¿Cómo son los jóvenes del siglo XXI? ¿Y cómo les miran los adultos? Hablamos con Anna Ballerini, psicóloga y psicoterapeuta
A nivel global, el suicidio es la cuarta causa de mortalidad juvenil entre los 15 y 29 años de edad, según la Organización Mundial de la Salud. En Europa, nueve millones de adolescentes sufren problemas de depresión, ansiedad y trastornos de conducta o de alimentación. Son datos alarmantes que dibujan un oscuro retrato de las nuevas generaciones. ¿Cómo son los jóvenes del siglo XXI? «Fragilísimos, pero llenos de recursos. Es decir, son sujetos pensantes y por tanto portadores de novedades y potencialidades que no suelen corresponderse con la imagen que tienen los adultos», afirma Anna Ballerini, psicóloga y psicoterapeuta evolutiva. «Sería interesante empezar a mirarlos en acción y no solo como un problema. ¡Son espléndidos!». Este es el primer detalle luminoso, al que seguirán otros a lo largo de esta conversación, en la que, sin querer agotar el tema ni ofrecer un manual de instrucciones para el perfecto educador, no dejan de abrirse preguntas y reflexiones.
Empecemos por el adjetivo, «frágiles». Se suele atribuir la causa a la pandemia.
Me parece reductivo recurrir a esa variable, que suele ir asociada al uso de las redes sociales, como única causa. La pandemia agravó una situación que ya se estaba produciendo. Pero creo que es fundamental reflexionar sobre la responsabilidad de los adultos, es decir, sobre los modelos de identidad que se propone a los jóvenes. En la última década se ha producido una serie de cambios a nivel educativo y social que paradójicamente han llevado a tratar a los niños como si fueran adultos, anticipando ciertas experiencias, pero infantilizando la adolescencia. Es decir, los niños, desde pequeños, están hiperestimulados y se les introduce demasiado pronto en ámbitos de socialización. Todo ello en sí es bueno, pero no se ha modificado la forma de mirar la adolescencia y en un periodo en que los chavales necesitarían apoyo para probar y descubrir quiénes son, para poder conocerse, alcanzar su identidad, suelen prevalecer actitudes educativas infantiles que se resumen en ciertas expresiones clave que se presentan como algo que «es por tu bien»: reglas, límites, líneas seguramente indispensables pero que no pueden convertirse en el núcleo central de la educación, pues el adolescente las ve como barrotes de una jaula de la que quiere escapar porque no entiende su utilidad en este momento. Esa actitud, que también es síntoma del miedo y la fragilidad del adulto, puede provocar un doble riesgo que veo en los jóvenes que vienen a consulta o al gabinete psicológico del colegio donde trabajo.
El primero es una hiper-adaptación. Pongo un ejemplo. Un chico me cuenta todo el sufrimiento que tiene y que le lleva a autolesionarse. Viendo su gravedad, le digo que es necesario que comparta ese dolor con sus padres. Su reacción es perentoria: «No, no, no quiero causarles más dolor, ya sufren demasiado».
¿Y el segundo riesgo?
Una hiper-idealización, es decir, una tendencia a imponer a los adolescentes expectativas y estándares irreales que pueden acabar siendo agobiantes y contraproducentes. Es una situación que se da mucho cuando padres y educadores no tienen en cuenta la individualidad y los límites de los chavales, esperando que alcancen en cambio unos niveles de perfección o de éxito que están fuera de su alcance. Esta actitud les genera sentimientos de inadecuación y ansiedad por estar a la altura, llegando a provocar patologías. Pienso en una chica que lloraba todas las noches antes de un examen porque le daba pánico sacar un siete, cuando su media era de nueve. Y me decía: «¡Nadie me obliga! Lo hago por mí». Por eso hay que intentar mirarlos en acción e intervenir cuando sea necesario centrándose en darles apoyo y acompañamiento, ayudarles para que ellos aprendan a orientarse en vez de hacerlo nosotros por ellos.
Pasemos a otro aspecto. ¿Qué importancia tiene relacionarse con otros?
