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Huellas N.06, Junio 2020

PRIMER PLANO

Un Dios humilde

Giuseppe Pezzini

El biblista dominico Timothy Radcliffe se mide con el presente en un “cara a cara” con nosotros mismos y con los demás. La caridad, la muerte de un gran amigo y la lección más valiosa: «Da gracias siempre»

«En estas circunstancias, las máscaras que nos ponemos se rompen». Fraile dominico en Blackfriars, Oxford, Timothy Radcliffe es un famoso predicador, escritor y teólogo, que fue maestro de la orden, director del Instituto Las Casas de Oxford y consultor del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz. Nos cuenta su experiencia en este tiempo de crisis, a la luz de El despertar de lo humano.

En los últimos meses, millones de personas han compartido la misma experiencia de “encarcelamiento”. Sin embargo, Julián Carrón afirma que este encarcelamiento puede ser una ocasión de liberación.
Estoy completamente de acuerdo con Carrón. Santa Catalina de Siena vivió tres años de autoaislamiento antes de que el Señor la empujara a cumplir su misión. Describió esa experiencia suya como “la celda del reconocimiento de sí”, que la puso delante de quien ella era verdaderamente. Esa “celda” fue soportable para ella, según escribió, porque no era un espacio narcisista en el que mirarse el ombligo sino más bien una ocasión para redescubrirse a sí misma, amada por Dios en cada instante. Esta experiencia de aislamiento puede ponernos delante de la realidad, de quien realmente somos. Y si estamos “encerrados” con otros, también podemos descubrir quiénes son ellos verdaderamente. De hecho, en estas circunstancias no se pueden mantener identidades superficiales: las máscaras que nos ponemos se rompen. Entonces las relaciones se desmoronan y se hacen insoportables, o bien, con la gracia de Dios, nos ponen cara a cara con la frágil vulnerabilidad de nuestro ser y el de los demás. Entonces podemos vislumbrar nuestra persona tal como la ama Dios, nuestra belleza y dignidad, y también la de los demás.

El responsable de CL habla del valor de «abrazar las circunstancias», de «decir “sí” en cada instante», ¿pero no será solo una ilusión para justificar la propia resignación?
Al contrario. Si queremos ser una fuerza del bien en este mundo, con la gracia de Dios hay que vivir aquí y ahora, en el presente –que es el presente de Dios para nosotros– y en el lugar donde me encuentro. Rowan Williams habla de la ilusión de pensar que «en cualquier otro lugar podría ser más amable, más santo, más equilibrado, más impermeable a las críticas, más disciplinado, capaz de cantar a coro, y probablemente también más delgado». Los padres del desierto conocían bien la tentación de creer que si estuvieran en otro lugar todo iría mejor. Pero estaban convencidos de que hay que vivir aquí y ahora, en ningún otro lugar. El padre Mosè decía: «Siéntate en tu celda y tu celda te enseñará todo». Si no aceptamos nuestra condición, seremos como un pájaro que abandona sus huevos impidiendo que nazcan. Si quiero cambiar yo y marcar la diferencia también para los demás, tendré que partir de aquí.

En una situación como esta, ¿no hay oposición entre “fe” y “acción”? ¿Cómo podemos ser “activos” o incluso “caritativos” si estamos encerrados?
Tener fe no significa resignarse a una inacción pasiva. A veces lo que uno puede hacer parece insignificante, pero también lo es la semilla sembrada en tierra fértil y sin embargo produce «el treinta, el sesenta o el ciento por uno» (Mc 4,8). Nuestro Dios, dice santo Tomás, es pura acción. Pero a menudo esto se expresa también en actos pequeños, humildes, como hablar con una mujer en el pozo de Samaría o lavar los pies a los discípulos. La gran ceremonia de nuestra muerte y resurrección en Cristo, el Bautismo, también es un acto humilde, echar un poco de agua. Nuestro Dios es humilde. A veces nuestra fe pide ser heroica como la de los mártires, pero normalmente nos guía en cambio hacia pequeñas acciones que escapan de la atención de los demás. Las últimas palabras de la novela Middlemarch de George Eliot lo dicen muy bien: «El crecimiento del bien en el mundo depende parcialmente de actos ignorados por la historia; y si las cosas no nos van tan mal como podrían irnos a ti y a mí, se debe en parte al número de personas que han vivido fielmente una vida oculta y reposan en tumbas olvidadas». Nuestros actos de caridad durante este aislamiento también pueden ser humildes. Como telefonear a alguien que se siente solo o retener una palabra en la punta de los labios cuando uno de tus hermanos –o tu mujer o tu marido– te dice algo ofensivo.

