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Huellas N.10, Noviembre 2007

DOCUMENTOS - Benedicto XVI / Jesús de Nazaret

El evangelio del reino de Dios

José Miguel García

El reino de Dios, la finalidad de las parábolas, el valor histórico de algunos relatos de milagros, la institución del primado de Pedro. Huellas comienza un viaje en torno a algunas cuestiones problemáticas de las que se ocupa Benedicto XVI en su libro. En un contexto generado por la crítica moderna, que niega la historicidad del hecho cristiano, un recorrido razonable para crecer en el conocimiento y el afecto por la persona de Cristo

Testigos, no creadores. Desde los comienzos de la crítica moderna la academia ha mantenido una desconfianza respecto al valor histórico de los evangelios. La separación radical, e incluso oposición, que establecen bastantes estudiosos entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe se basa fundamentalmente en la teoría de que estos libros no son testimonios de acontecimientos históricos. En su opinión, los relatos evangélicos no reflejarían lo que aconteció, serían sólo creaciones teológicas que expresan la fe de la comunidad cristiana en Jesús. En otras palabras, en el origen de los evangelios no estaría el testimonio del encuentro con un hombre excepcional, sino una invención.
Ahora bien, no es la fe la que genera los sucesos narrados en los evangelios, sino que por el contrario es lo acontecido lo que suscita la fe de aquellos hombres en Jesús y el deseo de comunicar a todos lo que ellos han encontrado; los evangelios nacieron de esta pasión de comunicar a todos los hombres la experiencia vivida. Por eso, aunque escritos después de la muerte y resurrección de Jesús, estos libros transmiten noticias verdaderas sobre Él; leyendo los relatos evangélicos entramos en contacto con el Jesús real, como afirma Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret.
Queremos acercarnos a este personaje histórico, profundizar en su personalidad, crecer en el conocimiento y el afecto a su persona. Con este fin retomaremos algunos de los dichos o hechos que el Papa comenta en su libro desde una perspectiva más histórica. Somos conscientes de que, entre todos los aspectos implicados en el estudio exegético de los evangelios, la cuestión más importante y decisiva es mostrar cómo los evangelistas testimonian hechos vividos, historia acontecida. Centraremos nuestra atención en algunos dichos de Jesús acerca del reino de Dios, la finalidad de las parábolas, el valor histórico de algún relato de milagro y la institución del primado de Pedro. Será un viaje en etapas que ofrecemos a todos como ejemplo de un parangón con las preocupaciones que han llevado a Benedicto XVI a escribir un libro sobre Jesús. Es una ayuda a acercarnos a los evangelios llenos de razones, haciendo también las cuentas con la investigación histórica, conscientes de una situación dramática de la fe: estamos inmersos en un contexto en el que Cristo no es un hecho sucedido en un determinado momento de la historia, en una situación en la que –escribe el Papa– «la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío».


Con ocasión del Congreso diocesano de la comunidad de Roma, el Papa comentaba con estas palabras el motivo de la publicación de su libro Jesús de Nazaret: «Sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él. Impulsado precisamente por esta necesidad pensé: sería útil escribir un libro que ayude a conocer a Jesús». La finalidad del libro, por tanto, es dar a conocer a Jesús, introducir al lector en una relación con el verdadero Jesús, que es el que presentan los evangelios, no las interpretaciones de tantos estudiosos, que se han mostrado puras invenciones. «He intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el “Jesús histórico” en sentido propio y verdadero. Estoy convencido, y confío en que el lector también pueda verlo, de que esta figura resulta más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús –el de los Evangelios– es una figura históricamente sensata y convincente»1. Por ello, la fuente histórica más utilizada en este libro son los evangelios. Sin embargo, los relatos evangélicos no siempre son inmediatos y sencillos, no todo su contenido es claro. A veces nos encontramos con dichos o relatos oscuros, de difícil inteligencia. Un buen ejemplo de ello es Mt 11,12, que el mismo Benedicto XVI considera como «unas palabras difíciles de explicar»2. Intentemos hallar luz que ilumine el enigma que encierran estas palabras.

