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Huellas N.1, Enero 2008

DOCUMENTOS - Benedicto XVI / Jesús de Nazaret - 3

Jesús y el sentido de las parábolas

José Miguel García

Tercera entrega sobre el libro del Papa, dedicada a entender mejor el uso que Cristo hace de breves relatos que destacan por su viveza y claridad, tomados de la vida cotidiana para indicar la verdad de las cosas. En una frase aparentemente contradictoria se desvela una vez más la misericordia del perdón de Dios

En los evangelios sinópticos la predicación de Jesús se desarrolla en gran medida mediante parábolas. Este modo de enseñar es característico de Jesús, pues en la literatura del judaísmo anterior a él no encontramos ni una sola parábola, solamente dos comparaciones que hace el rabino Hillel (hacia el año 20 a.C.): compara el cuerpo con una estatua y el alma con un huésped; sólo a finales del siglo I d.C. hallamos los primeros relatos parabólicos en dicha literatura. Pero además, cuando se comparan entre sí, los relatos de Jesús destacan por su viveza y claridad. Como afirma J. Jeremias, «las parábolas son un fragmento de la roca primitiva de la tradición»1, es decir, estamos en la proximidad inmediata de Jesús. Por lo demás, el género literario de la parábola es muy diferente al de la fábula, narración bastante difundida en el mundo oriental y griego. En este último tipo de narración sapiencial es normal atribuir características humanas a animales y plantas, que son los protagonistas del relato. Las parábolas de Jesús son historias que describen situaciones o hechos de la vida cotidiana. Jesús, usando de la normalidad de la vida, de situaciones reales, da a conocer a los hombres el significado último, la verdad de Dios y cómo se comporta con el hombre. «A través de lo cotidiano –afirma Benedicto XVI– (Jesús) quiere indicarnos el verdadero fundamento de todas las cosas y así la verdadera dirección que hemos de tomar en la vida de cada día, para seguir el recto camino. Nos muestra a Dios, no un Dios abstracto, sino el Dios que actúa, que entra en nuestras vidas y nos quiere tomar de la mano»2.

Una afirmación desconcertante
En su libro Jesús de Nazaret, en el capítulo dedicado al estudio de las parábolas, Benedicto XVI se detiene a describir su naturaleza y finalidad; para ello, se sirve fundamentalmente de los estudios de A. Jülicher, Ch. Dodd y J. Jeremias. A la hora de discernir la finalidad de las parábolas, la atención del Papa forzosamente se fija en Mc 4,11s, donde el evangelista recoge unas palabras de Jesús que introducen la explicación de la parábola del sembrador y en las que parece ofrecer el motivo por que Jesús habla parábolas. Recordemos el pasaje, según una de las versiones populares españolas: «Y cuando se quedó a solas, los que se hallaban con él junto con los Doce le preguntaban las parábolas. Y les decía: A vosotros os ha sido comunicado el misterio del reino de Dios; mas a aquellos de fuera todo se les presenta en parábolas, a fin de que mirando, miren y no vean, y oyendo, oigan y no entiendan; no sea que se conviertan y se les perdone» (Mc 4,10-12). El Papa, con razón, introduce sus reflexiones reconociendo la extrañeza de este dicho: «Se interponen en nuestro camino unas palabras de Jesús a propósito de las parábolas que nos desconciertan». Estas palabras de Jesús plantean, en efecto, graves interrogantes. El Papa, en su libro, se hace los siguientes: «¿Sirven las parábolas del Señor para hacer su mensaje inaccesible y reservarlo sólo a un pequeño grupo de elegidos, a los que Él mismo se las explica? ¿Acaso las parábolas no quieren abrir sino cerrar? Es Dios partidista, que no quiere la totalidad, a todos, sino sólo a una elite?»3. En efecto, según el dicho de Jesús, parece que la finalidad de las parábolas es evitar que estas personas se conviertan y así alcancen el perdón de Dios.

