir a personas entre nosotros que nos han comunicado una vida grande.
La hipótesis de estos días, rodeados de la imponencia de la belleza, ha sido comprobar que es posible vivir todas las circunstancias gracias a los testigos que se nos han puesto delante de nosotros como Vera, venida de Ucrania, Lucía Garijo, los actores que han interpretado fragmentos de Miguel Mañara, los testimonios y un nutrido grupo de adultos y universitarios que han contribuido con su tiempo a sostener la cocina, mantenimiento, sonido, cantos, juegos, preparación de las marchas y diversos actos.
Cada día, sin merecerlo, se nos ha regalado lo que necesitábamos para vivir. Hemos descubierto que solos no hubiésemos sido capaces de generar la vida que hemos visto con nuestros ojos. El lema, “Sin ti no puedo hacer nada”, se ha convertido en “Contigo podemos vivir todo” tal y como se describe a continuación.

Al principio no era así


Me llamo Lucía, soy de Valencia, tengo 30 años. No soy de CL pero soy amiga de Javi Andreo, profesor implicado en la vida de Bachilleres. Él, junto a otros adultos, llevan adelante un campamento en Picos de Europa para chicos de 4º ESO y Bachillerato de diferentes procedencias de España. Hacen hasta tres turnos (supongo que porque no caben todos a la vez). Me llamó porque los chavales habían pedido abordar el tema del afecto y yo, hace ya algunos años, hice un documental sobre ello.
Se llama Al principio no era así (2016) y está basado en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II. La peculiaridad de este vídeo es que no se puede ver en ninguna web ni en ningún otro sitio. Lo ponemos un grupo de amigos con la condición de estar nosotros presentes en su visionado porque tiene un punto… “peligroso”. Es como un bisturí que te puede abrir de arriba abajo. En buenas manos, resulta muy útil, en malas manos… Por eso, la única condición para organizar una de estas proyecciones es: «¿estáis dispuestos a asumir las necesidades que aparezcan en los jóvenes después del visionado?». Si abres, es para operar, si no… mejor estate quieto.
Los responsables de Picos estaban dispuestos y querían ponerlo al inicio de alguno de los turnos. Para no tener que ir y volver, Javi me propuso quedarme. Esta era la propuesta para mí: «tómate 10 días de tus vacaciones para poner el vídeo dos veces, con adultos que no conoces, con chavales que no acompañas y en un campamento del que no sabes nada».
Estaba a punto de pasar de él cuando le pregunté: «¿pero en qué fechas es eso?». Del 12 al 21 de julio. Me quedé muerta... él no lo sabía, pero todo este año estoy atravesando una crisis muy gorda con una persona muy importante para mí y justo en esas fechas había un viaje al que renuncié precisamente por esta herida. En resumen: esos 10 días ibas a estar sufriendo, vente conmigo a la montaña y habla a los jóvenes del afecto, diles que las heridas no tienen la última palabra. Estaba claro, era el Señor, así que le dije que sí.
Llegué al campamento con la conciencia de que allí “había algo para mí” así que empecé a vivirlo todo en primera persona como si todo fuera para mí. Me metí en un equipo a jugar completamente entregada, a conocer a los adultos, a comer con los chavales, a hacer la marcha... Estaba como en casa. Y poco a poco empecé a ver.
No había ningún adulto que fuera “la estrella”, uno respecto al que todo girara en torno a él, a su predicación, a su carisma. No, no era así. Había una comunión de adultos. Llevaban la propuesta juntos, diferentes responsables para cada aspecto del campamento y el micrófono central no era eclipsado por nadie, rotaban, incluso salían de dos en dos. Pero no era solo un reparto de tareas… era como si la propuesta misma fuera esa comunión. Además, una comunión que no uniformiza, no eran adultos homogéneos. Siendo cada uno con su personalidad se percibía una unidad que… a ver, ¿qué hace un señorito andaluz con uno de Parla? No se explica humanamente. Y allí estaban, con un empeño en cuidarse, en conocer lo que vivía el otro. Cada noche, preguntando cómo se ha vivido el día.
Y claro, de cara a los chavales, esta comunión evita generar dependencias. Esa unidad casi que les obliga a decir: «pero ¿qué es lo que hace que estos, siendo tan distintos, tengan unos rasgos comunes?… ¡es el Señor!». Evita dependencias, es decir, genera adultos. He visto incluso a un chaval de 19 años limpiando retretes con una conciencia... envidiable.
Y a mí… me hicisteis partícipe de esta comunión. Los días siguientes al documental comenzó un goteo de… «¿puedo hablar contigo un momento?». Cada persona con la que hablaba ponía delante situaciones de dolor inmensas. «Viendo el documental, sentí que hablabas de mí, y ahora… ¿qué hago?». Y yo, que en otro momento habría tratado de hacer una súper propuesta, me llenaba de alegría por preguntar: «¿quién es tu responsable? Vamos a hablar con él». Es decir, yo no te salvo, te salva esta comunión.
No sé cómo describir el impacto. Este era el corazón de mi crisis. ¿Pero quién me iba a decir que me esperaba la respuesta en Picos, a mí, que ni soy del movimiento? En vosotros he visto que hay “otro modo”. Que solo la comunión da fruto, solo la comunión genera adultos. Y ahora ya, por menos de esto… no pienso renunciar a la promesa que he visto.
Lucía Garijo

