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Huellas N.08, Septiembre 2021

PRIMER PLANO

Hay una grieta en cada cosa. Así es como entra la luz (Leonard Cohen)

Guadalupe Arbona

Diálogo en tres actos (grieta, luz, cada cosa) con varios autores contemporáneos

Se podría pensar que una grieta en la realidad es algo que expresa fragilidad, y es así, pero también es algo que se abre para dejar entrar otra cosa, como dice Leonard Cohen: la luz. La luz que ilumina y permite ver las cosas. El segundo término de la frase es en cada cosa. Cohen quiere comunicarnos que en cada fragmento de realidad –por pequeño que sea– se puede percibir una fisura a través de la cual se abre una posibilidad de ser iluminados. Incluso si la luz no pasara, quedaría al menos eso: una posibilidad.
Cuanto más conscientes somos de nuestras heridas, más descubrimos también de qué modo nuestros contemporáneos están marcados por esas mismas grietas y cuánto las sufren. Crece así una amistad con ellos que parte del reconocimiento de ciertas necesidades que compartimos. Estas hendiduras, que forman parte del conjunto de emociones inteligentes y dramáticas que somos, pueden ponernos en marcha para conocer mejor el Misterio que nos toca y nos mueve a través de ellas. Diría que es incluso más que un diálogo con nuestro tiempo, es la ocasión que el Misterio nos da para ver cuál es la sustancia de la que está hecho el deseo que llevamos dentro, ese deseo que no acaba nunca.

Por lo que respecta a mi experiencia personal, especialmente en los últimos años he tenido la ocasión impresionante de entrar en relación con varios escritores, y con cada uno de ellos ha sido una gracia y una fortuna, una ocasión de amistad con una nueva dimensión de conocimiento. Jiménez Lozano, escritor y Premio Cervantes, gran hombre por su sabiduría e impresionante por su humildad. Durante veinte años trabajé con él y aprendí a mirar la realidad con su asombro, a entender la historia de España y de la Iglesia española con su dramaticidad y, junto a él, a entrar en relación con el Misterio con una mirada siempre apasionada, a veces dolorida, a veces agradecida, pero nunca indiferente. Con José Ángel González Sainz aprendo a mirar las cosas con una intensidad que me lleva a adentrarme en el significado de lo que me rodea. Con Jesús Carrasco he aprendido a temblar con las heridas de sus personajes, amándolos y buscando su sanación o su salvación. Y tantos otros. Con ellos he hecho la valiosa constatación de que todo mi deseo –que crece tanto en profundidad como en intensidad gracias al diálogo con ellos– encuentra una compañía, un estímulo y una respuesta inconfundible e incomparable en el acontecimiento cristiano. Yo los necesito para entender mejor qué significa el encuentro. Seguir, interactuar con las emociones dramáticas e inteligentes de estos compañeros, me ha conducido por un camino de conocimiento nuevo.
Por otra parte, estoy segura de que no habría sido capaz de entender esto sin dos maestros que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

El primer maestro es don Giussani. Él percibió con una intensidad soberana que el mundo entero no era capaz de responder a su corazón – ahí percibía la vibración y la grandeza de su yo. Exactamente igual que no respondía al corazón de Leopardi, el poeta que Giussani aprendió de memoria cuando era un chaval. El artista expresaba de manera dramática, poética y con elevadísima genialidad lo que era el corazón. Por eso Giussani llevó consigo la experiencia de Leopardi durante toda su vida. Si he entendido bien, el sentimiento de Leopardi permitió a Giussani estar más presente ante sí mismo. Llevaba la experiencia de Leopardi, no como antítesis a la suya, sino amando lo que desvelaba de sí mismo. Si se me permite decirlo así, es como si a través de esta complicidad secreta con Leopardi, Giussani llevara a su amigo consigo hasta llegar a ofrecerle lo que más quería: la Presencia que puede llevar a cumplimiento esta grandeza humana –tan bien expresada por el poeta– y que solo se comprende a partir de la vibración que la requiere desde su necesidad.

