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Huellas N.07, Julio/Agosto 2024

PRIMER PLANO

Buscando lo inalcanzable

Irene Madroñal

Una visita al lugar de trabajo de Eduardo Chillida, un artista que nunca dejó de buscar la profundidad del Misterio desafiando a los límites

A mediados de junio un grupo de amigos fuimos a visitar el Chillida Leku, iniciativa que surgió como actividad de cierre de curso de Universitas, aprovechando la celebración del centenario del nacimiento del escultor Eduardo Chillida. Nos acompañó nuestro amigo Enrique Andreo, conocedor de la obra de Chillida, y gracias a la amistad que le une con la familia del escultor, y a la enorme disponibilidad y generosidad que les caracteriza, nos guiaron por el museo dos de los hijos de Eduardo: Luis y Pedro.
El Chillida Leku no es un museo al uso, sino “el lugar” (en euskera, Leku significa lugar) que destinó el escultor para sus obras. Se trata de un gran jardín donde se exponen cerca de 40 esculturas, y un caserío del siglo XVI, denominado Zabalaga, que reformó el propio Chillida y donde actualmente está expuesta la colección de la Fundación Telefónica. También es un camposanto, con la sepultura de Eduardo, su mujer Pili y Joaquín Goikoetxea, el jardinero, primordial en este enorme espacio natural, colaborador e íntimo amigo del escultor. Los terrenos fueron adquiridos por Chillida en la década de los 80 para poder guardar sus obras, normalmente de grandes dimensiones y pesos exorbitados, con fácil acceso para las grúas que las mueven. A cada una se le buscaba un sitio, un espacio con el que estaba en diálogo, y una vez allí al escultor le costaba que se marchasen.
La obra de Chillida se caracteriza por ser un juego de espacios, reflexionar sobre el fenómeno del peso y experimentar constantemente con los límites de la materia, en diálogo con el más allá. Entre sus obras más conocidas están aquellas que el escultor quiso que fueran propiedad de todos aquellos que las contemplamos: la obra pública, un concepto revolucionario en la década de los 50. Fueron así posibles, entre otras, tanto el Elogio del horizonte (en Gijón) como El Peine del Viento, homenaje mutuo de Chillida a San Sebastián y de San Sebastián a Chillida.
Una obra de estas características es únicamente posible para alguien con la estatura humana de Eduardo Chillida. En primer lugar, destaca su enorme libertad y humildad, quería ser libre en su trabajo. Abandonó la carrera de Arquitectura porque no encajaba con su entendimiento del arte. Antes que adherirse a un proyecto cerrado prefería seguir los movimientos y formas que adquiriesen los materiales y trabajar bordeando el límite, incluso cruzándolo, sin saber de antemano qué podía suceder. No buscaba hacer algo con utilidad sino con sensibilidad, lo que se hace muy evidente en la escultura, que no tiene utilidad en sí misma.