El texto de Mateo
Comencemos recordando el texto de Mateo: «Desde los días de Juan Bautista hasta ahora el reino de los cielos padece violencia, y violentos lo arrebatan». ¿De qué violencia habla Jesús? ¿Quiénes son estos violentos? Las respuestas ofrecidas por los estudiosos son diferentes. Según algunos, con Juan Bautista comenzó un movimiento de renovación moral con miras a adelantar la llegada del reino; los violentos que se apoderan de él son los que aceptan la predicación del Bautista: éstos atraen por la fuerza el reino de los cielos sobre la tierra. Contra este modo de entender se puede aducir la petición del Padrenuestro: «Venga tu reino». Con estas palabras, Jesús da a entender que la venida del reino de Dios es obra exclusiva de Dios; se puede pedir que lo realice, pero no forzarlo mediante la acción humana. Otros autores modernos han creído ver en estas palabras de Jesús una alusión a los celotas, un grupo religioso-político de su época. Su característica principal era la lucha violenta contra el poder romano en su intento de liberar la tierra de Palestina, pues el único dueño de la tierra de Israel era Dios. Para restaurar la soberanía de Dios, los celotas llegaron incluso a declarar la guerra al imperio romano durante los años 66-70. Contra este modo de entender el dicho de Jesús está tanto el hecho de que el movimiento celota comenzó antes de que Juan Bautista iniciara su predicación de penitencia, como que Jesús mantuvo una posición crítica respecto a este uso de la violencia. Otros han leído aquí una alusión a la posición hostil de los escribas y fariseos, que cierran el reino de Dios a los hombres y no dejan entrar en él a los que lo desean (cf. Mt 23,13). Entendido así, la primera parte del dicho se ilumina, resulta inteligible, pero la segunda conserva toda su oscuridad. Para poder otorgarle un sentido estos estudiosos se ven obligados a traducir así: «Desde los días de Juan Bautista hasta ahora el reino de los cielos padece violencia, y violentos lo arrebatan (del corazón de los que desean entrar en él)». El hecho de que haya que añadir una glosa indica que esta traducción es forzada. Es más, según el original, lo arrebatado por los hombres violentos es el reino de los cielos; y lo natural es suponer que lo arrebatan para hacerse dueños de él, no simplemente para despojar a otros.

La solución del enigma
Para encontrar una solución a este enigma es necesario partir de un dato histórico: el trato de Jesús con publicanos y pecadores3. El judaísmo de la época de Jesús tenía la mentalidad de que Dios era misericordioso con los judíos pecadores, pero no con los paganos. Incluso era inmisericorde con los judíos que vivían como paganos por su comportamiento o profesión; sobre éstos sólo habrá maldición. A este grupo pertenecían, entre otros, los judíos que practicaban juegos de azar, los usureros, los pastores y los publicanos. Pues bien, Jesús anuncia a estos pecadores “imperdonables” la buena nueva de la misericordia divina por medio de palabras y gestos. Durante su ministerio público, Jesús proclamó que estos hombres eran acogidos, perdonados por Dios; que también ellos estaban llamados a participar del reino de Dios, es decir, eran invitados a entrar en el ámbito donde Dios cumple definitivamente y de un modo insospechado los anhelos del corazón humano. Ahora bien, que Jesús proclame que Dios desea hacer a estos pecadores partícipes de la felicidad y que él mismo simbolice esta salvación mediante la acogida y la mesa común con ellos, era motivo de escándalo entre los judíos ortodoxos y, por tanto, de hostilidad contra Jesús. Un claro testimonio de este escándalo y hostilidad son estas palabras que cita Jesús en el evangelio de Mateo: «Vino Juan, que no comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: He ahí un hombre comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (11,18s). Es claro que en este dicho, como en el que intentamos explicar, el Señor refiere palabras de los escribas y fariseos escandalizados.

Publicanos y pecadores
Pero si Jesús afirma que los publicanos y pecadores son acogidos por Dios en su reino, que también ellos están invitados a participar de los bienes salvíficos, que se representan presentes en un espacio donde Dios habita, para los escribas y fariseos este anuncio implicaba una violencia en el reino de los cielos: aquellos que estaban excluidos entraban violentamente en él, arrebataban o robaban algo que no era suyo. Con otras palabras, el reino de los cielos padece violencia porque entran en él hombres que según la ley judía estaban excluidos; y los violentos que roban este reino de Dios son estos publicanos y pecadores “imperdonables”. Así pues, al pronunciar Jesús este dicho, en el que se hace eco del pensamiento de sus adversarios, no expresa una lamentación, sino una exclamación jubilosa, consoladora para esos pecadores, que los fariseos y escribas rechazan con desprecio; una proclamación valiente de Jesús frente a la recalcitrante hostilidad de éstos. Algo muy semejante dice Jesús con la parábola del hijo pródigo: la protesta del hijo mayor, que no quiere sumarse a la alegría del padre por el retorno del hijo pecador, parece estar diciendo que, según él, su hermano ha entrado violentamente en la casa de su padre, en la que sólo está merecidamente él, que ha obedecido al padre durante toda su vida sin quebrantar uno solo de sus mandatos (Lc 15,29s).

Un lugar en el que entrar
Como es bien conocido, la predicación de Jesús gira en torno al anuncio del reino de Dios. En la tradición judía, la expresión “reino de Dios” hace relación al señorío de Dios, a su ser rey, se utiliza para hablar de su soberanía. Jesús, sin romper totalmente con esta concepción, introduce una novedad radical, pues esta expresión en sus labios refleja una imagen concreta: la de Dios como el rey ideal, en cuyos dominios son saciados los anhelos más profundos del hombre, los deseos que constituyen el corazón humano. «De hecho –afirma S. Aalen–, la característica terminología usada en los evangelios en relación al reino de Dios es completamente diferente en frases y expresiones a lo que hemos señalado como típicamente judía. Por ejemplo, en los evangelios es esencial la metáfora de que uno ‘entra (en)’ el reino (Mt 5,20; etc., Mc 9,47; 10,15.23). Esta idea de ‘entrar’ tiene una amplia aplicación en los dichos de Jesús, que pertenecen a la parte más central de su material de expresión. Uno entra también en la vida (eterna) (Mc 9,43; Mt 19,17). El siervo bueno y fiel entra en la alegría de su señor (Mt 25,23), o por la puerta estrecha (Lc 13,24). Ninguno puede negar el hecho de que el reino de Dios en estos textos es concebido como un territorio, un área»4. En la misma categoría de imagen espacial se sitúan las palabras de Jesús que hablan de banquete –que se celebra en un recinto cerrado–, de comer en el reino de Dios (Mt 8,11; Lc 14,15), de las llaves del reino de los cielos (Mt 16,19), de cerrar el reino de los cielos (Mt 23,13), de ser arrojados fuera del reino (Mt 8,12).
Por tanto, si en el judaísmo el término “reino (malkut)” sirve para designar la realeza, la soberanía de Dios, en la tradición evangélica no designa normalmente una cualidad de Dios, sino los bienes que entraña la salvación de Dios, otorgada al hombre por medio de Jesucristo. Un buen ejemplo de esta concepción es el dicho de Jesús de Mt 11,12 que acabamos de estudiar. En él, el reino de Dios tiene que ver con un lugar en el que se entra para participar de la plenitud de la vida; es decir, no puede reducirse al señorío de Dios5. La imagen del reino de Dios que manifiesta Jesús a través de sus palabras es la de un territorio, un área en que se entra, o a la que se va; un espacio en el que habita Dios y al que invita al hombre para hacerle partícipe de los bienes que satisfacen de modo completo y definitivo todas sus necesidades y su radical menesterosidad.

Notas
1 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, trad. de C. Bas Álvarez, Madrid 2007, 18.
2 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 86.
3 En el judaísmo de la época de Jesús, los publicanos eran los recaudadores de impuestos; este oficio era considerado pecaminoso en sí mismo, y quien lo practicaba era un pecador público, uno que Dios rechazaba y quedaba excluido de la salvación.
4 S. Aalen, “’Reign’ and ‘House’ in the Kingdom of God in the Gospels”: NTS 8 (1961-62), 219s. Cf. también G. Dalman, Die Worte Jesu mit Berücksichtigung des nachkanonische jüdischen Schrifttums un der aramäischen Sprache erörtert, Leipzig 21930, 87-108.
5 Afirma Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 83: “La traducción ‘Reino de Dios’ es inadecuada, sería mejor hablar del ‘ser soberano de Dios’ o del reinado de Dios”.

 
 

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