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Huellas N.10, Noviembre 2016

PRIMER PLANO

¿Dónde estábamos entonces?

Luca Fiore

En Alepo las bombas no dejan de cruzarse sobre las cabezas de los civiles. ¿Quién podrá detenerlas? ¿A quién le apremia la paz? El análisis de Doménico Quirico, enviado especial de La Stampa, que en esa gente ve «el tesoro más extraordinario que tiene el hombre»…

Las bombas se cruzan sobre las cabezas de los habitantes de Alepo. Las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin siguen bloqueadas. Las treguas aprobadas en los palacios de la ONU no duran. ¿Quién quiere hoy la paz en Siria? ¿Quién actúa de verdad para que la guerra termine? ¿Cómo detener esta masacre? Lo que sigue es un diálogo con Doménico Quirico, enviado especial de La Stampa, testigo privilegiado de la trágica parábola de las primaveras árabes. Estuvo secuestrado por los terroristas durante dos días en Libia en 2011 y durante cinco meses en Siria en 2013. Hoy fija su mirada en este rompecabezas global que muestra su rostro más dramático en la batalla por la conquista de Alepo. En sus palabras no se encuentran respuestas cómodas ni tranquilizadoras. Más bien un sentido de impotencia y rebelión. Y la añoranza de un relato que haga verdadera justicia a la epopeya de este pueblo.

¿Es posible alcanzar la paz en Siria?
En mi opinión, la guerra contra el Califato que tiene a Siria como uno de sus escenarios principales, durará todavía décadas, lo mismo que la guerra de los treinta años en la Europa del siglo XVII.

¿Qué le hace pensar así?
Para cortar una guerra o alcanzar una tregua hace falta diplomacia. Hoy la diplomacia no se utiliza en los lugares controlados por el Califato, no tiene ningún sentido. Para llegar a un acuerdo tendría que haber al menos dos actores que reconocen la legitimidad del otro. El problema es que el Isis se sostiene en la lógica binaria puro-impuro, y todo lo que es diferente a ellos es impuro. El Califato no se rebaja a pactar con nadie. Para frenarlo, solo queda su extirpación.

¿No hay nadie que busque un acuerdo, ni siquiera las Naciones Unidas?
El enviado especial de la ONU, Staffan de Mistura, creo que representa un intento de utilizar instrumentos diplomáticos tradicionales en una situación en la que parece que ya no es posible hacerlo.

¿Cuántas y cuáles son las guerras que se libran actualmente en suelo sirio?
Está la guerra del Califato contra todos los demás. Está la de Assad contra sus enemigos sirios, y aquí están incluidos muchos grupos, como las formaciones residuales de la primera revolución siria, grupos islamistas que, con nombres distintos, comparten el objetivo de instaurar un Estado islámico… Luego está el conflicto por poderes entre Arabia Saudí e Irán; el enfrentamiento entre Turquía y los kurdos, el desafío entre EEUU y Rusia para asegurarse su influencia en la región. Se trata de una suma enorme de guerras entrelazadas entre sí. Una trama inextricable, por eso digo que harán falta años.

¿Tanto tiempo para llegar a dónde?
En mi opinión, la única posibilidad de salida es que la comunidad internacional reconozca el fracaso de Siria e Iraq como Estados y acepte la progresiva constitución de entidades nuevas ligadas a las distintas realidades étnicas y religiosas. Pienso en una Siria alauita ybasharista, en el territorio controlado actualmente por Assad, incluida Alepo; un Estado kurdo a caballo entre Siria e Iraq; una Siria y un Iraq suníes (posiblemente no en manos del Califato), y un Iraq chií controlado por los iraníes. Son pueblos distintos que han cometido tal cantidad de atrocidades mutuas que hoy resulta prácticamente imposible la convivencia en un único Estado.

En los debates, incluso entre gente mínimamente formada, se llega a decir que entre Assad y el Isis, Assad es el mal menor. Pero el principal objetivo de los países occidentales sigue siendo acabar con el régimen. ¿Significa esto que estamos en el lado equivocado de la historia?
Tal vez solo Hegel consiguió establecer cuál es el lado justo de la historia... Hoy, tal como están las cosas, hablar de “mal menor” me parece poco. Quizás tenía sentido en 2011, cuando empezó todo. Tal vez también cuando Rusia estaba dispuesta a echar a Assad. Hubo un breve periodo en que esto habría sido posible ayudando a la primera revolución siria. Pero hoy es un discurso totalmente obsoleto, pues aquellos que al principio habrían podido ser nuestros referentes ya no existen.

¿Ya no existen los rebeldes moderados?
En Alepo los hay, pero solo formalmente. La mayor parte de las formaciones en combate están integradas por fundamentalistas vinculados, con nombres diversos, a Arabia Saudí y Qatar. Su objetivo, como decía, es instaurar la sharía. Existe lo que queda del viejo “Ejército Libre Sirio”, que no eran islamistas pero querían primero derrocar al dictador para luego ver qué se podía construir. A decir verdad, no tenían las ideas muy claras, y ahora ya no tienen fuerza.

