Urakami, la última víctima
«Iré donde tú vayas, viviré donde tú vivas. Mi pueblo será tu pueblo, y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que solo la muerte podrá separarnos». Son las 16:30 horas del 10 de mayo. Me dirijo en coche a la Casa Mesa, La Laguna (Tenerife). He recogido y traslado a una de las personas que van a participar en la primera edición de Encuentro Canarias con el título “¿Acaso existe lo que espero?”. Ella es una de las guías de la exposición “Takashi y Midori Nagai, el sí que teje la historia”. Va a realizar el primer pase de la exposición.
Asiste con dolores, una reciente intervención quirúrgica de columna le ha dejado una secuela neurológica que “combate”, sin mucho éxito, a pesar de una esforzada fisioterapia neurológica y traumatológica.
A la sala, bellamente decorada, se accede traspasando un Torii rojo (pórtico de entrada en los santuarios sintoístas de Japón). El suelo está cubierto de hojas de cerezo caídas que se desplazan por el suelo agitadas, nerviosas, por los movimientos que provocan los pasos inquietos de los numerosos asistentes.
Allí, desde el inicio de su exposición, la “guía” nos va relatando cómo un hombre joven, guapo, deportista, intelectualmente brillante, de una buena familia, hoy en camino a la santidad (pendiente del veredicto final para la aprobación por el Papa de su beatificación) lo fue perdiendo todo para presentarse ante Él, sin nada material.
Con “guante de seda” la guía nos comenta que Takashi perdió a su madre, él relatará: «Con su última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del hombre sigue viviendo después de la muerte». Leyendo a Pascal, poeta y erudito que había admitido con seriedad la fe católica sin contradecir por ello su ciencia, toma la decisión de buscar una familia católica que le aceptase como pensionista durante sus estudios de Medicina. Aquello le permitirá conocer el catolicismo y la oración cristiana.
Pierde la audición (otitis en 1932) y con ella la posibilidad de ejercer como médico su especialidad preferida, la entonces social y profesionalmente más brillante; pierde su salud (shock anafiláctico),
su libertad al ser movilizado por el ejército japonés a combatir contra los chinos en Manchuria (ocasión para que Midori le envíe un pequeño catecismo que, a partir de entonces, lee con interés durante los terribles espectáculos de la guerra a lo largo de un año), su posibilidad de una larga vida, pues la realización de tantas radiografías le causa una leucemia crónica con un pronóstico de vida de tres años (el 1 de mayo de 1951 le provocó la muerte a los 43 años); pierde a Ikuko, su primera hija, con menos de dos años; a Sasano, otra hija que murió poco después de su nacimiento; a su mujer, casa, efectos personales, etc. por la bomba atómica sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Pero nada de esto le hizo perder su pasión por Cristo. Su fe no se tambaleó, su fe creció.
La radiología, especialidad médica entonces de “segunda división”, “castigo” por su sordera, pasó a ser el “centro” del hospital. Su humilde cabaña pasó a ser visitada por personalidades de todo orden, incluso Hirohito, el emperador.
Su encuentro con Cristo a la muerte de su madre y su pasión por su esposa, de la que solo encontró sus restos carbonizados y los restos del rosario que rezaba en el momento de la explosión de la bomba atómica, son prueba de su santidad. Trabajó acostado hasta que una embolia en el brazo le impidió hacerlo… A través de la exposición vamos comprendiendo de dónde nace la pasión de la guía, que parece haber vivido y sufrido algo que, aunque muy alejado, es similar. A ella, su enfermedad y las secuelas de su intervención quirúrgica le han ido quitando todo aquello que gustaba realizar y en lo que esperaba.
Al despedirse, la guía nos comentará que la lectura de los libros de Takashi la han rescatado de su “tristeza” tras su intervención médica de columna, intervención “fallida”, nos comenta que también la ha desposeído sido desposeído de todo y solo he encontrado ese crucifijo». Takashi y Midori le han acompañado en su camino de dolor y aceptación, la misma aceptación de este gran hombre en cuya tumba se puede leer como epitafio: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer».
