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Huellas N.9, Octubre 2006

SOCIEDAD Oriente Medio

Ensayos de paz. Cristianos en Oriente Medio

a cargo de Anna Leonardi

A dos meses de la tregua del pasado 14 de agosto, proponemos los testimonios de tres cristianos que viven y trabajan en el Líbano, Israel y Palestina, y una panorámica del renovado compromiso de AVSI con cinco proyectos en el Líbano

Aquí Beirut
Emilio Maiandi
Jounieh es una pequeña ciudad costera situada a 15 kilómetros de Beirut. Siempre ha sido una zona segura y está considerada como la “capital cristiana” del Líbano. Desde finales de los años setenta reunió a todos los cristianos que huían de la zona de Chouf y en la actualidad la población es casi totalmente cristiana. Vivo aquí con mi familia desde hace más de cuatro años; antes de venir aquí vivimos tres años en un pueblo de las montañas que están sobre Beirut. Nuestra vida ha transcurrido tranquila: soy ingeniero y trabajo como responsable de AVSI en el Líbano. Mi mujer cuida de nuestros cuatro hijos (los dos mayores han empezado ya a ir al colegio).
Cuando estalló la guerra el pasado 12 de julio pensábamos que se trataba de los habituales enfrentamientos fronterizos. Pero después de dos días comprendí que no podíamos correr tanto riesgo: el aeropuerto había sido bombardeado y las carreteras que llevaban a la frontera empezaban también a sufrir bombardeos. Reservé un taxi y, junto a nuestros amigos Andrea y Romina, que habían llegado de Italia dos semanas antes, la madrugada siguiente escapamos en dirección a Siria, y desde allí a Jordania. En Ammán cogimos un avión hacia Italia. El hecho de dejar repentinamente a los amigos con los que nos habíamos acostumbrado a compartir todo –los días de playa, la Escuela de comunidad, nuestras casas y el trabajo– nos hizo comprender la profundidad de un afecto que había ido madurando en los años pasados aquí.
Un ejemplo es nuestra amiga Ferial, una señora de 45 años que tiene cinco hijos. Ferial, que tenía pasaporte canadiense, tenía la posibilidad de salir del país ante las primeras escaramuzas, pero nos sorprendió diciendo: «Mirad, yo prefiero quedarme en la guerra y seguir viviendo esta experiencia del movimiento. Me voy a Canadá sólo si me dais el nombre de alguien de CL con quien pueda contactar allí». Se decidió a partir la última semana de julio. En la maleta llevaba el teléfono de nuestro amigo canadiense John Zucchi. Para los pocos que han permanecido en el Líbano, el sacrificio es grande. Son conscientes de que su presencia sirve para el bien de su país y el de la Iglesia. Los cristianos aportan un equilibrio social enorme, son un aglutinante incomparable dentro de la población. Aunque en los últimos años la presencia cristiana en el Líbano haya disminuido desde el 60% al 40% a causa de las continuas migraciones, sigue sorprendiéndome cuando visito por trabajo los pueblos del Valle de la Bekaa. Se trata casi siempre de poblaciones mixtas: sunitas-cristianos, chiítas-cristianos, drusos-cristianos. La presencia cristiana es verdaderamente un factor de paz objetivo, no ideológico. La gente se fía de los cristianos. Por eso muchos quieren trabajar con ellos, y todo el que puede manda a sus hijos a una escuela cristiana. Por ejemplo en Trípoli, baluarte sunnita, hay escuelas cristianas en donde el 1’8% de los estudiantes son musulmanes. Verificación empírica de que el factor educativo se convierte en el primer factor de paz.

Aquí Jerusalén
Marta Zaknoun
No es la primera vez que los cristianos de Tierra Santa, como los de todo el Oriente Medio, se encuentran envueltos en un conflicto que no han provocado ellos, pero del que tienen que sufrir las angustiosas consecuencias. Aquí en Tierra Santa, durante el conflicto con el Líbano, las poblaciones más afectadas por la guerra han sido obviamente las del norte, las de Galilea. A pesar de que la guerra se ha convertido por desgracia en una situación bastante familiar, su imprevisibilidad y las incertidumbres que lleva consigo nos han hecho percibir un signo concreto.
Como sucede en mi caso, muchos árabes-israelíes-cristianos viven en Jerusalén, mientras que el resto de sus familias, abuelos, tíos y demás parientes, lo hace en las ciudades del norte del país como Acre, Haifa, Nazaret y otros pequeños pueblos árabes cercanos a la frontera con el Líbano. Para ellos la guerra ha sido una experiencia marcada por el temor y la tensión, pero al mismo tiempo se ha revelado como una prueba de resistencia y de apego a la propia casa, a la familia, al trabajo, a los amigos y, sobre todo, a la propia fe, en un empeño continuo por confiarse a Dios.
Para muchos de nosotros, que vivimos en Jerusalén, esta guerra ha sido un momento lleno de preocupaciones y de temor por nuestros seres queridos. Por algún tiempo hemos dado refugio a algunos de ellos en nuestras casas: son aquellos que estaban dispuestos a dejar sus casas a cambio de un poco de tranquilidad que esta vez, de forma irónica y paradójica, podían encontrar aquí, en el centro del país.
En este intento por estar cerca de amigos y parientes de Galilea nos hemos sorprendido, a la vez, acompañados durante esos días por nuestra comunidad, por los amigos de Jerusalén, tanto cuando estaban todavía en Israel como cuando se han visto obligados a marcharse. Y hemos recibido el consuelo y el apoyo de la gente del movimiento en Italia y en otras partes del mundo.
Una simple llamada y una promesa de rezar por nosotros y nuestras familias eran una gran ayuda, y nos reclamaba continuamente a no sucumbir ante la incertidumbre y el miedo.
Como en todas las guerras, resultaba doloroso ver en el informativo las imágenes de las víctimas de ambos países, y en aquellos días nuestro pensamiento se dirigía también hacia los amigos de la comunidad de Beirut, a los que habíamos conocido en Ammán con ocasión de los Ejercicios Espirituales de Oriente Medio. No sabíamos nada de su situación, pero sentíamos una gran necesidad de rezar por ellos y por la paz en la región. Nuestra comunión con los amigos cercanos, como también con las otras comunidades durante la guerra, era y sigue siendo una confirmación, un signo último, de un bien que se nos ha dado, que es más grande que nosotros y más fuerte que las circunstancias que puedan presentarse.

Aquí Betania
Samar Sahar
Había una vez un príncipe que, al convertirse en rey, llamó a la corte a todos los intelectuales del reino y les dijo: «Quiero aprender el significado de la historia y de la vida. No quiero cometer los mismos errores que los demás». Los años pasaron y el joven rey creció, pensando en sus preguntas. Cuando los intelectuales volvieron a la corte trajeron consigo muchos libros de historia. El rey les dijo: «Jamás conseguiré leer todos estos libros. Por favor, hacedme un resumen». Uno de los ancianos respondió: «Lo haremos. Hasta ahora nadie ha aprendido todas las lecciones que hemos recibido de la historia. Muchas personas han nacido, han sufrido y han muerto sin aprender nada de su experiencia».
En mi opinión, nadie ha aprendido todavía de la historia, de la crueldad de la guerra, de los horrores y de los dolores que ella ha traído siempre al mundo. El pasado mes de julio, cuando los sueños y las esperanzas fueron pisoteadas, cuando muchos perdieron sus casas, cuando muchos niños corrían sin dirección sin comprender por qué, los ojos de estos niños empezaron a hacer preguntas sobre las tragedias de la vida y sobre cómo afrontarlas. La pregunta que no termina nunca es ésta: «¿Cuándo acabará todo esto? ¿Qué valor tiene la vida?».
Mis niños del Lazarus Home se negaron a ver la televisión y a escuchar las noticias. El motivo estaba claro: habían soportado tanto sufrimiento y padecido tantos abusos por parte de los mayores que no podían soportar pasar por ello otra vez.
He rezado mucho, y mis pensamientos se dirigían a mi familia de Gaza. Me preguntaba cómo habrían vivido sin agua, sin electricidad ni alimentos. Mi pensamiento se dirigía también a mis amigos del Kibutz Sassa. He tratado de ponerme en contacto con ellos, porque sabía que, llegados a un punto, tendrían que dejar sus casas.
He rezado esta oración por ellos: «Padre que estás en el Cielo, Misericordioso y Amante de la vida. Mira benigno a cuantos sufren en estos tiempos difíciles. Padre, mira al pueblo palestino, al pueblo israelí y el pueblo libanés. Mira a toda la familia humana. Mira, Padre Santo, a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos, a los que han perdido sus casas. Mira, Padre compasivo, a aquellos que están en los hospitales, sostenles en este momento de sufrimiento. Pido por los niños, ayúdales a esperar en un futuro mejor en este mundo. Allí donde el amor y la justicia de los hombres han fracasado, que prevalezcan Tu Amor y Tu Justicia».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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