«Si no quieren estudiar lo que les propongo, tendré que desafiar sus ideas». Una profesora portuguesa ha cambiado su forma de mirar a sus alumnos. Así ha nacido una amistad «para ver de dónde nacía mi manera de mirar»
«A veces creo que mis alumnos pertenecen a otra especie. Empiezo a dudar de que tengan el mismo deseo de felicidad que yo. Me da la impresión de que solo les interesa llevarse a casa un manual de instrucciones para no tener problemas. Entonces tengo que hacer un acto de fe y apostar por que en el fondo, fondo, son igual que yo, que nada les basta y que esperan algo grande». Maria Pacheco de Amorim es una profesora portuguesa nacida en Oporto pero que vive en Lisboa desde su época universitaria, donde estudió filología lusitana e inglesa. Lleva veinte años mirando a los adolescentes que pasan por sus clases. Y todavía no se ha acostumbrado. De hecho, dice que cada año es más difícil entender lo que pasa por las cabezas de los que serán los hombres y mujeres del mañana. «Lo que me permite entrar en relación con ellos es partir de mi propio deseo. Yo odio aburrirme. Cada vez que les veo aburrirse, los entiendo. No estamos hechos para el aburrimiento. Ahí es cuando veo que ellos también desean ser felices, pues de lo contrario no sentirían ese malestar». No aburrir a los alumnos es el mayor reto para cualquier profesor. «La cuestión no es presentarse ante ellos e inundarles con todo lo que yo sé. Se trata de hacérselo entender, proponiéndoles los pasos que me han llevado a mí a entrar en el significado de las cosas que explico».
Dicho así, suena fácil, pero con el paso de los años se ha acelerado la marcha y cada vez resulta más difícil, por la mentalidad que ha moldeado a estos chavales, estar en el presente. «Empiezas a ver ciertos detalles. La forma de escribir mensajes en el móvil, su manera de hablar, la nueva normalidad en las relaciones, la fluidez del mundo LGBT o el hecho de que, cada vez más, exista una sola versión para todo. Todos ven las mismas series y escuchan la misma música. No existen formas de contracultura. Desarrollar un sentido crítico es ahora más difícil que nunca. Cualquier intento de valorar las formas actuales de cultura de masas parece poner en riesgo su razón y su capacidad afectiva». A todo eso se añade otro hecho: si te dedicas a enseñar literatura, te vas a encontrar con chavales que hacen de todo menos leer libros. Aparte de las distancias cronológicas, hay que buscar la manera de que Shakespeare logre salvar una nueva fosa, que en cierto modo supone una nueva forma de analfabetismo.
Maria ha encontrado un camino personal para jugar esta partida. Fue hace diez años, cuando tuvo que hacer de la necesidad virtud porque no pudo prepararse una clase sobre El rey Lear. Se presentó en el aula con un DVD de A todo volumen, un documental sobre Jimmy Page, The Edge y Jack White, los guitarristas de Led Zeppelin, U2 y The White Stripes respectivamente. «En la primera fila había un chico que se pasaba las clases durmiendo, con la cabeza en la mesa. Pero ese día no. Estuvo con la cabeza en alto y los ojos como platos hasta que acabó el video, y se puso a preguntar». Ese episodio le hizo comprender que, efectivamente, los jóvenes no leen, pero escuchan música. La que les gusta, pero la escuchan. Ese es un lenguaje que sienten más cercano. Y la música es arte. Muchas veces las canciones pueden enseñar lo que es la poesía. Maria se impuso una regla: no debía elegir música demasiado alejada de su sensibilidad –escuchar a Beethoven sería como leer a Shakespeare, y estaríamos en las mismas– pero tampoco plegarse a sus gustos, pues había que desafiar sus ideas.
«Un año les pedí un trabajo sobre Interpol, una banda americana de música indie que me encanta. Al cabo de unos meses, los alumnos me contaron que este grupo iba a actuar en el festival de Oporto. Y yo, que les veía poco propensos a la aventura, les dije: “¡Tenéis que ir a verlos!”. Unos días después, una levanta la mano y me pregunta: “Profe, ¿tú también vienes al concierto?”». Han pasado varios años y Maria confiesa que, con el tiempo y las cosas que pasaron, algunos de los que fueron con ella a ver a Interpol empezaron a vivir la experiencia del movimiento. Por ejemplo, la chica que levantó la mano ahora es profesora como ella, aparte de Memor Domini.
«El problema no era Interpol. Lo que me interesaba no era convencerles de que su música era buena, sino provocarles, sacarles de su zona de confort, donde los está encerrando la mentalidad dominante. No solo quisieron ir, sino que yo les acompañara en ese descubrimiento. Querían ver como yo veía. Aquello abrió una brecha de la que nació una amistad que les hacía desear ver de dónde nacía mi manera de mirar». Maria tiene claro que nace de su pertenencia al movimiento y de su implicación con los bachilleres. La unidad entre los adultos implicados en la educación ha sido para ella una alegría y un consuelo. Algunos son profesores, tanto del São Tomás, un colegio de Lisboa fundado por personas del movimiento, como de otros centros de fuera de la capital. Otros son sencillamente padres dispuestos a echar una mano a los docentes. Pero lo que más le sorprende es la madurez de los chavales, capaces de tomar la iniciativa para organizar gestos como la secretaría o el coro. Muchos de ellos tienen a sus espaldas una larga historia en el movimiento, por tradición familiar, por el colegio o la propuesta de juveniles, pero los desafíos no faltan.
«La mayoría se considera creyente y no tiene grandes problemas con la fe, pero la cuestión es que muchas veces dan por descontado las razones de su fe. Basta que uno se declare creyente para ser “de los nuestros” y viceversa, cuando alguien no lo es, entonces ya no interesa… Para mí no es así. A mis “compañeros de camino”, esos artistas que despiertan mi deseo, los elijo fuera de las “sacristías”». De modo que hay dos tipos de muros que rodean a estos jóvenes: el de la mentalidad dominante que moldea sus cabezas y el de la reducción de la religiosidad a tradición y a rito. Sin embargo, según Maria, estos años han sido una sucesión de sorpresas sin fin. Como la asamblea de las vacaciones de verano que acaban de tener. «Veo cómo se apegan a la Escuela de comunidad, que para algunos se ha convertido en el alimento que nutre su vida diaria. Cuando faltan alguna semana, llegan a decir que lo echan de menos. En contra de todos mis análisis sociológicos y de cualquier distinción entre generaciones X y Z, veo que cuando se despierta su deseo más profundo y verdadero, reconocen que no hay nada que responda mejor que la experiencia de la presencia de Cristo».
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