Va al contenido

Huellas N.5, Mayo 2011

PRIMERO DE MAYO / Juan Pablo II

«Dichoso tú que has creído»

Davide Perillo

Un pueblo reunido por la misma razón. Un millón y medio de personas atraídas por la vida de un hombre aferrado por Cristo. Lo que sucedió en la plaza de San Pedro confirma lo que muchos acabábamos de escuchar en Rimini

Faltaba poco para el comienzo de la Misa. A nuestro alrededor, la plaza del Risorgimento, segunda opción elegida a las seis de la mañana, tras dos horas de cola sin esperanza al final de la Vía de la Conciliazione, estaba repleta. Nos rodeaban chavales de GS de la Romagna y elegantes señores venidos de Filipinas; una comitiva de libaneses y mujeres croatas con sus trajes típicos; banderas españolas, argentinas, chilenas; polacos en todos los rincones, y jóvenes por todas partes. Una muestra de lo que había en kilómetros a la redonda, desde San Pedro al Circo Máximo.
Un millón y medio de personas. Cada uno había acudido allí por un motivo, con su razón para dar gracias a Juan Pablo II, el Papa beato que verdaderamente cambió la Historia cambiando los corazones de tantos hombres. Motivos revividos, analizados, recordados en multitud de páginas que la prensa ha dedicado a evocar la caída del Muro y sus grandes viajes, el atentado y las Jornadas de la Juventud. Y también los movimientos, Loreto, Asís, los mea culpa. El sufrimiento de sus últimos años. Cada uno llevaba a su Karol Wojtyla grabado en su memoria, al que rendía homenaje. En la plaza, de muchas formas, se hacía patente.
Pero bastó con esperar un poco, hasta las primeras palabras de Benedicto XVI, para darse cuenta de que en el fondo todas aquellas razones eran una sola. La más potente, la que marcó cada instante de un Pontificado extraordinario desde las primeras palabras pronunciadas hasta el último silencio: la fe en Cristo, «centro del cosmos y de la historia». Aquel hombre fue un testigo a lo largo de toda su vida. Igual que el otro, el amigo al que todos hemos visto feliz por poder decir que «el día esperado ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: ¡Juan Pablo II es beato!». Y es beato, prosiguió Benedicto XVI, «por su fe, fuerte y generosa, apostólica».
La fe, por tanto, por encima y dentro de todo lo demás. Un hilo capaz de unir todas las piezas y sostener la vida entera. La del nuevo beato, la de su sucesor y la de los que estábamos en la plaza. Capaz de dar un rostro a esa plaza, una fisonomía precisa. No era una masa anónima: era un pueblo. Un pueblo extraño, sui generis. Caótico y multiforme, pero para nada confuso. Dispuesto a caminar y a soportar la fatiga: una noche sin dormir, horas de viaje en coche o autobús, empujones, multitudes, la dureza del camino. Todo lo que tantas veces en la vida cotidiana nos hace entrar en crisis, allí no. Había fatiga, y de qué forma. Había límites, todos. Pero no eran un problema. El corazón era otro, estaba allí, vivo y presente, en el sentido más propio del tiempo verbal.

De Rimini a Roma. Hubo un pasaje de la homilía de Benedicto XVI que nos estremeció: «Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: “Por ello os alegráis”, y añade: “No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación” (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una realidad nueva, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. “Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo– ha sido un milagro patente”, patente a los ojos de la fe». Releedlo con calma. Dentro está todo. La contemporaneidad de Cristo, la conveniencia de la fe, la vida nueva, generada por la Resurrección. Los mismos temas, el mismo hilo que guiaba a muchos de los presentes, porque venían de un lugar donde los días precedentes se había hablado, y a fondo, precisamente de esto.
Para los que llegaron a San Pedro desde Rimini, de los Ejercicios Espirituales de la Fraternidad de CL concluidos un día antes para permitir a los veintiséis mil participantes desplazarse a Roma (y allí estaban, junto a los demás adultos del movimiento, los universitarios y los bachilleres), la beatificación de Juan Pablo II ha sido una gracia particular. Ciertamente, habrá tiempo para volver sobre ello. Pero el impacto fue como ver en carne y hueso, e inmediatamente, mucho de lo que habían escuchado en los pabellones del Recinto Ferial. Desde el principio, desde la «criatura nueva» de la que hablaba san Pablo, hasta el final, aquella referencia a la autoridad como «la mano que nos ofrece el acontecimiento ahora», donde «se puede verificar la profecía» y «experimentar a Cristo como respuesta a las exigencias del propio corazón». Los que estaban en la plaza estaban allí por esto, no por otra cosa. Lo que significa una autoridad así, en el testimonio de la «vida de un hombre que se deja aferrar y llevar por Cristo» (como dijo Julián Carrón hablando del nuevo beato en una entrevista en L’Osservatore Romano), estaba –está– a la vista de todos.

El yo y la historia. De la misma manera fue imponente, para los que venían de Rimini y tenían en la cabeza la referencia a un poder que «no puede impedir el despertar del yo en el encuentro con Cristo» pero que trata de «impedir que se haga historia», encontrarse ante un testigo que desafió y construyó la historia. Y lo hizo partiendo siempre de la memoria de aquel Hecho: «“¡No tengáis miedo! Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible», recordó Benedicto XVI. «Dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica». 
El mismo hilo. Las mismas palabras clave. Incluso el profundo silencio en la plaza durante dos largos momentos de oración –un silencio pleno, hondo, humanamente imposible dado el contexto– era eco de aquel silencio que llenaba el corazón en los autobuses de Rimini. Era signo de Su presencia que toca el corazón del hombre.
Luego, es cierto, el silencio terminó. Volvieron los cantos y las banderas. Un aire festivo que nos trajo a la mente aquella frase de don Giussani de hace tiempo: «La victoria de Cristo es el pueblo cristiano». Aquel pueblo que salía de Roma a la vez, en un lento enjambre que se encaminaba hacia el tren, los autobuses o los coches. El lunes, un trabajo que retomar y sobre el que profundizar. La vida, en definitiva. Pero una vida nueva. 

Frases destacadas

«Es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. Por esta fe Simón se convierte en “Pedro”, la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: “Dichoso, tú, Simón” y “dichosos los que crean sin haber visto”»
Benedicto XVI

«“¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que parecía irreversible»
Benedicto XVI

«Ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad»
Benedicto XVI

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página