Dante despliega la ley del Amor que rige todo el universo. Pero nos recuerda que toda ella pende del misterio de nuestra libertad. La paradoja del cristianismo en la
Divina Comedia
En los cantos del Purgatorio, en el corazón mismo de su obra maestra, Dante aborda el tema del más allá y, por analogía, del corazón humano. Nos encontramos justamente en el centro del poema tanto desde el punto de vista espacio-temporal (en plena escalada de la montaña, dejando atrás el Infierno y pendientes de alcanzar aún el Paraíso) como respecto de la estructura del poema (el canto XVII del Purgatorio es el número 51 de la Divina comedia, y le siguen otros 49). Aquí es donde Dante, mediante las explicaciones de Virgilio, nos describe la estructura del universo, reflejo evidente y necesario de Quien lo ha creado, como describe de forma admirable en Par. I, 103-105.
Todas las cosas obedecen
a un orden en sí y entre sí, y esto es lo que hace
al universo semejante a Dios.
En el canto XVII Virgilio explica que toda la creación está en tensión continua hacia su destino, todo está en movimiento hacia su propia realización, hacia su felicidad, hacia ese sumo bien que es Dios mismo: cada cual confusamente un bien concibe.
Dios es Amor y la búsqueda incansable de Dante durante todo su camino tiende a reconocer e identificar precisamente ese Amor que lo ha generado y lo genera en cada instante. No en vano la conclusión memorable de su poema será la descripción de ese estado de dicha al alcanzar una comunión perfecta con Dios, una adhesión cordial a ese atractivo que Dios ha puesto en todas las cosas:
Mas ya movía mi deseo y mi velle,
como rueda a su vez movida,
el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas.
(Par. XXXIII, 143-145)
Toda la aventura del conocimiento de Dante reside en la comprensión de los dos misterios principales de la fe descritos en la visión final que ocupa gran parte del último canto del Paraíso: unidad y trinidad de Dios, y encarnación de nuestro Señor. Las dos cuestiones que explican a Dios, su naturaleza, y por tanto la naturaleza de la creación entera y de todas las criaturas, incluido el hombre. Es como decir que todo subyace a la ley del Amor, la ley por la que cada cosa se ve atraída inexorablemente hacia la comunión total con su creador, con Dios reconocido como sumo bien. Así es como esa llama va necesariamente hacia lo alto, el alma humana tiende indefectiblemente a la amistad con Dios, aunque al hombre se le da una posibilidad que no tiene el resto de la creación, y es la posibilidad de rechazar el orden en el que se inserta y rebelarse a la ley que define su naturaleza, odiar en vez de amar su destino.
Es el misterio de la libertad. Al hombre, y solo al hombre, Dios le ofrece esta posibilidad del mal, del no amor, de negar en vez de afirmar a Otro que no sea él mismo. Lo diré con un ejemplo sencillo. Todo el universo se somete a la ley física de la gravedad. No es un dato que se pueda discutir o elegir. Quien no esté de acuerdo puede intentar ignorarla, con el único resultado de sufrir un gran daño para sí mismo y quizá también para otros. Esto implica que si tengo que bajar desde la décima planta de un edificio no puedo saltar por la ventana porque me estrellaré contra el suelo. Debo contar con la gravedad y usar las escaleras o el ascensor.
Reconocer la ley a la que Dios ha sometido la realidad entera (realismo), tener en cuenta la trayectoria del conocimiento de las cosas (razonabilidad) y seguirla humildemente en nuestra acción (moralidad) es la manera de ejercer plenamente la libertad. El Capaneo de Dante está ahí justamente para recordarnos que es una elección, no una obligación.
Dante nos lo recuerda también con una estratagema formal. Si en el canto XVII del Purgatorio desarrolla la doctrina del Amor, en el 25º terceto anterior a ese canto y en el 25º terceto siguiente, encontramos en el verso central la expresión libre albedrío. Como si dijera: yo os explico la ley del Amor que rige el universo, pero recordad que pende totalmente del misterio de vuestra libertad.
