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Huellas N.08, Septiembre 2024

BREVES

Cartas

Por fin en casa
La verdad es que llevaba tiempo esperando con mucha ilusión estas vacaciones, pero por ese miedo que me acecha constantemente y que hace mi vida tan pequeña me preguntaba si estaría a la altura de todas estas personas que Cristo ha puesto en mi camino, amigos que me enseñan a ser un poco más libre y que son un regalo extraordinario.
Desde siempre me ha costado encontrar mi lugar, por diversas circunstancias no me ha sido posible “llegar a casa”. En Garós, pese a todos mis límites y dificultades, me han mirado y aceptado como soy, con todas las cosas que he hecho y sigo haciendo mal.
He visto a Cristo en cada amanecer, en cada río, en cada cascada, en cada roca, en cada montaña. El Señor me ha hablado, me ha escuchado, me ha sonreído, me ha consolado, me ha abrazado y, entre otras muchas cosas, me ha dicho que me quiere así, que Él me hizo, que Él me hace y que, así como soy, estará a mi lado. «Por eso debemos de mirar nuestra amistad como algo sagrado, algo de lo que Cristo quiere servirse para mostrar a todos su rostro» (Ejercicios de la Fraternidad 2024, pág.45).
Y por eso quiero dar gracias por las vacaciones de este verano, por los días vividos en Garós, en Masella, por todas y cada una de las personas y las cosas que han sucedido allí, donde he encontrado por fin mi lugar, mi casa que es Cristo.
Mónica, Madrid

Alegría desbordante
Nada más llegar a Masella, suenan los primeros cantos de tuna y yo, que la música me encanta y me llena de alegría, me pongo a llorar. Porque en ese instante me di cuenta de que yo podía no estar aquí, de hecho no quería venir, y Dios ha querido que estuviera. Y podía no estar por la enfermedad que me han diagnosticado este año y a pesar de la gravedad ha sido un año caracterizado por la paz. Desde luego que no estoy contenta por mi cáncer pero no puedo negar que me ha permitido vivir cada cosa de un modo que no vivía cuando no estaba enferma. Cuando pasan estas cosas que no quieres, te hacen vivir de un modo distinto. Me doy cuenta de que ante una circunstancia no deseada se te regala una mirada nueva y más verdadera, que te da una paz misteriosa que te hace vivir libre de la circunstancia.
Con el movimiento se me ha dado además una compañía que marca un antes y un después porque veo que educa mi corazón, como los curas de la San Carlo que todos los días de mi enfermedad me han traído la comunión a casa, o el testimonio de Rafa y María, que estoy deseando contárselo a algunos matrimonios amigos que ojalá hubieran visto esto. Es tal la sobreabundancia que me voy también agotada físicamente, porque la alegría me desborda.
Santi, Fuenlabrada (Madrid)