El segundo maestro es Julián Carrón. Él ha visto en medio de la niebla y del embotamiento de nuestro tiempo –un tiempo en el que las certezas caen y se hacen pedazos ante nuestros ojos– una oportunidad. La primera vez que oí decir esto de sus labios no lo entendía y me rebelaba: «¿Cómo es posible decir que nuestro tiempo es una oportunidad si ningún valor parece durar y hay confusión por todas partes? ¿Qué significado tiene nuestro tiempo en medio de un clima de nihilismo cotidiano que nos paraliza? ¿Cómo es posible afirmar que los anhelos de nuestros alumnos, perdidos y sin referencias, sean una ocasión? Y sin embargo, Julián partía de un mundo así. ¿Por dónde empezó? No por un pensamiento abstracto, una creencia o un discurso, sino por la realidad, que nos hiere profundamente y nos hace sentir la necesidad que nos constituye, la de una respuesta total. Julián nos ha dicho por dónde empezar: «El desafío que plantea la realidad nos “obliga” a mirar más en profundidad nuestro ser hombres. (…) Toda crisis, todo impacto profundo de la realidad, como nos enseña Hannah Arendt, “nos obliga a volver a las preguntas”, hace aflorar nuestro yo con toda su exigencia de significado, nos hace gritar: ¿por qué?» (El despertar de lo humano). La realidad puede despertar cosas de nuestra humanidad que aún no conocíamos, hace que aflore en nosotros una exigencia de sentido que tal vez en una época plana nunca habríamos sentido, como decía en el Meeting de Rímini. Y también decía en 2019: «¡Menos mal que nos vemos desafiados por toda esta confusión, por el escepticismo que nos rodea, por el nihilismo que nos lleva a pensar que nada puede durar! Sí, porque de este modo podremos comprender, desde dentro de nuestra experiencia, como quizá nadie ha podido hacer en la historia precedente, en qué consiste la diferencia que porta el cristianismo».

Con estos dos maestros he comprendido más a fondo lo que he experimentado haciendo este trabajo de lectura de nuestros artistas más lúcidos: un diálogo y una complicidad que me ayudan a entender mejor el acontecimiento cristiano. Sus voces se hacen muy queridas porque se vuelven necesarias, esenciales para comprender mejor. Así lo expresaba Benedicto XVI: «El no creyente y el creyente se necesitan mutuamente. El católico no puede contentarse con tener fe, debe estar en búsqueda de Dios, más aún, en el diálogo con los demás debe volver a conocer a Dios de manera más profunda» (Praga, 26 de septiembre de 2009). Es cierto que conocemos la humanidad de Cristo –la tocamos y sabemos cómo mira a los ojos– pero al mismo tiempo aún no conocemos del todo su divinidad, que espera ser cada día más conocida y gozada.

«Hay una grieta en cada cosa. Así es como entra la luz», dice Leonard Cohen. El cantautor siente las cosas como cosas. Parece un juego de palabras. Es impresionante que, en medio de la nada, donde todos dicen que no existe nada más que imaginaciones, ideas, sueños, virtualidades, donde no hay nada… él percibe las cosas y las siente en su propia piel, con su dramaticidad. Pensamos en estas grietas a veces como un susurro, a veces como un grito, podemos pasar la mano por las grietas que las cosas suscitan en lo profundo de nuestro ser. El cantautor lo experimenta exactamente igual que nosotros por la mañana, cuando ni siquiera queremos abrir los ojos, cuando por la noche percibimos ferozmente que no hemos entendido nada o que el día no nos ha dejado nada entre las manos. Entonces percibimos, de nuevo, que nuestra humanidad no calla. A veces basta una insinuación silenciosa o un movimiento de cabeza como quien dice: «¿Esto es todo? ¿No hay nada más?». Otras veces es como si fuera una herida que quema, una llaga incrustada: ¿quién soy yo y por qué todo esto que se agita en mí?


