La comunidad de Mallorca nació hace 30 años en torno a Rafel Horrach, un padre en la fe que a pesar de su enfermedad ha vuelto a reunir a sus “hijos”
Hace unas semanas organizamos un encuentro con nuestro padre en la fe, Mossèn Rafel Horrach, sacerdote con el cual comenzó la comunidad del movimiento de CL en nuestra diócesis de Mallorca. La iniciativa surgió de un grupo de amigos que nos reunimos cada año para celebrar el fin de curso. Somos gente que ha crecido en torno a Rafel, algunos de los cuales seguimos fieles a la Escuela de comunidad desde entonces, mientras que otros ya no continúan dentro del carisma, pero por muchas reservas que tengan, sí que reconocen el bien que ha supuesto el testimonio de humanidad de Mossèn Rafel para sus vidas. Como generalmente solo nos reunimos una vez al año, en esta ocasión dijimos: «tenemos que quedar alguna vez más». Y así surgió la idea de organizar este encuentro. Inicialmente pensábamos que seríamos unos pocos, pero empezamos a invitar a amigos y conocidos, y al final acabamos siendo un centenar. Tuvimos que pedir al ayuntamiento de Lloseta una de las salas que tiene en “Sa Mina”, recinto sociocultural, para dar cabida a todo el mundo.
Rápidamente se organizó un grupito de personas que se encargaron de todo: hacer la compra, cocinar una deliciosa fideuá, organizar mesas, sillas, decoración... La propuesta iba de boca en boca y también se apuntaron amigos de Madrid y hasta de Londres. También estuvieron presentes los tres sacerdotes y la comunidad de Misioneras del Santísimo Sacramento que sirven en nuestra parroquia. Nadie se quería perder este encuentro.
La jornada empezó asistiendo juntos a la Eucaristía, en el templo parroquial donde había sido párroco durante once años. Un gesto que reafirmaba el motivo por el que estamos juntos. Como dijo Rafel, estábamos allí porque nos había convocado el Señor. A pesar de que el Párkinson le impide expresarse, insistió en diversas ocasiones con voz temblorosa pero firme: «Yo estoy aquí porque Él está».
Después vino el almuerzo y la hora de los saludos. Cuando Rafel entró en el comedor, ayudado por su cuidador, se fundió en un abrazo con los amigos más cercanos, con aquellos que llevaba tiempo sin ver e incluso con los que quizás no esperaba encontrar, gente que ni siquiera conocía. Personas que, aunque no habían coincidido nunca con Rafel, quisieron estar presentes en la comida atraídas por el atractivo que han visto surgir en el pueblo de Lloseta gracias a la historia de CL, que llegó a Mallorca de la mano de Rafel. «Me llamó mucho la atención que desde su persona frágil, abrazada al otro con tanto afecto, no hubiera ni rastro de fatiga», comentaba Xisca Payeras. Una madre de cuatro chicos que han ido a Peguerinos y Picos le saludó diciendo: «yo no le conozco, pero me alegro mucho de disfrutar con mis hijos de los frutos que ha dejado su paso por aquí».
Para finalizar el encuentro habíamos preparado unos cantos populares y otros de la historia de CL. La mayoría los había pedido él personalmente, que iba cantando y aplaudiendo según sus posibilidades. De vez en cuando iba interrumpiendo con el brazo levantado para señalar algo, volviendo a centrar la mirada de todos. Como cuando se fijó en la propuesta educativa de lo que estaba sucediendo allí y exclamó: «qué gusto que estén aquí los jóvenes porque tendrán un pueblo, aquí siempre tendrán un lugar, que es esta compañía». Las misioneras, que asistían por primera vez a uno de nuestros encuentros, comentaban entusiasmadas: «no estamos en un pueblo cualquiera».
Reservamos para el final la canción Ave Maria splendore del mattino, en la versión italiana, como él la había pedido. Al final del canto llegó el momento más impresionante del día. Rafel volvió a pedir el micro y remarcó unas palabras de la canción, haciéndolas suyas y lanzándolas como provocación a todos, casi en tono de súplica: «que nadie se vaya, que nadie se vaya de este lugar porque lo va a perder todo, incluso el gusto de su pecado». Con estas palabras en el corazón nos fuimos a casa, impactados por el testimonio de un hombre de fe, que se apoya en el Señor y al que ni la dura enfermedad que está atravesando, que le impide hablar y moverse con normalidad, le quita la alegría de vivir y de seguir anunciando a Aquel que sostiene su vida.
Ahora que ya han pasado unas semanas y hemos tenido tiempo de revivir esos momentos, también nos damos cuenta de que el fruto que sembró Rafel hace 30 años en Lloseta no habría permanecido hasta ahora sin nuestro “sí” personal. Como dice Tomeu, el responsable de nuestra comunidad: «Rafel no podría haber dicho “que nadie se vaya de esta compañía” si no fuera por el milagro de unos pocos que han permanecido fieles a este lugar que un día inició él». Porque no solo es necesario tener testigos delante para generar un pueblo cristiano, también es imprescindible que los que estamos delante de él nos dejemos impactar por esta propuesta, por Cristo que se nos ofrece aquí y ahora, y empecemos a confrontar toda nuestra vida con Él. Es el camino que seguimos y que deseamos seguir viviendo y proponiendo, ayer, hoy y siempre.
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