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Huellas N.10, Noviembre 2010

CULTURA / Fe y Ciencia

El todo en el fragmento

Alessandra Stoppa

Se ocupa de la nanotecnología en el ámbito de la medicina. En su vida se han producido grandes cambios, junto a los milagros de la vida diaria. MAURO FERRARI explica por qué «tenemos signos en la vida diaria, señales continuas, pero no somos capaces de reconocerlos», y qué relación tiene el perdón con el trabajo 

Él no podía saberlo. Entre todos aquellos pobres hombres que veía subir a lo largo de camino, entre los condenados a muerte, había uno que no era como los demás. Pero él, en medio de la multitud, no podía imaginarlo. Ni siquiera cuando el centurión le pidió que ayudara a aquel hombre. «Sin embargo, lo hizo. No tenía nada que ver, pero tomó la cruz y la llevó. Se encontró allí por casualidad, como sucede a menudo en la vida. Y fue llamado. Por este motivo he tenido siempre una gran simpatía por Simón de Cirene». Es una cercanía audaz la que existe entre dos hombres así. Uno volvía del campo camino de Jerusalén en tiempos de Tiberio. El otro está dando pasos de gigante en la investigación clínica aplicando la nanotecnología a la medicina. Mauro Ferrari. Desde muy joven fue profesor en Berkeley, siguiendo de cerca la estela de todos los premios Nobel que han pasado por Silicon Valley. Se ha convertido en uno de los máximos exponentes del mundo en el campo de la investigación nanotecnológica aplicada a la curación del cáncer. Pero a esta situación ha llegado a fuerza de zarandeos. Y de no pocos cambios de rumbo.
Debido a un infortunio, renuncia a su carrera en el baloncesto. Después a la de entrenador, como consecuencia de un despido. Al mismo tiempo cambia la ingeniería por la astronomía. Al tercer año se bloquea y se pasa a estudiar matemáticas. Llega a Berkeley por primera vez a los veinticuatro años con una beca de estudios y recién casado con María Luisa. Después de la licenciatura, enseña durante un año en un curso para secretarias de empresa hasta que es admitido en un máster de ingeniería mecánica, de nuevo en Berkeley.Un signo tras otro. Dando crédito a lo que veía suceder. Pronto aprendió que no podía vivir de otra manera. Sus tres hijos eran todavía pequeños cuando María Luisa enfermó. En pocos meses un tumor acabó con su vida. Dejó a un lado los teoremas sobre la evolución del universo y asumió el reto dramático que había supuesto la enfermedad de su mujer: se había descubierto el cáncer demasiado tarde y éste había evolucionado rápidamente en metástasis; los medicamentos de los que se disponía entonces no habían logrado incidir en los puntos adecuados. ¿De qué reto se trataba? Encontrar un modo para hacer llegar la terapia a las células enfermas. Comenzó a trabajar en ello con todo lo que tenía. Ingeniería, matemáticas, física, disciplinas clínicas y farmacéuticas, biología molecular. Y así surgió un sector: la nanomedicina. Sector que afecta tanto al diagnóstico precoz como a la eficacia del tratamiento.
«Si hace quince años me hubieran dicho que llegaríamos hasta aquí, no habría podido ni siquiera imaginarlo». Y esto te lo dice uno al que al final del bachillerato le habían sugerido que no se ocupase de cuestiones científicas. El mismo al que ahora la NASA le encarga la creación de algo semejante a las glándulas humanas que permita a los astronautas vivir en el espacio. Pero esto es sólo un anticipo de su historia. En la que en un momento dado sucedió algo diferente al resto. Como las palabras “Hermano Dolor”. Dichas por un hombre de ciencia que dedica toda su vida a curar al hombre.

¿Qué supuso para usted replantearse todo de nuevo y dedicarse a la medicina?
No es que un día haya salido a la aventura cual nuevo Don Quijote. No ha sido así. Cuando murió María Luisa me sentí llamado a seguir una determinada dirección. En aquel momento jamás habría imaginado que las cosas hubieran ido como han ido. Por otro lado, no partimos normalmente porque tenemos ya en la cabeza un determinado itinerario preciso: uno se siente llamado y entonces hace lo que puede. Un paso tras otro. También se comienza a reconocer las oportunidades que se presentan. Se identifica un camino. Largo, difícil. Lo que hay al principio es sólo la sugerencia de una llamada. Tras lo que me había pasado, el seguir ocupándome de los teoremas sobre la evolución del universo se me quedaba corto. Y siguiendo esta intuición he comprendido mejor otro paso muy importante.
¿Cuál?
Lo que significa hacer las cosas para uno mismo o hacerlas para uno mismo y para los demás: es decir, hacerlas teniendo en cuenta el sentido de la vida. Los grandes hallazgos, tanto en la investigación como en la vida, suceden siempre cuando uno “se abandona”. Cuando se pasa del “yo lo hago todo” a la necesidad de hacer todo junto a otros. Lo que hacemos cada uno por su cuenta y lo que hacemos como un fin en sí mismo dan difícilmente resultados. En la ciencia no se enseña más que esto: «Dedícate los próximos tres, cuatro o cinco años, a una cuestión muy específica, muy reducida, y conviértete en el mejor del mundo en eso. Así podrás triunfar y hacer carrera».

¿Se trata de un método equivocado?
Si las cosas importantes suceden en la interfase (traducción del término inglés interface utilizado en el ámbito de la física, ndt.), en la frontera entre diferentes disciplinas, esto debería enseñarse, ¿no es así? Cuando era profesor en Berkeley decía a mis estudiantes: «Si sabes cosas que puedes hacer tú solo, seguramente no sean demasiado importantes. Aprende a trabajar con otros». Pero hoy, todo esto, todavía me resulta más claro: si haces cosas que puedes hacer tú solo, no son suficientemente importantes. Lo que es útil es la colaboración. Desde el punto de vista psicológico es un paso fundamental, porque el “yo puedo hacerlo todo” es un punto al que nos agarramos para hacer resistencia. En cambio, “hay que abandonarse”. Y para hacerlo hace falta saber que la mayor parte de las cosas que son útiles para mí no las sé yo. Entonces tengo que confiarme, debo abrirme. Se pasa de la “ciencia como fin en sí misma” a trabajar sobre cuestiones que tienen un respiro y una importancia totalmente distintos. Por ello el trabajo tiene mucho que ver con la experiencia del perdón.
¿En qué sentido?
Hace falta perdonarse a uno mismo por todo lo que no se sabe. Y perdonar al otro por lo que no sabe y que, sin embargo, nosotros sí sabemos. Trabajar con el otro, que es diferente, es algo difícil para todos, pero sobre todo para los científicos que, contrariamente a lo que se piensa, suelen ser muy conservadores. Tanto que ese “confiarse” no es sólo un paso psicológico, ya que afecta de lleno la relación entre el aspecto de la ciencia de la que cada uno se ocupa y su verdadera utilidad. Esta utilidad tiene que ver con la conciencia de it’s not about me: no es útil sólo para mí, yo no soy lo más importante que hay aquí, yo soy un instrumento en función de un objetivo más grande. No hay otro modo de vivir el significado de lo que se hace más que ofreciéndolo, poniendo todo al servicio de algo más grande.

Usted, ¿ha vivido el trabajo siempre así?
No. Yo antes me ocupaba de otras cosas, quizá más elegantes y, a lo mejor, más “académicas”. Me dedicaba a las matemáticas y a la física, concretamente, a la cosmología relativista. Y no se producía un retorno –que digamos– inmediato a la comunidad: hacen falta al menos cuatrocientos mil millones de años para que algo sea útil en ese sentido... Pero, en realidad, no se trata de esto. Yo trataba de abrirme  camino, de tener éxito. Después conocí el dolor de mi mujer.

¿Fue este el motivo por el que a los cuarenta años, siendo ya profesor, hizo el sacrificio de matricularse en primero de Medicina?
No puedo decir que haya sido un sacrificio. Fueron años muy bonitos. En muchos sentidos se ha tratado de una experiencia humillante. Pero las humillaciones te obligan a dedicarte a la ciencia de manera razonable. Sin humildad no se logra nada. No se puede hacer ciencia de verdad sin percibirse uno mismo como algo pequeñísimo. La ciencia comparte con la oración esta misma apertura: no se puede rezar si uno no se reconoce a sí mismo como necesitado. El sentido de humildad necesario para investigar coincide realmente con la apertura de la petición. La apertura necesaria para investigar es la apertura necesaria para pedir; coincide con la capacidad de contemplar, de adoptar la posición adecuada. Por este motivo, vivo mi trabajo como una petición al Altísimo: investigar y pedir son una misma cosa. Y siempre me sorprendo cuando me dicen: «Pero, ¿cómo puedes ser religioso siendo un científico?»

Y usted, ¿qué responde?
Precisamente porque soy científico no puedo dejar de ser religioso. ¿Cómo podría no serlo? Mi vida me lleva a contemplar cosas increíbles. No puedo dejar de recibir continuamente mensajes. Entonces, me preguntan: «Pero, ¿crees en los milagros?». Y yo respondo: «Claro que creo en los milagros». E insisten: «Pero, ¿los has visto alguna vez?». No hay día que no vea alguno.

¿De dónde nace su fe?
Me he criado en una familia católica. Los domingos íbamos a misa y comulgábamos. De chaval iba de campamento a la montaña durante el verano, como tantos otros. Después, como a menudo sucede, en la universidad me alejé de la Iglesia y de la religión. Dejaron de ser significativas. Pero el Señor se hace el encontradizo cuando es necesario. Aunque nos hayamos olvidado de Él durante mucho tiempo. Y esto es lo que nos pasó a María Luisa y a mí durante su enfermedad: Él se hizo el encontradizo y nosotros hicimos de la fe el pilar de nuestra vida.

¿Y cuándo murió María Luisa...?
Todavía más. Nunca he puesto en duda la fe, nunca me he preguntado: «Dios mío, ¿dónde estabas?». Porque cuando me daba la vuelta y le buscaba, Él siempre estaba allí. Siempre. Jamás he podido reprocharle algo. Ni siquiera cuando el dolor ha sido extremo, casi insoportable. Pero en todo esto no tengo ningún mérito, he recibido una gran bendición: es un regalo que me hizo Nuestro Señor, junto al descubrimiento del dolor.

¿Qué quiere decir?
En Asís, visitando la Basílica, me sorprendieron mucho las palabras de san Francisco: “Hermana Muerte”. Para el hombre es difícil acercarse al dolor con amor. Para nosotros es difícil mostrar un agradecimiento por el dolor, verlo como un compañero de camino. Y, sin embargo, la vida tiene necesidad del “Hermano Dolor”. Es lo mismo que sucede en nuestros ojos, delante de la luz sufren: pero sólo entonces ven realmente. En la mentalidad común, el dolor es algo de lo que hay que huir y basta. ¡Yo jamás pensaría que tenemos que buscarlo! Sin embargo, es preciso reconocerlo como un don, cuando nos toca. Tenemos los instrumentos para cambiar el dolor en un bien.

¿A qué se refiere?
También esto es una bendición: la posibilidad de convertir tu dolor en bien, para uno y para los demás. Yo no sé cuál es el significado de la vida, pero creo que esté muy cerca de lo que estoy diciendo. Compartir los dones que tenemos y la inspiración que viene del dolor no es un mérito, sino aquello que se debe hacer para que la vida tenga un sentido. No creo que se pueda vivir de otra manera.

¿Por este motivo le llama la atención el Cireneo?
Lo que le sucedió a él es lo mismo que nos pasa a nosotros; tiene que ver con la vocación, con cada momento de nuestra vida. Simón no tenía nada que ver con el Nazareno, era incluso un extranjero. Sin embargo no dijo: «No me toca a mí, ¿por qué debería ayudarle yo?». Yo habría podido pensar: «No me toca a mí, no he estudiado estas cosas…». A veces nos esperamos que parezca una cruz en el cielo, como le pasó a Constantino. En cambio, tenemos signos en la vida diaria, señales continuas, pero no somos capaces de reconocerlos. Me lo digo a mí mismo: el problema es tener la valentía de mantener la mirada y el corazón abiertos para ver lo que sucede día tras día, reconociendo en ellas la oportunidad de ponernos al servicio de un designio más grande. Pero es muy difícil mantener los ojos abiertos.

¿Qué tiene que ver con esto el Cireneo?
No existía ninguna razón para que se diese cuenta que se le estaba pidiendo algo importante. No había nada escrito donde se dijera: «Mira, éste que pasa es el Hijo de Dios». Nos sucede muy a menudo que vemos a los demás pero no vemos al Hijo de Dios. Esto es lo que echo de menos: no reconocer una llamada en todo. Esperamos sólo cosas extraordinarias. Pero, a fuerza de no mirar, ni siquiera vemos ésas.

¿Qué le ayuda a tener los ojos abiertos?
El dolor. Pero no puede ser sólo el dolor, porque en la vida, al igual que en biología o en la naturaleza, todo tiene un equilibrio. En la vida hay necesidad de dolor y de alegría: no hay conocimiento sin ambos. Sin dolor no lograríamos vivir por mucho tiempo ya que, al poner la mano sobre la estufa encendida, no sentiríamos nada. No sabríamos que la vida tiene sus límites. Por esto, no se puede hablar de alegría sin dolor.

¿Se trata del método que Dios ha elegido para educarnos?
Quién sabe. ¿Quiénes somos nosotros para decir qué es lo que ha pensado hacer Dios? Yo no lo sé, pero es lo que veo: la vida es alegría y dolor. Sin dolor no existe verdadera humanidad.

¿Por este motivo es “Hermano” el dolor?
Lo es porque Cristo ha muerto y resucitado por nosotros. No tenemos más que decir.

MAURO FERRARI
Nace en 1959 en Padua, donde se licencia en Matemáticas. Luego se licencia en Físicas y Medicina, completando sus estudios con un Ph.D. Es un experto en el área de la nanomedicina. Fue nombrado profesor y director del nuevo Departamento de la nanomedicina y la Ingeniería Biomédica (NBME) de la Universidad de Texas Medical School en Houston. Actualmente es presidente y administrador delegado del Methodist Hospital Research Institute en Houston (Texas).

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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