Va al contenido

Huellas N.2, Febrero 2015

BREVES

Cartas

a cargo de Carmen Giussani

IMITANDO AL “PADRE NUESTRO”
Me he pasado más de 20 años buscando mi felicidad en un proyecto. Pero los hechos que el Señor ha permitido me han enseñado a abrazar lo que me sucede cada día. Este abrazo a la realidad despierta en mí una creatividad y una libertad que antes ni sospechaba. Cuando mi vida se llenó de esta dulzura, llegó la enfermedad de mi esposa. Ahora está bastante bien, pero estuvo muy grave. He padecido agobio, incertidumbre, pero no he tenido miedo nunca. Este abrazo a lo que sucedía, la relación con el Señor, la compañía de mis amigos y de este pueblo que es el movimiento, han hecho crecer mi certeza y me hacen mirar todo lo que ha pasado como un don hermoso. Uno de mis hijos está implicado en el 15M. Él y sus amigos han ocupado un edificio de nueva construcción que está en proceso concursal. Y han albergado a muchas familias desahuciadas. Él vive allí para apoyar esta ayuda. Las condiciones no son ideales, pero ha elegido ser pobre entre los pobres. Su madre y yo miramos todo esto con temblor y temor. De vez en cuando viene a casa. Creo que a reponerse. A comer mejor, a lavar la ropa, a descansar. Y nos cuenta todo, nos pregunta, nos invita a sus iniciativas. Yo veo que lo que busca es lo que la fe permite que tengamos en abundancia. Y me muerdo la lengua y espero que algún día se dé cuenta. Muchas de las cosas que dice me dan pistas de por dónde va su corazón. Dice: «Yo también soy de CL. Soy comunista libertario». O me pregunta si hay santos laicos. Y dice que él será uno de los primeros. O que en el edificio todos acuden a él ante sus problemas, que es una especie de cura laico. Y la última cosa que me dijo: «Mira lo que hago y todavía no sé a qué pertenezco, ¡qué no haré cuando lo sepa!». Nunca como ahora lo que vivimos me da pie para hablarle del vídeo del movimiento o de lo que dice don Gius, Carrón, o mis amigos educadores. Yo le cuento y él me cuenta. Le escucho y me escucha. Paradójicamente, lo que aprendo en Escuela me ayuda a explicarle lo que vive y los problemas que tiene en su comunidad y en su historia. A veces discrepa pero escucha. Siempre nos invita a sus encuentros e iniciativas. Y conozco a sus amigos, gente necesitada como todos nosotros, y hasta hemos ido al edificio ocupado a compartir una comida con todos los vecinos. Allí hemos ofrecido nuestra ayuda y dado nuestra alegría. Ellos tienen un corazón como el nuestro y necesitan que alguien les testimonie una vida buena. La experiencia que vivimos nos da a mí y a mi esposa la libertad de ir a estas “periferias” no sin un cierto vértigo. Mi hijo dice que es ateo. Pero yo miro su corazón y miro cómo Cristo actúa en su vida. Le pido a Él que mi hijo le encuentre. Y mirando el amor que siento por mi hijo, que es signo del amor que Dios le tiene, vivo todo este camino que él hace tranquilo y confiado.
José Luis, Móstoles (Madrid)

DE LA ACEPTACIÓN
Toda mi vida he procurado rodearme de realidades, personas y cosas, lo más parecidas a lo que me agrada de mí, para evitar así, de un plumazo, la incomodísima sensación de tener que convivir con lo que no me gusta. En el encuentro con los demás también me he desgastado en intentar cambiar, lo que, con el tiempo, se ha desvelado, por más que me empeñe, como imposible. Porque, en la realidad, reyertas de este calibre, entre lo que es y lo que me gustaría que fuera, solo me han dado como resultado montones de escombros, producto de la destrucción mutua en el inútil intento de cambiar al otro. Resignarse nunca me ha funcionado porque, al no poder decidir sobre lo que me acontece, lo más que experimento es rabia y tristeza, es decir, pérdida de control. La aceptación, en cambio, me permite, por una parte, una auténtica posibilidad de asimilar cada experiencia y preparar el paso siguiente. Es cierto que yo no decido lo que viene a mí, pero sí que puedo elegir cómo lo encajo en mi vida. Desde este plano, compruebo que ya no hay ningún obstáculo que eliminar (quitar lo que incomoda, en definitiva) y sí mucho que integrar, es decir, que situar en su lugar adecuado. Elegir aceptar lo desagradable o doloroso que se te impone como parte de tu vida, vivir lo que es, lo imperfecto, lo desordenado, lo que te avergüenza, (tuyo o de los demás) lo que no pasará de incompleto en esta vida, los muchos momentos mediocres. Elegir lo que no he querido, e incluso lo que no hubiera querido jamás, es vivir lo real. Posición que no bastaría por sí misma para no caer en la desesperanza, si no fuera porque, es el presupuesto básico, vivir con fe y algo de esperanza, convierte cualquier cosa en terreno apto para que el poder de Dios obre en nuestras vidas. Últimamente doy gracias a Dios, no por lo que espero que suceda en mí o a mi alrededor, sino por el lugar en el que me encuentro ahora mismo.
Almudena, Madrid