La grieta

He elegido una de las emociones más dramáticas e inteligentes que pueden filtrarse a través de la grieta: la tristeza. Muchas veces silenciamos la tristeza, la intentamos desactivar. Esa voz incómoda que nos hace salir de una visión plana de las cosas, esa tristeza que siento cuando soy consciente de mí misma y que me hace abrirme a Aquel que me la hace sentir precisamente para que sea compañera de mis jornadas. La tristeza, ese sentimiento que forma parte de la grieta, que es signo de algo que no se resuelve con el propio esfuerzo o apretando los dientes, y que acompaña toda nuestra vida.
Esta presencia que acompaña la vida, la vida consciente de sí, nos saluda cada mañana y se recuesta a nuestro lado. La tristeza siempre nos acompaña. Es incómoda, pero no se puede intercambiar por ninguna satisfacción barata.
Así lo ha vivido un escritor español, Fernando Savater, muy conocido por su racionalismo feroz. Tras la muerte de su mujer, empezó a hablar de su tristeza. Y escribió en el diario El País de su «tristura» (un término de difícil traducción, que expresa la tristeza que se hunde en el alma). Con este sentimiento dentro se expone, se deja mirar, y mostrándose ante todos lleno de tristura, describe con qué profundidad ha despertado en él tras la muerte de su amada. No solo el acontecimiento de la muerte sino la conciencia con que se ha introducido la idea de que esta «tristura» podría ser la dimensión propia de la vida. Veamos cómo lo expresa:

«Hace poco decidí volver al barrio de Gros para encontrar la calle y el portal. La casa donde estuvimos juntos por primera vez: San Francisco, 46 (…) Me paré delante, sin saber qué hacer, cómo exteriorizar una emoción tan convulsa que hasta a mí me resultaba ridícula. Lástima no ser ya capaz de los gestos rituales de la piedad infantil: se inventaron como sobrio desagüe para la inundación íntima, arrolladora, de lágrimas atormentadas. Para convertir lo infinito de la angustia en infinitud de la esperanza. Pero no puedo... me limito a carraspear, quitarme las gafas y frotarlas con el pañuelo como si lo que las nubla estuviese en los cristales y no en mis ojos. Ese portal lo cruzamos juntos una noche y entramos en la otra vida, la verdadera pero efímera también. A veces me decía: “Se me ha metido una tristura...”. Y me miraba como aniñándose, con tierno desafío, recordándome sin palabras que mi obligación de amante era revertir el turbio desconsuelo y devolverlo brillante al bazar de la alegría. Yo lo dejaba todo y me ponía a la tarea con denuedo torpe pero entusiasta, recurriendo a las gansadas y a las citas de Shakespeare, a los mimos y a las promesas de aventuras cinematográficas, a la evocación de paisajes felices… nuestras ilusiones. Por fin la nube en su rostro se marchaba al infierno del que vino y me sonreía muy poquito, de medio lado, pero bastaba. ¡Ya! Volvía su serenidad algo melancólica, y yo recuperaba mi alegría bastante nerviosa, as usual. Se acabó ese vaivén, ahora no hay tregua. Cinco años hace y solo me queda, invencible, la tristura».
(Fernando Savater, El País, 21 de marzo de 2020)

El texto narra tres momentos distintos de «tristura». El primero describe su encuentro con la amada, vivido como la entrada en otra vida y de ahí deriva su «tristura» por la pérdida de esta vida. La tristura de la amada es la segunda forma descrita, que se percibe como petición al amante de que dé lo mejor, el más imaginativo don de sí: «Yo lo dejaba todo y me ponía a la tarea con denuedo torpe pero entusiasta, recurriendo a las gansadas y a las citas de Shakespeare, a los mimos y a las promesas de aventuras cinematográficas, a la evocación de paisajes felices… nuestras ilusiones». Esta tristura formaba parte de su relación pero, tras la muerte de la amada, no queda más que la tristura en sí. Y yo, al oír las tristuras de ambos, de la mujer de Savater mientras vivía y la del escritor tras la muerte de su amada, me pregunto: ¿pero bastan todos los esfuerzos del amante para responder a la necesidad de una mujer? De hecho, él mismo dice que ella sigue melancólica. Entonces, ¿quién escucha el grito del filósofo español y de su mujer? ¿Quién dará entonces lo mejor de sí para escuchar nuestro grito? ¿Hay alguien que comprenda y se pliegue ante nuestras tristuras mientras vivamos y cuando muramos?

El poeta Antonio Machado intuía que hay Alguien que no nos deja solos en esta «tristura» y que se insinúa, al menos como una sombra, como reflejo de un amor. En esta poesía impresionante que voy a leer, Machado ve con tristeza el paso del tiempo, la desilusión, la decadencia de las cosas; más allá de la muerte de la naturaleza («ese árbol roto») que simboliza una vida querida segada, que nos hace llorar de dolor. Pensemos en todos nuestros seres queridos víctimas del Covid. Lo que describe podría ser toda la tristeza que también sentimos nosotros ante la pandemia, tantas lágrimas derramadas. Es una poesía llena de melancolía por la fugacidad de las cosas.

