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Huellas N.02, Febrero 2020

PRIMER PLANO

La compañía secreta de Parker

Guadalupe Arbona

Un joven que sufre el sentimiento de abandono descubre, gracias a un «suceso extravagante», una «segunda soledad» que le empuja a un nuevo viaje. Y a pronunciar su verdadero nombre... Por qué vale la pena releer la extraordinaria historia del último personaje de Flannery O'Connor

La espalda de Parker cuenta la historia de O.E. Parker, un pobre diablo nacido en el sur de los EE.UU. La suya es la historia de un niño probado por la soledad: su madre le cría y mantiene sin apenas tiempo que dedicarle, abandona pronto los estudios, aprende un oficio que acaba por dejar también y deambula sin dirección.
Imaginemos su soledad, esa que estremece y hace temblar, la que nace del sentimiento de abandono. Parker es un chaval más «simple que una barra de pan», dice la narradora. De niño, siempre con la boca abierta, no siente admiración por nada y descarta que haya algo extraordinario en el hecho de existir. Siente el hastío propio de un viejo, el sentimiento de que cualquier cosa que vea o encuentre puede ser abandonada sin daño ni sentido de pérdida, como todo en su vida. Tras la niñez, la vida de Parker podría haber continuado así, como una acumulación de descartes que lo fueran dejando más triste y más solo, en un proceso de acumulación de repudios y dejaciones.

La literatura contemporánea nos tiene acostumbrados a esas vidas vagabundas que van de un lado a otro con un sentimiento de amargura creciente, evitando comprometerse con cosas y personas para no tener que despedirse de ellas. No es extraño. Se sabe que cuando la vida aprieta y se suceden las desilusiones, se puede intentar sobrevivir evitando las cosas nuevas para sufrir menos; las consecuencias son que el espacio en torno se estrecha, se rechazan las relaciones y los vínculos, y se acaba por abrazar una soledad amarga que se agarra al corazón.
Pero no es este el viaje que quiere darle Flannery O'Connor al último de sus personajes. La sureña escribió este relato a escondidas de los médicos, mientras era tratada de una enfermedad por la que murió con solo 39 años, días después de acabar este cuento.

A Parker le sucedió algo con 14 años, un suceso verdaderamente extravagante con el que entra la inquietud en su vida: «vio un hombre en una feria que estaba tatuado de la cabeza a los pies. A excepción de sus partes (...) la piel del hombre forma un único y complicado dibujo de colores brillantes». En ese momento Parker se sintió «invadido por la emoción» y «una extraña inquietud se apoderó de él. Era como si un niño ciego hubiera sido dirigido suavemente en otra dirección, sin saber que su destino había sido cambiado».
El atractivo por las figuras y motivos en el hombre de la feria genera en él una atracción tal que decide dejar la escuela, a su madre que le obliga a ir a la iglesia, las borracheras y las peleas. Todo lo emplea ahora en poder ganar dinero para hacerse tatuajes en el cuerpo: corazones, animales, reyes, nombres, anclas, personajes. Tal es la pasión que han despertado en él los tatuajes, que se enrola en la marina y viaja por el mundo, el interés por la vida tatuada en su cuerpo lo lleva a los confines del orbe. Quiere colores y vidas no fuera de sí, sino dentro, grabados en su carne, marcados en su piel. El empuje de la soledad le ha llevado a buscar vida en dibujos, diseños que sean su compañía en el vivir.
Por eso se hace experto en tatuajes, se llena la piel de ellos. La excitación que le produce la idea de una nueva figura, imagen o diseño es enorme, le sigue el ansia de verlo encarnado y para ello busca al mejor artista y comprueba varias técnicas a lo largo de sus viajes. Pero poco después de cada tatuaje, siente fuertemente la desilusión y al cabo la insatisfacción. Ninguno de sus diseños le parece suficiente para calmar su deseo.
Y es entonces cuando siente otra soledad, distinta a la del abandono; es una soledad que se insinúa sutilmente con la forma de la pregunta: su vida está ahora coloreada y la soledad persiste por debajo de cada nuevo diseño. ¿Acaso es esa soledad una fuerza de empuje hacia algo ausente que dé sentido a los diferentes dibujos? Esta segunda soledad es silenciosa y se le presenta enraizada en su ser, a la vez desata en él un intenso movimiento. Una especie de vibración que le llevará a un nuevo viaje con tres etapas.
En la primera etapa, retorna cansado a su tierra y, guiado por un extraño instinto, decide casarse con una mujer pobre, la rigurosa hija de un predicador baptista. Es una mujer que rechaza sus tatuajes, no los soporta y le parecen «vanidad de vanidades». Y aún así, Parker se siente ligado a ella por una fuerza indómita, ¿tal vez porque es la única chica que le ha mostrado que rechaza sus tatuajes y quiere verificar qué significa lo que ella rechaza?