«Dios no tiene otras manos que las nuestras»


El segundo día del primer turno del campamento en Picos de Europa, tuvimos un momento importante que nos mantendría reflexionando sobre algunas situaciones relacionadas con la guerra que está librando Ucrania en estos momentos para defenderse de la invasión rusa pero, sobre todo, nos daría otra perspectiva, una más humana. La protagonista de la noche fue Vera, una joven mujer ucraniana, esposa y madre, quien vino a brindarnos su testimonio.
Empezó la noche con un breve resumen sobre la situación de la guerra y cómo ella logró escapar al poco tiempo de empezar el conflicto junto a su hija Rada, que en ese momento tenía seis años. Lo dramático del asunto es que tuvo que dejar a su esposo atrás, él no podía salir por la situación legal que impedía a los hombres en edad militar abandonar el país.
Cuando, aún en Madrid, hicimos una videollamada a Vera para preparar el encuentro, supimos que su primer objetivo era viajar a Italia, pero por cosas del destino terminó viajando a España, un país en donde no conocía a nadie. Ella vive en Valencia y nos relata que se sentía feliz, recibió mucho apoyo de personas que nunca antes había visto, se sintió acogida, pero se sentía culpable; constantemente se preguntaba si podía sentirse feliz mientras su esposo estaba en Ucrania, sufriendo. Ante esto dijo algo que nos dejó a todos pensando, la respuesta de su esposo. Él dijo que el objetivo de salir de su país de origen era recuperar la felicidad, la esperanza; esa era la fuerza que ella debía darle a él, el saber que ella y su hija estaban bien y felices, «era necesario conservar la felicidad para poder llevarla a Ucrania y a Rusia de vuelta cuando todo termine». Sí, a Rusia también.
Otro tema del que Vera habló fue el perdón, ¿acaso es posible? La guerra sigue en curso, sigue marcando la vida de las personas, los afectados están en ambos bandos. Vera nos decía que son conscientes de que la verdadera paz no será posible sin el perdón pero, por el momento, el perdón parece estar muy lejos, porque el dolor sigue latente. Algo que ella resalta es que la guerra empieza primero en los corazones, es necesario que el tiempo calme el dolor y permita que los corazones se abran y estén dispuestos a perdonarse mutuamente.
Después de unos meses separados, el esposo de Vera logró salir legalmente de Ucrania y reunirse con su familia y el gran mensaje que dejan es que frente al dolor siempre hay una luz de esperanza, la luz de aquellas personas que luchan por mantenerla y llevarla a quienes la han perdido. Ellos no hacen grandes cosas a simple vista, con pequeños actos van inspirando a otros, a veces con sonrisas o palabras de aliento haces grandes cambios. Como ella misma decía, «Dios no tiene otras manos que las nuestras».
La paz y la guerra nacen en los corazones de cada uno, ¿qué podemos hacer nosotros desde nuestros contextos? ¿A qué estaríamos dispuestos?
Celeste Vera

