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Huellas N.10, Noviembre 2021

RUTAS

Mi amigo Dostoievski

Giuseppe Pezzini

Cuando se cumplen doscientos años de su nacimiento, el que fuera primado anglicano Rowan Williams cuenta cómo el genio ruso cambió su manera de mirar

El 11 de noviembre se cumplen doscientos años del nacimiento de Fiodor Mijailovich Dostoievski, una de las figuras más imponentes y misteriosas de la literatura mundial. El jugador, Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, Los hermanos Karamazov. ¿Quién más puede presumir de un elenco así de obras maestras? Los que lo aman, lo aman con un amor incondicional, profundo y lleno de gratitud. Entre ellos está Rowan Williams, exarzobispo de Canterbury entre 2003 y 2013, teólogo de fama internacional, crítico literario, escritor y poeta. Se le considera como una de las mentes más brillantes del mundo anglosajón y dedicó un libro al autor ruso en 2008, Dostoevsky. Language, faith and fiction (“Dostoievski. Lenguaje, fe y narrativa”).
Entre Rowan y Fiodor Mijailovich hay una vieja amistad que ha ido creciendo junto a su interés por la teología ortodoxa rusa, a la que dedicó su tesis doctoral. El título de su último libro es Looking East in Winter (“Mirando al Este en invierno”), que parece el verso de un poema autobiográfico. Le preguntamos cómo este gran artista cambió su vida y su manera de ver el mundo. Y por qué merece la pena leerlo –o volverlo a leer– justo ahora.

¿Cómo es su amistad con Dostoievski?
Es un gran honor poder hablar de este autor que para mí ha sido como un faro, un punto de orientación. Me topé con él por primera vez cuando era joven, leyendo sus citas en libros de otros autores. Intuía que se trataba de un autor actual, valiente, realista, y también un cristiano profundamente arraigado en la ortodoxia. Sin embargo, no llegué a leer Los hermanos Karamazov hasta que estuve en la universidad. Todavía conservo la edición que compré a los veinte años, donde hay un par de breves anotaciones que reflejan mis sensaciones de entonces. Una es una frase que le oí decir a un sacerdote: «El siglo XX todavía puede entender la lengua de Dios porque es la lengua del Calvario».

¿Por qué lo anotó?
Reflejaba lo que yo sentí leyendo la novela. El lenguaje de Dios es el lenguaje de la humanidad llevada al límite de la confusión y del sufrimiento. No solo nos encontramos con Dios en momentos de éxtasis y satisfacción. También nos encontramos con Dios en momentos de confusión o desorientación, de reconocimiento de nuestro tumulto interior y, a veces, de nuestro vacío interior. Lo leía en Los hermanos Karamazov y lo percibía al mismo tiempo en mí y en mi mundo. Los años siguientes fueron realmente los de mi primer encuentro con sus grandes novelas, retratos de una sociedad perdida y confusa, mostrando cómo se pueden insinuar fuerzas profundamente destructivas. Son novelas que vuelvo a leer a menudo. Luego leí también obras anteriores como Memorias del subsuelo o Diario de un escritor, una selección de relatos muy heterogénea y bastante ambigua. Pero me acercaba a él, como usted dice, como un amigo, un amigo muy complicado, crítico, difícil, embarazoso. Y ha sido una relación muy profunda.

¿Qué es lo que más le gusta de la literatura de Dostoievski?
Tiene un don extraordinario para recrear, en una escena, detalles inolvidables. Pueden referirse al aspecto de algún personaje o a un detalle de la sala donde se desarrolla la acción. Como si encerrase el terror o la atrocidad de la escena en un minúsculo detalle aparentemente insignificante.

