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Huellas N.4, Abril 2016

ANIVERSARIO 2 / Miguel de Cervantes

El lenguaje de la misericordia

Carmen Giussani

Hace 400 años, un día antes que Shakespeare, moría el autor del Quijote. En la vida lo sufrió en sus carnes y en su obra reflexionó insistentemente acerca de la relación entre la justicia y la misericordia, la libertad del hombre y la libertad de Dios. Así alcanzó lo que Unamuno le atribuye: «la última y definitiva justicia es el perdón»

En veinticuatro horas, entre el 22 y el 23 de abril de 1616, hace exactamente 400 años, se apagaba la vida de dos cumbres de la literatura universal que están en la raíz misma de la modernidad. William Shakespeare y Miguel de Cervantes.
El imaginario común ha interiorizado a don Quijote y a su fiel escudero como una especie de pareja cómica, protagonistas de una parodia noble y melancólica. Pero cuando se lee el Quijote, salta a la vista que nos encontramos ante un drama que linda con lo trágico, ante una novela cuya primera parte escribió el autor en la cárcel y, en cualquier caso, al hilo de una experiencia sufrida. En su vida, Cervantes tuvo que hacer frente a múltiples adversidades, de modo que el Quijote cobró forma no tanto de evasión irónica, sino de pregunta crucial: ¿qué es lo que le falta a la experiencia humana?
Claro está que el famoso hidalgo manchego no es simplemente un necio que se enfurece contra los molinos de viento y se desploma, sino la demostración en acto de que el hombre de principios del siglo XVII –y el hombre consciente de todos los tiempos– acusa una terrible discrepancia entre la realidad y el ideal: entre estos dos polos percibe un vacío incolmable. Y esta distancia, que en los demás se calcifica en una tranquila y obtusa forma de cinismo, en don Quijote toma forma de obsesión, de herida. Su locura es el signo visible de hasta qué punto puede resultar intolerable para un hombre esta incompatibilidad entre la realidad y el ideal. Si la realidad no está a la altura de lo que anhela el corazón humano –parece decirnos Cervantes– corremos el riesgo legítimo de enloquecer. Don Quijote no se resigna a ser como «ellos [que] quedarán bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus esperanzas» (I, 13).
Su victoria es contemporáneamente su derrota –ambas se reflejan en que recobra la cordura– y no consiste en el prevalecer de la realidad sobre el ideal, sino en el reconocer que la realidad y el ideal no pueden más que tener un vínculo de reciprocidad, por muy duro que resulte el camino para experimentarlo. Sin ideal la realidad resulta insostenible y trágica; a su vez, el ideal, si no puede ser perseguido históricamente en lo concreto, se queda en una fantasía que cae en lo ridículo.
En este sentido, resulta clave el episodio de la derrota frente al mar. Solo cuando nuestro héroe toca fondo, puede levantar la cabeza hacia la posibilidad de que lo que es imposible para sus fuerzas, no lo sea para la libérrima iniciativa amorosa de Dios hacia nosotros. En Jesucristo Dios perdonó al mundo y, mediante el amor a Cristo, reconcilia al hombre con el ideal que está grabado a fuego en su corazón1.

