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Huellas N.1, Enero 2010

PRIMER PLANO - Entrevista a Juan Bautista Fuentes

La raíz firme de la esperanza

David Blázquez y Carmen Giussani

De la abstracción ilustrada a la trágica soledad moderna.
Cuando se quebranta la base de las relaciones humanas, la confianza, el otro es un posible enemigo: «Esta desconfianza es la razón de la proliferación de los derechos para defenderse, preventivamente, de la amenaza de los demás».
¿En qué podemos apoyarnos? En una presencia que nos ama.
Entrevista a JUAN BAUTISTA FUENTES, Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid


¿Qué le parecen las palabras de don Carrón sobre la tentación del individualismo? La antropología que más fuertemente ha defendido al verdadero individuo es la cristiana. Pero el individuo verdadero no es el individuo abstracto de la Ilustración, sino el individuo singularizado, irrepetible. La persona no es sustituible.

¿Cómo entiende usted la tensión entre individuo y comunidad a la luz de la modernidad?
La tensión de la relación entre el individuo y la comunidad es la tensión propia del pecado original, la tensión del simple hecho de que en este mundo nada es perfecto, la tensión de la caída: no estamos hablando de una situación idílica o paradisíaca. Decía Chesterton que una sociedad cristiana no es una sociedad en la que los hombres no pecan, al contrario, es una sociedad en que se cometen errores, pero en la que quienes los cometen saben que se han equivocado. No es un problema ético, sino moral, un problema de confianza.
En una sociedad para la que la economía no lo es todo, en una sociedad premoderna (sin idealizar lo que esto significa) cuando uno conocía a un extraño, de entrada le miraba como a un colaborador, un amigo, un posible prójimo. La base de las relaciones humanas era, a priori, la confianza. En una sociedad moderna, por el contrario, cuando uno tiene delante a un extraño lo trata como a un posible enemigo. Y esta desconfianza es la razón de la proliferación de los derechos. Lo que subyace al concepto exacerbado de derecho propio de la modernidad – y del que España está dando un penoso ejemplo – es un presupuesto reactivo, negativo. En este sentido son acertadísimas las palabras de don Carrón al hablar de la proliferación de reglas: la proliferación de reglamentos presupone que debemos protegernos del daño que el otro (a quien ni tan siquiera conocemos) nos puede causar. Esto es monstruoso.
Una sociedad premoderna, o sea, no económicamente desgarrada – e insisto, una sociedad que no es perfecta – es una sociedad en la que la tensión entre la persona y la comunidad es la tensión propia de la condición caída del hombre, pero no aniquilada. Lo terrible de la sociedad nacida de la modernidad es que sobredimensiona de tal manera la vida económica y disuelve de tal modo la vida comunitaria que hace aparecer otro nuevo tipo de tensión: no ya la tensión típica del hombre caído, sino la del hombre en el límite de la aniquilación.
Pero debo decir que así como la sociedad premoderna no es perfecta, debemos tener la esperanza de que tampoco la sociedad económica moderna sea completamente imperfecta, porque existe en el hombre un anhelo de vida comunitaria que no se puede extinguir. Así, la tensión de la vida comunitaria es la propia de hombres pecadores que se enmiendan, que aceptan haberse equivocado y comienzan de nuevo, mientras que la tensión propia de la modernidad es la de hombres que, porque sus fines son ya meramente económicos, apenas – y no digo absolutamente – caen en la cuenta de que viven en el error y siguen pensando que el significado de su vida es acumular. En la medida en que la vida está cada vez más abstractamente economizada se pierde el sentido de las razones por las que vivir y se piensa que la acumulación nos hará felices. Lo curioso es que tan pocos acepten que en realidad nunca la acumulación nunca termina de satisfacernos…