El perdón ha entrado en el mundo


Hace ya siete años, una alumna del colegio se fue a estudiar a Las Vegas y supo que a pocos kilómetros de donde vivía se perpetró una masacre horrible. Stephen Paddok, un hombre de 64 años, desde lo alto de un hotel, disparó sin control un arsenal de rifles ocasionando cincuenta muertes y más de cuatrocientos heridos. Al día siguiente, los periódicos de todo el mundo se hacían eco de la noticia. «No más armas en EEUU». «Debemos perseguir la delincuencia sin descanso». «Decenas de familias sin esperanza ante el horror». Ella, en cambio, escribió un e-mail a sus amigos con una idea bien distinta. «¿Dónde están esos ojos que aprecian tu valor infinito e indestructible por encima de todo mal?». «Yo no soy nadie para reducir el valor del hombre, de ningún hombre. Sin embargo, me uno al grupo de criminales cuando no grito qué es Aquello que me proporciona confianza tras tal calamidad. Me imagino a Stephen –siendo testigo del Amor que domina cada minuto de mi vida– sonriendo». ¿Cómo es posible que una joven de apenas 16 años ofrezca un juicio tan fino, tan sorprendentemente adecuado al corazón de cualquier hombre? Nuestra amiga estudió Ciencias en el colegio pero decidió entrar en la facultad de Derecho. Quiere decirle a los que meten la pata que no son lo que han hecho, que valen infinito y que son queridos.
Este año hemos querido introducir el perdón en el campamento de Picos de Europa. Durante toda la semana hemos hablado sobre la necesidad de mirar lo que sucede, de mirar con sinceridad el corazón y ser conscientes de qué es lo que verdaderamente deseamos. Si uno hace este ejercicio, es difícil no encontrar en el fondo del alma el deseo de ser perdonado y de pedir perdón. «¿Hay alguien entre los presentes que no haga el mal cada día, que no tenga la tentación de odiar a un amigo por dejarle solo, que no hable mal de sus padres, que no mienta para salvar el culo?». 150 chavales en silencio delante de estas preguntas. Sí, necesitamos la misericordia. Pero si no nos miramos honestamente, quizás pensemos que podemos vivir sin ella. Al inicio del gesto una chica canta una canción preciosa de Lauren Daigle, You say. «Lo único que importa ahora es lo que piensas Tú de mí. En Ti encuentro lo que valgo, en Ti encuentro mi identidad». ¿Quién es capaz de mirarme a la cara y decirme que el mal no me define? ¿Que no estoy condenado de por vida, que valgo la pena con toda mi historia? Nosotros no somos capaces de mirar así. Pero, misteriosamente, las dos personas que hemos invitado a hablar en el acto nos cuentan algo asombroso: van habitualmente a hacer la caritativa a dos cárceles, una en Madrid y otra en Bolonia (Italia), van a aprender a amar entregándose a gente que ha hecho el mal. Algunos han matado. Y estas van allí a compartir libremente su tiempo con ellos. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? ¿Qué les ha pasado?
Uno de los presos lo ha entendido: son libres porque han encontrado el Amor de la vida. Quieren estar con nosotros porque son felices. Dicen que el mal no domina el mundo. Este mismo tipo ha querido escribirnos una carta a los que estamos en el campamento: «Os escribo estas reflexiones desde mi habitación, no desde mi celda. Porque el sentimiento de estar encerrado, y solo, lo he tenido y sentido más veces estando fuera que ahora dentro de estas cuatro paredes. (…) Estando en la cárcel descubrí Comunión y Liberación, y gracias a ellos encontré esa libertad que tanto añoraba: sentir la paz y el amor en mi interior y dejarme guiar por un grupo de maravillosos ángeles». Un hombre que encuentra la libertad dentro de la cárcel… imposible. No puede ser. Es algo aparentemente insensato. Y, en cambio, real. Nos lo ha escrito. Nos lo está contando. Le hemos conocido y llama la atención su alegría. Finaliza el encuentro con la lectura de un artículo de Jorge Bustos publicado en El Mundo. También podemos encontrar en la prensa testimonios de perdón hoy. Y escucharlo te deja verdaderamente con la boca abierta. Hace tres años, una niña pequeña fue atropellada a la salida del colegio. La madre de una compañera confundió las marchas de su Volvo y se la llevó por delante. Cuando se certificó la muerte, María, madre de la fallecida, «se dirige hacia la mujer que ha causado el accidente y se funde con ella en un abrazo. Y si no podemos hablar de su dolor, quizá merezca la pena hablar de ese abrazo. (…) María es madre, y María es cristiana. En pocos segundos la conciencia de María resuelve la contradicción y absuelve a la mujer que originó su tormento. La pequeña está ya en el cielo, tú vete en paz. Nadie puede dejar de admirar la dinámica de la fe cuando se pone en funcionamiento».
Esta mirada única entró en el mundo hace más de veinte siglos. Jesús la introdujo en nuestro mundo y ha llegado a nosotros, a nuestras familias, a nuestros amigos, al campamento de Picos de Europa. Queremos aprender a vivir como Cristo. Demos gracias a Dios por ser testigos de estas cosas tan preciosas.
Alfonso Calavia

