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Huellas N.6, Junio 2011

LECTURAS / Curso básico de cristianismo

Todo es poco

Davide Perillo

Uno de los poetas más importantes y menos conocidos del siglo XX. El viaje literario sobre El sentido religioso prosigue con FERNANDO PESSOA y con sus versos, llenos de «este deseo de grandeza» y al mismo tiempo de renuncia. Porque existe demasiada realidad para un solo corazón. Y su “yo” estalla, haciendo que de él nazcan otros

También las carabelas, en el fondo, partían de aquí. De Belem, donde está la torre símbolo de Lisboa y de donde zarpaban los navegantes que han ensanchado Portugal y el mundo. Si se piensa, parece menos extraño comenzar el viaje desde esta estela de piedra apoyada sobre una pared del Monasterio de los Jerónimos. Alrededor, monumentos de príncipes y reyes. Estatuas. Rostros. Coronas. Pero sobre una de las tumbas, sólo hay versos. «Para ser grande, sé entero: nada / tuyo exagera o excluye. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así en cada lago la luna entera / brilla, porque alta vive». Firmado: Ricardo Reis. Al lado de otra poesía, de Álvaro de Campos. Y luego Alberto Caeiro. Hasta llegar al nombre más grande, escrito abajo como para poner una sola firma a la extraña antología y, al mismo tiempo, decir finalmente quién descansa en paz: «Fernando Pessoa, 1888-1935».
Sin duda uno de los autores más importantes del siglo XX. Pero también uno de los menos conocidos, al menos para nosotros. Y de los más difíciles de abordar. Porque escribió mucho, muchísimo (en el fondo bibliográfico que está siendo aún catalogado, sus obras suman 27 mil documentos). Pero sobre todo porque es muchos autores en uno. Muchos nombres diferentes rubricando poesías y ensayos, páginas de diarios y artículos de revistas, tragedias teatrales e incluso una guía sobre «aquello que el turista debería ver» de su ciudad. Una mole de obras en gran parte publicadas de manera póstuma –o aún por publicar– y firmadas, precisamente, por otros nombres: Reis, de Campos, Caeiro. Y también Bernardo Soares, Coelho Pacheco, Alexander Search... «Un baúl lleno de gente», como titula de manera acertada una recopilación que parte de la caja de escritos descubiertos después de su muerte. Y un baúl lleno de ideas para dar nuevos pasos en nuestro recorrido de relectura de El sentido religioso. Dentro se encuentras las «posturas irracionales frente a las preguntas últimas», de las que habla don Giussani. La «negación teórica» y la «práctica». Así como la «confusión del yo», reclamada en los últimos Ejercicios de la Fraternidad de CL por Julián Carrón. Es decir, en Pessoa hay de todo. Y todo junto. Y junto a un sentido del Misterio tan agudo que parece inexorable.
Lo descubre de repente, en una vida marcada por el desarraigo. Del padre, que muere cuando él tiene sólo cinco años (perderá también un hermano pequeño). De la tierra y de la lengua, pues la madre se casa de nuevo con un diplomático y Fernando debe emigrar a Sudáfrica, donde vive y estudia –en inglés– hasta 1905, cuando volverá a Lisboa. Incluso, por el camino, de las relaciones más verdaderas (Mario Sá Carneiro, poeta y su mejor amigo, se suicidará en 1916).
Soledad, por tanto. Que incide en una sensibilidad aguda, desde niño: ya a los seis años Fernando comienza a escribirse cartas a sí mismo firmadas por un amigo imaginario, el Chevalier de Pas. Y marca una biografía de lo más corriente. Empleado como traductor a tiempo parcial en una empresa de importación-exportación, pasará toda su existencia en la cuadrícula de calles de la Baixa, en el centro de Lisboa, entre pensiones, habitaciones en alquiler, tabernas baratas y veladas en el Chiado, el barrio de los cafés (delante del más famoso, A Brasileira, hay en la actualidad una estatua suya en bronce, sentado a la mesa), donde frecuenta el ambiente literario que convertirá en el suyo (fundará revistas, destacará por sus artículos, conseguirá una buena fama como poeta ya en vida), pero no será nunca verdaderamente suyo. La suya es una vida perfecta para uno que incluso en el nombre sería anónimo: pessoa, en portugués, significa “persona”. Sin embargo en la persona hay un mundo. Mejor dicho, hay mucho más. «Hay un universo también en la Rua dos Douradores», apunta en el Livro do desassossego, el Libro del desasosiego, una especie de Zibaldone (firmado Bernardo Soares): «También aquí Dios concede que no falte el enigma de la vida. En otros lugares, sin duda, existen las puestas de sol. Pero incluso desde este cuarto piso sobre la ciudad se puede pensar en el Infinito. Un infinito con tiendas debajo, es verdad, pero con estrellas en el horizonte».