El fracaso
Pero, en realidad, ¿las parábolas no son un medio de hacer más comprensible y más eficaz la predicación de Jesús? Y por otra parte, ¿no hallamos en los evangelios una incesante llamada de Jesús a la conversión, que supone un deseo de que todo hombre, por la conversión del corazón, alcance el perdón de Dios?
Como creyente profundo y estudioso serio, el Papa intenta dar una explicación a estas misteriosas palabras de Jesús. A su entender, con ellas Jesús se coloca en el grupo de los profetas, pues sirven para afirmar que su destino es el mismo de aquéllos: el rechazo por parte del pueblo del anuncio que trae en nombre de Dios, es decir, el fracaso. «Este fracaso del profeta se cierne como una oscura pregunta sobre toda la historia de Israel, y en cierto sentido, se repite continuamente en la historia de la humanidad. Y también es, sobre todo, siempre de nuevo, el destino de Jesucristo: la cruz. Pero precisamente de la cruz se deriva una gran fecundidad»4. La explicación del Papa afirma algo muy verdadero e indica que el mismo Jesús leyó su misión a la luz de los profetas, sobre todo de Isaías. No obstante, la extrañeza de la redacción que nos ha llegado permanece. En otras palabras, su interpretación no explica cómo se originó esta afirmación tan desconcertante que tenemos en Mc 4,11s. Y es difícil aceptar que Jesús no fuera capaz de expresar la conciencia que tenía sobre su persona y ministerio de un modo más directo y diáfano. Intentemos, pues, explicar cómo pudo generarse este texto griego, de modo que podamos alcanzar un sentido razonable a este dicho de Jesús. Como afirma agudamente J. Carmignac, antes de interpretar teológicamente cualquier texto evangélico es necesario hacer el esfuerzo por entender lo que realmente afirma: «Una buena teología supone una buena exégesis y una buena exégesis supone una buena filología; la solidez de las bases filológicas es la garantía indispensable de los hallazgos exegéticos y teológicos»5. A nuestro juicio, para encontrar una explicación a este insólito dicho de Jesús, creemos necesario recurrir al influjo que la lengua aramea ejerció en el griego de los evangelios.