Amor y misericordia


Yo me he encontrado con la misericordia de un amor que me ha cambiado la vida. Tiempo atrás en mi vida podía distinguir tres grandes “incendios”, es decir, tres grandes circunstancias en las cuales se habían generado grandes heridas: la situación con mi familia, las relaciones personales, así como conmigo misma. Con todo ello llegó un momento del curso en el que se nos pidió en una clase de tutoría que expusiéramos dos fotos, una de ellas tenía que mostrar cómo creíamos que los demás nos veían por fuera y en la otra cómo nos veíamos por dentro nosotros mismos. Mi primera imagen intentaba expresar esa constante idea que yo tenía de que los demás veían a una persona perfecta, sin errores, inhumana. Alguien con notas excelentes, capacidad para los deportes, etc. Sin embargo, mi segunda imagen era una burbuja fracturada y oscura, a punto de estallar, que contenía mi cabeza, a mí misma. Por entonces me definí como una decepción atrapada en un remolino que me arrastra pero que nunca termina. Decía que era un dolor constante, un sufrimiento que nunca para arrastrándome a un agujero negro en el que no veo el final. Y me ahogaba. No sabía dónde respirar. Mi corazón no descansaba en ninguna parte, tenía que seguir fingiendo.
Sin embargo, cuando fui a exponer este trabajo en clase, había ocurrido algo que me empezaba a cambiar la vida. Me había encontrado con una mirada verdadera, rebosante de amor. Esta mirada se refleja en personas muy concretas que me empiezan a acompañar y aunque esa mirada sobre mí misma no ha cambiado demasiado, porque sigo en esa lucha, se me ofrece una posibilidad para ser feliz, para sonreír de verdad y poder dejar de fingir. Encuentro entonces un lugar donde poder ser yo.
Todo esto sucede en situaciones muy concretas. El primer momento en el que me doy cuenta de que alguien me mira de esta forma es nada más llegar a cada clase con mi tutor, quien sin excepción me preguntaba cada día cómo estaba. Simplemente eso. Se interesó por mí. Y un día le respondí que estaba bien, como hacía siempre aunque no fuera verdad, y me dijo «¿Pero bien como cuando me dices que bien y no lo estás, o bien de verdad?». Yo me quedé pensando en cómo era posible que se hubiera dado cuenta porque si algo se me daba bien era fingir que no me pasaba nada. Así que le escribí contándole lo que me había ocurrido durante los últimos años y a la mañana siguiente vino a la clase que yo tenía y me abrazó. Con ese correo me había abierto por primera vez, había dejado un hueco en esa barrera que me había creado yo misma porque estaba pidiendo ayuda, mi corazón pedía a gritos que me rescatasen.
Desde entonces poco a poco una luz, un amor, se ha ido introduciendo en mí a través de hechos muy concretos. Por ejemplo, el último día de colegio antes de las vacaciones de Navidad invité a toda mi clase a comer a mi casa. Ese signo para mí fue un abrir las puertas a que la gente de clase me conociera más, a mí, no a la que intentaba fingir. Esa misma noche fui a casa de un profesor del colegio y estar ahí con gente muy concreta cenando con sencillez y cantando, simplemente eso, fue por primera vez como respirar. Mi corazón encontró el lugar donde descansaba. Sin embargo, yo seguía resistiéndome a romper esa barrera, seguía habiendo una lucha constante entre lo que gritaba mi corazón y lo que me decía mi cabeza, así que, aunque me invitaron a las