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Huellas N.07, Julio/Agosto 2020

RUTAS

El secreto de Van Thuan

Fernando de Haro

«Solo publiqué esta novela porque cambió mi vida». Teresa Gutiérrez de Cabiedes, la autora del libro dedicado al cardenal vietnamita, cuenta cómo lo conoció y qué aprendió de su libertad (de Páginas Digital)

Hace dos años, la periodista española Teresa Gutiérrez de Cabiedes publicó Van Thuan. Libre entre rejas (Ciudad Nueva, 2016), una reconstrucción de los trece años de cárcel que el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyen Van Thuan, hoy venerable, pasó en las cárceles del régimen, de 1975 a 1988. Una historia especialmente relevante en tiempos de confinamiento.

¿Por qué quisiste contar la historia de Van Thuan?
Realmente, la historia me buscó a mí. Escribí un libro entrevista a un amigo suyo. Era un arzobispo al que ponía contra las cuerdas con preguntas de actualidad. Le expuse que nuestro mundo “vende” que la libertad es hacer lo que te dé la gana y cosechar cuanto más éxito mejor. Y le desafié a contestarme por qué la Iglesia se atreve a seguir proponiendo que uno es más libre cuando se deja hacer por Dios y se entrega a los demás. No me contestó con un discurso filosófico o teológico. Simplemente dijo: «Yo conocí a un hombre que fue absolutamente libre estando injustamente preso». Aquel “érase una vez” me trasplantó a la adolescencia, en la que había leído la vida de Van Thuan. Pensé: si esa persona era real y su vida puede cambiar mi vida, quiero saber cuál es su secreto. Y expresé en voz alta: «¡Esa historia es una novela en la que la realidad supera la ficción!». Al cabo de unos meses, una llamada me puso contra las cuerdas a mí: «¿Cómo va la novela?».

¿Cómo trabajaste para investigar en su vida?
Lo primero que hice fue comprarme su obra completa (casi toda estaba ya traducida al castellano). Estuve varios meses “confinada” con él: leyendo y orando. Después me planteé cientos de preguntas y empecé a buscar testigos que aún vivieran. A muchos los encontré por correo electrónico. A algunos familiares y colaboradores cercanos pude entrevistarlos en Roma, las jornadas posteriores a la Eucaristía que cada 16 de septiembre se ofrece por su alma en la iglesia de los Carmelitas del Trastevere donde está enterrado. Esas personas me pusieron en contacto con otras. En paralelo, iba documentándome sobre la historia, el paisaje, la gastronomía de Vietnam, en parte con ayuda de seminaristas clandestinos que estudian en mi ciudad. Desde el principio hasta el final tenía claro que solo publicaría la historia si todo el contenido era real –salvando alguna licencia menor–, si lo podía leer un no creyente y salir enriquecido, y si la experiencia de Van Thuan cambiaba mi vida. Si se cumplían mis dudas de que fuera una especie de Superman en versión canonizable, prefería que le hicieran un altar y pedirle milagros, pero no narrar su historia interior.

¿Cuál era la historia familiar de Van Thuan?
Tanto por la vertiente materna como por la paterna pertenecía a familias capitales para la historia convulsa de ese país. Uno de sus tíos fue el primer presidente de la Primera República de Vietnam del Sur y murió cruentamente asesinado. Pero, sobre todo, llevaba en la sangre un torrente de martirios que venía de muchas generaciones atrás. Toda la familia de su padre había muerto quemada en una iglesia de paja un domingo. Su padre se salvó porque estudiaba en el extranjero. Sus padres eran personas sencillamente extraordinarias. De modo particular, es imposible entender un alma como la de Van Thuan sin conocer a fondo la riqueza interior de su madre.