Un intento de solución
Comencemos recordando que las palabras finales de Jesús son una cita del profeta Isaías: «Ve y di a ese pueblo: Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y nubla sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure» (6,9-10). Aunque no está dicho explícitamente, es probable que la conjunción final de Marcos, “a fin de que (hina)”, tenga la función de indicar el cumplimiento de dicha profecía. Como es bien sabido, los evangelistas –sobre todo Mateo–, después de narrar un episodio, suelen introducir una cita del Antiguo Testamento, preferentemente de los profetas, con estas palabras: «para que se cumpliera lo dicho por el profeta». Este “para que” en realidad equivale a un “de modo que”. Echando mano de estas citas, los evangelistas quieren presentar o describir un hecho de la vida de Jesús con palabras de la Sagrada Escritura. Pues bien, la conjunción final con que introduce Marcos la cita de Isaías, que con toda probabilidad es el resultado de la traducción de una aramea con un campo semántico bastante amplio (“a fin de que”, “de modo que”, “porque”, etc.), pudo introducir la siguiente afirmación: «De modo que (se cumplen las palabras de Isaías) mirando, miren y no vean; y oyendo, oigan y no entiendan». Comprendida así, el evangelista no dice que Jesús habla en parábolas para que los de fuera no vean por mucho que miren, ni entiendan por mucho que oigan, sino que, al predicar Jesús en parábolas, vienen a cumplirse las palabras de Isaías que hablaban del endurecimiento del pueblo de Dios ante la palabra de sus profetas.
Resolver la segunda dificultad es más complicado. Ciertamente la intención de Jesús de impedir que los de fuera se conviertan y así reciban el perdón es contraria a lo que leemos en el Antiguo Testamento y sabemos del propio comportamiento de Jesús: Dios busca, con una paciencia infinita, la conversión del pecador; su deseo es conceder el perdón al pecador. Para encontrar luz, comencemos por señalar que las palabras de Isaías citadas aquí por Jesús no son traducción literal del original hebreo del profeta, ni copia exacta de la versión griega de los LXX; el texto de Marcos depende de la traducción aramea que se utilizaba en Palestina para el culto sinagogal, el Targum. Pues bien, en el Targum de este pasaje de Isaías, la palabra que corresponde a “no sea que” es dilemá. Pero esta conjunción compuesta no sólo significa “no sea que”, sino también “a no ser que”. Esto no debe extrañarnos: en todas las lenguas hay palabras, especialmente preposiciones y conjunciones, que al traducirlas a otras lenguas exigirán el recurso a más de una palabra, según el contexto. El original arameo, por tanto, que se esconde tras el griego de Marcos debía traducirse así: «A no ser que se conviertan y se les perdone». No es difícil ver que así la dureza de la frase ha desaparecido. Lo que Jesús quiso decir con la cita de Isaías es: el motivo de que algunos que oyen su predicación, a pesar de que miran, no ven y, a pesar de que oyen, no entienden es que no han respondido a su llamada con una conversión verdadera; si se convierten, verán y entenderán.
Esta lectura resulta confirmada por otro dato que es preciso tener en cuenta para acercarnos al modo de hablar de Jesús. La palabra hebrea mashal y la aramea matla pueden designar un pequeño relato, como los que llamamos “parábolas”, pero también designan un proverbio, un discurso figurado, una adivinanza o un enigma. Por tanto, “hablar en parábolas” puede equivaler a “hablar en enigmas”; es decir, en un lenguaje enigmático, que no se entiende. Así el comienzo de las palabras de Jesús en Mc 4,10 hay que entenderlo del modo siguiente: «A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios; para los de fuera, en cambio, todo viene a ser enigmas, lenguaje ininteligible». De este modo, las dos partes del versículo forman lo que se llama un “paralelismo antitético”: cada parte dice lo mismo, pero una afirmando y otra negando. La primera parte dice que los discípulos han recibido el conocimiento del misterio que entraña la predicación de Jesús sobre el reino de Dios; la segunda, que los de fuera encuentran en la predicación de Jesús y en su persona un enigma que no entienden. El único medio de que lleguen a conocerlo, mejor dicho, de que Dios les conceda ese conocimiento –como a los discípulos–, es que se conviertan6.
Terminamos nuestro intento de iluminar este extraño dicho de Jesús dando la traducción completa de los dos versículos, en la que mediante pequeñas glosas recogemos todas las explicaciones lingüísticas ofrecidas: «Y cuando se quedó a solas, los que se hallaban con él junto con los Doce le preguntaban las parábolas. Y les decía: A vosotros ha sido dado, revelado (por Dios), el misterio del reino de Dios; para los de fuera, en cambio, todo viene a ser enigmas, lenguaje ininteligible. De modo que (se cumplen las palabras de Isaías) mirando, miran pero no ven, y oyendo, oyen pero no entienden; a no ser que se conviertan, y Dios los perdone». Y comenta J. Jeremias: «A los discípulos les ha sido revelado el misterio del reino presente; para los que están fuera, las palabras de Jesús permanecen oscuras, porque no han reconocido su misión y no hacen penitencia. Así se cumple en ellos la terrible profecía de Is 6,9s. Sin embargo, queda una esperanza: “si hacen penitencia Dios los perdonará”. La última mirada descansa en la misericordia de Dios, que perdona»7.

Notas
1 J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, trad. de F.J. Calvo, Estella 1970, 13.
2 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, 233.
3 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 229.
4 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 230.
5 J. Carmignac, , Paris 1969, 6s. Ante de él, Melanchton había formulado esta exigencia: “Scriptura non potest intelligi theologice, nisi antea intellecta sit grammatice”.
6 J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, 18, señala entre las características que indican la gran antigüedad de este dicho la coincidencia de la versión de la cita de Isaías con el Tárgum, el paralelismo antitético, la manera encubierta que se alude a la acción de Dios por tres veces, el demostrativo superfluo ekeínois, etc.
7 J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, 22. La explicación ofrecida ha seguido, en gran parte, la que ofrece este autor en las p.16-22.

 
 

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