¿Qué puede sostener a un militar delante del horror? Él mismo se lo ha contado a sus amigos de Mozambique
En Maputo (Mozambique) vive un pequeño grupo del movimiento. Son una quincena y muchos de ellos lo conocieron a finales de los 90, cuando el padre Joao Seabra, sacerdote portugués, empezó a hacer Escuela de comunidad en su parroquia. Entre ellos está Atanasia, que está casada, tiene tres hijos y trabaja en la banca. Cuando le preguntan qué es lo que la ha mantenido unida todos estos años en los que la vida de la comunidad ha sido bastante inestable, responde que este lugar le ayuda a mirar a la Iglesia como una vida. «La caritativa y la Escuela de comunidad son las dos vías por las que crece mi fe porque me ofrecen algo que me ayuda a afrontar mis preocupaciones cotidianas». Desde 2017 este país es escenario de violentos ataques yihadistas. Al norte, en la provincia de Cabo Delgado, las misiones religiosas han sufrido ataques y ha habido duros combates con las fuerzas de seguridad nacionales, provocando el éxodo de millares de civiles.
En medio de la inestabilidad general de ese periodo que llega hasta hoy, Atanasia recibió una llamada en plena noche. Era Arlindo, un amigo de la comunidad de toda la vida, que conoció el movimiento igual que ella, nada más acabar los estudios. No siempre puede asistir a los gestos propuestos y de vez en cuando desaparece por motivos profesionales. Es militar y le mandan a los puntos más incandescentes del país. «Cuando oí su voz al otro lado del teléfono, me asusté –recuerda Atanasia–. Pensé que le había pasado algo malo. Pero solo necesitaba hablar conmigo». Arlindo estaba en Cabo Delgado al mando de una tropa que llevaba ocho meses siguiendo el rastro de los terroristas de Al Shabaab.
«Aquella noche, en medio de la sabana, logré encontrar un teléfono satelital», cuenta Arlindo, con los ojos turbados por todo lo que ha tenido que ver. «No tuve que pensar mucho a quién quería llamar. El recuerdo de Atanasia y los amigos de la comunidad era lo que me acompañaba cuando me asaltaba el miedo. Ese día habíamos visto cosas horribles. Habíamos entrado en una aldea donde los terroristas nos habían dejado la cabeza de un compañero clavada en un árbol». Estaban desolados.
Mientras los compañeros de Arlindo trataban de olvidar con el alcohol, él hizo todo lo posible por ponerse en contacto con sus amigos de Maputo. «Necesitaba acordarme de Cristo. Tenía miedo por mi propia vida y la de los que estaban conmigo. Ansiaba volver a oír que nuestras vidas están en manos de Dios». La llamada duró unos quince minutos. Atanasia sintió rabia por toda la violencia que Arlindo debía soportar. «Pensé en la Virgen, a la que no se le ahorró nada, y le dije: “Arlindo, tienes el Ángelus. Rézalo cuando puedas. Yo lo haré por ti y le pediré a nuestros amigos que hagan los mismo”». Allí, en medio de la nada, Arlindo sintió paz. «En esos minutos, los dos volvimos a descubrir cuál es la finalidad de nuestra vida», afirma Atanasia. «Y yo –dice él– pude seguir desarrollando mi misión, a pesar de estar lejos de todo, solo por esta pertenencia a Jesús».
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