En El despertar de lo humano también se cita a dos jóvenes mujeres como ejemplos de una posición así: la Virgen y santa Teresa de Lisieux.
María fue llamada a esa humildad, a ser la sierva del Señor. Ella portaba la Palabra de Dios y la servía en el niño Jesús. Pero este niño era Hijo de Aquel al que ella alababa en el Magnificat, Aquel que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes». María es una persona humilde que pronunció su fiat, su “sí”, pero un “sí” al Dios que pone el mundo patas arriba. ¡Y santa Teresa de Lisieux también! Me ha gustado muchísimo cómo habla de ella, como patrona de las misiones. En la Francia del siglo XIX, muy anticlerical, Teresa tuvo el valor de abrir un diálogo con los ateos, con los que quería «beber su amargo cáliz» y compartir su dolor, para compartir con ellos a su Dios escondido. Su vocación fue realmente transformadora. Ser humildes no significa pensar o hablar mal de uno mismo. Significa mirarse con lucidez, reconocer la propia contingencia, y que la misma existencia es un don de Dios. Solo si miramos con los ojos bien abiertos se podrá cambiar el mundo. Volviendo a santa Catalina, esta libertad respecto a sus ilusiones sobre sí misma fue precisamente lo que la hizo protagonista en la Italia del Trecento, hasta tal punto que llegó a reclamar a un Papa su regreso a Roma y no dudó en reprender a la Curia romana, sin medias tintas. Como dijo en una famosa cita: «Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero». ¡Ella lo hizo!

Dice Giussani: «En esto la fe demuestra su verdad, en la capacidad […] de valorar como camino de madurez cualquier objeción». ¿Esto vale también para la Iglesia?
Siempre ha sido así, desde el principio. El Espíritu Santo fue derramado sobre los apóstoles en Pentecostés y estos fueron enviados a los confines del mundo. Pero en realidad querían quedarse en Jerusalén y resistir a la aventura de la fe. La persecución de los cristianos fue al final lo que les alejó de su zona de confort y les llevó hasta Roma. El trauma de la Reforma fue lo que revitalizó a la Iglesia y dio lugar a la Contrarreforma. Aún no está claro cómo hallará la Iglesia nueva vida atravesando esta crisis actual, pero sin duda lo hará. Espero que la Iglesia pueda salir de la “burbuja”, por citar la palabra que usa Carrón, y nos empuje a dialogar con todos aquellos que intentan comprender profundamente la vocación de la humanidad actual, también con personas de distinta fe o incluso que no crean.

¿Qué tipo de compañía puede ofrecer la Iglesia, y una comunidad cristiana en general, en estos tiempos tan difíciles?
Este es un momento de gran ansiedad y miedo para mucha gente. Debemos testimoniarles la paz de Cristo, una paz que el mundo no puede dar. Hombres y mujeres solo pueden alcanzar esta paz si hay alguien con quien puedan compartir sus miedos. A menudo la Iglesia no hace más que estar ahí, escuchándoles, tendiéndoles la mano y dejando que abran su corazón. Además, en tiempos de peste nos hemos enfrentado no solo a la muerte de la gente sino a una percepción apocalíptica del dominio de la muerte. Pensemos en el cuarto caballero del libro del Apocalipsis: «Y vi un caballo amarillento; el jinete se llamaba Muerte, y el Abismo lo seguía». Vivimos «en sombra de muerte», como dice Zacarías en el Benedictus. Tendremos que ser capaces de mirar a la muerte a los ojos, ver su dolor y su angustia, pero sin dejarnos intimidar porque sabemos que su dominio ha acabado. Mi amigo más querido en la orden murió recientemente a causa del coronavirus. Me llamó para despedirse. Poco antes de morir le dijo a un amigo: «Llevo años predicando sobre la resurrección. Ahora es el momento de demostrar que creo en ello».

¿Cómo ha vivido usted la cuarentena?
Durante este periodo habría tenido que tomarme un año sabático en el que mi proyecto, aparte de estudiar, era pasar un poco de tiempo con mi familia y amigos. Pero, como decimos en Inglaterra, si quieres hacer reír a Dios, háblale de tus proyectos. Después de un mes de estudio en la École Biblique de Jerusalén, volví a Oxford y desde entonces me he visto bombardeado por las solicitudes de artículos, homilías y entrevistas, como la vuestra. ¡Pero gracias por pedírmelo! Agradezco estas oportunidades de compartir mi fe con otros. El año sabático puede esperar. Además, como decía, he perdido a mi mejor amigo en la orden, que vivía en Oxford. Nos ordenamos el mismo día, hace 55 años, y todos los años íbamos juntos de vacaciones. Ha sido una pérdida muy dolorosa. Compartiéndola con otro amigo, un dominico polaco que trabaja en la École Biblique, me dijo algo muy sabio: «Da gracias». Tal vez esta sea la lección más profunda de este periodo. Dar gracias siempre. No porque la gente que amo muera sino porque ha vivido. Si abrimos bien los ojos, nos vemos inundados de dones, todos los días.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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