Campo
La tarde está muriendo
como un hogar humilde que se apaga.
Allá, sobre los montes,
quedan algunas brasas.
Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.
¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!
¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.

(A. Machado, Galerías LXXX)

Pero justamente a través de este sentimiento personal que nos hace llorar, la tristeza nos llama a una mirada más intensa, más necesitada, más abierta. Es lo que hace Machado ante nosotros. Él parece gritar que su llanto, sus lágrimas, no pueden ser sino una intuición que vislumbra la sombra de un amor que nos aguarda, que aún nos aguarda, lejos sí, pero nos brinda su amor. Él parece permanecer abierto a la esperanza.



La luz

El hecho de que haya un susurro o un grito habla ya de algo que existe. Existe la posibilidad de quedarse en la grieta –no es poco– y aguardar a que llegue algo que la cure. Uno puede distraerse e intentar cerrar el problema, silenciar el grito, eliminar la exigencia, huir de la incómoda herida buscando la distracción o aniquilando el yo. ¿O bien, por el contrario, puede abrirse al descubrimiento de un resplandor, de una llama, de un destello, de un fuego?
El escritor José Jiménez Lozano describe en una poesía preciosa un atardecer. Todo parece perfecto, la belleza es tan completa que hasta uno llega a pensar que no se puede pedir nada más. La naturaleza se mueve armónicamente, nos acompaña una buena lectura y la calidez del fuego al lado. Todo parece estar en su lugar. La luz del sol es oro puro. Aparte de lo que hay, solo el deseo de que ese momento dure para siempre –eterno– y de que la vida sea ese momento de iluminación:

Atardecer
El sol es oro líquido,
azul perla el cielo por saliente:
invierno ocaso.
El huracán azota el seto
de envejecido boj, y tienes
un libro de Pascal entre tus manos,
junto al dorado fuego que se mueve
como una inquieta ardilla
o la espada de un ángel.
¡Oh, si este momento fuese eterno!
Nada más pedirías a la vida.
¿Estás seguro?

(J. J. Lozano, Tantas devastaciones)

Fijémonos en el verso final. El deseo pide aún más, y por eso el poeta se pregunta en el verso final: «¿Estás seguro?». Ni la luz dorada, ni el cielo azul, ni un buen libro entre las manos, ni el fuego que lo acompañaba, ni siquiera la intensidad del instante… pueden frenar el deseo. ¿Quién no ha vivido este minuto de oro y no ha percibido que le encantaría detener un instante para siempre? Pero Lozano va más allá. La luz que percibe y que se muestra en el corazón de la grieta pide otra cosa u otra manera de estar ante ella.
La siguiente poesía es del mismo autor y parece responder a los versos que acabamos de leer. Pertenece a un libro distinto, publicado quince años después. Describe el campo alrededor, la hora elegida esta vez es el alba, pero la postura del escritor ante la luz que tiene delante es totalmente distinta: la realidad entra en toda su belleza a través de una puerta entreabierta. El olor, la luz, el canto de la alondra… penetran en el alma del poeta que, aquí reside el cambio, las acepta como un regalo. Ahora la luz se abre paso e ilumina porque se percibe como un don.

Puerta entreabierta
Olor húmedo
de mies recién cortada,
la luz de la luna palidece,
brilla el lucero matutino,
canta la alondra.
Entreabres un poco
las puertas y ventanas de tu ánima,
y aceptas el regalo.

(J. J. Lozano, La estación que gusta al cuco)

La luz encuentra espacio, entra atravesando el orden del cosmos que también nosotros tenemos ante los ojos: los días con sus cosas y sus personas, al amanecer y en el ocaso. Parece la misma situación. Solo cambia la hora del día. Sin embargo, aceptar la luz como un don produce la satisfacción de saber que todo es dado por Alguien y por tanto nos hace descubrir que la intensidad y la vibración que genera tiene un origen tan largo y amplio que activa toda la curiosidad en cada instante y nos alegra profundamente. Entonces el instante ya no aparece manchado por la duda, pero al no ser completo se convierte en solicitación agradecida y en espera –por las puertas y ventanas del alma– de una luz y belleza semejantes.