Suerte que estáis aquí
Después de dos años de COVID, y otros dos años de ajetreo tanto en el Camino de Santiago como en la JMJ de Lisboa, este verano ha sido la primera vez que la inmensa mayoría de universitarios del CLU participamos en las vacaciones de Masella. Casi una semana de encuentro para todas las comunidades de España (en total casi 300 personas) en un lugar privilegiado del Pirineo catalán. Si tuviese que resumir estos días, diría que todo estaba pensado por y para nosotros. Desde la belleza de las montañas y las estrellas, que hemos tenido la suerte de contemplar tanto en la marcha como en el tiempo libre y los juegos, hasta la preparación de todos los ámbitos de las vacaciones, todo cuidado hasta el último detalle. Es impresionante ver cómo este gesto sale de la generosidad de los propios universitarios que dan su “sí” gratuitamente y de su tiempo libre para construir este lugar. Gracias a toda la tradición que muchos de nosotros hemos ido viendo desde niños en Peguerinos y Bachilleres y al atractivo que han visto los que han descubierto esta compañía después, ahora nosotros nos encargamos de edificar, acompañados siempre de los profesores de Universitas y los sacerdotes, todo aquello que, hasta este momento, nos había sido dado.
Al llegar al hotel, se nos propuso tomarnos este tiempo de vacaciones como un descanso activo, como una oportunidad para poner en juego nuestra libertad. La propuesta está ahí: ahora depende de nosotros adherirnos con nuestra propia voluntad. Durante todos los días hemos hecho un recorrido por los capítulos 12 y 13 de El Sentido Religioso, de Luigi Giussani, libro que hemos trabajado en Escuela de comunidad este curso. En los momentos de palabra de por las mañanas, los responsables universitarios de cada comunidad nos ofrecían una reflexión de una pequeña parte del capítulo, para meditarla en silencio y tenerla presente durante todo el día. Escucharles supone una ayuda muy grande, ya que se pone de manifiesto que entre nosotros nos ayudamos a mirar. Ha sido precioso poder comprobar que lo que nos cuenta don Giussani verdaderamente se hace carne cuando estamos atentos a la realidad que tenemos delante. Un ejemplo clarísimo ha sido el testimonio de Jone Echarri, que nos hablaba de vivir la vida como vocación y nos recalcaba la importancia del “sí” personal de cada uno, que nunca sabemos cuánto alcance va a tener. Gracias al “sí” de Jone y Carras estamos todos aquí. También hemos podido comprobar que la realidad es signo a través de los actos preparados por los estudiantes y profesores de carreras de ciencias, que nos han ayudado a zambullirnos en el universo, su belleza, y su alusión al Misterio. El acto sobre las canciones de U2 sobre la guerra en relación a los conflictos en Irlanda y las guerras actuales en Gaza y Ucrania nos invitaban a tomarnos en serio y prestar atención a la realidad más allá de nuestras narices. Que tres amigos italianos del CLU de Milán se abriesen delante de todos, sin conocernos, ha sido una forma clara de ver cómo se fían de una invitación con una hipótesis buena. Como dice don Giussani, «en toda compañía vocacional siempre hay personas, o momentos de personas, a los que mirar».
Lo más evidente para cualquiera que se parara a pensar o se topase con nosotros (el personal del hotel, por ejemplo) es que hay un factor que se escapa: tiene que haber algo que nos una. Porque la suma de todos, incluso con nuestros esfuerzos, no da el resultado que hemos vivido. ¿Quién puede llegar a un lugar y llamar a 300 personas amigos? Parece una locura, es algo descabellado. Sin embargo, ocurre. Sin embargo, ocurren milagros entre nosotros que van más allá de nuestra capacidad. Amigo es aquel que camina con el otro compartiendo una pregunta, aquel que camina con el otro buscando la respuesta. Y por eso estamos juntos nosotros. Esta compañía que se me regala, que no me doy yo, es compañía vocacional porque me ayuda en mi camino al Destino, y me propone una respuesta. La compañía no es perfecta, pero es signo: es donde podemos contemplar que se mezclan lo humano y lo divino. Y por eso es vital haber tenido la suerte de poder participar de la Eucaristía todos los días, y tener sacerdotes a nuestra disposición para confesarnos, para poder recordar diariamente Quién nos une a todos en este lugar.
En un mundo en el que parece que ya no existen los milagros, en el que parece que unos días como estos suponen ir a contracorriente de lo que nos dicta la sociedad, nosotros atisbamos un horizonte más grande. Jugando, cantando, comiendo, escuchando, riendo, hablando, en definitiva, viviendo, descubrimos que en esta compañía se vuelve palpable el rostro de Cristo. Que somos jóvenes, que tendremos tiempo para caminar, que nos queda mucho que aprender, pero que no caminamos solos. Para mí, todo se resume en el estribillo de una canción que nos enseñaron nuestros amigos catalanes en la noche de cantos: «suerte que estáis aquí, que señaláis un nuevo camino. Ya me conocéis: es parte de mí esta añoranza. Suerte que estáis aquí, que señaláis un nuevo camino, que ya no hablamos solo de mí: suerte que habéis venido».
Paula, Madrid

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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