Va al contenido

Huellas N.05, Mayo 2021

PRIMER PLANO

El riesgo en casa

Giuseppe Frangi

La familia, insustituible y frágil. El lugar de la libertad y la generación, que nos enfrenta a una alternativa radical: ¿seguridad o fecundidad? Entrevista al filósofo Silvano Petrosino

«Esta “invención” humana que es la familia le gustó tanto a Dios que quiso tener una. Se hizo hombre y creció y vivió dentro de una familia». Silvano Petrosino es filósofo, profesor de Teoría de la Comunicación y Antropología religiosa en la Universidad Católica de Milán, y sus alumnos le adoran, sobre todo por su capacidad para identificar las grandes categorías del pensamiento en la vida de todos los días. Ya que vamos a reflexionar con él sobre la familia, para ser coherentes y completar nuestra conversación, añadiremos que está casado con Loredana, tiene dos hijos y un nieto.
Esa frase inicial sobre Dios y la familia aparecerá en un cierto momento de esta entrevista y, al leerla, descubriremos cuál es el valor añadido que aportó Dios al encarnarse en esa periferia del mundo que era Nazaret. Pero antes es inevitable empezar abordando los puntos conflictivos: la crisis, el cansancio y la fragilidad que afectan actualmente a las familias.

Como siempre dice usted, es bueno partir de la historia. Y en el marco histórico actual la familia se ha convertido en un sujeto muy frágil, ¿por qué?
Hay que aclarar un concepto. La familia es una institución destinada a responder a las exigencias fundamentales. Por ejemplo, no podemos descuidar su función biológica. El ser humano es un “animal” que nace muy prematuro, pues hasta los cuatro años no adquirimos un nivel suficiente de cierta autonomía. Por hacer una comparación, la gacela recién nacida ya es capaz de correr. En cambio, nosotros necesitamos muchos cuidados. La familia es el ámbito que garantiza esos cuidados. También hay que recordar que en el pasado la mortalidad infantil era altísima, de modo que la familia ha sido la incubadora insustituible que ha protegido esas nuevas vidas, permitiendo que el género humano creciera y se extendiera. A partir de esta función esencial, la familia ha desarrollado después otras capacidades imprescindibles: es el lugar donde se cultivan las relaciones, empezando por las de género entre hombre y mujer, pasando a las generacionales entre padres e hijos, hasta llegar a las que se dan entre diversos clanes. De hecho, la familia no es un organismo cerrado sino que, a través del matrimonio, siempre se ha abierto a alianzas, muchas veces incluso con un sujeto enemigo. Durante siglos las bodas no eran por amor… En definitiva, no habría sociedad humana sin familia.

¿Y ahora qué ha cambiado?
Por primera vez en la historia, el ser humano puede engendrar sin una relación entre hombre y mujer. El hijo se ha convertido en un “derecho”, de modo que si quieres tener uno puedes hacerlo. Así, la familia puede ser sustituida perfectamente por una agencia que garantice la realización de tu deseo y que te apoye en todo lo que viene después. Además, hay un rumor predominante a nivel mediático y cultural que insiste en el hecho de que ya somos demasiados y deberíamos ser menos. De modo que aquella función de garantizar la continuidad del género humano simbólicamente pierde importancia. Pienso en el episodio bíblico de Agar, la esclava egipcia que tuvo un hijo de Abrahán para garantizar la continuidad de la estirpe porque su esposa Sara se consideraba estéril. Cuando Sara, ya anciana, dio a luz a Isaac, Agar fue expulsada con su hijo Ismael para morir en el desierto. Entonces interviene Dios para salvarla y hace que se cumpla la profecía según la cual Abrahán sería «padre de multitud de pueblos». Dios no es rígido, se va moviendo, abre siempre nuevas perspectivas…

Ha introducido el tema de Dios. Dios que recoge el grito de Agar. Y Dios que, para hacerse hombre, no elige efectos especiales sino una familia de Nazaret
Sí, porque si bien es cierto que la familia es una “invención” humana, es aún más cierto que esta invención a Dios le gustó. No había una manera más evidente de expresar su acuerdo que decir “yo voy al mundo allí”. Pero, al elegir a la familia como morada suya, Dios introduce un factor nuevo: la idea del amor, que encuentra su quintaesencia en la relación entre José y María. Hubo un precedente con Jacob, que por amor pidió a Labán casarse con Raquel, que era estéril y ni siquiera era la primogénita, como sí lo era Lía. En sentido bíblico, el símbolo perfecto de la relación hombre-Dios es sin duda la de hombre-mujer…

Pero amor también significa eros…
Por supuesto. Siempre me gusta subrayar que Dios creó la hormona que despierta la atracción. Pero hay que reconocer que también contiene una profecía que va más allá de la atracción y que nos permite dar otras formas al amor. Me parece maravilloso el ejemplo de Filomena Marturano, el personaje teatral de Eduardo de Filippo, que por amor introduce también la astucia y el engaño hasta conseguir el sacrosanto objetivo de casarse con Domenico Soriano sin desvelarle cuál de sus hijos es realmente suyo. «Hijos, hijos…, todos son iguales», le dice. Es el padre de todos.