Van Thuan fue nombrado arzobispo coadjutor de Saigón (Ho Chi Minh), la capital de lo que fue Vietnam del Sur, en 1975, casi al mismo tiempo que la ciudad era tomada por el régimen comunista de Vietnam del Norte. ¿En qué contexto se produce su detención?
Ha sido advertido por distintas embajadas de que no aceptara el cargo. Por aquel entonces era uno de los líderes más carismáticos del país, no solo por su alegría evangélica sino por haber podido coordinar un comité de reconstrucción que mitigó mucho los desastres de la guerra, con ciudadanos de todas las religiones. Él estaba magníficamente bien siendo obispo de Nha Trang. Obedecer el nombramiento de Pablo VI significaba ocupar un puesto de responsabilidad en la capital del bando perdedor, en el momento en que se iba a desatar la represión comunista. Pero a las amenazas siempre respondió del mismo modo: «Yo no soy político sino pastor. Y no obedezco órdenes de mandatarios sino de la Cabeza de la Iglesia. Donde él me mande a cuidar a mi pueblo, allí iré».

De los trece primeros años detenido, Van Thuan pasa el primer período en Nha Trang, la ciudad de la que había sido obispo, y allí se las apaña para escribir un libro, El camino de la esperanza. En realidad son mensajes que saca de su reclusión con la ayuda de un niño y que luego se convierten en un volumen muy difundido. ¿Cómo es este período?
Es un momento de confusión muy grande en el país. Y, para él, el inicio de un cautiverio que ni verdugos ni víctima presumían tan largo. Recibe todo tipo de presiones para firmar una confesión (falsa): que el Vaticano ha estado aliado con las potencias imperialistas que han perdido la guerra. Eso se le ofrece como pasaporte para salir del país indemne y al mismo tiempo es el “recibí” que permite al gobierno perseguir abiertamente a la Iglesia en un país al que se promete libertad y al que hay que prohibir el “opio del pueblo” con algún motivo creíble. Nadie pensó que aquel cautiverio iba a durar trece años, ni que el preso contagiaría la fe a tantos de sus guardianes. El periodo inicial que pasa en una aldea es un momento definitivo para él: porque decide agarrarse a Dios para vivir el momento presente llenándolo de amor, sin contar cuántos días lleva ni cuántos quedan. Por otro lado, ese libro clandestino revela tanto su preocupación por el pueblo cristiano que se le había encomendado como la fe de una gente que es capaz de mandar a una misa clandestina a las seis de la mañana a un niño de siete años. ¿Quién de nosotros lo haría?

Relatas en tu biografía novelada las presiones que durante muchos años el general Tu Ha le hace a Van Thuan para que firme una confesión falsa de traición. Al final este general, como muchos de sus vigilantes y de los espías que se le ponen en alguno de sus confinamientos, acaban “contaminados” por la posición que tiene Van Thuan ante la vida. ¿Por qué sucede esto?
Su capacidad de amar a sus verdugos y de interceder por ellos hacía que se cuestionaran cómo podía vivir así. Solo se explica que el Espíritu de Dios sostenga un alma en un estado de abandono total en sus manos y la convierta en espejo –sin necesitar palabras– de su Amor trinitario. Cuando en una celda de aislamiento inmunda queda toda una noche encerrado, con gastroenteritis y sin letrina, imaginemos lo que pudo encontrarse el guardián al abrir la puerta. Aquel deshecho humano le habló: «Gracias por venir a limpiar porque no tiene que ser nada agradable cumplir con esta tarea». El guardián se quedó en el sitio: y su alma se zarandeó para siempre.

Reconstruyes el tiempo que pasó en una celda de aislamiento de muy pocos metros, absolutamente incomunicado. ¿Qué sabemos de ese período?
De la realidad, muy poco. Van Thuan apenas quiso dar detalles concretos de las condiciones materiales por no comprometer a nadie que permaneciera en Vietnam. De hecho, solo contó su historia cuando su madre le hizo caer en que no era de su propiedad, sino una manifestación del plan de salvación de Dios que podía ayudar a otras almas. Pero en alguna entrevista y coloquio privado, y cribando todos sus escritos, sí puedes hacerte a la idea de cómo era aquel infierno. No solo físicamente hablando, sino especialmente en cuanto a tortura psicológica, con sus consecuencias –¡benditas!– en la espiritualidad del reo.

