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Huellas N.5, Mayo 2018

BREVES

Cartas

A cargo de Carmen Giussani

Su presencia en ellos
“Casa Giussani” es una de las cuatro casas para ancianos abandonados de la Fundación San Rafael, iniciativa del padre Aldo Trento. Aquí celebro la misa todos los domingos para un grupo de veinte ancianos. Hay un ciego de nacimiento que toca la guitarra y canta en guaraní, otros que siguen los cantos entre sillas de ruedas, muletas y Parkinson, uno que grita de dolor desde su habitación y otro que me increpa porque no le dejo dormir (pero es el único que me besa la mano después de recibir la comunión). Hace unos domingos, durante la misa, leía el Evangelio un poco distraído: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me hospedasteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y me visitasteis» (Mt 25, 35-36). Levanté la mirada y vi que un anciano me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Acabado el Evangelio, justo antes de empezar la homilía, aquel anciano me interrumpió y dijo tembloroso:«Pa’ (que significa “padre” en guaraní), significa que todos los que vienen aquí a verme y me traen para vestirme y de comer, ¿lo hacen porque Jesús está dentro de mí?». Entre la fatiga y el calor de aquel día –que se sumaban a mi distracción– la pregunta de ese anciano fue para mí un reclamo increíble. Entendí que mi sacerdocio es, en sí mismo, caridad. Lo que acontece, en efecto, a través del límite mío y del otro, es la ocasión para que se manifieste la Caridad en persona, aquí y ahora, la experiencia del Evangelio encarnado. No recuerdo qué le respondí a ese anciano, pero desde aquel día ya no celebro de la misma manera. Que lo haga con diez ancianos enfermos o en la parroquia con doscientas personas, lo que importa es que guarde en mi memoria la conmoción siempre nueva por Su presencia en ellos.
Patricio Hacin, Asunción


Comprobar con certeza
Mi cercanía con Dios se hizo mucho más presente y notoria cuando vi por primera vez al Papa en su visita a Chile. Yo, al verlo a él, no sentí ninguna emoción fuera de lo común. Lo bonito fue cuando habló en el sermón. Decía cosas que me llamaban la atención, cosas que, sin darme cuenta, rondaban en mi cabeza desde hace tiempo, pero que no sabía expresar con palabras. Citó una frase del Padre Hurtado que, hasta hoy, tengo muy presente:«Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien». Esa frase me dio muchas vueltas, y quería poner en práctica eso, pero me daba miedo. Hice un par de acciones antes de comenzar las clases, como ayudar a cruzar la calle a un inválido, pero en el liceo quise tomarme más en serio esa frase. Tuvimos una charla en mi salón sobre las cosas que podíamos mejorar en el liceo para hacer mejor el ambiente. El tema recurrente era la limpieza de los baños. Los chicos del liceo eran poco considerados y pateaban las puertas, tapaban los inodoros con cáscaras, cuadernos etc. Los baños quedaban horribles después del recreo, y el señor encargado de limpiarlos debía tener, al menos, sesenta y ocho años, sin embargo, siempre hacía su trabajo y con la mejor cara. Un día decidí ir a verle en el recreo, le saludé y le dije que quería limpiar los baños con él. Él no tuvo queja y me dejó entrar. Admito que fue un trabajo asqueroso, debido a cómo los usan los chicos, tuve que limpiar los lavamanos, trapear con él el suelo, limpiar las puertas y demás. En eso se fue mi recreo y al terminar tuve que volver a mi aula. No se lo conté a mis compañeros porque sentí que era algo que me dejaba un aprendizaje a mí, no había necesidad de comentarlo en ese momento. Así pude comprobar con certeza lo que dijo en su momento el Padre Hurtado. En verdad era más grande hacer un bien que no hacer nada malo. Hoy sigo cazando las oportunidades para volver a sentir esa grata sensación.
Daniel, es un joven venezolano de 14 años que ha llegado hace unos meses a Chile huyendo de su país