En estos tiempos lo imprevisible ha irrumpido en nuestra vida. ¿La familia lo es de verdad cuando es capaz de acogerlo?
Así es. En cambio, hoy prevalece la metafísica de la seguridad. Para explicarlo, me gusta distinguir entre house (casa, ndt.) y home (hogar, ndt.). House es el edificio y debe garantizar unos estándares de seguridad porque es justo pretender vivir en un cierto orden. Por tanto, debemos garantizar la seguridad de la casa. Pero no podemos pretender hacer lo mismo con el home, que es el lugar de los vínculos. La pretensión de buscar orden y seguridad puede llegar a convertirse en un impedimento para el desarrollo de lo humano. Por ejemplo, no se puede asegurar el enamoramiento mediante dispositivos técnicos, pues depende de tu libertad, porque toda relación lleva dentro un componente dramático. Y tenemos que aceptar el riesgo. De hecho, ¿qué es lo que queremos de verdad? Ser amados libremente, aun a costa de correr un riesgo. Si le propones algo a tu compañera, debes tener en cuenta que ella puede decirte que no. No hay polvos mágicos para esto…

Don Giussani apunta una cuestión previa. Dice que para que un hombre y una mujer lleguen a ser padre y madre «hace falta una mirada distinta entre ellos». ¿Se reconoce en esto?
Sin duda. Intento reformularlo así. En el horizonte del hogar, tengo que aceptar que el otro sea “otro”, debo reconocer su misterio, en el sentido de que tiene sus propios sueños, sus heridas, su inconsciente. Normalmente en la vida diaria, doméstica, llamamos desorden a lo que en realidad es el orden del otro. No podemos tener ninguna pretensión sobre el otro. Aceptar que no podemos programar al otro es la única condición para que una relación sea auténtica. Pero suele pasar que cuando me entero de que el otro ha traicionado alguna de mis expectativas, intento eliminarlo. Sin embargo, en estos casos no es el otro o la otra quien ha fallado. Soy yo, que he convertido mi expectativa en pretensión, de tal manera que privilegio la seguridad sobre la fecundidad.

¿En qué sentido?
El ser humano busca constantemente algo estable, seguro, un fundamento. Es la idea de verdad como certeza, como pasa por ejemplo con la verdad científica: algo absolutamente cierto, absolutamente seguro, incontestable, sobre lo que poder apoyarse. En realidad, el ser humano está llamado a otra experiencia más profunda: la fecundidad. En la Biblia, la promesa que Dios hace a los hombres nunca es la de una certeza sino la de la fecundidad. «Te haré fecundo». La característica de la fecundidad es que tú no eres el dominus (dueño, señor, ndt.); tú participas en el proceso, pero el resultado no solo depende de ti, y sobre todo no lo puedes poseer. Por lo demás, volviendo al tema en cuestión, si dentro de una relación nos preguntamos cuál es la verdad de nuestro amor, solo podemos responder indicando la fecundidad que la ha distinguido, con las múltiples formas con que la fecundidad se puede manifestar.

A veces apelamos a los valores como salvaguardia del patrimonio familiar, ¿qué le parece?
Corremos el riesgo de convertir los valores en una palabra mágica. De hecho, el valor no está al principio de una relación, sino que se impone con el tiempo, cuando la relación es verdadera. El mundo católico ha caído en esto de pleno porque no ha captado la grandeza de la cuestión de la libertad, privilegiando el primado de la obediencia, que a veces puede caer en la servidumbre. Hay dos maneras de traicionar leyes: desobedecer o limitarse a obedecer mecánicamente, según la lógica del “hago siempre y solo lo que tú digas”. Como siempre repetía Jesús a los fariseos a propósito de los textos sagrados: vosotros leeis pero no comprendéis, os limitáis a aplicar la ley mecánicamente, sin pensar, sin captar su sentido. Si no te paras a pensar, no puedes tener una actitud de respeto, en el sentido etimológico del término, es decir, no sabes mirar atrás, y entonces tampoco se comprende el sentido de los valores. Volviendo a la experiencia reciente de la pandemia y ese factor “imprevisible” que ha irrumpido en nuestra vida, si el virus te golpea y tú estás solo, te destruye, es terrible. Si te golpea dentro de un vínculo, sigue siendo terrible pero puedes pensar en aguantar el golpe. La familia es eso, ese vínculo que sigue siendo creíble precisamente porque te da una “historia”, más que un conjunto de valores.


 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página