No le gustaba fundir el hierro, nunca lo trabajó así, sino que sus obras se componen de hierro forjado, la manera más tradicional y natural de trabajar este material, sin que pierda las características que lo conforman y que le dan personalidad. Así, en el Caserío Zabalaga contrató carpinteros para tallar las vigas a partir de los árboles, utilizando la maquinaria moderna sin imponerse a la naturaleza.
En esa misma línea, consideraba importante el tiempo, lo que se tarda en hacer las cosas. Se demoraba todo lo que fuera necesario para trabajar cada material, cada obra, de forma que muchos de sus proyectos duraron décadas, desde que fueron concebidos hasta que se finalizó su ejecución. A la hora de crear algo para un lugar determinado, tiene que completar este espacio, y se tiene que realizar con todas sus consecuencias, independientemente del tiempo que pase, no hacer por hacer, sino hacer las cosas bien.
Reconocía cuándo había llegado el momento de terminar cada obra, no lo imponía él. Y lo mismo sucedió con las largas remodelaciones del Caserío Zabalaga. Sus hijos se dieron cuenta, cuando decidió ir acabando la obra, de que sabía que algo no andaba bien en relación a su salud, antes del diagnóstico de Alzheimer en el año 2000. Con honestidad, cuando vio su propio límite frente a la enfermedad, dejó de trabajar, con una gran coherencia y unidad en la concepción de sí mismo y de su obra.
Aunque fuese exigente consigo mismo, nunca lo fue con los demás. Respetó y confió en la libertad de otros, de forma que sus colaboradores no eran meros peones, sino que participaban de la obra con él, les dejaba hacer y les transmitía sus ideas para que intentasen realizarlas con él. Luis y Pedro nos contaban con cariño las veces que acompañaron a su padre al taller, y comentaban cómo aquellos que habían trabajado con su padre también se emocionaban al recordarlo. Decían que muchas veces, tras haber acabado el trabajo, veían que habían hecho cosas que nunca pensaron posibles; trabajaban con límites inalcanzables, con la profundidad del misterio, porque, si hubieran sabido de antemano dónde estaba el límite de los materiales, nunca habrían llegado hasta él.
Chillida fue también un hombre culto, amante de las artes y las ciencias, literatura, música, poesía, arquitectura, biología… y amigo de filósofos. Lo que guio siempre su obra fue un planteamiento continuo de preguntas y de asombro ante la realidad. Cuando era joven y practicaba el dibujo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, le alababan por la gran facilidad que tenía para realizar con la mano derecha rápidos y precisos apuntes al desnudo. Pero comprendió que el arte no podía ser tan fácil, de forma que comenzó a dibujar con la mano izquierda, para que no se volviera una actividad mecánica de su mano dominante, sino que esta estuviera siempre supeditada a la cabeza, y no al revés.
Otra cosa a la que dio gran peso Eduardo Chillida fue a la familia, a sus ocho hijos, pero en particular a su esposa Pilar. Sin ella la obra del escultor no hubiera sido posible, no solo por su apoyo a sus ideas y su compañía allá donde él quisiera ir a trabajar o a estudiar, sino también porque ella era la que tenía los pies en la tierra, quien calculaba el coste de las obras y si se podía comenzar un nuevo trabajo o había que esperar. Fue una mujer adelantada a su tiempo, que no se preocupó por convenciones sociales y participó de manera fundamental en la obra de su marido. Eduardo realizó una escultura que luego regaló a su mujer, el Peine del Viento XVII, actualmente en el Leku, del que sale un bonito sonido metálico al golpear sus brazos. Donde hoy está el Peine del Viento en a playa de Ondarreta era un lugar en el que Eduardo y Pili se sentaban a ver el mar. Luis se emocionaba al contarnos cómo los movimientos del el Peine del Viento XVII recuerdan al pelo rizado de su madre, y que acompañaba a su padre al taller mientras preparaba la escultura, a escondidas de su madre.

Cuando uno piensa en Chillida, le vienen a la cabeza entes gigantescos de acero, granito u hormigón armado. Sin embargo, trabajó también otros materiales, como el alabastro, y en particular el papel, material del que están hechas muchas de sus obras. Además de hacer bocetos y dibujos a mano, Chillida hacía “gravitaciones” o collages sin cola. No le gustaba tener que utilizar la cola, pegajosa, para unir papeles, por lo que decidió coserlos, de forma que, al sustituir la cola por el espacio, este pasaba a formar parte de la obra, que adquiere volumen por la propia forma en la que se trabaja. Una de sus gravitaciones es El Buen Ladrón. En una visión conceptual del monte Calvario, la tinta negra sobre fondo blanco une la cruz de Cristo a la del buen ladrón, como forma de plasmar la salvación de este, mientras que la del mal ladrón se yergue sola, apartada. Sin embargo, la cruz de Cristo cuenta con una incisión hacia la cruz del mal ladrón, de forma que Chillida no lo afirma, pero tampoco se cierra a la esperanza de la salvación del pecador.
La visita terminó, antes de ir a comer todos juntos, con una oración ante la cruz que señala el lugar del enterramiento de Eduardo, Pilar y Joaquín, a los pies de un magnolio. La paz que se respira en el lugar de sus esculturas, rodeados de la belleza de la naturaleza, nos ha ayudado a acercarnos a la figura de Eduardo, a través de su obra y la mirada de Luis y Pedro. Merece la pena una visita a San Sebastián que permita superar los prejuicios de unas esculturas extrañas, que aparentemente son lejanas a nosotros, pero que en realidad representan la expresión del deseo de libertad y relación con el Misterio que late en el corazón de todos los hombres.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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