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Huellas N.07, Julio/Agosto 2024

El precio de la libertad

Francesco Leone Grotti

Mártires de nuestro tiempo. De Nigeria a Pakistán, la historia de personas asesinadas o encarceladas a causa de su fe

El ruido de un disparo despertó a Michael Nnadi en plena noche el 8 de enero de 2020. A sus 18 años, como los demás jóvenes del seminario del Buen Pastor en Kaduna, al norte de Nigeria, sabía lo que significaba aquel estallido: una banda de terroristas islámicos armados había irrumpido para secuestrar al mayor número posible de seminaristas. No se trataba de un caso aislado. Desde 2018 los ataques de bandidos de etnia fulani empezaron a cobrarse más víctimas que los de Boko Haram en el país africano. Los cristianos son su principal objetivo. Entre 2019 y 2022, según un estudio del Observatorio local de libertad religiosa en África, al menos 10.251 cristianos han sido asesinados y 5.572 secuestrados. Aquella noche el joven Michael, que apenas llevaba un año en el seminario, fue secuestrado con otros tres compañeros. Los llevaron a un bosque después de un viaje agotador de cinco horas, cuatro a pie y una en moto. Los terroristas los dejaban todo el día atados a un árbol, con los ojos vendados, golpeándoles sin piedad en la espalda y en la cabeza. Obligaban a los seminaristas a telefonear a sus casas pidiendo un rescate mientras los pegaban para que las familias oyeran sus gritos.
Por las noches, para divertirse, obligaban a los jóvenes a cantar y bailar como bufones, y a imitar mugidos y balidos. Ellos estaban aterrorizados. Solo uno tuvo el coraje de tomar la palabra, Michael, que «durante todo el cautiverio nunca dejó de invitar a los terroristas a arrepentirse, pedir perdón a Dios y seguir Su voluntad», cuenta Samuel Kanta Sakaba, vicerrector del seminario del Buen Pastor en Kaduna.

Esas palabras irritaban a los terroristas y les hacían ser aún más crueles. Pero uno de ellos, impresionado por la fe de aquel joven, se acercó y empezó a preguntarle por el cristianismo, hasta el punto de pedirle: «Enséñame a rezar el Padre Nuestro». Era el 27 de enero. Al día siguiente «se llevaron a Michael y lo acribillaron a tiros». Al cabo de cuatro días liberaron al resto de seminaristas. «Lo mataron solo por ser católico», dijeron al volver a casa. «Derramó su sangre para liberarnos, él pagó el precio de nuestra libertad».
Ahora Michael está enterrado en el seminario del Buen Pastor de Kaduna y su tumba se ha convertido en meta de peregrinación en Nigeria. «Michael es un mártir –explica el padre Sakaba–. Como san Esteban, dio su vida para llevar el mensaje de Cristo a los terroristas, para animarles a arrepentirse. Como Jesús, pensó en salvar a los que lo estaban crucificando. Esperamos que pronto se pueda abrir su causa de canonización». En Nigeria todos se quedaron asombrados por el valor de este joven, huérfano de padre y madre, excepto su hermano gemelo, Raphael: «Era una persona humilde, sociable, sencilla. Siempre quiso ser cura. Nos ha enseñado lo que es el amor verdadero: dar la vida por los amigos».
Lo mismo que hizo al otro lado del mundo otro joven, Akash Bashir, nacido el 22 de junio de 1994 en Pakistán. No se le daban muy bien los estudios teóricos, así que se matriculó en el instituto técnico masculino Don Bosco de Lahore, capital del Punyab, escenario habitual de atentados contra la pequeña minoría cristiana. Allí, según cuenta el padre Nobal Lal, director del centro, «gracias al carisma salesiano cultivó una profunda amistad con Cristo» y por ello, «para proteger y servir a la comunidad», decidió entrar a formar parte del equipo que todos los domingos se encargaba de la seguridad fuera de la iglesia de San Juan en Youhanabad, el barrio cristiano de Lahore.

El domingo 15 de marzo de 2015 había más de mil personas en misa. Un hombre intentó entrar corriendo. Akash le cerró el paso. «Llevo un cinturón explosivo», le dijo el terrorista. «Aunque muera, no te dejaré entrar en la iglesia», respondió Akash y le abrazó, saltando con él por los aires. «En una fracción de segundo el joven decidió entregar su vida. Vivió su “aquí y ahora” con Dios, con una profunda fe», explica el padre Lal. Akash es el primer Siervo de Dios de Pakistán, cuya fase diocesana en su proceso de beatificación se cerró hace tres meses. «Esperamos que sea proclamado mártir antes de que acabe 2024», ha declarado el arzobispo de Lahore, monseñor Sebastian Francis Shaw. «Akash habría podido ponerse a salvo, pero entregó su vida para salvar a más de mil personas. Sin él, habría sido una masacre. Damos gracias a Dios por darnos a ese joven».
Habría podido escapar, pero no lo hizo, al igual que Jimmy Lai, un gran emprendedor que nació en China y se trasladó a Hong Kong siendo aún niño. Allí construyó un imperio editorial de éxito. Gracias a la doble nacionalidad, se podría haber refugiado en Londres y disfrutar de su dinero tranquilamente. Cuando el 1 de julio de 2020 el gobierno chino impuso en la isla la ley de seguridad nacional, transformando la ciudad en una cárcel al aire libre, Lai ya sabía cómo iba a acabar. Siempre luchó por la libertad y la democracia, así que no tuvo dudas sobre el futuro que le tendría reservado el partido comunista. Convertido al catolicismo en 1997, Lai optó por no huir y «quedarse para defender la libertad y los derechos humanos de todos los ciudadanos, tal como le enseñó su fe», cuenta su hijo Sebastien. Lai, de 76 años, es el símbolo de la resistencia pacífica a la opresión en Hong Kong y lleva más de 1.260 días en prisión con varias condenas por numerosos procesos que no son más que una farsa, y pronto espera el veredicto más importante.

Defender la democracia en Pekín es un crimen grave y la ridícula acusación de “conspiración con fuerzas extranjeras para la subversión del Estado” podría valerle la cadena perpetua. Los amigos del magnate que han podido visitarle en la cárcel aseguran que está en paz. Antes de que los guardias le impidieran por la fuerza hacer dibujos sagrados, Lai dibujaba crucifijos. Uno de ellos, magnífico por su sencillez, se expone actualmente en Washington, en la capilla dedicada a San Miguel Arcángel en la Universidad Católica de América. Según su hijo Sebastien, «mi padre también está pagando por su fe. Si no fuera católico, no le habrían condenado a tantos años de cárcel». Jimmy Lai nunca ha pretendido ser un héroe. Lo que le mueve es una motivación mucho más sencilla, como recordaba él mismo en 2020, dos meses antes de su arresto. «Dios tiene un plan para todos y cuando pones tu destino en manos de Dios, cuando aceptas depender de Él, te sientes ligero, con menos presión encima. Dios me ha dado mucho y estoy enormemente agradecido».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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