En ese aislamiento total Van Thuan se hunde. Tú reconstruyes un diálogo con Dios en el que Dios le pregunta si le ama a Él o a las obras que ha hecho por Él. Van Thuan, por lo que relatas, se da cuenta de que lo importante no es lo que pueda hacer sino Dios mismo. ¿Cómo es ese momento? ¿Qué sabemos de ese cambio?
Es importante subrayar que el diálogo fue real. Que él manifiesta expresamente que, en el momento de mayor oscuridad psíquica y moral, cuando no es capaz siquiera de recordar la oración del Padre Nuestro, tiene un cara a cara con Dios. Y en esa conversación, escucha una pregunta: «¿Tú buscabas a Dios o las obras de Dios?». Es una pregunta durísima y al mismo tiempo muy fecunda, que traspasa la historia de Thuan y nos interpela a cada uno de nosotros, hijos de la sociedad ejecutiva, necesitada de likes, víctima del éxito mensurable, sobreexpuesta a filtros que mejoren la valoración ajena.

En el barco que lo traslada al norte, en el campo de reeducación, se suceden las conversiones, las peticiones de bautismo. Allí donde llega Van Thuan es misionero.
Para él, esa travesía, realmente dantesca, se convierte en un banquete. Después de tantos meses absolutamente aislado, traza la señal de la Cruz en las galeras del barco y toma conciencia de que es su catedral. A pesar de las condiciones infrahumanas del viaje, para él nace el desafío de ser Cristo entre los que sufren. Más con su testimonio que con las palabras. La travesía la hace encadenado a un budista pero la sed de Dios de los católicos le lleva a tocar el regalo de haber sido bendecido con el ministerio sacerdotal. Verdaderamente, une constantemente el cielo con la tierra en la inmolación de su vida, unido al sacrificio de Cristo.

Van Thuan consigue celebrar la Eucaristía en circunstancias muy difíciles. ¿Qué supone para él?
Técnica y vivencialmente lo llama “medicina”. Es lo que le da fuerza, lo que le alimenta, lo que abre manantiales insospechados de alegría, lo que le levanta cuando se derrumba. Es un adelanto “en vivo” de lo que formularía el Concilio: el centro y la raíz de la vida cristiana.

¿Qué le sostiene tantos años en la soledad, en el encierro?
Solo se explica que mantenga la cordura humana y espiritual por su confianza ciega en Dios. En eso sufrió una conversión interior muy profunda. Un obispo que era “el crack” tuvo que quedarse sin absolutamente nada para esperarlo absolutamente todo de Dios. En el momento de la detención, solo llevaba el Rosario: el amparo de la Virgen fue otro de sus pilares. En los libros que escribe clandestinos y más adelante –al ver cómo se deteriora su memoria, cuando hace una recopilación–, se ve su fe en la Palabra viva de Dios. Y esa decisión inicial de no esperar a mejores tiempos sino vivir cada momento presente llenándolo de Amor de Dios fue una fórmula sanadora para resistir y salir fortalecido.

En este momento hay cierta tolerancia del régimen de Vietnam con los católicos, no tanto con los protestantes. ¿Cómo se ve la figura de Van Thuan en el país?
Pienso que no estoy suficientemente documentada para contestar a esa pregunta. Sé noticias públicas como que ha habido conversos, antes muy afines al régimen, a los que se ha negado el visado de salida estando ya en el aeropuerto a punto de embarcar hacia Roma. Se les negó ir a declarar al proceso de beatificación. También me he encontrado vietnamitas residentes en Europa que preferían no contarme lo que sabían de Van Thuan por miedo a represalias contra su familia en Vietnam. Lo cierto es que el Gobierno sigue teniendo miedo de la fuerza de su testimonio. Y, la verdad, no me extraña. Este santo transformó miles de almas vivo y lo sigue haciendo desde el cielo. Ojalá algún día le nombren capellán de las prisiones y hoy lo tengamos como patrón de los confinamientos. Porque a veces hace falta que se derrumbe todo para que la nada nos lleve al único que es Amor incondicional. Ese no falla. Traspasa las paredes. Y es el Rey de la Historia. ¡Unidos a Él, sí que podemos con todo!

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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