Un tesoro entre las manos
Soy dentista y en diciembre anestesié a una paciente mía y le di la revista de CL para que la leyera mientras le hacía efecto la anestesia. Como no terminó de leer un artículo, le dije que se la prestaba, para que se la llevara a casa. Después de las vacaciones de Navidad, la llamé para confirmar su cita y le recordé que me llevara mi revista. Llegó a su cita muy puntual, con la revista cuidadosamente metida en una bolsa hermética, tipo zip lock. Me dijo muy seria:«Ceci, pasó una cosa horrible», y me enseñó la revista que, en la portada, en partes, estaba pintada con pintura automotriz negra. Prosiguió:«Eso no es lo peor, resulta que mi marido -¡no sé cómo halló esta revista que yo la tenía tan bien guardada!- estuvo leyendo esta revista mientras pintaba su carro... y ¡le arrancó unas páginas de un artículo que le gustó y se lo fue a compartir a un amigo!». Al escuchar esto me invadió un sentimiento de extraña alegría. No sé cómo explicarlo. Conozco la bondad de la revista y al saber de alguien que así, sorpresivamente, sin que nadie le hubiera explicado nada, la valoraba tanto, me dieron ganas de llorar, como si yo hubiera estado sedienta en el desierto y me hubiera encontrado con un manantial. La abracé, le dije que estaba casada con un hombre muy despierto, que se podía quedar con la revista, bueno... ¡lo que sobraba de ella! Le pregunté acerca del artículo que le había interesado tanto (veía yo páginas faltantes de la presentación del libro de Carrón en EEUU) y me dijo:le gustó todo, de principio a fin. Me dijo que él ya se había metido en internet a buscarla, «sabemos que se llama Huellas, quería saber dónde se adquiría aquí, en México». Le dije que la promoción de suscripción estaba en vigencia y a la siguiente cita ¡llegó con su dinero para que yo la suscribiera! Un acontecimiento como este confirma que tenemos un tesoro entre las manos y que el Misterio se presenta de la manera más inesperada. ¡Gracias por quienes siguen luchando para que recibamos esta revista!
Cecilia, Oaxaca (México)

El milagro de la Resurrección
El viernes pasado nos reunimos al final del día con algunos universitarios para celebrar el cumpleaños de algunos de ellos y vimos pasar a un profesor amigo nuestro. Lo llamamos, él inmediatamente se acercó, se sentó y nos dijo:«Antes de que me digan cualquier cosa, les quiero contar que he llevado los manifiestos de Pascua para pegarlos en mi parroquia. Me habían correspondido tanto las palabras de Giussani que me las aprendí de memoria. Cuando estaba colocando los afichesm se me acercó un seminarista para pararme y yo, sintiendo mías las palabras, las recité así: “La presencia de Jesús de Nazaret es como la linfa que desde dentro, misteriosa pero ciertamente, reverdece nuestra aridez y vuelve posible lo imposible para Dios”. El seminarista se conmovió y me lo dejó pegar. Yo le decía que soy de Comunión y Liberación, aunque ahora no pueda ir a la Escuela de comunidad, porque dicto en Huacho los jueves y se me complica, pero ¡cómo me hacen falta esos diálogos para mi vida! Tengo en mi corazón y mi mente al padre Giovanni cuando me decía:”¿DE qué nos vale trabajar todo el día si acabas vacío y triste?”. Esto me está pasando».
La conversación continuó, los chicos anonadados por la experiencia tan sencilla pero alegre de un hombre como todos que no puede engañar a su corazón. Así que fuimos a la pizzería y el diálogo seguía. El profesor es un economista que hablaba de la situación política y económica del Perú con un entusiasmo que nos provocaba. En un momento dado, le propusimos que sus hijos se apuntaran al retiro del CLU. Él se sonrió y dijo que era muy poco tiempo para decirles, pero que uno de ellos está mal, tiene un tumor en el brazo, y que está esperando el resultado de la biopsia. Todos en silencio, el profe no dio más detalles, pero la certeza que yo vi en los ojos de este señor es la de uno que se confía plenamente en Dios, sin miedo. Y pensaba en mí: ¿Vivo cada día con la misma certeza? ¿He pegado los afiches con la conciencia que lo hizo él? ¿Y cuando acabo el día sin acordarme de Jesús siento la pena que él nos contaba? Qué regalo haberlo encontrado antes de empezar la Semana Santa, estoy segura de que el verdadero milagro de la resurrección de Jesús es encontrar un amigo que vive así la vida, seguro de que Cristo salva y es nuestra felicidad, más allá de los resultados de su hijo, que esperemos todo salga bien.
María Luisa, Lima (Perú)