¿Por ejemplo?
El relato terrible, tremendo, en Los demonioS, de Stavrogin aprovechándose de una niña. Stavrogin mira por la grieta de una puerta cómo la niña se ahorca. Y en ese momento, de pronto, recuerda una vez que vio por la ventana una araña roja posada en una hoja de geranio. Un detalle aparentemente casual. Es un don que me encantaría tener cuando escribo. Hay otro ejemplo en Crimen y castigo. Al asesino Raskolnikov se le rompe el corazón ante el sufrimiento de un animal. Estos pequeños detalles que confieren una profunda fisicidad al relato son muy importantes. Pero tal vez hay un aspecto aún más interesante, como indica Michail Bachtin en uno de los principales estudios realizados sobre la poética de Dostoievski. Bachtin fue el primero en señalar que Dostoievski trabaja de manera dialógica y polifónica, haciendo que entren en juego varias voces. En su relato, el autor concede a quien tiene una opinión contraria a la suya toda la libertad posible. Le gustaba decir que podía defender el ateísmo mejor que la mayoría de los ateos. Esta gran capacidad imaginativa para entrar en la mente y en el corazón del otro me parece esencial en su éxito. Es algo que siempre he valorado mucho. En cierto sentido, es profundamente cristiano. Los cristianos creemos que Dios no nos redime hablándonos en el silencio, sino habitando nuestra propia voz humana. Dice san Agustín que Cristo habla con la voz de una humanidad pecadora y perdida. La toma consigo, se identifica con la experiencia de una humanidad que es muy diferente a la suya, serena y estable, contemplación del Padre. Dostoievski siempre intenta superar esa barrera para entrar en el corazón del otro. Dice lo que quiere decir, dejando que voces diferentes hablen entre sí. No parte de un programa narrativo preestablecido, sino que trata de habitar la voz del otro.

Usted es sacerdote, teólogo, poeta y escritor. ¿Qué ha aportado a su vida el arte de Dostoievski?
Como sacerdote siempre he pensado que es esencial tener al menos algo de disponibilidad para lo que acabo de decir, identificarse con la experiencia del otro. No para intervenir desde fuera, sino para intentar acompañar con mi corazón y mi oración a la persona que pide atención o consejo pastoral. Esta actitud ha estado muy presente en mi corazón de sacerdote. Como teólogo también me gusta desarrollar mi pensamiento en diálogo, deseo tener un interlocutor con el que involucrarme. A veces se trata de una voz con la que sintonizo profundamente, otras veces no estoy del todo de acuerdo. Pero en todo caso es otra voz, que saca cosas inesperadas de mi mente.

¿Y como escritor?
Me viene a la cabeza el poeta anglicano George Herbert, que es lo más diferente a Dostoievski que puede haber. Sin embargo, él también quiere dar voz al otro. Le gusta que su poesía exprese ciertos aspectos de dificultad, lucha y oscuridad que, como sacerdote, no sabe muy bien cómo afrontar, pero debe darles voz, debe sacarlos a la luz. Del mismo modo, como poeta, siento que puedo dar voz a sentimientos y percepciones que no están necesariamente donde me gustaría, pero que necesitan salir fuera para ser vistos y comprendidos.

¿Hay algún episodio de esas novelas que lleve grabado en el corazón?
Pienso en una escena al principio de Los hermanos Karamazov, su última novela, la más larga y, en ciertos aspectos, la más grande. Cuando el starets Zosima –santo y padre espiritual– se encuentra con la familia Karamazov, se postra en tierra delante de Mitya, el hijo mayor, un soldado disoluto y bebedor. Zosima le tributa la mayor veneración porque ve en él, de manera profética, el sufrimiento que lo doblegará y lo recreará, y que al final lo convertirá en el verdadero centro moral, el culmen moral de la historia. Esa imagen del viejo santo que se inclina ante el soldado es muy poderosa. Luego, avanzando en la historia, pienso en Aliosha, el más joven de los hermanos, que mientras vela los restos de Zosima tiene una visión extraordinaria del rostro radiante del starets. El santo le dice que en el más allá hay una alegría y una abundancia inimaginables, que en el mundo resplandece la gloria de Dios y que todos estamos invitados al banquete nupcial. El evocador título de ese capítulo es “Caná de Galilea”.

Le gusta el Dostoievski más “místico”.
En realidad también me encantan esos momentos de Los demonios donde sale su imaginación más tétrica, que algunos han llamado “imaginación cinematográfica”, es decir, su capacidad para presentar una escena visualmente muy potente. Por ejemplo, al final de la novela, cuando Petr, que es uno de los super-malvados del libro, convence a uno de sus cómplices para que se suicide y el hombre se va a la habitación de al lado con una pistola. Petr espera el sonido del disparo, pero no sucede nada. Va a ver qué está pasando con una vela en la mano. Está oscuro y no ve a nadie. Luego, al final, se gira lentamente con la candela y ve al hombre pegado a la pared, con los ojos fijos en el vacío. Petr deja caer la vela impactado y el otro le agarra de la mano y le muerde un dedo hasta llegar al hueso. Es un momento de una intensidad cinematográfica extraordinaria, que contribuye a evocar el abismo irracional, aterrador, de mal y destrucción que describe la novela. Es una escena inolvidable. Uno de los momentos más impactantes que Dostoievski haya escrito jamás.