Tras los nervios del “estreno”, unas irreprimibles lágrimas en mis ojos, la conmoción del relato y el silencio absoluto de los presentes a la finalización, tras el tremendo esfuerzo de su organización, no olvidaré la pregunta: ¿acaso existe lo que espero? Ni tampoco la respuesta… Cristo todo en todo.
Rogelio, Tenerife
El lugar del corazón
En Dar la vida por la obra de Otro, hablando de Dios, se dice que solo se puede enseñar algo que nos haya preocupado antes, que ya haya ocupado toda nuestra alma. Cuando, en los ejercicios de la Fraternidad, se anunció la primera sesión pública de la fase testimonial para la causa de beatificación de don Giussani, me entraron ganas de llorar. Viendo lo que está pasando en Uganda con los alumnos de la Luigi Giussani High School y con los universitarios, es como si don Giussani estuviera presente, se nota que está obrando algo más grande. En Escuela de comunidad estaba intentando explicar El sentido religioso cuando un chaval de 16 años se levantó y dijo: «Hay que leer el capítulo 10 porque, para mí, es una oración». Otra chica me explicó de un modo claro y sencillo, como si estuviera recogiendo tomates, qué era “la ley del corazón” y la “doble realidad”. Otra decía: «Para mí, ir a Escuela de comunidad es como ir a ver a mi novio». El camino que estamos haciendo estos años en Escuela de comunidad nos ha permitido estar abiertos a todo y los ejercicios de la Fraternidad han sido un momento precioso para profundizar en la relación que Dios ha comenzado y que no nos inventamos nosotros, porque estamos hechos originalmente de esta relación. De hecho, basta un pequeño atisbo de esta relación y el corazón se descubre como en casa, como un test que reconoce de
inmediato lo que hay. Por eso quien nos conoce quiere estar con nosotros, como el nuncio apostólico, que nos dijo: «voy con vosotros» y yo pensaba que estaba bromeando… pero vino a los ejercicios espirituales y participó en todo. Como oímos allí escuchando la música: «Cristo ha venido a salvarnos a nosotros, vagabundos de lo inútil, a asegurar nuestros pasos en un camino firme». Se puede vivir esta música, se puede estar en esta lógica, por la que Cristo es todo y solo su nombre hace vibrar el corazón, porque el corazón encuentra su lugar, su casa, y se queda.
Rose, Kampala (Uganda)
¡Yo quiero ser así!
El 26 de mayo hacía 25 años que moría Enzo Piccinini y unos amigos propusieron celebrarlo esa tarde. Celebrarlo, sí. ¿Por la muerte? ¡No! ¡Por la vida! Juntos vimos un video suyo, celebramos una misa, tomamos sangría y cantamos juntos. El video era una parte de un testimonio sobre su vida desde que conoció a Giussani, su trabajo, su familia, su temperamento, sus inseguridades, su obediencia, sus preguntas, su humildad, el movimiento… Vi un hombre. Un hombre completo.
La RAE dice que “completo” es tener todas las cosas necesarias. Y yo lo vi. Él tenía lo necesario: Cristo. Se le salía por lo poros… No solo había conseguido llegar a ser responsable de la comunidad de Bolonia, estar mucho con Giussani o ser un cirujano puntero, sino que también podía poner en manos del Señor sus inseguridades laborales, determinadas habladurías sobre él, su no querer molestar… convirtiendo todo esto en pregunta. Porque sabía que había respuesta.
Yo ya había visto el video cuando era universitaria, pero ese domingo fue nuevo. Increíble. A la vez que veía a Piccinini, me veía a mí echada hacia adelante en la silla, y también saliéndome por los poros el grito de: ¡Esto sí! ¡Esta certeza! ¡Este darse! ¡Este realismo! ¡Esta pasión! ¡Esta seguridad! ¿Por qué soy tan mediocre si tengo lo mismo que él? ¡Con lo bello que es vivir así! ¡Con lo claro que es que yo quiero ser así!
Si celebrar consiste en hacer un acto festivo como muestra de alegría, ¡sí!, eso es lo que hicimos ese domingo: celebrar con Piccinini la vida por Cristo, con Cristo y en Cristo.
Merche, Madrid
Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón