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Huellas N.08, Septiembre 2021

RUTAS

Mikel Azurmendi. Quién sostiene la realidad

Mikel Azurmendi

El pasado 6 de agosto moría Mikel Azurmendi de manera inesperada. Publicamos el epílogo que quiso añadir a la traducción al italiano de su libro “El abrazo”. «Como un aprendiz he ido maravillándome más y más de todo aquello que antes ya me había dejado estupefacto»

Suelen decir los viejos campesinos vascos y también se lo he escuché a un pastor vecino mío baserritarra beti aprendiz (el campesino siempre es un aprendiz). Con ello significan que son hombres que llevan su mente a flor de piel, puesta en ojos y oídos a lo que les enseñe el firmamento o el rebaño o hasta su propio vecino. La inteligencia del campesino consiste en esa facultad de asombrarse para descubrir cosas que necesita saber. Cuando he leído este libro compulsándolo con la traducción italiana a mí me ha ido pasando un poco lo que a ese mi vecino: como un aprendiz he ido maravillándome más y más de todo aquello que antes ya me había dejado estupefacto. O sea, he ido entendiendo más el libro.
El hecho de escribirlo en castellano ya me fue volviendo otro de lo que yo había sido durante más de 50 años. Porque las percepciones, sentimientos y datos de vida que había ido acumulando durante casi dos años de fieldwork entre esta tribu de cristianos, los tuve que interpretar con nexos temporales pero también causales dándoles una cohesión narrativa. Tuve que ir elaborando series sintagmáticas pero también paradigmáticas a base de escoger verbos para determinadas conductas, elaborar metáforas para imágenes insospechadas, cernir lo principal de lo secundario para buscar enganches entre los propios actores y su mente. Y, cómo no, tuve que ir colocando en solfa más y más mi propio punto de vista agnóstico de viejo enseñante universitario que cree “sabérselas todas”. Al hacer un relato de todo ello, yo iba siendo apremiado a reconocer que solo era Dios –y no podía ser sino Dios– lo que empujaba aquel estilo de vida bella. Configurar una unidad de relato desde tantas existencias dispersas -pero grabadas todas como a troquel por Jesús con el signo de “vida es para darla a los demás”- me generaba al escribirlo la convicción de que eso era la Iglesia, era eso pertenecer en común-unión a Dios. Así fue emergiendo otro yo en la escritura, algo cambiado de aquel que durante dos años había estado preguntando, indagando, observando y participando en actos junto a ellos. Un yo que iba a decidir, finalmente, si quería o no ser como ellos. Si aquel estilo de vida lo ansiaba para él mismo. Y hacerlo sin titubeos, porque publicar aquella escritura implicaría presentarme en sociedad como diferente del que todos habían conocido. En ese sentido también yo podía haber puesto al inicio del libro aquello que decía de sí el Montaigne escritor: «No he hecho yo un libro más de lo que mi libro me ha hecho a mí». Yo no sé cuánto cambió la identidad del alcalde de Burdeos el escribir sus Essais, pero yo puedo decir que de entre todos mis libros esta es la escritura que más radicalmente ha cambiado mi vida.
Y ahora, el hecho de ir compulsando mi texto frase por frase con el manuscrito italiano ha sido como un martillear sobre aquella decisión tomada remachando más todavía sus motivaciones. La certidumbre ha crecido y, al final, uno echa cuentas de que en su vida Dios ya está siendo camino, de que en nuestro nihilista entorno de posverdad Él aparece como verdad sosteniendo la realidad. Y sí, puede que yo haya comenzado a vivir la vida de otra manera. Con esperanza social, con la certeza de que la realidad está-ahí-con nosotros en ella trasformándola desde el amor. Porque podemos imitar, a escala micro siquiera, a aquel Jesús de Nazaret.
Doy cierre a la versión italiana testimoniando que Dios no es una idea que yo arrinconase hace 50 años pero que ahora haya yo encontrado de nuevo. Porque Dios no es una idea, e inútilmente se afanan los filósofos en rebuscarla entre argumentos, conjeturas y silogismos, pensando sobre todo en hallar alguna nueva argucia “racional” que lo prestigie a uno mismo como pensador. Tampoco Dios es esa idea de “lo sagrado” -tan querida a los sociólogos- idea que habría surgido de un equívoco humano ante la perplejidad existencial de la propia comunidad, la cual acabó adorándola. Adorando la idea de un nosotros existencial, dicen, cuando lo que siempre han adorado los pueblos es la perplejidad misma ante ese nosotros que existe en medio del mundo. Porque esa perplejidad asombrosa es justamente lo que llamaban Dios. Termino, pues, testimoniando que Dios no es una idea sino que es simplemente amor. Un big bang de amor susceptible de hacer que un yo humano entienda que no es nada sin donarse al otro. Dios es ese poderoso imán que mueve, remueve, conmueve a todos los yo del mundo para que, envolviéndose en Él mediante el amor o caritas, construyamos un nos-otros cada día más humano. A Dios no lo encontraremos en enciclopedias ni textos, no lo comprenderemos como argumento ni cavilación, porque Dios ocupa espacio, un espacio humano: ese que hay entre yo-y-otro. Dios existe en lo más humanamente humano que quepa pensar, en esa relación de amor de uno consigo mismo, entre padres e hijos, alumnos y maestros, vecinos y menesterosos, chicos y chicas. Cuando Dios comenzó ya a dejar de ser relación de amor de los humanos entre sí y solo aparecía como un quicio universalizable para las ideas de bien y de mal, Nietzsche aseguró que Dios había muerto. Y es así. Dios solo puede existir en cuanto práctica perentoria de humanidad, en cuanto existencia plena de lo humano que se da gratis al otro humano.
Lo que Dios sea no lo sabemos, pero de su existencia, de la existencia de Dios sí sabemos, fue la de Jesús de Nazaret. Un tipo atrayente, generoso y humilde, que amó hasta a los más proscritos de la sociedad y perdonó hasta a sus verdugos: eso fue Dios hecho hombre. La existencia de Dios la prueban hoy las Madre Teresa de Calcuta, los Maximilian Kolbe, los misioneros que curan y enseñan pese al ébola o pese al martirio, las familias que acogen hijos necesitados de familia, los maestros que acompañan y hacen crecer al niño hasta introducirlo en el mundo, los que dan su tiempo en las favelas y descampados de la droga para vaciarse de sí mismos y llenarse del marginal y desahuciado. Ahí sí que existe Dios. Ahí lo he visto yo gracias a estos cristianos de vida verdadera y bella.
Les agradezco a ellos, de Comunión y Liberación, el que mediante esta revisitación de lo que escribí en castellano me hayan dado la ocasión de aumentar la certeza de Jesús-Dios así como mi deseo de imitarle. «No aceptes más versiones de segunda mano o de tercera... ni mires a través de los ojos de los muertos... ni te alimentes de los fantasmas que recorren los libros», cantaba Walt Whitman en Leaves of Grass. Y digo yo que está en tu mano abrir mucho los ojos para mirarle a Dios en la vida apasionada de amor que vive gente que es vecina tuya y entrega su vida a otra gente necesitada de vida.
Va otro agradecimiento, también de corazón, a la editorial que ha hecho posible esta versión italiana.


