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Huellas N.5, Mayo 2008

PÁGINA UNO

La energía que la fe necesita

Luigi Giussani

Apuntes de la intervención de Luigi Giussani en la peregrinación de los jóvenes de la diócesis de Milán al santuario de Nuestra Señora de Caravaggio, con ocasión del Año Mariano. 18 de junio de 1988

Quisiera simplemente comentar lo que acabamos de leer acerca de la Virgen. El texto habla de ella como «icono más perfecto de la libertad y de la liberación de la humanidad»1, y dice que la Virgen es la criatura en la que se hizo más patente el misterio de la liberación de la humanidad. Aunque estas palabras resuenen un tanto imprecisas y aún confusas en nuestro corazón, algo indican con claridad: dicen que ser liberados implica salir de una esclavitud, y se refieren a la liberación de la humanidad, del hombre concreto que come y bebe, vela y duerme todos los días. El misterio de la liberación del hombre, que acontece en Jesús, manifiesta su influencia benéfica de manera extraordinaria («perfecta», dice el texto que hemos leído) en la Virgen.
Quiero apuntar tan sólo algunas de las cosas que más me han impactado a lo largo de mi vida y en primer lugar –“en primer lugar” en sentido absoluto, ya que sigue siendo lo que ahora me deja estupefacto– lo que reza el Salmo 8. Cuando entré en el seminario a los diez años, ya en los primeros días, una de las cosas que más me llamó la atención leyendo el Salmo 8 en el pequeño breviario de la Santísima Virgen, como se usaba entonces, fue escuchar junto con mis pequeños compañeros: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?»2. Desde entonces esta pregunta se me quedó clavada en el corazón: «¿Qué es el hijo del hombre para que cuides de él?». En efecto, ya entonces me resultaba evidente que el hombre es como un soplo que pasa, una paja que arrebata el viento, un grano de arena en el remolino de los vientos. Y no es tan sólo frágil: hay una incoherencia en él. De ahí, la disipación de nuestras fuerzas y la división que llevamos dentro, de modo que jamás conseguimos abarcarlo todo y reunirlo en una unidad.
¡Es realmente pobre el hombre! ¿Quién, al acabar el día, siente que su energía ha sido protagonista, ha logrado su objetivo? Nadie. Por ello nos abandonamos tanto al olvido y a la distracción: para evitar la decepción.
«El Señor ha mirado la humildad [la nada, la pobreza] de su sierva»3. En efecto, también la Virgen, una muchacha de quince o diecisiete años, ¿qué era ante el universo, ante la realidad? Realmente, un soplo. ¿Quién la notaba en ese pueblo de lo más remoto del Imperio Romano de aquel entonces, en esa aldea que no gozaba de fama alguna? No era realmente nada, como yo, que en ciertos momentos me veo obligado a decir sin exagerar: «Realmente, ¡no soy nada!».
Pues bien, el Señor ha tomado esa nada. Cuando tengáis la suerte de ir a Palestina y, en Nazaret, apoyándoos en la barandilla que os separa de la pequeña habitación donde ella vivió, leáis la inscripción que dice: «Aquí el Verbo se hizo carne», entonces vosotros también –sin duda– os asombrareis pensando lo mismo que yo: «Pero, ¿cómo puede ser? ¿Todo empezó aquí?». Hoy nos seguimos moviendo con una convicción clara y límpida, con un corazón ardiente, por algo que pasó aquí, en este angosto espacio, hace dos mil años. Y si durara el mundo doscientos millones de años nuestros descendientes tendrían que decir lo mismo, que todo empezó allí. Es cierto, como dirá después san Pablo, que «lo necio del mundo, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para demostrar que no necesita de los sabios, ni de los poderosos»4.
Pero me apremia subrayar lo que este “icono” dice a mi vida, a nuestra vida, y creo que es lo más grande que se pueda decir: el valor del instante. El instante, que es un momento efímero de nuestra vida, tiene un valor, y nuestra existencia no necesita de nada más para llamar la atención de los ángeles de Dios y de Dios mismo, para tocar lo eterno, para contar en la historia. Este breve punto de tiempo y espacio, que es el instante que vivo ahora, Dios lo toma para usarlo en función de la totalidad, de Su designio inescrutable. Es importante para Cristo el instante que vivo. En qué sentido es importante lo sabe Dios, lo cierto es que es importante. Y nosotros lo podemos afirmar con seguridad, sabiendo que vale tanto como las gestas más grandes que narran los libros de historia o los acontecimientos que la prensa recoge. No necesito nada más que lo que tengo ahora para ser grande a los ojos de Dios, para tener un valor eterno. Es esto lo primero que me enseña la Virgen, esta muchacha elegida por Dios.