Entonces, ¿por qué litigan Moscú y Washington?
Habría que preguntárselo a ellos. Moscú tiene una línea muy precisa y hace todo lo posible para mantener su protagonismo en Siria. Esto comporta apoyar a Assad, no su persona sino el sistema que representa. Eso les permitirá mantener el puerto de Tartus, vender armas, ser protagonista en la región. Rusia es extremadamente coherente y tiene una ventaja enorme, que es la de poder utilizar la fuerza, cosa que en los países árabes ejerce un gran poder de seducción. Ellos adoran la fuerza, porque no la tienen. Ver a alguien que la usa infunde en ellos cierto respeto.

¿Y los americanos?
No hacen más que vacilar. Tienen la fuerza pero o no la saben usar o no la pueden usar. Son básicamente perdedores. El sirio es uno de los muchos capítulos fallidos de la política exterior de Barack Obama. En 2013 quería bombardear a Assad. Luego cambió de idea. Y durante un tiempo ya no se habló más y se concentraron en la guerra contra el Califato, en la que Assad, en el fondo, era un aliado. Ahora, desde hace unas semanas, dicen: «Assad está destruyendo el este de Alepo, hay que detenerlo». Pero ya lo está haciendo desde 2011, ¿por qué solo se acuerdan ahora? Tengo la sospecha de que después de las presidenciales ya no se hablará de esto con la misma urgencia.

Usted ha estado en Alepo. ¿Ha visto algo en donde los habitantes puedan encontrar cierta esperanza para el futuro?
¿Cómo hablar hoy de esperanza a un ciudadano de Alepo? Antes o después, toda la ciudad volverá a estar bajo el control de Assad. El problema es a qué precio. ¿Cuántos habrán muerto? ¿Qué quedará de la ciudad? Lo impresionante es la capacidad de resistir de esta gente. Los que han sobrevivido no viven en ese infierno desde hace cinco meses, sino ¡cinco años! Es un capítulo terrible, doloroso y admirable. Demuestra hasta qué punto el hombre es capaz de aguantar el sufrimiento.

¿Qué recuerdos guarda?
Era finales de 2011, principios de 2012. Todavía había mercados, puestos donde podía comprar aceitunas. Hasta 2013 estuve en la parte controlada por los rebeldes pero luego, después de mi secuestro, volví a la parte oeste. La ciudad ya estaba reducida a escombros. A las puertas de las panaderías había cientos de personas en fila, que a veces eran blanco de alguna bala de mortero. Una vida imposible. Lo que nosotros no alcanzamos a comprender, debido también a que la mayoría de la gente que se dedica a estas cosas nunca ha puesto un pie en Siria, es que la ciudad está siendo continuamente bombardeada. No hay tregua. Todos los días. La gente muere, no hay pan, no hay agua, no hay luz. Es una Stalingrado que dura ya cinco años. La diferencia es que el asedio de Stalingrado duró menos.

Usted ha hablado de una admirable capacidad de resistir al sufrimiento. ¿Cómo lo explica?
La relación del hombre con el dolor es el tesoro más extraordinario que tenemos. Nuestra capacidad para vivir e irradiar con el bien lo que nos rodea. Es la vitalidad del sufrimiento. Para describirla, no hace falta un experto en geopolítica, no entendería nada. Necesitamos unMauriac, un Dostoievski. Alepo debe ser descrita como una experiencia mística colectiva de cientos de miles de seres humanos. Por desgracia, nunca habrá una voz a la altura de esta epopeya feroz y maravillosa, doliente e inolvidable. Alepo no tiene el Vasili Grossman que merece.

¿Qué impresión le ha causado la presencia de la Iglesia allí?
He visto una comunidad sólida, que no tiene miedo. Están en la zona controlada por el régimen, si hubieran estado en la otra parte ya los habrían matado a todos. Visité a los franciscanos, que tienen un gran centro dedicado a la educación de los jóvenes en el corazón de la ciudad. Siguen allí, nunca se han movido.

Si le invitaran a Ginebra o Lausana, donde se intenta negociar la paz, y le pidieran intervenir, ¿qué diría?
Intentaría contarles una jornada en Alepo tal como yo lo viví. Cuando fui a la zona este de la ciudad no había sitio donde dormir y me dieron una habitación en uno de los hospitales. Una cama donde por el día curaban a los heridos. Cuando volvía de mis paseos por la ciudad “para ver la guerra”, me esperaba esta cama que utilizaban para llevar a los pacientes al quirófano. Me la encontraba con manchas de sangre. Descargaban a la gente de coches y furgonetas delante del hospital. Hombres hechos pedazos por balas de mortero o esquirlas de bomba. A algunos se les había caído la casa encima. La sangre fluía por una canaleta que iba directa a la calle… Entonces me gustaría preguntarles dónde estaban cuándo murió la primera de las 400.000 víctimas mortales de la tragedia siria. Y qué hacían, sobre qué discutían cuando las víctimas llegaban a diez mil, cien mil, trescientas mil…

Hace unos meses llegó la noticia de la muerte de algunos de sus secuestradores. ¿Qué fue lo primero que pensó?
Que ya no podría hablar con ellos.

¿Qué les habría preguntado?
Les habría preguntado cómo podían rezar tranquilamente y con fervor sabiendo que yo era del todo inocente en relación con ellos. Era un simple testigo, no un espía. Había ido allí para documentar el sufrimiento de los sirios y, en cierta medida, también el suyo.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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