«Azurmendi era un ejemplo de búsqueda de la verdad y de espíritu crítico, lo que le suscitó muchos problemas y la ruptura con alguno de sus amigos. Pero eso no le importó jamás: era el precio que tenía que pagar por ser coherente. Había en él un alma de aventurero en el mejor sentido de la palabra: el que apuesta y arriesga, el que sabe que la vida es una permanente adaptación al cambio».
(Pedro G. Cuartango, ABC, 10 de agosto de 2021)

«Su testamento político lo dejó escrito en un puñado de cartas que se cruzó con Fernando de Haro, publicadas en La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa (Encuentro, 2020). Allí dejó constancia de su aspiración a “una política más allá de la ideología”. Impregnada de moral. “El sentido común de nuestra cultura”, escribió, “está refigurado/formateado por la ideología, pero todavía nos quedan arrestos de sentimientos altruistas, huellas de concepciones de fraternidad y hálitos de una consternación humanitaria que provienen de ciertas herencias culturales cristianas”. RIP».
(Fernando Palmero, El Mundo, 10 de agosto de 2021)

«Mikel fue rebelde con los enmascarados de toda laya y fue capaz del amor más tierno para quienes se abrían a su abrazo. Decía Spinoza que la muerte no puede asustar a quienes la contemplan desde la perspectiva de la eternidad y yo estoy seguro de que cuando la muerte vino a buscar a Mikel, en su huerto de Igeldo, la recibió con un abrazo».
(Luis Haranburu, El diario vasco, 10 de agosto de 2021)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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