vacaciones de Navidad de bachilleres, encontré la forma de justificarme para no ir. A pesar de ello, mi corazón ansiaba volver a respirar, encontrar algo que me hiciera feliz. Recuerdo que en un examen de filosofía teníamos que desarrollar la teoría de san Agustín y mientras lo escribía me puse a llorar. Lloraba porque yo quería lo que san Agustín había encontrado, ese descanso, esa felicidad. «Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti». Mi corazón era un signo de verificación, de si realmente lo que sucedía en mi vida correspondía con mi deseo de felicidad, de paz. Entonces mi tutor me ofreció la posibilidad de comer con él y una compañera de clase. En esa comida esta amiga me planteó ir a los ejercicios espirituales de Semana Santa y mi primer impulso fue decir que no, porque yo seguía pensando que ese sitio no era para mí. Sin embargo ella me dijo: «¿y si encuentras algo que merezca la pena, que te haga feliz?». Entonces empecé a pensarlo y decidí ir, aunque nunca antes hubiera ido a escuela de comunidad ni a nada del movimiento, me lancé a la piscina sin siquiera pensarlo demasiado porque si no, sabía que mi cabeza iba a impedir que fuera.
El día anterior a irme de ejercicios estuve con una amiga del colegio y me dijo que esa tarde se iba con algunas personas del colegio al Happening. Yo no tenía ni idea de qué era eso pero le pregunté si podía ir con ella. Salió de mí la necesidad de pegarme a ella porque veía que era mucho más feliz que yo. Ese día me recuerdo a mí misma cantando, sonriendo, siendo yo con gente que ni conocía pero sintiendo a la vez que algo me había unido a todas esas personas. Al día siguiente, en los ejercicios, fue una explosión. Me vi a mí misma llorando desde la introducción, en cada lección, en los momentos de silencio, constantemente. Pero llorando por primera vez en mi vida con una paz que no es de este mundo. Encontré una serenidad que no había sentido nunca. Desde entonces poco a poco mi corazón percibió un atisbo de felicidad que deseo que cada día se haga más grande, que vaya a más. Después de Semana Santa empecé a ir a escuela y el deseo de sentirme querida y aprender a querer se me iba haciendo cada vez más grande, iba a más. Tenía la necesidad de vivir acorde al deseo de mi corazón, sin conformarme con menos.
Después, en una quedada con algunos amigos vimos un episodio de la serie Black mirror en el que todos tenían un chip en la cabeza con el que podías ver los recuerdos y hechos que te habían sucedido en el pasado. Al acabar un profesor planteó la pregunta de si alguno de nosotros querríamos borrar algo de nuestro pasado si tuviéramos esa posibilidad. Yo me respondí a mí misma que no lo haría, que a pesar de todo lo que había sufrido y la lucha que seguía teniendo no sería capaz de borrar nada porque esas heridas me han llevado a estar donde estoy ahora.
Y no todo está resuelto, pero esa mano que entró por las heridas que yo tenía, por donde mi corazón gritaba auxilio, no ha desaparecido. Me encuentro necesitada de ser rescatada y amada por Él todos los días. Sigue siendo una lucha pero al mirar la diferencia abismal entre cómo estaba hace un año y cómo estoy ahora veo una mayor esperanza para seguir caminando acompañada por aquellos que me miran a mí, a quien soy de verdad.
Andrea

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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