De manera misteriosa, la mujer antipática y desabrida le devuelve el sentido tosco de un Dios que solo prohíbe y se enfada. La vida con ella es tan ingrata que «la insatisfacción de Parker empezó a aumentar de tal forma que la única forma de contenerla era un tatuaje». Lleva años reservándose la espalda y decide que se tatuará algo con lo que demostrarle a su mujer que no todo es vanidad en su ansia de hacerse tatuajes, se decide a hacerse uno que le pueda agradar.
La paradoja de esta mujer es que siendo tan antipática y fastidiosa, sin embargo introduce en la vida de Parker el sentido desafinado de lo divino. Así la inquietud y la emoción de Parker por encontrar el motivo van en aumento. Hasta tal punto anda distraído con lo que se tatuará en la espalda que tiene un accidente: choca el tractor que conduce contra un árbol en un campo de labor. Se produce un incendio, un fuego devorador que nos recuerda la primera revelación, la que hace el Dios del Sinaí a Moisés. Parker salta por el aire y al caer dice con una voz potente: «¡Dios del cielo!».
Este segundo episodio le hace sentir el aliento del fuego y la necesidad de gritar a Dios, de ponerse en movimiento, le confirma en su intención de tatuarse un Dios que dé sentido a su vida, a su arabesco de vidas tatuadas. La Compañía que busca le persigue de forma extravagante, pero sin cejar en su intento de no dejar a Parker solo. Y así corre al tatuador mejor de la ciudad: quiere grabarse a Dios, ¡eso es lo que necesita para su espalda! Llevado por un fervor inaudito y exigente revisa el catálogo de figuras divinas que le ofrece el artista y al llegar a la de un Cristo bizantino se siente atraído y arrebatado. Reconoce en el Cristo de ojos exigentes lo que quiere tatuarse en la espalda, esa zona de su cuerpo que se ha reservado durante años. Parker ha sido perseguido y alcanzado por la espalda: las figuras anteriores las había elegido él, esta nueva imagen se le ha impuesto como una exigencia nerviosa, no es un capricho, en su manera de aparecer en el catálogo ofrece la dinámica de un acontecimiento inesperado que pide ser aceptado. Y así, arrastrado por el Cristo, empeña su dinero y obliga al tatuador a que lo termine, está impaciente por ver el resultado. De vuelta a casa, después de ser humillado por sus colegas en el bar por semejante imagen, se da cuenta de que los ojos que lleva en la espalda son ojos de los que no se puede deshacer, como había quedado fascinado primero por el hombre de la feria, luego había seguido a su mujer, después había gritado a Dios ante el árbol ardiendo y ahora esa figura que lleva en la espalda le permite iniciar un proceso de reconocimiento de sí mismo. Si al principio del cuento se describía el cuerpo de Parker como algo torpe -«el efecto no era el de un intricado arabesco de colores, sino el de algo chapucero y fortuito»-, el último tatuaje responde a lo que buscaba y lo ordena: «Inmediatamente sintió que la luz lo invadía, convirtiendo la telaraña de su alma en un perfecto arabesco de colores, un jardín de árboles, pájaros y animales».

Esa armonía nueva, esa personalidad alegre que ha descubierto coincide con un hecho dramático porque al llegar a su casa, su mujer lo rechaza, dándole escobazos, mientras O. E. Parker llora diciendo su nombre, oculto para todos hasta ese momento porque le parece ridículo: fue bautizado como Obadiah Elihue (Abdías significa “siervo de Yahweh” y Elías significa “Yahweh es Dios" o “Él es Dios").
La ternura de la escritora interviene para decirnos de Parker: «Allí estaba él, el que se llamaba a sí mismo Obadiah Elihue, apoyado en el árbol, llorando como un bebé». Se reconoce a sí mismo, dice su nombre, llora como un bebé porque se siente nacido de nuevo. La soledad de Parker le lleva a descubrir una secreta compañía, anterior a él que, por fin, le alcanzó, le cautivó y se hizo carne de su carne.
Siempre he agradecido este relato porque dice de esa compañía que he buscado yo también, en muchas ocasiones a tientas -como Parker-, arrastrada por el deseo de llevarla inscrita, bajo la piel, como parte de mí misma. Y, de repente, ocasiones casuales e imprevistas, y que podían no haber existido; sí, de repente, revelan que esa compañía me buscaba, me seguía sin que me diese cuenta. Esa compañía se hace susurro o grito en mis palabras y línea en mis garabatos; y, sí, de repente, llama y entra con su gratuidad hasta llegar a la carne y la descubro como la suprema Presencia, esa que a veces se reconoce como término del empuje y el movimiento de la soledad. Por eso lloro con Parker y descubro que en mi soledad hay un anhelo de su Compañía que dice más de mí misma que yo misma.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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