Dos palabras sobre el Estado moderno…
A mi juicio, y también en esto estoy de acuerdo con las afirmaciones de don Carrón, el drama del estado moderno es que se arroga la posibilidad de, desde cero – desde la autosoberanía que se concede a sí mismo y desde una abstracción típicamente ilustrada – organizar la vida comunitaria, pre-política o meta-política como si no hubiera vida pre-política anterior. Y lo trágico es que está empezando a dejar de haberla. Si el estado moderno es capaz de erguirse como un águila depredadora sobre la vida social para planificarla desde cero, es sólo en la medida en que de alguna manera esa vida social ha ido preparando esa operación, en la medida en que está destejiéndose el entramado comunitario. Es, en definitiva, el estado totalitario. Siempre ha habido estado tiránicos y despóticos – Nerón y Calígula eran tiranos, qué duda cabe –, pero el Estado totalitario es una cosa muy precisa: ese estado que tiene el proyecto de planificar íntegra y totalmente la vida civil, es decir, de totalizar la vida social y pre-política desde la abstracción y el desprecio de todo lo anterior a sí mismo. El estado moderno tiene como característica fundamental la abstracción absoluta, es ingeniería social de carácter geométrico. Y en este sentido es perverso y constitutivamente terrorífico. No hay que sorprenderse de las carnicerías del estado moderno, porque las llevaba en su seno…
Pero, ¿cómo se puede diseñar la vida social? Es imposible hacerlo. Los organismos comunitarios, resultantes de la solidaridad de la vida humana, no se pueden programar. El estado moderno cristaliza en la Ilustración, que no es sino el proyecto por el cual la razón humana, en cuanto que se otorga a sí misma una jurisdicción positiva infinita y absoluta, es decir ab-suelta y separada de la vida comunitaria, puede planificar la vida social en términos puramente racionales. Y esto supone que lo que haya de tradición comunitaria viviente debe desaparecer, es un obstáculo. Pero lo trágico es que este proyecto sólo puede comenzar a erguirse allí donde ha empezado a desaparecer la vida comunitaria. Y cuando desaparece esa vida queda sólo el egoísmo abstracto del “todos contra todos” y del homo homini lupus hobbesiano que describe don Carrón en su intervención.

Con un panorama así, ¿qué alternativas tenemos?
Yo, os lo digo sinceramente, estoy muy apesadumbrado, pero aunque en ocasiones me cueste mucho no quiero ceder al pesimismo antropológico. Creo que no hay salida política ni económica a la situación en que vivimos mientras no se regenere el tejido comunitario. Y eso es lo fascinante de personas como vosotros, de todas vuestras obras. Aquí no hay alternativa política, sino metapolítica. No hay más salida que la de hacer comunidad hasta donde se pueda y una y otra vez, incansablemente. Y esto es posible para todos, en cualquier ámbito. Para no suicidarnos o pensar en acabar con quienes encarnan este estado totalitario – que son las dos tentaciones violentas de quien todavía es consciente de la sociedad en que vivimos – es necesario…

Pero, ¿de dónde puede venir la fuerza para seguir deseando construir? ¿Cómo no terminar cediendo al escepticismo? En este texto Julián Carrón terminaba diciendo, con palabras de don Giussani, que la única posibilidad para poder amarse a uno mismo y a los otros, y por tanto de construir, es que Cristo sea una realidad presente, viva…
Una y otra vez desfalleceremos, pero ¿en qué podemos apoyarnos? En lo que hay. Y esta sencilla afirmación es la contrafigura de la modernidad, que quiere suprimir lo que hay para sustituirlo con un proyecto construido desde cero. Yo diría: o a partir de lo que hay, o nada. Pero, ¿qué es la presencia de Cristo? Allí donde alguien te quiera. Allí donde alguien se sorprenda y diga: “¡Me están queriendo!”. Y, por eso, donde tú sigas queriendo querer. No hay más. Lo que quede de esta experiencia es la esperanza para la vida política. La única posibilidad para no caer en ninguno de los dos extremos de violencia que os decía antes – o la violencia hacia uno mismo o la violencia contra los demás – es que sepas, que tengas la constancia de que en el ámbito de tu vida cotidiana alguien te quiere y de que va a ser posible seguir queriendo. Cualquier profesor progresista se reiría de una afirmación así, pero esto que es tan elemental es sin embargo la verdad más profunda. Yo he sido marxista durante muchísimos años, pero al ver la gran trampa del marxismo me he dado cuenta de que el amor universal abstracto no existe… El amor que no es concreto no da margen a la verdadera caridad, al apoyo real entre los cuerpos. El amor sólo puede ser concreto y personal. Por eso es tan bonita una experiencia, hasta donde yo la conozco por lo que me habéis contado, como la de la Compañía de las Obras.

*Catedrático de Metafísica en la Universidad Complutense de Madrid

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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