Hay algo positivo en mi vida
No sabía qué me esperaba en este Triduo (el retiro espiritual de los bachilleres para la Semana Santa, ndr.), porque hay que vivir las cosas para comprenderlas a fondo. Estoy muy agradecida de haber podido vivir esta experiencia porque, además de haber disfrutado con ella y haber conocido mucha gente nueva, he visto que esto me interesa mucho. Merece la pena seguir a Cristo, una persona que no tiene prejuicios sobre ti, con la que puedes contar siempre. Me he dado cuenta de que no todos pueden entender el gesto que hizo Jesús y que, si yo empiezo a entenderlo, hay un motivo. Todavía no lo entiendo del todo, pero espero que me ayuden a ello el raggio (el encuentro semanal de los bachilleres, ndr.), GS y todo lo que vivo con estos amigos. Me cuesta confiar en las personas y relacionarme con ellas, pero el jueves en la asamblea entendí que hay otros cinco mil chavales que comparten conmigo los mismos problemas. Es estupendo, porque no puedes sentirte sola. En el Via Crucis, caminando todos juntos, entendí muchas cosas que antes no me explicaba. Llevaba mucho tiempo con el deseo de poder decir:«¡La vida es estupenda! quizás he encontrado el modo, el momento y la Persona que consiguen que lo diga. Después de que mis padres se separaran, había dejado de «creer», cuando hasta entonces iba todos los domingos a misa, a catequesis y a todo lo demás. Pensaba:«¿Por qué debo creer en Dios si ha permitido todo esto? ¿Por qué me hace sufrir?¿Dónde está Dios? ¿Por qué me ha elegido a mí?» El Triduo me ha permitido entender este sufrimiento que me había devastado y, en realidad, me ha hecho crecer muchísimo. Me duele haber desperdiciado dos años de mi vida sin seguir a Jesús. Un día escuché una frase que volvió a mi cabeza durante el Via Crucis:«Dios no permite ninguna cruz que tus hombros no puedan sobrellevar». Cuando la escuché, la aparté en un rincón de mi cabeza, pero ahora puedo decir que incluso en mi circunstancia, para mí muy dura, hay algo positivo y que, seguramente, me ha hecho crecer.
Alessandra, Como

En las obras con otros albañiles
Querido Julián, creo que solo ahora empiezo a entender la importancia de la Iglesia y de los sacramentos. Por este motivo estoy tan contento que me sale también comentarlo con mis compañeros durante las horas de trabajo. ¿Y qué hay de extraño en esto?, me preguntarás. Es que yo trabajo de albañil y es muy extraño ver a un
compañero en las obras que te escucha, e incluso hasta comparte lo que vives. Me gustaría contarte todo lo que pasa en mi día a día, pero creo que no es necesario. Cuando alguien sigue, fascinado por lo que el Señor hace, se da cuenta de que basta un abrazo, una mirada, para entender qué grande es la vida. Leer aunque sea un pequeño párrafo de la Escuela de comunidad cada mañana y hablar con don Giussani (aunque yo nunca le conocí en persona) me ayuda a conocerme cada vez más, a reconocer mi pertenencia a la comunidad eclesial y a aprender a amar incluso lo que parece que está en mi contra, confíandome a Cristo cada mañana. Me ha llamado la atención leer en la web de CL ese artículo de Giovanni Testori sobre la muerte de Aldo Moro (se trata del editorial del Corriere della Sera que dio pie al encuentro con Testori y a la amistad entre el escritor y don Giussani, ndr). Antes, la realidad para mí era exactamente como la describe ese intelectual. No me hacía falta Dios, ni religión, mi vida se acababn en mí mismo. Ciertamente, no quiero decir que antes no había nada
de lo que tengo ahora, simplemente yo no quería mirar más allá de mis narices. Ahora le doy gracias a Dios de corazón, no porque me he vuelto mejor o más bueno, sino porque Él me ha mostrado que me quiere y ha tenido piedad de mí, poniendo a mi lado personas que me acompañan y me rescatan continuamente.
Giovanni