OPCIONES INTELIGENTES
Desde hace cinco años compro la revista Huellas en Venezuela y su costo ha venido variando debido a la inflación. Para este año la suscripción anual tiene un valor equivalente a una quincena de mi salario; viendo esto se nos ha propuesto cancelar la suscripción utilizando parte del cupo de dólares para compras electrónicas que nos da el gobierno. Para mí ha significado una opción inteligente pensada para tiempos de crisis e hiperinflación porque es un gesto solidario para contribuir a palear el precio en bolívares (cabe destacar que en Venezuela no hay libertad para adquirir dólares y solo permiten usar 300 dólares al año para compras electrónicas, sujeto a que te lo aprueben o no). La mayoría de las personas que hacen Escuela de comunidad conmigo no gozan de esta opción de dólares electrónicos, ya que no tienen tarjetas de crédito (una de las condiciones para poder acceder a dicho “beneficio”), y ante el aviso de que los precios de la revista en bolívares estarán variando con frecuencia para la venta al público, han manifestado su deseo de comprarla al costo que venga; incluso nuestro párroco, el Padre Manuel Materán, que no es del Movimiento, también tiene la disposición de comprarla al precio que esté llegando. Esta disponibilidad me conmueve y sorprende porque el valor de Huellas es grande para quienes hemos hecho de ella un instrumento educativo y se convierte en un gesto misionero cada mes cuando hacemos la difusión en la parroquia con el deseo de compartir con otros la experiencia que nos ha alcanzado. Ante la dificultad y el hecho del incremento de costo, hemos reducido la cantidad de revistas Huellas, pero no se reduce el deseo de seguir haciendo de la revista una ocasión de encuentro con tantos hermanos que escriben su experiencia en este camino, un encuentro con Carrón que siempre nos está guiando y provocando para ser ese sujeto capaz de vivir cualquier circunstancia y estar despierto ante la realidad para amarla. Para comprar los próximos números de Huellas no tendremos que hacer colas como las que hacemos para comprar gas, comida o medicinas, pero sí tendremos que dejar de comprar cosas que no son esenciales para vivir. Doy gracias a Dios por lo que me toca vivir, porque me educa a mirar qué es lo esencial para mi vida; y ante la disponibilidad de la amiga que está dispuesta a ceder su cupo electrónico para ayudar a otra para hacer su suscripción, no podía dejar de escribir esto que he querido compartir con ustedes.
Hna. Rafaela Pérez, Edo. Lara, (Venezuela)

UN AÑO Y MEDIO CON ROD
En el verano de 2013, algunos amigos de Vancouver compartimos la necesidad de hacer caritativa. Tras algunas discusiones sobre la modalidad, decidimos empezar a visitar juntos a Rod, un hombre tetrapléjico a quien yo no conocía en aquel momento. Ir los domingos por la tarde a un hospital supone un cierto sacrificio y no es siempre algo atractivo, máxime cuando no sabes hasta el último momento si alguien más de tus amigos aparecerá. Mi deseo de ser educado en la caridad estaba luchando con mi interés por usar ese tiempo para otras cosas y a esta circunstancia se sumaba el pensar que quizá sería mejor proponer otra caritativa. Sin embargo, no dejaba de intuir que hacía falta algo de tiempo y consistencia para dejarme ser educado por lo que estábamos haciendo. Hablando con mi amiga Christine, nos ayudamos a prestar más atención a este deseo y comenzamos a organizar las visitas de manera más sistemática. Salir de casa los domingos para ir a ver a Rod se convirtió en una decisión recurrente para abrir mi tiempo a algo fuera de mis planes inmediatos, esperando de cada visita que algo nuevo sucediera. Mirando a nuestros hijos, me daba cuenta de que no hay nada que desee más para ellos que esta apertura a algo diferente y más grande que nosotros, hasta el punto de que empezamos a traerlos a la caritativa, a pesar de lo fuera de lugar que nos sigue pareciendo que un bebé y un niño de dos años vayan a un centro para discapacitados físicos. Uno de esos domingos, nos reunimos nueve personas en torno a Rod, estuvimos hablando y cantando al son de una guitarra y un ukelele. Empecé a pensar que era ridículo, y quizá también estúpido, convocar a tanta gente para acompañar a una sola persona. Caí entonces en la cuenta de que Rod nunca se quejaba y de que yo tengo mucho más que nueve personas a mi lado y empecé a desear para mí el mismo sentido de gratitud por la vida que Rod tenía. Rod falleció el día de Nochebuena. Cuando recibimos la noticia, mi mujer me dijo: «Me siento egoísta diciendo esto, pero me da más pena por nosotros que por Rod, porque hemos perdido una de las mejores relaciones que teníamos». Como dice Giussani en El Sentido de la Caritativa: «Interesarnos por los otros, comunicar a los otros, nos hace cumplir el supremo deber de la vida, más bien el único deber, que es realizarnos a nosotros mismos. Vamos a la caritativa para aprender a llevar a cabo este deber». Thanks, Rod!
Lucas, Vancouver (Canadá)

