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Huellas N.9, Octubre 2008

IGLESIA - El Papa en Francia

En el corazón de la cultura

Silvio Guerra

El 12 de septiembre Laurent Lafforgue participó en el encuentro con el Papa en el Colegio de los Bernardinos, al que asistieron 700 representantes de la cultura francesa. Nos explica por qué «ha sido sin duda una gracia»

«Una gracia». Así define Laurent Lafforgue, uno de los matemáticos más prestigiosos del mundo (en 2002 ganó la ambicionada Medalla Fields, un reconocimiento equivalente al Nobel para las matemáticas), la intervención de Benedicto XVI en el Colegio de los Bernardinos, a la que asistió junto a 700 representantes de la cultura francesa. En los días previos a la visita a Francia, Lafforgue, que con tan sólo 41 años es miembro de la Academia de las Ciencias de París, había salido ya en defensa del pleno derecho del Papa a dirigirse al mundo científico. Hoy comenta para Huellas el discurso de Benedicto XVI.

¿Que destacaría usted del discurso en el Colegio de los Bernardinos?
La inteligencia y la sencillez de un pensamiento sensato, que va al corazón de las cuestiones esenciales. Una enseñanza como ésta beneficia a cualquier persona que lo escuche.

La relación entre fe y razón sigue siendo la clave. ¿Por qué?
El encuentro y el diálogo entre fe y razón seguirán siendo imprescindibles mientras haya hombres. En nuestra época dicho diálogo ha sido y es fuertemente conflictivo, por ello nuestras sociedades (como, en el fondo, cada uno de nosotros) están tan desgarradas. El diálogo entre fe y razón, como todos los problemas realmente importantes, jamás se podrá superar, antes bien, exige una profundización constante.

El discurso en el Colegio de los Bernardinos se ha centrado en el fundamento último de toda verdadera cultura...
Para Benedicto XVI este fundamento es «la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle». Además, en la Explanada de los Inválidos, precisó: «¡Dios nunca pide al hombre que sacrifique su razón! La razón nunca está en contradicción real con la fe». Precisamente por esto es posible una verdadera cultura. En el aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées, el Papa afirmaba: «Considero que la cultura y sus intérpretes son los vectores privilegiados del diálogo entre la fe y la razón, entre Dios y el hombre». Me atrevo a leer estas palabras nada menos que como una definición de la cultura a raíz de su más profunda razón de ser: el fundamento último de la cultura reside en ser lugar del diálogo entre la fe y la razón. En 1980, Juan Pablo II dijo en la Unesco que «la nación existe “por” y “para” la cultura». Esta afirmación, que Benedicto XVI ha recordado en su discurso a los obispos de Francia, se puede entender así: toda nación histórica encarna una forma particular de diálogo entre la fe y la razón, entre Dios y el hombre.

¿Qué puede aportar hoy este asunto a la educación?
Para educar es imprescindible identificar cuál es el fin del hombre. El Papa, en la Explanada de los Inválidos, ha recordado que este fin es «vivir por siempre con Dios». En el Colegio de los Bernardinos ha ilustrado cómo esta búsqueda de Dios justifica, construye y orienta la cultura. Y lo ha hecho de forma muy concreta, hablando de gramática, ciencias profanas, escuelas, bibliotecas, canto, música, hermenéutica... La cultura, por definición, se transmite con su mismo desarrollo. Esa transmisión de la cultura es el objeto propio de la educación. El discurso del Santo Padre, por tanto, devuelve a la educación su fundamento último.

El Papa afirma que «las raíces de la cultura europeas se hallan en la búsqueda de Dios». En una cultura laica, como la francesa, ¿no es acaso una afirmación discriminatoria con relación a todos quienes buscan sin saber necesariamente que van en busca de Dios?
Desde hace varias décadas todos somos testigos de la autodestrucción de la cultura y de la enseñanza en Occidente. Este proceso ha sido tan rápido y radical porque la mayoría de los representantes de la cultura han dejado de creer en ella desde hace mucho tiempo. A ello se debe que la cultura y el saber (como muchos otros aspectos de la vida) hayan extraviado su fundamento último. No creo haber escuchado un discurso tan acertado para volver a hallar el fundamento último de la cultura, y palabras tan contundentes en favor de la gramática y de las letras. Palabras que el Papa ha encontrado en Jean Leclercq: «en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra... El deseo de Dios incluye el amor por la palabra».

Los laicistas objetarán que la gramática y las letras pueden prescindir perfectamente de Dios.
Sí. Pero entonces, ¿por qué en las últimas décadas la enseñanza de la gramática y de las letras se ha deteriorado tanto? Si quieren demostrar que la cultura y su transmisión pueden prescindir perfectamente de Dios, sólo deben hacer una cosa: ¡reconstruir una cultura y una escuela agnósticas, dignas de este nombre! No les queda nada... El Papa ilustra la verdad de lo que dice con la categoría extraordinaria de su pensamiento y enseñanza. Nos corresponde a nosotros, los católicos, mostrarnos a la altura del ejemplo que nos da.

El Papa afirma que la Palabra «introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe». En su intervención en el Meeting de 2007 en Rimini, usted habló del «carácter comunitario del trabajo de los matemáticos», unidos entre ellos por la búsqueda de la verdad. En este sentido, ¿qué aporta el discurso del Pontífice?
Los matemáticos trabajan para buscar verdades que no dependen de ninguno de ellos y que deben compartir unos con otros, lo cual crea un vínculo comunitario. Benedicto XVI alude a un vínculo mucho más fuerte: «La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios es una Palabra que mira a la comunidad» y que «hace que estemos atentos unos a otros». Resumiendo, es la misma Palabra la que crea la comunión. De esta comunión, la comunidad de los matemáticos no es más que una figura, una imagen necesariamente parcial e imperfecta.

¿Qué es lo que más le ha tocado de la visita de Benedicto XVI?
Para mí ha significado mucho. Personalmente, me ha conmovido la misa en la Explanada de los Inválidos, en el día de san Juan Crisóstomo que el Papa ha definido como el “doctor eucarístico”. En la homilía, recordó admirablemente que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Estoy convencido de que esta visita manifestará su relevancia para la Iglesia entera y para la sociedad francesa, dando frutos duraderos.

¿Y qué piensa de ello como matemático?
Ser un matemático cristiano a veces es incómodo. En mi ambiente escasean los cristianos, como resultado de la dramática escisión histórica entre fe y razón. Casi todos los demás asumen la imagen de la Iglesia que imponen los medios de comunicación, están convencidos de que el catolicismo carece de cualquier riqueza intelectual (en realidad la desconocen casi siempre), y por eso lo desprecian. Muchas de las comunidades cristianas que yo conozco, se han visto inducidas a desinteresarse por el patrimonio intelectual de la tradición de la Iglesia, hasta el punto de que se ha extendido una actitud anti-intelectual (también ésta, consecuencia de la escisión entre fe y razón). Como matemático cristiano, por tanto, me siento extranjero tanto entre los cristianos como entre los matemáticos. Sin embargo, después del discurso en el Colegio de los Bernardinos, incluso mis colegas matemáticos –a pesar de los prejuicios– han tenido que reconocer que la altura intelectual de este Papa que merece por lo menos ser tomado en consideración. Al mismo tiempo, las comunidades cristianas han gozado de un ejemplo extraordinario de inteligencia puesta al servicio de Cristo con sencillez y humildad. La alegría que me produce es tan grande que no se puede expresar con palabras.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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