Va al contenido

Huellas N.10, Noviembre 2007

PRIMER PLANO - Ejemplos para todos

Mirar al que mira

Davide Perillo

¡Imagínate! Una cena con cien jóvenes y un adulto que les ayuda a vivir y a hacer cuentas con la realidad y su significado

Primera escena: Saint Moritz, el verano pasado. Verdes prados, típico paisaje de postal suiza. En esta ocasión, entre los turistas que salen a dar su paseo vespertino, destacan sorprendentemente doscientos rostros alegres. Están vendiendo la revista de CLe invitando a una velada. Se forman corrillos, se conoce gente nueva. El que mueve todo es un tipo delgado con cazadora vaquera, que no se echa para atrás ni siquiera cuando se trata de invitar a la velada al alcalde. Escena segunda: una habitación en el centro de Milán. Veinte personas en torno a una mesa. Son empleados de banca que hacen juntos la Escuela de comunidad. El que les acompaña es también el de la cazadora vaquera. Escena tercera: un salón parroquial largo y estrecho en la periferia, unas cuantas mesas juntas y un centenar de personas que están cenando. Ahora también se trata de caras jóvenes, alegres. Basta con mirar hacia donde ellos miran para comprender que el punto de referencia es de nuevo él, el de la cazadora vaquera. Es Claudio Bottini, 54 años, casado, con tres hijos, empleado de banca. Si leemos su currículum, veremos al clásico hombre tranquilo; pero si vemos cómo es su jornada, es todo lo contrario, un torbellino permanente. Más aún, un hombre vivo.
No hay más que verle por la calle distribuyendo panfletos o en las oficinas de su agencia, en la mesa o en una reunión sindical, en un estrado delante de decenas de personas o cara a cara con el recién llegado, al que siempre recibe de manera inconfundible: le mira directamente a los ojos y le da un abrazo. Llamadlo como queráis pero uno que se relaciona así con la realidad no hace una obra, lo es. Una obra extraña, ciertamente: sin oficina, sin estructura, sin tener que conseguir fondos. Sólo «un yo que vive intensamente la realidad», en palabras de don Giussani que Julián Carrón últimamente retoma con frecuencia, para ir hasta el fondo.

El deseo de ser adulto
Pongamos un ejemplo. Probad a ir hasta Redecesio, al nordeste de Milán. Pasead entre las mesas de esa cena que se repite todos los meses, en virtud de una amistad que nació hace un par de años de manera muy sencilla: los dos primeros chicos que conocieron a “Bot” y quisieron volver a verle. Una compañía que va creciendo «en círculos concéntricos», explica Bottini. «Al principio nos reuníamos para leer ¿Se puede vivir así? Luego, surgió la necesidad de tener cierta estabilidad en el trabajo que hacíamos juntos». Uno invitó a otro, y otro, y otro… Y desembocó en este lugar poblado por una humanidad variada, desde el post-adolescente recién salido de GS, al recién casado que está a punto de cumplir los treinta.
Hablan de ellos mismos, de su trabajo, sus hijos, sus problemas y sus intereses. «Comparten su vida -dice Bottini- y yo con ellos». Hay gente como Emanuele, de 27 años, que te habla de su «deseo de hacerse adulto» y de sus proyectos que se topan con el límite: «yo quería ser fotógrafo, pero acabé conduciendo el camión de mi tío que se dedica a los derribos. Estaba decepcionado. Llegas a perder tu propia estima. Sólo que todo esto lo he podido vivir aquí, con estos amigos que, en lugar de echarme discursos, me ayudan. Sabiendo que aquí hay caras amigas y un plato de pasta también para mí. Y si te equivocas, sabes que te acogerán». Te encuentras con Bora, que te cuenta cómo «me aceptaron como soy. Nadie me ha pedido que cambiara mis aficiones o mis gustos, nadie. Por ejemplo, a mí me gusta cocinar, aquí lo hago, para unas 70 u 80 personas, pero he aprendido a hacerlo de otra manera». O con Silvio, de 28 años, matemático, que te describe «un lugar que te abre a la vida, no te entran ganas de quedarte aquí encerrado». Claudio, de 19, nos dice que en la primera Escuela de comunidad sucedió «algo inesperado: Bottini me recibió con un abrazo, como si nos conociéramos de toda la vida».
Más o menos lo mismo que dice Sara («ese abrazo también me desconcertó a mí: me sentí querida»), Tania («he conocido gente que cuando tienes problemas sabe qué preguntarte»), Mattia («no es que estar aquí te resuelva tus problemas, sino que te sabes aceptado, querido»), o Marco, de 27 años, camarero, con un hijo y otro de camino («si no hubiera acudido aquí no me habría casado. Este lugar es impresionante. No se trata de alcanzar metas sino de recorrer un tramo del camino de la vida juntos»). También Jacopo, al que Bottini y sus muchachos conocieron en una fiesta del 1 de mayo, hace varios años: «me impresionó ver cómo estaban juntos. Me di cuenta de que cada vez me implicaban más. Esto me conmovió: la idea de que sea otro el que viene a buscarte, el que te acompaña en todos los aspectos de la vida. Sin sustituirte, sino haciendo que todo se disfrute más». ¿Un ejemplo? «A veces “Bot” te suelta: “¿Qué pasa con aquel amigo tuyo? ¿Por qué no le llamas?”, es decir te sugiere algo, y lo hace porque le importas, pero eres tú el que se pone en marcha».
«¿Lo ves? No tienen miedo. No evitan las relaciones. Quiere decir que se encuentran en su casa». Bien, pero, ¿por qué es también tu casa?, quiero decir, ¿qué le importa a un banquero educar a los jóvenes? «Si no conseguimos formar hombres libres, todo se limita a la organización. A mí no me interesa que uno entre a formar parte de CL; lo que me interesa es que sea él mismo hasta el fondo. No me importan las fórmulas, sino las relaciones. Ellos desafían mi libertad y yo la suya». Como una chica que se presentó un día y le dijo: me quiero ir a vivir con un chico, ¿a ti qué te parece? «Yo le contesté: es bueno que quieras tener una casa con tu novio. ¿Pero te parece que se puede construir algo consumiéndolo? Piénsalo y después volvemos a hablar de ello». Y un abrazo, sin juzgarla. «Lo pensó. Y una semana después hablamos. Me dijo: tienes razón, Bot. Es mejor esperar».

Aquel abrazo
Esto hace entender mejor que de esta sala de Redecesio hayan nacido varias acciones caritativas (están preparando una iniciativa que recuerda mucho a la antigua Bassa), grupos de ayuda (una buena idea es la de un grupo de empresarios “under 30”, menores de treinta años), grupos de Fraternidad. En la práctica, una vida más intensa. «Hay que medirse con la realidad desde la conciencia de uno mismo», dice Bottini: «La mirada del que uno es objeto continuamente nos educa».
Esa mirada, “Bot” la vió cuando era niño. Era la mirada de su madre, Luigia, «que sigue con el rosario en la mano», y de su padre, Erminio, obrero y socialista, que los domingos iba a misa a las cinco y media de la mañana para poder ir luego a trabajar a la Pirelli para ganarse el cocido: «Así consiguió que yo pudiera estudiar. Vengo de esta tradición: católica y lombarda. Pero era como un río que tan pronto pasa por unos rápidos como por un remanso. Llegó un momento en el que todo se me quedaba pequeño».
Lo que me ensanchó el horizonte fue un encuentro en la parroquia de Santa María al Naviglio. «Aquella gente me llamó la atención porque estaban realmente unidos». Me invitaron a pasar unos días en Varigotti («escuché a don Giussani desde el fondo de la iglesia. No entendía mucho, pero salí con una idea clara: ¡esto es un hombre!»); luego me involucré en el trabajo de la secretaría. El impacto directo con la figura extraordinaria de “don Gius” ocurrió en los ejercicios de 1974. «Impacto físico, se entiende. Subí al estrado a dar los avisos, allí sentado junto a él. Cuando terminé sentí un golpetazo tremendo en la espalda: «¡Vaya pasión tienes, chaval!». Me agarró del brazo y fuimos andando hasta el hotel». Más o menos la misma escena que había vivido tantas veces de pequeño, cuando era mi padre el que me tomaba del brazo, en la parroquia, para ir juntos a confesarnos. «En cierto modo mi padre era un poco como don Giussani. Muchas veces me decía: acuérdate de que la vida no es lo que tú quieres. Como don Giussani, que nos remitía continuamente a la dependencia que nos constituye. Por supuesto, con mayor profundidad, pero la sensibilidad era la misma».
Sí, es la misma. La misma mirada de padre. «Antes de casarnos, Dora y yo no teníamos claro donde iríamos a vivir. Fuimos a hablar con don Giussani, pero se estropeó el autobús y llegamos una hora y media más tarde. Llamé al timbre. Abrió. Y me abrazó. Algo impresionante. Todavía lo conservo en los ojos. Un abrazo así sólo volvería a verlo muchos años después, cuando tuve la ocasión de saludar a Juan Pablo II con ocasión del Jubileo de los trabajadores. Después me eché a llorar. Ese hombre te miraba y miraba a Cristo. Y mirando a Cristo, te miraba a ti. El cristianismo no es sólo registrar un hecho, ni quedarse en el asombro; culmina en un abrazo. Es la experiencia de Uno que te alcanza y ya no te abandona. Lo que más me apremia en la vida es que el mundo reconozca la belleza de Cristo. Lo único que se puede hacer es decir: “ven tú también a verlo”».

Buscar el origen
Cada uno de estos «tú», en la práctica, te lo vas encontrando. Nadie queda fuera. Por ejemplo, Claudio, un colega de Avanguardia Operaia (un grupo de la izquierda radical), que le vio santiguarse antes de comer y le preguntó a bocajarro: «Perdona pero, ¿qué tiene que ver eso con los espaguetis?». Quién iba a pensar que de aquella pregunta surgiría un camino que le llevó a ser fraile. O Domenico, uno de los jefes de personal, que al leer un panfleto sintió curiosidad, tomó un libro de don Giussani, comenzó a leerlo y ante las primeras objeciones («no entiendo nada»), obtuvo por respuesta un: «tampoco yo; leámoslo juntos». «Empezamos a hacer Escuela de comunidad. Pasado un tiempo me preguntó, ¿por qué no me presentas a don Giussani? Quiero conocer el origen de esto. Tenía razón: lo que importa es una relación que llega hasta el origen».
El origen. Es lo que buscaban también los dos amigos ateos que sólo conocieron a los “hijos” de Giussani –la multitud en los funerales en el Duomo–; sintieron curiosidad («¿quién era este hombre?») y empezaron a preguntar y a buscar. Silvio, uno de ellos, llegó a decir: «Claudio, si la propuesta que nos haces tiene la misma grandeza de lo que vi por primera vez en el Duomo de Milán el día del funeral y la misma libertad que veo ahora en ti, entonces acepto la propuesta cristiana».
Valentina, una compañera de trabajo de Claudio, empezó aceptando la invitación de ir a ver al Papa Benedicto XVI en Pavía y ahora acaba de adoptar a un niño. Alice, directora de la sucursal bancaria, al principio no se entendía con Bottini, pero viendo un cartel que él había colgado en el Banco no pudo dejar de decir: «Por fin algo bello en este sitio», y de allí nació una relación verdadera.
«¿Quién te permite vivir así? Un amor que recibo. El amor que Cristo me tiene. Hasta entregarse por mí. Todo nace de esta experiencia. Es cierto, hubo un tiempo en el que cometí la osadía de decir: soy yo quien lo hace, depende de mí. Pero está claro que es Otro. Es el Misterio el que lo hace todo. Y en esto tengo que dar gracias a mi mujer. Lo primero que hace cuando se levanta por la mañana es ir a la cocina y rezar el Angelus. ¡Dora, es impresionante! Tras treinta años de matrimonio, me sorprendo continuamente descubriendo algo nuevo en ella. Es algo extraordinario». Pero, también eso, depende de una educación y de una mirada. «Aprendí a estar con mi mujer de una determinada manera, mirando cómo estaban con las suyas ciertos amigos. También aprendo mucho de mis amigos de los Memores Domini. Me quedo mirando cómo rezan de rodillas y me digo: de aquí es de donde sacan la energía. Entonces empiezo también yo a levantarme antes, a hacer silencio, a ir a la iglesia y estar media hora delante del Santísimo, antes de misa. Porque lo ves».
Fin de la cena. Avisos, despedidas. Pero antes de abrazarme, “Bot” todavía nos cuenta otra cosa. Hace dos meses, cenando en esta parroquia con Bora, Marco, Jacopo, Lele y todos los demás, estuvo también Julián Carrón. Vio cómo viven, les oyó hablar. «Y nos dijo dos cosas fundamentales: “Mirad la experiencia que estáis haciendo y no cambiéis de método. Porque el Misterio pasa a través de sugerencias sencillas”». Sencillas. Como mirar a uno que mira.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página