El día triunfal. En ese horizonte, lo ordinario se convierte en extraordinario. El yo de Pessoa estalla. Como si hubiese demasiada vida y demasiada realidad para un solo corazón, tan agudo. Nacen los otros «yo», heterónimos. Nacimiento relatado en una carta célebre, que los críticos están desmontando poco a poco con el rigor filológico (en realidad las obras citadas nacieron a lo largo de los años, no en una noche), pero sigue siendo significativa: «Un día en el que había renunciado definitivamente –era el 8 de marzo de 1914– me acerqué a una cómoda alta y, cogiendo una hoja de papel, me puse a escribir, de pie, como hago siempre que puedo. Y escribí cerca de treinta poesías seguidas, una especie de éxtasis... Fue el día triunfal de mi vida. Y lo que siguió fue el nacimiento en mí de alguien a quien enseguida di el nombre de Alberto Caeiro. Mi maestro había surgido en mí».
¿Locura? No, aunque él mismo vivirá en el terror continuo de que le surja una vena de locura. Es el fraccionamiento del yo moderno llevado al extremo. Una necesidad total, absoluta, de vida y de significado que no encuentra significado en la vida, pero continúa empujándole, palpitando dentro. Hasta que, precisamente, estalla. Porque «somos demasiados, si miramos quién somos».
Junto a Caeiro, los «otros» Pessoa son una docena, sólo si contamos los principales (casi sesenta los esbozos). Cada uno con su biografía imaginaria, su fecha de nacimiento, una esmerada descripción física, en muchos casos incluso una caligrafía diferente, como para indicar una necesidad absoluta de realidad dentro del océano de la ficción. Así, por ejemplo, Alberto Caeiro tiene «ojos azules como los de un niño que no tiene miedo, pómulos prominentes, de piel pálida y un extraño aire griego que venía de dentro»; Bernardo Soares tiene «una voz opaca y trémula, como la de las personas que no esperan», y así sucesivamente. Cada uno tiene su poética. O más bien, su manera de vivir. No sólo la literatura (es el modo que permite a Pessoa explorar las corrientes y tendencias de su época: el sensacionismo, el futurismo, las vanguardias), sino precisamente lo humano, la vida.
Y en la relación con la vida emergen algunos temas. Empezando por esa negación que, un poco a la vez, de hecho, se convierte en su respuesta a las preguntas últimas, a la vorágine del misterio percibida con una profunda agudeza. Está el descubrimiento de que la realidad no basta: «Falta siempre algo, / un vaso, un poco de brisa, una frase / y la vida duele cuanto más se gusta / y cuanto más se descubre». La percepción lúcida y dolorosa de que tudo é tão pouco («¡Tan veloz pasa todo cuanto pasa! / ¡Muere tan joven ante los dioses / cuanto muere! ¡Todo es tan poco!»), que lo acerca al Montale de Forse un mattino (Quizás una mañana; ndt.). Está el tema, decisivo, de sentir las cosas, de una forma de conocimiento que consiste en sumergirse en la realidad y no en pensarla: «Lo esencial es saber ver, / saber ver sin estar pensando, / saber ver cuando se ve, / y no pensar cuando se ve (...) / pero esto exige un estudio profundo, / aprender a olvidar». En resumen, una elección. Una decisión. Y esta elección, poco a poco, se convierte en una postura ante la vida, como emerge en estos versos firmados por Ricardo Reis: «Quien quiere poco, tiene todo./ Quien nada quiere, es libre; / quien no tiene y no desea / es igual a los dioses». Y he aquí que llegado un punto Pessoa decide que la realidad es árida, que la vida no vale la pena ser vivida. Puede –debe– atravesarse, pero no vivirse. Se escriben muchas páginas dedicadas a la «estética de la abdicación»; versos como los de las Odas de Ricardo Reis («No vale la pena / hacer un solo gesto (...) Girasoles, siempre / mirando al sol, / saldremos tranquilos / de esta vida / sin el remordimiento de haber vivido») o aquellos del poema Tabaquería («No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo»). El problema es que los «sueños» –las preguntas– apremian, urgen, piden respuesta. Mientras que él ha elegido no hacer nada. «Grandes son los desiertos, alma mía, grandes. / No tengo billete para la vida / (...) enciendo el cigarrillo para aplazar el viaje, / para aplazar todos los viajes, / para aplazar el universo entero. / ¡Regresa mañana, realidad! / ¡Basta por hoy, gente! / ¡Detente, presente absoluto! / Mejor no ser que ser de este modo».

«Odio el principio y el final». Negación práctica. Y evasión estética. Pessoa es el poeta del “no hay hechos”, del rechazo. Como si quisiera mantenerse a distancia del océano, o se conformase con cruzar arriba y abajo el mar de palha, la desembocadura del Tajo donde se asoma la Baixa: bastante amplia para hacerse la ilusión de navegar, demasiado pequeña respecto a la exigencia de infinito. De aquí, también otro rasgo que lo caracteriza: la incapacidad de amar. También en la vida real, pues de él conocemos una sola relación, breve (con Ophélia Queiroz, empleada) y cortada bruscamente. Pero pensándolo bien es una característica más del hombre moderno. Una incapacidad, una debilidad afectiva, porque es la relación con la realidad –el conocimiento– la que está debilitada. Ya no es una relación: se trata de un yo atrofiado, que presume de sus preguntas y su inteligencia pero rechaza el vínculo que suponen. Y se echa para atrás. Y se comprime. Razón y afecto se separan. Como en estos versos de Caeiro: «El Mundo no ha sido hecho para pensar en él / (pensar es una enfermedad de los ojos) / sino para mirarlo e ir de acuerdo con él (...) / Amar es la eterna inocencia, /y la única inocencia es no pensar». El camino de la razón es una complicación inútil. Y es una elección, precisa. Porque «hay bastante metafísica en no pensar en nada».
Cuanto más nos hace Pessoa deleitarnos por dentro, tanto más nos corta el aliento cuando se capta una lucidez feroz, neta. «Toda mi vida ha sido pasividad y sueño», escribe en un apunte de 1910: «Todo mi carácter consiste en el odio, en el horror de la incapacidad, y en la incapacidad de actos decisivos, de pensamientos definitivos, que invade todo lo que soy (...). Odio el principio y el final de las cosas, porque son puntos definidos». La irresolución, absoluta. Pero, si somos leales, también el espejo de una debilidad que muchas veces sentimos como nuestra, hasta en lo más íntimo de nuestro ser.

Desheredado de la verdad. Lo bello es, sin embargo, que precisamente en esta decisión por la inexistencia se abren continuamente pasos. Porque la realidad vuelve a emerger siempre, testaruda. Basta con hojear el Libro del desasosiego para descubrir por todas partes una mirada sedienta de más allá, literalmente. De perforar la superficie para llegar al fondo de las cosas, para «poder vislumbrar en la pescadera su realidad humana» o para «mirar al guardia urbano como lo mira Dios». Así como, por ejemplo, basta incluso con hojear las poesías del heterónimo más antirreligioso (Caeiro) para ver cómo la belleza es una herida abierta en esta presunta y reclamada ataraxia. «¿Una flor tiene belleza? / ¿Y un fruto? / No: ellos tienen color y forma / y existen, solamente. / La belleza es nombre de algo que no existe, / que doy a las cosas a cambio / del placer que me proporcionan. / No significa nada. / Pero entonces, ¿por qué digo que las cosas son bellas?». Inextirpable, justamente. Como el deseo proclamado pocos versos más adelante, aunque aún de forma negativa: «Que triste não saber florir!», qué triste es no saber florecer.
Pero es en el Pessoa ortónimo, en las poesías firmadas por él mismo, donde muchas veces esta flor abre sus brotes, de improviso. Tomad Mensagem. Es un poema breve, escrito en 1934 para participar en un concurso literario (que por supuesto no ganó). Retoma la historia de Portugal y los grandes descubrimientos, recordando a Camoes. Épica pura, a comienzos del siglo XX: decididamente insólito. Pero es signo de que ni siquiera el yo más solipsístico puede prescindir del vínculo: con el otro (una tradición, un pueblo). Y con el más allá. «Y esta fiebre de más allá que me atormenta, / este querer grandeza, es su nombre / que vibra dentro de mí (...) Lleno de Dios, no temo el futuro / porque sea cual sea, no será jamás / mayor que este alma mía». De este modo el mensaje en el Mensaje es vibrante, y acaba por contradecir aquello que Pessoa escribió más veces. Es un balance en cuatro versos de la aventura de los navegantes, de la sangre derramada, de una grandeza hallada y perdida: «¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es estrecha. / Dios dio al mar peligro y abismo / pero en el mar es donde reflejó el cielo».
Alma. Dios. Cielo. Y aquí nos hallamos ante la otra herida abierta en el flanco de Pessoa: la religiosidad. Entre sus extravagancias, se dedica con asiduidad al esoterismo y al ocultismo. En una nota biográfica escrita en 1935 se define «cristiano gnóstico y por tanto completamente opuesto a todas las Iglesias organizadas, y sobre todo a la Iglesia de Roma». Y en muchas de sus obras se mofa de la Iglesia, se plantea el problema de la Revelación refutándola («No creo en Dios porque nunca lo he visto / si él quisiera que creyese en él / sin duda vendría a hablarme»), reniega de la Navidad. Sin embargo, se trata del mismo autor que poco antes de esa nota dedica una poesía a la «nostalgia de la Iglesia materna», que «cubrió como campana / mis días serenos (...). Cábala, gnosis, misterios, masonería / a todo eché mano / en la búsqueda ansiosa que me llena noche y día. / Pero jamás mi corazón. / ¿Por quién fui desheredado de la verdad?». O que en agosto de 1935, cinco meses antes de su muerte, compone versos para la Virgen María: «Madre de quien no tiene madre, sobre tu regazo / posa la cabeza el dolor universal / y duerme, ebrio del final de su fatiga». Ninguna conversión que reivindicar, por favor. Ningún re-bautismo póstumo (también porque, gracias a Dios, el primero –y verdadero– es suficiente). Pero los críticos que se están aventurando en descifrar este Pessoa, harán descubrimientos interesantes. Porque la pregunta sobre una relación con el Misterio que se hace carnal es innegable. No sobre la existencia del Misterio: sino justamente sobre una relación, sobre algo a lo que abrazar. De un «sí» que vuelve a florecer en el alma y busca espacio.
Pessoa muere el 30 de noviembre de 1935, a causa de una enfermedad hepática. La última frase escrita, en inglés, es del día anterior: «No sé lo que me traerá el mañana». Las últimas palabras lo dicen todo: «Dadme mis gafas». Faltaba todavía algo. Por ver y por vivir.

SETENTA VECES “ÉL MISMO”
Fernando Pessoa nació en Lisboa el 13 de junio de 1888. Huérfano de padre, pasa su juventud en Durban, Sudáfrica, donde la madre se trasladó tras casarse con un diplomático. Vuelve a Portugal en 1905. Se gana la vida traduciendo cartas comerciales del y al inglés. Mientras tanto, escribe (de todo: poesía, artículos, diarios) aunque publicando poco. Participa en el nacimiento de las corrientes de la vanguardia literaria en Portugal. Sobre todo, da vida a una serie increíble de heterónimos: verdaderos “alter ego” cada uno con una producción y una poética propias. Entre los más importantes (Ricardo Reis, Bernardo Soares, Alberto Caeiro...) y aquellos apenas esbozados, se contabilizan 72. Entre sus obras traducidas al español, se encuentran El libro del desasosiego (Acantilado), La hora del diablo (Acantilado), El regreso de los dioses (Acantilado) y la Antología poética (Argentina) entre otras. Muere a causa de una crisis hepática a los 47 años.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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