Clave de lectura. En esta lectura del texto en clave cristológica, emerge en su contexto adecuado toda la dilatada reflexión de Cervantes acerca de la relación entre la justicia y la misericordia, la libertad del hombre y la libertad de Dios. Una reflexión que culmina, en palabras de Unamuno, en reconocer que «la última y definitiva justicia es el perdón».
Consideremos en primer lugar el conocido episodio de la liberación de los galeotes (I, 22)2. Después de conocer sus faltas, don Quijote sigue dispuesto a liberarlos porque le «parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres». Sus delitos no le parecen suficiente razón para privarles de un bien tan preciado como la libertad. El caballero no quiere dejar inmunes a los acusados, sino que hace reposar su condena en una justicia que está por encima de la justicia de los hombres. Confía en que ellos pagarán por sus delitos, pues «Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo y de premiar al bueno». Juzga insuficiente a la justicia humana. En palabras de Unamuno, para nuestro caballero, «Dios, la Naturaleza y don Quijote castigan para perdonar».
Juan Manuel de Prada nos aporta una aguda observación al respecto: «Cervantes consideraba que la misericordia sin justicia es una virtud loca que no hace sino desatar más aciagas catástrofes. De hecho, don Quijote ya no dejará de justificarse de su error [al libertar a los galeotes], en un intento de acallar su escrúpulo de conciencia. En el capítulo XXX, cuando Sancho le afea lo que hizo, don Quijote se enoja sobremanera, aduciendo que “a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias: solo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías”. Y todavía en el capítulo XLV, cuando los cuadrilleros de la Santa Hermandad lo quieren prender por la fechoría de la liberación, llamándolo salteador de caminos, don Quijote se encoleriza y los increpa: “Venid acá, gente soez y mal nacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?”. Salta a la vista que tales reacciones no son sino aspavientos de una conciencia torturada»3. Diría yo, una conciencia en constante interrogación dramática entre lo que es de Dios y lo que le toca al hombre, relacionados indisolublemente en Cristo y, por lo tanto, también en todo cristiano.

Cuestiones de gobierno. Una articulación explícita entre justicia y misericordia se encuentra en el capítulo XLII de la Segunda Parte4. Don Quijote, caballero andante, al ofrecer sus consejos a Sancho Panza cuando va a ser gobernador de la Ínsula de Barataria, le advierte para el buen gobierno: «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable [es decir, digno de la misericordia], sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra [Jn 8,7: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”], y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria [siempre el amor a la verdad por encima de todo], muéstratele piadoso y clemente; porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia».
Sancho Panza, de por sí caritativo y compasivo, actuando de juez en su Ínsula, sigue los consejos de don Quijote en una de sus actuaciones y, cuando la justicia está en duda, se decanta por la clemencia (II, 45). Este es el principal atributo y la virtud mayor del gobernante: ejercer el poder siempre bajo la vara de la clemencia.
También hablando de la venganza, don Quijote muestra tener las ideas muy claras, «justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen, mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla» (II, 27).

Lenguaje y memoria. Con el Quijote nos alcanza el lenguaje de la misericordia impreso en la memoria viva del pueblo. La exuberancia cervantina, cuya raíz se hunde en el misterio de un amor desbordante, remite a un Autor que excede al autor. Cervantes emplea un lenguaje capaz de narrar el mundo con ardor simpatético –con el mismo sentir del Padre bueno que conoce a su criatura y al mundo–, y de mirar al hombre en su totalidad, hecha de grandezas y “nonadas”, que aprende de su experiencia, con trabajos y penas, a discernir lo que es verdadero de lo que no lo es.
Es este el único lenguaje capaz de componer los contrastes dolorosos del ser humano. El Quijote habla de nosotros con palabras de condescendencia y mansedumbre, virilidad y ternura, tenacidad y magnanimidad, reto y confianza, caritas y amistad, ardor y paciencia. Y la lengua castellana permanece ligada indisolublemente a este lenguaje de la misericordia nacido del ingenio de Don Miguel.

Notas:
1 Cfr. Carmen Giussani (ed), «Que el discreto se admire de la invención». Notas para la lectura del Quijote, Ed. Encuentro, Madrid 2009.
2 Cfr. Isabel Almería, “La misericordia se ríe del juicio”, en «Que el discreto se admire…», op. cit., pp. 53-58.
3 Cfr. Juan Manuel De Prada, La misericordia cervantina (y III), en http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20160306/misericordia-cervantina-9547.html
4 Cfr. Gabriel Lanzas, “El príncipe cristiano”, en «Que el discreto se admire…», op. cit., pp. 73-76.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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