En cada cosa


La tercera parte de la frase de Cohen es que esta grieta y esta luz aparecen en cada cosa. Las cosas. Las cosas, pensemos por un momento en cómo las miraba Cohen para descubrir las grietas y las luces. Las cosas aparecen ante nosotros y nos salvan de nuestras pesadillas que nos atemorizan. Cuando miramos las cosas como don, nos llevan a su profundidad y a su Misterio.
Aceptar las cosas es un camino de «redención», a veces con toda la dramaticidad de quien ha visto y sufrido el mal. Cambiamos de escenario. El escritor J. A. González Sainz, al final de su novela Ojos que no ven, cuenta la historia de un protagonista que ha conocido el mal con toda su crudeza. El libro muestra lo terrible que es la ideología que nace de ojos que no ven y ciega a los personajes de manera funesta. El protagonista ha sufrido la humillación, ha perdido a sus seres queridos, ha vivido en una ciudad donde el terror era el pan de cada día. Felipe se encuentra en un momento muy dramático y, una vez más, ante la belleza dice:

«Detrás de las primeras lomas, y conforme iban cobrando altura, algunos montes se hallaban cubiertos de robles y rebollos que empezaban a amarillear y perder ya la hoja (…) con todo el esplendor dorado del otoño ponían un contrapunto que, en su transitoria finitud, de pronto le pareció eterno»

Felipe debe tomar una decisión después del mal que ha visto y sufrido. Debe decidir si lo que tiene delante vale algo o bien no vale nada (le viene a la memoria todo el mal vivido y sufrido):

«Solo sabía que ahora él estaba allí, al filo de todo y justo antes de nada, y en ese todo y esa nada que aquel momento aún era para él»

Llega el momento de elegir: tiene que decidir entre el todo y la nada. Felipe debe decidir si cerrar los ojos ante lo que ve o abrir los ojos, porque la aceptación de la belleza no es automática, sino libre. En este pasaje habla de esta decisión impresionante:

«…fue entonces cuando abrió los ojos todo lo que daban de sí para que le cupiera en ellos el espacio entero a la redonda, para que le cupiera el camino y aquella inmensidad y le cupiera incluso la extensión entera del tiempo con todas sus vicisitudes, a la vez que aspiraba todo el aire que podía entrar en sus pulmones como decían que había hecho su padre. [Estaba lleno] de un liberatorio asombro inaugural»


La realidad se puede abrazar, el mal no es la palabra definitiva.

Y para acabar: las cosas abren una pregunta sobre su origen. Quería dejar una especie de deseo abierto, el que expresa el protagonista de Intemperie, de Jesús Carrasco. La novela cuenta la historia de un chico que huye de su pueblo en busca de una vida lejos de los abusos que ha sufrido por parte del cacique de la zona. En su huida experimenta hambre, sed, abandono, y se encuentra con un cabrero que se hace cargo de él, lo educa, lo adentra en la vida y en un oficio, se sacrifica por él. Las heridas del chaval son enormes, tiene miedo por todas las humillaciones que ha sufrido, y no se fía del viejo. Toda la historia sirve para contar si es posible recomponer la confianza a partir de los gestos y signos de estima del viejo hacia él. Después de muchas dudas y dificultades, hacia el final, el chico –del que no se dice el nombre, como tampoco se dice el nombre del viejo pastor– se pregunta lleno de melancolía, lleno de deseo, lleno de gratitud:

«Le hubiera gustado conocer el nombre del viejo»

El viejo ha encarnado gestos de una gratuidad e intensidad profundas, descritos como los de la pasión de Jesús, para salvar la vida del chico. Por eso, pienso que esta frase dicha al final de la novela es la pregunta que nos permite captar el sentido de toda la razonabilidad y afecto del muchacho. Una sola frase, «le hubiera gustado conocer el nombre del viejo», expresa toda la fuerza del yo. Siente toda la melancolía que surge del deseo de conocer al viejo pastor aún más, para no perder su figura. Quiere saber su nombre, quiere saber quién es el que le ha permitido un nuevo nacimiento. Para mí también es así: cada día de mi vida comprendo que mi problema, el más agudo, el más necesario, el más urgente, el más ardiente… es saber el nombre de Aquel que entra como una luz en mi realidad de cada día a través de las puertas y ventanas de mi pregunta más dramática.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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