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Huellas N.08, Septiembre 2024

PRIMER PLANO

Compañeros de cátedra

Simone Invernizzi

Los educadores de CL se han puesto a trabajar sobre un texto de don Giussani de 1977 buscando ayuda ante los nuevos desafíos

La presencia o ausencia de una preocupación educativa es el termómetro más significativo para testar el estado de salud de un grupo humano, ya sea una familia, un país o una civilización. Llevamos años atravesando una situación que Benedicto XVI definió como «emergencia educativa» (Discurso inaugural del congreso de la diócesis de Roma, 11 de junio de 2007), por la dificultad para transmitir a las nuevas generaciones algo válido, un significado que pueda ayudarles a orientarse y dar a su vida un horizonte grande. Se trata de una emergencia que toca en primer lugar a la educación y a la familia, pero afecta a la sociedad entera –trabajo, afecto, política, deporte– como los informativos se encargan de recordarnos con demasiada frecuencia. Sin educación, la vida no puede ser humana, porque lo humano que hay en nosotros necesita una provocación que lo despierte. Cuando esto no sucede, avanzan la violencia, la confusión, la fragilidad, la homologación, y el yo queda a merced de sus instintos y debilidades, o lo que es lo mismo, de la mentalidad dominante.
Precisamente de ahí surgió la idea de proponer a todos los participantes del CLE –Comunión y Liberación Educadores, es decir, aquellos que se dedican profesionalmente a la educación, desde la infancia hasta la mayoría de edad– retomar un texto de don Giussani titulado Viterbo 1977, una intervención en un encuentro nacional de profesores celebrado en Viterbo en agosto de ese año, considerado por el propio Giussani «como uno de los momentos más importantes de la historia del movimiento así como de los más olvidados» (A. Savorana, Luigi Giussani. Su vida, p. 585).
A lo largo del curso, de diciembre a abril, este trabajo se ha desarrollado en tres asambleas guiadas por Matteo Severgnini y Francesco Fadigati, una para cada capítulo del texto («Seguimiento», «Presencia», «Educación»), a las que se invitaba a profesores y educadores de todos los niveles y ámbitos, presencialmente o en conexión por video. Los momentos comunes se solían preparar por grupos, donde se invitaba a otros compañeros y amigos. Para muchos ha sido la ocasión de descubrir (o redescubrir) una amistad capaz de entrar hasta lo más recóndito del propio trabajo. Las conquistas e interrogantes que han surgido a lo largo del camino desembocaron en una asamblea en mayo con Davide Prosperi.
La intervención de Viterbo 1977 se sitúa en la segunda mitad de los años 70, en un momento de gran implicación de CL en la vida social y política italiana, con una fuerte exposición pública. Poco antes, en otoño de 1976, viendo los signos de un cansancio y una rigidez cada vez más extendidos, Giussani participó en un equipe universitario donde formuló una propuesta que supuso un auténtico punto de inflexión para todo el movimiento: pasar de la utopía, de un proyecto bueno pero generado por nosotros, a la presencia de «personas conscientes de llevar al mundo algo definitivo» que se manifiesta en «una amistad operativa», en una unidad (L. Giussani, De la utopía a la presencia, p. 69). Las páginas de Viterbo 1977, que poseen una actualidad y una fuerza de provocación rompedoras, desgranan esas mismas preocupaciones. He aquí un resumen sintético.

Seguimiento. Introduciendo el tema, Giussani no se alarga en un análisis del contexto social, sino que pone enseguida su atención en la figura del educador y lo hace acusando «una falta de fecundidad común, signo de una sequedad personal que empieza a desvelarse». Su preocupación se resume en ciertas preguntas radicales que también nos interpelan hoy: «¿cuánta fuerza de convocatoria conserva nuestra comunidad, nuestro movimiento?», «¿qué ímpetu comunicativo tenemos?», «pero tú, donde estás, ¿eres propuesta?, ¿es tu vida una propuesta?».
Giussani observa que «nos convertimos cada vez más en un partido o una asociación con fines educativos, sociales, políticos. No somos ya una novedad de vida». Eso sucede porque se nos olvida lo que sucedió al principio. «El movimiento nació de una presencia que se imponía y ofrecía a la vida la provocación de una promesa que podíamos seguir», pero hemos confiado la continuidad de ese inicio a discursos e iniciativas, en lugar de a nuestra vida; hemos reducido a «obediencia a la organización» lo «que debía ser la aceptación de una provocación y, por tanto, un seguimiento vivo». Solo se puede recuperar el inicio en un «seguimiento de la vida, es decir, un deseo vivo, un esfuerzo por identificarse con una experiencia viva».

Presencia. La pregunta que genera una presencia no es «¿qué hacer?», ni «¿cómo debo ser?», sino «¿qué soy?», porque abre al reconocimiento de lo que nos ha sucedido: «Tú eres gracia», «el reconocimiento de una plenitud, de una verdad y de una fuerza que llevamos en nosotros, que no se origina en nosotros, que no es fruto de nuestra capacidad pero que se nos ha dado, se nos ha donado, nos la hemos encontrado; algo que tan solo debemos reconocer y a lo que tan solo nos tenemos que adherir». El punto de partida de una presencia educativa no es por tanto una iniciativa ni un deber ser sino una identidad nueva generada por el encuentro. Son dos los factores de la presencia: una conciencia nueva de uno mismo –conciencia de la comunión con el misterio de Dios, que se hace visible en una comunión con otros– y estar dentro, es decir, «estar con toda nuestra humanidad dentro del ambiente, porque si la comunión no está dentro del ambiente no es verdadera».

Educación. La palabra “educación” describe el motivo por el que el Señor nos ha elegido, es «llamada a la humanidad nueva» y no es una cuestión de herramientas, sino de verdad en la vida del educador. De hecho, lo que educa es una presencia, «educar es comunicarse uno mismo», el propio «modo que tiene cada uno de relacionarse con la realidad». Pero para que esto no caiga en el egoísmo o en el despotismo, hay que recordar los dos factores que identifican y alimentan nuestro yo: el ideal, es decir, el sentimiento de uno mismo que brota como fruto de la conciencia de la presencia de Cristo y de un «seguimiento real», y la vida de comunión o la unidad entre nosotros, que es «compartir históricamente el ideal» y supone por tanto «una modalidad estructural del yo».
Puesto que se trata de una vida que habita en la historia, la fe tiende a generar cultura. El cristiano «no puede dejar de intentar juzgar ideas que circulan o estructuras que existen en la sociedad desde el punto de vista de su fe y, por tanto, no puede dejar de intentar crear cultura». Es un riesgo necesario e inevitable, pero como «no deriva automáticamente de las verdades de la fe», debemos saber que siempre es «discutible y corregible y por ello debe ser ágil ante la posibilidad de cambiar».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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