¿Qué nos enseña Dostoievski a nosotros, que vivimos en una nueva era, donde las viejas categorías de comprensión del mundo ya no parecen válidas? ¿Qué ofrece a nuestro mundo posmoderno marcado por la pandemia?
Lo primero es que Dostoievski cree que el sufrimiento no es un castigo infligido por Dios, sino que siempre es un camino en el que aprender algo sobre esa fragilidad que todos compartimos. Ninguno de nosotros viene protegido de serie como ser humano, es decir, necesitamos protegernos mutuamente. No somos inmortales, no estamos a salvo del dolor ni del fracaso. Por eso es importante no idolatrar el éxito y el control, sino pensar siempre en cómo profundizar el cuidado y la protección mutuos. Me parece que este es un concepto fundamental en Dostoievski y se apoya en la profunda certeza cristiana en la creación y en la encarnación. Lo segundo es el tema que aflora más de una vez en Los hermanos Karamazov, en las reflexiones de Zosima sobre su vida y en el descubrimiento final de Mitya. Somos responsables y debemos responder unos de otros. A veces se puede malinterpretar, como si Dostoievski solo estuviera diciendo que «todos somos culpables». No es eso. Todos somos responsables. La condición del mundo en que vivimos es algo de lo que somos responsables y por ello, como diría Dostoievski, tenemos una “responsabilidad ilimitada”.

¿En qué sentido?
No significa que debamos asumir la responsabilidad de todo y de todos sino que, allí donde nos encontremos, habrá algo que reclame nuestra responsabilidad y que no podremos decidir de antemano. No sabemos por dónde vendrá, pero allí donde estemos siempre habrá un momento en el que Dios pueda intervenir diciendo: «Te hago responsable de esta situación». Nuestro mundo es así. Nos pertenecemos y somos responsables de esta condición. Compartimos la fragilidad que nos rodea y por tanto nuestra tarea es la protección, el cuidado y el riesgo que conlleva.

¿Qué libro recomendaría a alguien que quiera acercarse a este autor?
Ante todo, diría a los que tienen miedo de Dostoievski algo que suelen olvidar los lectores británicos y sospecho que también otros muchos lectores. Se trata de un gran escritor cómico. No lo esperamos de él porque cuenta horrores y tragedias, pero en realidad tiene un gran estilo satírico y sus retratos de diversos tipos de vida laica y religiosa –por ejemplo, la extraordinaria figura del padre Ferapont en Los hermanos Karamazov, o la demolición de los intelectuales presuntuosos en Los demonios– son muy divertidos y quieren serlo. Son descripciones tan profundas y cómicas que resultan inolvidables. Pero si tuviera que adentrar a alguien en el mundo de Dostoievski por primera vez, probablemente le remitiría a Crimen y castigo. No es ahí donde yo empecé, pero tal vez sea su novela más accesible. Es la historia de un joven inquieto que vive de manera febril la realidad que tiene en su cabeza, hasta el punto de que sus fantasías le llevan a cometer un crimen terrible y tiene que comprender lo que ha hecho y sus consecuencias. Está rodeado de figuras grotescas, cómicas y trágicas a la vez. Tiene gancho, energía. Algunas de sus novelas siguientes exigen más tiempo para adentrarse, pero este es un buen comienzo.

¿Y para alguien que ya lo haya leído y lo quiera redescubrir?
A esos les recomendaría Los demonios. Aunque no es una novela tan profunda como Los hermanos Karamazov, tiene la profundidad de un análisis implacable de nuestras actitudes más autoengañosas y egoístas: la forma en que la clase intelectual puede acabar siendo corrupta y vulgar, el modo en que el fervor revolucionario y el deseo de justicia pueden convertirse en una justificación de la violencia, donde penetran fuerzas profundamente amenazadoras creando una especie de vacío que absorbe a la persona. Es una novela muy sobria pero que, en una época de posverdad y nihilismo, deberíamos leer y meditar.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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