¿POR QUÉ ESTABA CONTENTA HACIÉNDOLO?
La carrera por alcanzar a Cristo es posible porque Él ya me ha alcanzado. Pensando en los últimos tiempos, no puedo dejar de agradecer la experiencia de la semana de misiones que viví en febrero. Todo me interpeló mucho, fueron muy intensas. Se me quedó grabada la imagen de una madre arrodillada ante su hijo que dormía en la cuna. Ella lloraba porque al mirarle recién nacido se daba cuenta de que no era suyo, de que no le pertenecía. Pasó nueve meses custodiando el feto dentro de ella y, sin embargo, a pesar de ser quien le protegía, se sorprendía a sí misma tan frágil como el bebé. Esta imagen me ha provocado mucho todo este tiempo y me ha mantenido despierta. A raíz de esto me preguntaba cómo sería vivir así, de rodillas frente a todo. En carrera hacia Cristo. Teniendo la certeza de que todo está en las mismas “grandes manos” y es mirado por los mismos “grandes ojos”. Llegando de las misiones pasó algo que hasta ahora me sorprende. Tengo dos hermanos, Maximiliano de 20 años y Thomás de 24. Thomás tiene un problema neurológico severo y está ciego. Es completamente dependiente, hay que hacerle todo. Sabe decir algunas palabras sueltas pero no sabe hablar. Va al baño solo, pero hay que limpiarlo. Este “trabajo sucio” siempre lo han hecho mis papás, y cuando ellos no están, él tiene que esperar que regresen. Podría pasar todo el día sentado en el baño esperando, porque mi otro hermano y yo, ¡ni pensar en limpiarlo! ¡Qué terrible! Pero, llegando a casa de las misiones, algo cambió. Después de unos días, papá y mamá salieron, y Thomás tuvo que ir al baño. Yo ya no pude hacer como sino lo viera. Estaba ahí pidiendo –sin palabras– que lo ayudaran. Me sorprende mucho, porque lo que normalmente era algo asqueroso para mí, en ese momento dio paso a un gesto espontáneo. No lo pensé, solo actué. Lo que me maravilla es que no me quejé en ningún momento. Estaba contenta haciéndolo. ¿Por qué? Solo me queda concluir que fue Otro quien lo limpió a través de mí, porque yo jamás lo hubiera hecho. Es Cristo quien lo hizo y es a Cristo a quien lo hice. En ese momento, aquella mujer que lloraba por su hijo dejó de ser un cuento bonito y se volvió un hecho para mí. ¡Me vi de rodillas frente a mi hermano! Y soy capaz de estar de rodillas solo porque hay Alguien a mi lado que sobrepasa mis límites. Mirando este hecho entiendo que la fe no es algo abstracto, sino todo lo contrario, lo hace todo mucho más concreto. Cristo no me alcanzó por un rayito divino que cayó del cielo. Él me alcanzó, en ese momento, a través de mi hermano. Y me sigue alcanzando ahora, todos los días. No puedo decir lo feliz que soy por esto. Ahora solo me queda pedir que jamás me deje tranquila, que siga cambiando todos los planes y esquemas que tengo. Quisiera poder mirarlo fijo sin pestañear. Poder sentir su luz escurriendo siempre por mis ojos y poder abrazar el dolor que se genera cuando la luz se impregna en estos. Este estar de rodillas se ha convertido, por necesidad, en la postura de toda mi vida. Es verdad que la mayoría de las veces la ignoro, pero entonces aparece nuevamente este dolor que grita y me obliga a ponerme de rodillas, y digo “obliga” porque de verdad es así. El corazón siempre sabe dónde le corresponde estar, no se le puede engañar. Y sabe que es en Cristo y solo en Él donde todo se cumple. Yo también.
Dania, Puente Alto (Chile)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página