Los jóvenes se conciben solos, pero al mismo tiempo desean construir relaciones buenas. Puede ser otra paradoja. Pero hay que partir de otra premisa. Antes estábamos acostumbrados a asociar la adolescencia con la transgresión de las normas sociales más rígidas, pero hoy parece estar más asociada a la desilusión. Es como si hubieran dejado de luchar por afirmar su propia autonomía. Ahora los adolescentes se enfrentan a un nuevo tipo de desafío. Sometidos a estándares de belleza, éxito y popularidad irreales y desproporcionados –amplificados por las redes sociales– los jóvenes se sienten constantemente incapaces y bajo presión. Tienen la percepción de que nunca serán lo suficiente y ese sentimiento es devastador desde el punto de vista psicológico. Son sensibles a la mirada del otro y en consecuencia atribuyen un gran valor a las relaciones. Pero cuando creen que no están a la altura, algunos se retiran del ámbito escolar o social porque no pueden tolerar la indiferencia o, peor aún, el desprecio por parte de sus coetáneos. Es un sufrimiento que puede provocar síntomas graves, que tienen una doble derivación.
¿En qué sentido?
Los actos de rebeldía, las autolesiones, los comportamientos de riesgo, por poner algunos ejemplos, son un mensaje claro que el adolescente envía de forma no consciente: estoy sintiendo un profundo dolor y esta es mi manera de pedir ayuda. Por otro lado, estos jóvenes tratan de aliviar su sufrimiento mental mediante acciones que les sirvan para paliar su malestar interior. Acciones con las que expresan lo que son incapaces de decir con palabras.
En esta situación, ¿cómo se les puede ayudar?
Los jóvenes son sabuesos, sienten curiosidad sobre todo por adultos a los que ven vivir de una forma verdadera, apasionada, que están satisfechos con lo que hacen. En clase, por ejemplo, un profesor que explica de forma apasionada –ya sea un poema o una ecuación de segundo grado– ejerce una fuerza de atracción sobre sus alumnos, que luego tendrán que decidir si merece la pena secundar su deseo de entrar en relación con ese adulto. Mientras que se alejan inmediatamente de una relación que les resulta pesada o, peor aún, cuando el adulto se pone al mismo nivel que ellos. Esto vale para padres, profesores y educadores en general. En los lugares donde viven, los jóvenes son exploradores en busca de adultos firmes, que no tengan miedo, e interceptan, cuando y como pueden, a estas figuras incluso fuera del ámbito familiar. Buscan otros padres y madres.
Una búsqueda que puede asustar a sus padres.
Los hijos son un don, no un derecho, y como tales hay que custodiarlos y acompañarlos hasta que haga falta. Luego llega el momento de tomar distancia, lo que no significa que dejen de tener un padre y una madre, pero hay que mirarles con una gran ternura y con la certeza de que ese no es el final de la relación, sino un nuevo inicio. Se trata de un cambio de mirada para ver cómo van creciendo y adquiriendo autonomía y conciencia. La alternativa es la rabia o, peor aún, la envidia por dejar de ser preferidos, por quedarse al margen. Creo que habría que empezar a pensar en los chavales y mirarlos, y esto vale para todos.
Volvamos a nuestro punto de partida: mirar a los jóvenes no porque les falte algo o tengan algún problema, sino porque están llenos de potencialidades. ¿Cuáles son las características de una mirada adulta?
Autoridad moral y credibilidad, pero no por su capacidad para criticar lo que existe y lo que sucede alrededor, sino sobre todo por su capacidad para imaginar y proponer oportunidades alternativas que sean viables. Un adulto creíble y autorizado es el que apoya y orienta al joven ayudándole a encontrar sus coordenadas en el mundo. Un apoyo que se concreta en pensar y proponer nuevas posibilidades, ofreciendo las herramientas necesarias para crecer y afrontar los desafíos de la vida. De este modo, los chavales podrán vivir experiencias significativas que les ayuden a desarrollar su confianza, su autonomía y su conciencia, fundamentales para crecer. Entonces crecer se convierte en una aventura interesante.
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