Al pub con colegas muy cool
Mis jefes han decidido promocionarme en una nueva tarea y departamento. Tengo nuevos compañeros de trabajo muy cool, cada cual con su bagaje de conocimientos, dispuesto a explicarte cómo afrontó un caso difícil o llevó a buen término una inversión. Una continua feria de las vanidades a golpe de números y gráficas para pasar en seguida a una feriea de las vanidades estética, en cuanto acaban las horas de trabajo: gimnasio, comida bio, luego una cerveza en el pub hasta que aguantes. A mí no me gustan mucho ni la cerveza ni el ambiente. Emborracharse es a veces el objetivo buscado, mientras se habla de los tópicos clásicos: el trabajo y el sexo (puesto que de fútbol no se habla). Solía largarme después de la primera ronda de bebidas, pero me preguntaba qué se me estaba pidiendo en esa circunstancia. Así que pensé en quedarme con ellos un rato, pero exponiéndome tal como soy, hablando de mi vida, y ellos también empezaron a abandonar las máscaras y a hablar de sí mismos y de de su vida. Serena me confesó que había venido a Dublín después de que su novio la dejara cuando faltaba un año para su matrimonio; Mateo, que fue él quien rompió su matrimonio a los seis meses de casarse; Mery, que ha decidido interrumpir sus estudios universitarios cuando le faltaba solo el último examen y ahora vive al día trabajando en el servicio de atención al cliente, sin ninguna perspectiva de futuro. ¡Con cuántos destinos humanos tengo el privilegio de cruzarme! A través de ellos, redescubro la pasión por el mío. Me sorprende que también han cambiado las relaciones en las horas de trabajo y se ha roto el formalismo que había antes. El lunes ya no es el día en que empezar a esperar que llegue el viernes y la pausa para el café ha dejado de ser un espacio para el lamento. Las comidas y las partidas de futbolín son ahora la ocasión de interesarse los unos por los otros. La incipiente cordialidad amistosa que ha surgido entre nosotros llama la atención a los demás. Toda nota de gratuidad en la relación resulta llamativa. Carmen, una chica a la que le eché una mano cuando estaba en crisis por las ventas, ha pasado del rechazo hacia todos a estar más contenta. Empieza a ver algo positivo también en las peleas por cerrar contratos y le gustaría «trabajar menos sobre las performances y un poco más sobre sí misma». Hace unos diez años estaba desanimado y desconfiado, hoy estoy sereno, aun con la fatiga que conlleva la vida. Mi paz viene de la mirada de alguien que me ha querido tal como soy y que sigue queriéndome, ayudándome en las rudas urgencias del día a día.
Paolo,Dublín (Irlanda)

«¿Qué me pide Dios a través de estos chavales?»
El Triduo me ha relanzado agradecida a mi tarea como profesora y ha abierto una pregunta acerca de mi vocación. ¿Qué me pide Dios a través de estos chavales? ¿Qué me pide en cuanto a mi tiempo, energías y dinero, el servicio a esta gran historia que me ha alcanzado? ¿Qué maternidad le pide a mi vida, que tanto desearía otra que no llega? Estoy en camino, agradecida y segura de que Dios se cuela a través de mis heridas y me llama por mi nombre. Sé que ya me ha preferido regalándome el encuentro con Él.
Giuditta, Lecco

En el Triduo como en primero de universidad
Me daba corte ir al Triduo porque temía sentirme como un pez fuera del agua. «A estas alturas, con mis años, me pongo a seguir a los bachilleres. Mi presencia no sirve para nada, ninguno de mis alumnos va a ir». En cambio, me sentí como cuando estaba en primero de universidad. Todo para mí era bello y nuevo, estaba llena de asombro y gratitud. No he tenido que hacer nada especial, solo mirar. ¡Qué gracia! Nunca es tarde para volver a empezar. Él se acerca a nosotros cada día. Tengo ganas de volver a dar clase y a ver mis colegas que suelen quejarse, aunque yo, después de tantos años, les quiero. También mis hijos, en el fondo, necesitan más a una madre que lleva en los ojos esta Belleza que a alguien que les vigile todo el rato.
Chiara

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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