Precisamente por eso, el Purgatorio se abre con la figura de Catón, un pagano suicida que se negó a aceptar la dictadura de Julio César, que no tendría ningún derecho a acceder al Purgatorio pero sin embargo Dante lo pone incluso como su custodio y guardián. ¡Una decisión clamorosa y extremadamente osada! ¿Por qué no confía esta tarea al gran Virgilio, su maestro y rapsoda de todo lo noble que hay en la naturaleza humana? ¿Por qué Catón el suicida? Porque en su acción es más evidente lo que Dante nos quiere decir: la finalidad de la vida es alcanzar la experiencia de la verdadera libertad, es decir, del cumplimiento total del deseo, hasta el punto de que solo la libertad puede valer el precio del sacrificio de la vida. Algo que para la Iglesia sería un pecado horrible, la negación de la vida, se convierte en este caso en la única virtud necesaria: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… si el grano muere, da mucho fruto… el que pierda su vida la encontrará...”. «Libertad va buscando, que le es tan cara, como lo sabe quien la vida por ella deja» son las palabras con que Virgilio presenta a Catón a Dante, y con la misma claridad lo despedirá al final del Purgatorio, anunciándole su llegada a esta meta:
No esperes mis palabras, ni consejos ya;
libre, sano y recto es tu albedrío,
y fuera error no obrar lo que él te diga:
y por esto te mitro y te corono.
(Purg. XXVII, 139-142)
Que es como decir que el largo camino que han recorrido juntos por el Purgatorio, es decir, nuestra vida terrena, tiene como único objetivo devolver el corazón a su pureza originaria, a la infalibilidad con que Dios lo creó como espera y deseo de Él, «purificado y dispuesto para subir a las estrellas». Hay que educar continuamente al corazón en esta pureza originaria y el resultado de esa lenta educación es la plenitud de la libertad. Hasta tal punto que Virgilio dice a Dante: “Ahora eres realmente libre, yo te corono y ningún poder, ni eclesiástico ni civil, podrá impedirte que te sigas a ti mismo: sigue tu corazón. Obedece a tu corazón y no te equivocarás”.
En el punto central del poema Dante pregunta a Marco Lombardo de dónde viene todo ese mal que parece el vencedor de la historia que cubre la faz de la tierra, si se debe a la voluntad del hado o a la responsabilidad de los hombres. Marco Lombardo responde que las circunstancias, los antecedentes biológicos, ambientales, etcétera, son determinantes inicialmente, pero al final son vencidos por un criterio otorgado a todos los hombres en el momento de nacer que les capacita para distinguir el bien del mal y adherirse libremente, de tal modo que «lo vence todo, si persevera en el buen propósito». Es decir, si se educa adecuadamente.
Para ello, para alcanzar la meta, hacen falta una autoridad que guíe y una compañía que sea guiada.
De modo que el alma humana:
Sale de Aquel que la admira
antes de que exista, como a una niña
que riendo y llorando parlotea,
el alma sencilla, que no sabe nada,
salvo que, movida por un alegre Factor,
se inclina voluntariamente a todo lo que la regocija.
Se inclina al placer de los bienes pequeños;
aquí se engaña y detrás de ellos corre
si la guía o el freno no tuercen su pasión.
Y es necesario el freno de las leyes;
y es necesario un rey, que al menos vea
de la ciudad auténtica la torre.
(Purg. XVI, 85-96)
Es decir, el alma humana sale de la mano de Dios (que la ama aun antes de que exista) con el deseo natural de volver a Él. Pero como es inexperta en el camino de la vida, se engaña e identifica el primer bien que encuentra con el mismo Dios. Solo porque de algún modo la gratifica, le corresponde. Pero si usa la razón se dará cuenta enseguida de que ese bien secundario no satisface en absoluto su deseo, sino que más bien lo relanza. Es el dinamismo de la razón descrito ya por Dante en un pasaje memorable del Convite:
Nuestra alma, apenas entra en el nuevo camino de esta vida nunca recorrido, dirige los ojos al término de su sumo bien, y cualquier cosa que ve le parece tener en sí misma algún bien, cree que es aquel. Y como su primer conocimiento es imperfecto, porque no está experimentado ni adoctrinado, los pequeños bienes le parecen grandes, y por aquellos empieza a desear. Así, pues, vemos a los párvulos desear más que nada una manzana y luego desear un pajarillo; y más adelante desear lindos vestidos; y luego un caballo, y luego mujer; y luego algunas riquezas, luego riquezas grandes y luego grandísimas. Y acaece esto porque en ninguna de estas cosas encuentra lo que va buscando, y cree que lo ha de encontrar más adelante.
(Conv. IV – XII)
Por ello, «libres sujetos» es la paradoja del cristianismo: la libertad es depender de Dios. Porque ahí reside la realización de nuestra naturaleza más verdadera y de nuestro deseo más auténtico.
A mayor fuerza y a mejor natura
libres estáis sujetos; y ella cría
vuestra mente, en que el cielo nada puede.
(Purg. XVI, 79-81)
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