Por eso las circunstancias concretas de la vida, por ejemplo el carácter (más que “por ejemplo”, ya que casi todas tienen que ver con el carácter), las circunstancias inevitables y las que resultan de lo que hacemos, en suma, los avatares de la vida, no se pueden obviar impunemente, porque las circunstancias son decisivas: en ellas nuestra persona se engrandece, a través de ellas cobra espesor y utilidad para el mundo, y nuestra existencia se suma al bien grande que supuso la vida de María, y por ello –¡por ello!– a la utilidad suprema para la liberación del hombre que fue la vida de Cristo.
En este sentido no es injusto, es más, es bueno, es fuente de paz y aún de alegría (como nos ha recordado la lectura del texto bellísimo que nos ha acompañado durante el camino), entender que la gloria de Dios, mediante la gloria de Su hijo Jesucristo, pasa a través de nuestro momento pasajero y de las circunstancias contingentes que nos toca vivir.
Una antigua imagen de la Majestad de Cristo reproducía detrás una frase de santa Catalina de Siena: «Si llegáis a ser lo que tenéis que ser, prenderéis vuestro fuego a toda Italia; no os contentéis con pequeñas cosas: ¡Dios las quiere grandes!»5. Esto no es contradictorio con lo que dije antes: es que cualquier momento de nuestra vida puede ser así de grande. No seríamos amigos si no nos lo recordáramos, si no nos exhortáramos sobre todo con el ejemplo, que se convierte en una energía que contagia a todos los que nos rodean.
Su Eminencia Carlo María Martini, en la estupenda intervención que tuvo en Leningrado, dijo algo que yo he leído en el diario Avvenire: «Siempre que “se ha rechazado a Dios, que se ha extraviado o disminuido su sentido, o que se le ha presentado de manera incorrecta, la humanidad se ha encaminado hacia una decadencia más o menos larvada del hombre y de la convivencia social”»6.
«Decadencia del hombre» significa que lo humano se reduce, que el hombre se hace mezquino. De hecho, cuando lo que hacemos, o las relaciones que establecemos, responden exclusivamente a nuestro antojo o a una reacción; cuando nuestros juicios o afectos nacen del intento (al fin y al cabo, siempre un poco histérico) de afirmar nuestros proyectos (en la relación entre hombre y mujer, en la familia, en el trabajo o en el estudio, en el ámbito cultural o político), el hombre se hace mezquino, es como prisionero. Su horizonte se cierra y el tiempo se convierte en un juez implacable; lo que hizo y lo que hace empieza a aburrirle; uno no es capaz de sostener nada y nada consigue durar, aunque de inmediato le proporcione algún gusto. Hace falta que el límite de nuestra prisión se abra. He aquí el sentido de la liberación: nuestra prisión se rompe sólo si el muro se abre y entra el Infinito. Por eso Su Eminencia dijo que quien rechaza a Dios, extravía el sentido que esta palabra encierra o lo disminuye, decae como hombre, pues la libertad no acepta límites y sólo la relación con Dios no tiene confines. Pero, ¡cuánto le cuesta al hombre abrirse a Dios!
¡Cómo admiramos todos los esfuerzos que los hombres han realizado para adherirse a Dios, para imaginarlo, para establecer una relación afectuosa con Él y expresar estéticamente la emoción que sentían por Él, dando origen a las distintas religiones! En cambio, la Virgen lo tenía a su lado, el Misterio insondable estaba ahí, comía y bebía junto a ella, estaba cerca de ella, en vela o dormida. ¡Qué dimensiones tan distintas tenían para ella todas estas circunstancias! No podía olvidar en ningún momento la relación que la ligaba a su hijo, cuando le llevaba en el seno materno, cuando le vio nacer y le crió, cuando llegó a ser un hombre. En ella dominaba la memoria.
