El camino de un preso que se dedicaba a pasar el tiempo de su “no-vida”. «Hasta que vislumbré la posibilidad de un camino»
Hace unos años –ya había empezado mi condena– recibí la carta de un amigo que se encontraba mal. Me disgusté mucho por él y le escribí diciéndole que yo también estaba un poco igual, pues me contaba que no podía moverse, tenía horarios impuestos por otros y unas reglas que cumplir. Nuestras situaciones eran parecidas. Decía que echaba de menos todo y convivía con su límite, esa frontera infranqueable… Es la misma sensación que tuve al llegar aquí. No podía hacer nada de lo que hacía antes. En prisión, apartado de la realidad, suspendido en un mundo que no era el mío. A esta situación la llamé no-vida, y me convencí de que solo tenía que esperar a que pasara. Volver a la vida auténtica era mi objetivo, volver a abrazar a mi familia, que gracias a Dios nunca me ha abandonado, y a tantos amigos, pues ninguno se escandalizó ni miró para otra parte. Pero poco a poco los días se fueron convirtiendo en meses y años, y me hicieron cambiar de opinión: ponerse a esperar sin más no era el camino. Conformarse con pasar el tiempo es la gran tentación de quien pierde la libertad de acción. Pero no es más que una tentación porque los seres humanos no pueden vivir sin libertad. Ya lo sabía, pero cuando lo ves y lo tocas en un lugar como este, cuando todas tus libertades habituales están prohibidas, solo te quedan dos posibilidades: resignarte a la pérdida o buscar otra dimensión. Desde “fuera” no te puedes imaginar –a mí mismo me cuesta creerlo– cuántas personas he conocido que se aferran a la primera opción. Se atiborran a tranquilizantes para poder dormir y pasar las horas en un sopor anestesiado. Se matan a hacer flexiones y levantamiento de pesas. Se embrutecen tumbados en el catre aguantando todas las chorradas que pongan en la tele. Juegan a las cartas durante horas, fumando y tomando café, sin más horizonte que ese. Viven resignados. Meten la cabeza bajo tierra hasta que la no-vida acabe, más tarde o más temprano. Puede ser una idea seductora, pero conviene ponerse en guardia porque sencillamente no es verdad. La no-vida no existe: o estás vivo o estás muerto.
En un primer momento busqué la libertad interior en los libros. Me encanta leer y lo hago siempre que puedo. Me sumergí. Novelas, ensayos, lectura que alimente el espíritu, una gran ayuda. Lo mismo vale para la música la correspondencia con los amigos. Tesoros que iluminan mis días. Mientras me adentraba en ese mundo tan profundo, descubrí que hasta en la cárcel hay cosas que pueden echarte una mano. Empecé a trabajar en la biblioteca de la cárcel, un nombre algo pretencioso para una sala con unos cuantos estantes con libros, pero era lo que había.
Luego me enteré de las iniciativas que promueven los muchos voluntarios que visitan los centros penitenciarios: talleres, encuentros, conferencias, grupos de de-bate, de lectura, de escritura… Durante años participé en un coro alpino que venía una vez a la semana. Mis logros artísticos fueron bastante modestos, pero el clima y las relaciones fueron maravillosos. Poco a poco fui encontrando compañeros de camino, constaté que no era el único que estaba en camino. Había más gente que rechazaba esa no-vida y deseaba vivir, con todas las limitaciones y restricciones. Leer, escribir, intercambiar ideas y experiencias, probar primero en el coro y luego como autor y director teatral (un amigo y yo hicimos un recital con textos literarios y canciones), escribir para varias cabeceras, volver a matricularme en la universidad y redescubrir la alegría del estudio a pesar de ir adquiriendo una edad madura. Fue una alegría colaborar en la redacción de un libro que contara la rica experiencia de una voluntaria que había sido misionera en Tigray, al norte de Etiopía…
Todo podía ser ocasión para probarme a mí mismo y ver que se puede ser “libres aquí dentro”, y no es un juego de palabras. Pero no se puede dar por descontado. La libertad de la que estamos hablando no es un regalo. Hace falta liberarse para ser libres. En primer lugar de máscaras y corazas. Por lo que a mi respecta, después de unos primeros pasos vacilantes, me dispuse a analizar los motivos por los que estaba en prisión y vi que más allá de las circunstancias ocasionales -en las que nunca había pensado- el delito que cometí probablemente tenía raíces antiguas. ¡Poco lúcido debía estar para liar la que lie!
Llamar a las cosas por su nombre, reconocer la veracidad de los hechos, decir que algo es lo que es; en definitiva, afirmar la verdad fue un paso imprescindible que me ayudó a entender que detrás de todo eso había otro peldaño que subir. Ese era el paso: mi libertad para echar una mano a otros. Cuando empezó mi condena, durante un tiempo me dediqué a juzgar a todos. Los demás me parecían tan diferentes, mi mundo estaba tan lejos de la mayoría de la gente que encontraba, que no teníamos nada en común y por eso intentaba distanciarme, separarme de personas que me resultaban ajenas. Era un error. Hasta que encontré un camino y empecé a echar una mano, como podía y sin prejuicios. Con pequeñas cosas.
Escribir cartas o alguna solicitud para los que no saben hacerlo, rellenar miles de formularios de los que se disfraza la burocracia penitenciaria, explicar el significado de los "gritos" que se suelen colgar en el tablón de anuncios... Intento ponerme de acuerdo con todos -cosa complicadísima, dicho sea de paso- y también me ha tocado desatar ciertas tensiones y mediar en alguna disputa. No es gran cosa, lo sé, pero me hace mucho bien. Tengo la certeza cristalina de que nada de lo que ha pasado ha sido por casualidad. Aunque el camino que estoy recorriendo es bastante doloroso y cansado -creo que es comprensible- me doy cuenta de que responde al Designio de alguien. Mi esperanza y mi voluntad son reconocerlo y recorrer ese camino. Ahí reside mi libertad.
Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón