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Huellas N.7, Julio/Agosto 2010

BREVES

Responden los hechos
¿UN LOGARITMO DE FALSAS ESPERANZAS?

John Waters

Según los cálculos de un psicólogo, los “factores” de la felicidad, pero es sólo ficción, lo entendí una noche de verano…

Cliff Arnell, psicólogo de Gales, ha elaborado una fórmula matemática para demostrar que el 18 de junio es el día más feliz del año. En un estudio científico, ha cuantificado hasta qué punto los “factores del bienestar” –como una tarde estival pasada al aire libre, admirar la naturaleza en flor, pregustar las fiestas que están por llegar y recordar las vacaciones veraniegas de cuando éramos niños– crean todos juntos una sensación de bienestar que alcanza su culmen justo antes del día más largo del año. En el polo opuesto del espectro, considerando el tiempo atmosférico, el endeudamiento familiar, los días que han transcurrido desde Navidad y los propósitos para el nuevo año que no hemos cumplido, Arnell ha declarado el 18 de enero como el día “más lúgubre” del año. Pero yo creo que su teoría –elaborada obviamente para el hemisferio norte– tiene que ver más con las expectativas (o la ausencia de las mismas) que con la felicidad como tal.
En realidad, su fórmula representa una especie de trayectoria de “placer y resistencia” de la vida humana vivida en un plano no absoluto, una vida proyectada sobre la búsqueda de poder pregustar de alguna manera, basándonos en alguna sensación ya experimentada, aquello que la existencia podrá probablemente ofrecernos en breve. Arnell ha registrado la tendencia de los seres humanos a atribuir la felicidad a una proyección, a mojar los deseos en el sirope de la experiencia y entusiasmarse en la perspectiva de la repetición.
En este esquema, la máxima “esperanza” va ligada al verano, con la idealización de la luz diurna y con la chispa que salta entre el corazón humano y el mundo en su estado ideal. Según esta medida, el 18 de junio marca de manera aproximada el vértice de las expectativas, mientras que el 18 de enero, con la Navidad ya a la espalda y una primavera todavía lejana, lo único que hay para pregustar es febrero.
Personalmente, cuando me topé con su teoría, fui llevado de nuevo directamente a la época en la que bebía, época que hoy reconozco como marcada por un intenso esfuerzo por mejorar y controlar la calidad de la esperanza que el mundo me ofrecía.
Entonces a mitad del verano yo estaba en el culmen de mi “búsqueda”, escrutando el fondo de vasos y botellas persiguiendo el “significado” de mi existencia. Dejé de beber el 29 de julio de 1990, una fecha que desde entonces tiene para mí un profundo significado. Aquellos letales momentos de julio, hoy me doy cuenta, aparecen cuando las “esperanzas” ligadas al verano agotan su potencial, cuando las expectativas nacidas en Pascua se agotan definitivamente. El alcohol para mí era un modo de acorazarme frente a todo aquello, así hoy reconozco en la fórmula del doctor Arnell una especie de tabla logarítmica de la desesperación que me impulsaba a buscar incesantemente en la dirección equivocada.
Sin embargo, esta fórmula ofrece un modo útil de tomar conciencia del tiempo mientras pasa, algo que permite penetrar en el receptáculo de la conciencia, quizá como una invitación casual a mí mismo a reflexionar un poco más sobre qué es lo que realmente me sostiene, por debajo del flujo y reflujo de la esperanza superficial. Porque, con el paso de los años, es inevitable que las esperanzas aferradas a perspectivas inmediatas vayan gradualmente perdiendo fuerza. Y, entonces, el único lugar a donde ir es lo profundo de mi ser.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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