Memoria: es esta la hondura que continuamente libera nuestra vida y la renueva, la rejuvenece, porque, de lo contrario, se vería tentada siempre a hundirse bajo un peso, encerrada en un límite que la aprisiona. Es esta memoria, en efecto, la que nos libera del peso de la existencia. Como cuando Jesús vio el cortejo funerario que avanzaba –lo hemos recordado tantas veces– y, oyendo el sollozo de aquella mujer que lloraba desesperada preguntó quién era, dio un paso hacia ella y le dijo: «Mujer, ¡no llores!»7. Era un sinsentido, porque ¿cómo se puede decir a una madre que llora a su hijo muerto: «Mujer, ¡no llores!»? Es la expresión más grande, la más bella, de esa ternura, de esa pasión por el hombre, sin la cual, sin sentir la cual, sin darnos cuenta de la cual, es imposible entender al Señor. Nuestro Señor vino movido por una piedad hacia el hombre; no le movió una intención que podríamos llamar “religiosa”, sino humana. La memoria de un Dios así ¡cómo cambiaba todo lo que hacía María! El Dios que vino a nosotros, se ha convertido en una realidad presente entre nosotros.
¡Cómo debemos hospedar esta invitación que la Virgen nos hace, que su figura nos recuerda! Ojalá tengamos una gran devoción, una atención extrema a todo lo que nos reclama a la memoria de Cristo: desde el misterio de la Iglesia universal al misterio viviente y concreto de la Iglesia particular, de nuestra parroquia, de la comunidad de los amigos y de la familia; verdaderamente, después de la adoración y de la gratitud hacia Dios, hacia ellas va nuestra mayor gratitud en la vida. Esta realidad humana que nos remite a Cristo, donde la memoria, el recuerdo de Su presencia, se renueva, debe ser casi objeto de adoración, ya que solos estaríamos siempre distraídos. Podemos incluso estudiar teología y, sin embargo, no tener esta devoción. Se trata de un sentimiento, de un sentir y un pensar, de una conciencia que tiende a implicar todo nuestro afecto, a iluminar nuestra mirada hacia todas las cosas y a plasmar nuestro modo de tratarlas.
¡Qué incalculable gracia es este signo concreto de Su presencia! ¡Qué gracia inconmensurable es la humanidad que nos remite a Él: la Iglesia entera y la iglesia doméstica, el amigo, la amistad personal! Esta es la verdadera amistad. Siempre he sentido muy vivamente este valor que la imagen de María trae a la memoria, a nuestra conciencia, desde que era un chiquillo en el seminario y durante las caminatas de los jueves –íbamos entonces en filas de tres en tres– especialmente con dos de mis compañeros, me sentía reclamado a esta memoria y soñábamos juntos. La gloria de Cristo es más grande y rebasa todos los límites de la imaginación con la que tratamos de rendirle honores. Y recordarle –recuerdo que puede adoptar cualquier forma– recordarle es el momento en que nuestra vida se ve liberada: se abre la prisión de nuestro afecto, la prisión de nuestra compañía, la prisión del trabajo, la prisión de la fatiga, la prisión de nosotros mismos.
Ahora bien, su memoria, precisamente por ser la evocación no del Misterio inimaginable e inasequible, sino de una humanidad presente (el Misterio se hizo hombre y nos dijo: «Estaré con vosotros hasta el fin del mundo»8) coincide con la fe. Cuando ella dijo «¡Fiat!», cuando dijo: «Sí», expresó la fe de todos los tiempos de la manera más concisa, honda y admirable.
Quisiera subrayar cómo la fe de Virgen –esto es algo que siempre me ha conmovido– es, en primer lugar, un fe razonable conforme a lo que nos requiere el apóstol: que la fe sea un «asentimiento razonable»9. ¿En qué sentido fue la de la Virgen una fe razonable? Nosotros no sabemos cómo se dio ese gran acontecimiento que fue la Anunciación. Podemos imaginarlo, pero no sabemos cómo realmente aconteció. Lo que sin duda aconteció fue esto: que a la Virgen le resultó patente la correspondencia entre lo que estaba sucediendo, entre lo que se le decía, y la espera más profunda de su corazón. Esta es la razonabilidad. La espera más profunda de su corazón era que la promesa que Dios había hecho a sus padres se cumpliera: «Dichosa tú que has creído que las palabras del Señor se cumplirían»10. Dichoso quien ha creído que el Señor cumpliría su palabra, y el cumplimiento de la palabra del Señor es el cumplimiento de la gran promesa: «Nacerá» –lo acabamos de escuchar hace un momento– «nacerá», Dios tomará carne, coincidirá con una presencia humana.
Pero lo que siempre me ha llamado la atención es lo que el Evangelio dice después de que el Ángel le llevara el anuncio. La Virgen contestó: «Hágase en mí según tu palabra». Punto. «Y la dejó el Ángel»11. Siempre me ha conmovido escuchar esta frase, he vuelto a reparar en ella miles de veces, imaginándome la situación tremenda en la que tuvo que verse esa chica.
Pienso: en cuanto se fue el Ángel hubiera podido decir: «ha sido una ilusión, un espejismo», «ha sido una sugestión mía», «¿qué significa todo esto?». En ese momento la Virgen tuvo que emplear toda la energía que la fe necesita. Y lo demostró exactamente en ese momento, cuando no podía comprobar lo que llevaba dentro, en ese momento crucial («Y la dejó el Ángel»), cuando se quedó sola, sola ante lo anunciado, sola ante su familia, sola ante el mundo, y ella fue leal con lo que había visto y oído.
La fe implica un valor que sostenga la inteligencia. La inteligencia se expresa en un juicio («Sí, así es»); pero necesita el coraje del corazón, en primer lugar para decir: «Así es», y luego, sobre todo, para permanecer en esta afirmación, para mantenerse en este asentimiento.
Por ello la fe es directamente proporcional a la petición, el gesto más elemental e insustituible del hombre; diría casi que el gesto verdaderamente humano es solamente este (todo lo demás, de alguna manera, nos es dado, pero hay algo que no puede darse sin nuestra libertad): estoy hablando de la «petición», que se puede llamar también «oración».
No se puede tener fe sin pedir la fe. Y así yo me imagino a la Virgen antes de la Anunciación, con la costumbre que ciertamente tenía de leer la Biblia, renovando en sí la suprema petición que el hombre de todos los tiempos ha dirigido al Señor. Y me parece bastante significativo que, al final de la historia religiosa de la humanidad que la Biblia recoge, ésta culmine precisamente con una invocación: «¡Ven Señor Jesús!»12.
Escribe Antonio Socci en su monografía sobre Andrei Tarkovskij: «Desde hace tiempo el hombre occidental se ha deshecho de la alforja y el bastón del viandante con su conmovedora actitud de petición [el hombre ha renunciado a ser un peregrino, esto es, a entender la vida como un camino hacia un Destino infinito que recorremos con una conmovedora actitud de petición]. La Morada (ethos) del hombre [es decir, el modo de concebirse y comportarse] no es ya el horizonte [el horizonte hacia el cual se dirige el caminante, el viandante], sino la guarida, donde no se encuentra con nadie y donde, por lo tanto, empieza a dudar de sí mismo»13. Sólo cuando invocamos, cuando nos ponemos en una actitud de petición, sentimos a todos los demás hombres –cercanos o lejanos, de nuestro mismo parecer o no– como parte de nosotros mismos.
No podemos pensar en la Virgen más que con su petición continua de que la gloria de su Hijo apareciera en el horizonte del mundo y que todos los hombres la conocieran. La Virgen vivió todo el tiempo de su existencia la suplica de lo que Cristo pidió antes de ir a morir: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo»14. Cada uno de nosotros está llamado a adherirse a la figura de la Virgen en su súplica para que la gloria de Cristo advenga. Así la vida será una aventura, un camino útil para sí y para los demás, un camino luminoso porque «Ha llegado la hora». Lo dijimos al comienzo: cada momento es la hora.

Notas
1 Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación (22 de marzo de 1986), 97. Citada en: Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 37: «Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia Él por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo para comprender en su integridad el sentido de su misión».
2 Sal 8, 5.
3 Lc 1, 48.
4 Cf. 1Co 1, 27.
5 Cf. Santa Catalina de Siena, Carta a Stefano Maconi, n. 368.
6 C. M. Martini citado en U. Folena, Russi, l’Europa vi aspetta, Avvenire, 17 de junio de 1988, p. 8.
7 Cf. Lc 7, 13.
8 Mt 28. 20.
9 Cf. Rm 12, 1.
10 Lc 1, 45.
11 Lc 1, 38.
12 Ap 22, 20.
13 Antonio Socci, Obbiettivo Tarkovskij, EDIT, Milán, 1987, p. 27.
14 Jn. 17, 1.

 
 

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