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Huellas N.8, Septiembre 2006

CULTURA Ciencia

Ese deseo inagotable a la caza de la realidad

Mario Gargantini

El debate científico en el Meeting de Rímini. Desde la astrofísica a las matemáticas o las biociencias. Científicos y estudiosos de renombre como Beckwith, Nelson, Pellegrino, Israel, McLow, Benvenuti, Robberto, Bassani aportan todo su saber y su pasión por la investigación. Dos claves: el deseo de conocer es ilimitado e inconmensurable; es posible una ciencia que se abra continuamente a la realidad

La ampliación fotográfica en infrarrojo de la Vía Láctea, que recibía a los miles de visitantes de la exposición “A che tante facelle? La Vía Láctea entre Ciencia, Historia y Arte” (ndt.: ¿Para qué tantas luces?), al igual que el número perfecto (uno de los 43 conocidos), que ocupaba casi toda la pantalla durante el concurrido acto sobre “Vastedad e Infinito en la Ciencia”, eran para el visitante señales de las enormes posibilidades que la razón puede alcanzar cuando se aplica según los criterios del método científico. Pero, al mismo tiempo, del carácter insondable de la realidad y de un infinito que los instrumentos de observación y la osadía imaginativa de los investigadores rozan continuamente.

Deseo inagotable
La ciencia, por lo tanto, considerada como ascenso vertiginoso hacia las extremas dimensiones de la realidad y reclamo potente a ese inagotable deseo del hombre que, sin embargo, ningún descubrimiento ni teoría podrá jamás satisfacer. Es la primera consideración que emerge del intenso programa científico del Meeting 2006. El visitante podría marearse o hasta quedar aplastado por la mole de datos y el impacto de las imágenes: sobrecoge oír hablar del agujero negro que hace de gozne en el centro de nuestra galaxia; o de la energía oscura que llena el universo y acelera la expansión; o también, escudriñar el espacio ultraprofundo captado por el telescopio espacial Hubble y ver aflorar objetos cuya luz partió hace más de diez mil millones años; y asistir atónitos a la simulación de un acontecimiento catastrófico realmente “galáctico”, el que sufrirá la Vía Láctea dentro de unos mil millones de años al estrellarse con la galaxia de Andrómeda.

El explorador
Pero todo esto seguiría quedándonos ajeno y lejano, si no fuera contado por testigos, por científicos que, respondiendo a la invitación lanzada el primer día, unen «razón y pasión». Así, lo que podría quedarse en un espectáculo, fascinador o terrorífico, se transforma en mensaje, en invitación, en paradigma de un modo de abordar la realidad. Cosa que plasma perfectamente la figura del explorador, que se aventura curioso y atento por territorios desconocidos dispuesto a captar la más débil señal, el más mínimo indicio de un evento que se pueda registrar y tratar de explicar. Es una posición humana interesante, que la práctica y el rigor científico no hacen más que refinar, que se fundamenta en la conciencia personal de hallarse ante una realidad amistosa y comprensible, organizada en sistemas complejos, pero no a merced del azar, sino apoyada en una trama sutil, ordenada y localizable. El universo que se presenta ante la mirada crítica de los científicos del siglo XXI es un universo “contingente y conveniente”, como lo ha descrito sintéticamente el cardenal Schönborn al visitar con manifiesto entusiasmo la exposición sobre la Vía Láctea: contingente, porque podría ser también muy diferente de como es; conveniente, porque son muchos los ejemplos de fenómenos a primera vista indiferentes u hostiles al hombre y que en cambio se revelan preciosos y providenciales.

Ocasiones educativas
Pero, para leer los datos científicos sin reducirlos, son necesarios unos testigos que vivan con apertura su labor de investigación. De este modo, se descubre la ciencia como un bien para todos. He aquí entonces un segundo motivo de reflexión. La ciencia se hace interesante no sólo para los especialistas y los apasionados, sino para el hombre de a pie. Se ofrece como ayuda para tomar conciencia de la realidad que nos es dada y nos invita a interrogarla sin acallar ninguna pregunta. Es difícil resistirse al atractivo de ciertas imágenes del cosmos, o a la belleza de algunas formas geométricas, o a la fascinación de algunas demostraciones matemáticas: pero para los científicos estos episodios son ocasiones educativas de aprender a ver la belleza en todo, también en situaciones menos llamativas; y con ello los hacen educativos para todos y aplicables a nuestras interacciones cotidianas con la realidad.

Exigencia de sentido
La misma lógica se puede aplicar a los temas de bioética, que ponen en el centro de la atención aspectos de la ciencia a primera vista en contradicción con cuanto se ha dicho hasta ahora. Son innegables los riesgos, denunciados en el Meeting, de un nuevo mecanicismo que no reconoce la unicidad de la persona y borra diferencias y especificidad. Dicha actitud es anti-científica; la pretensión manipuladora de muchos profetas de las biociencias y, de manera todavía más preocupante, de las neurociencias, radica en una concepción y una práctica de la ciencia que no respeta su verdadera naturaleza.
El debate bioético expresa una exigencia de sentido que emerge fuertemente ante casos clamorosos, pero tambien en la práctica científica diaria y que requiere la responsabilidad de los investigadores. Es difícil pensar que se pueda lograr un repentino un sentido de responsabilidad en las situaciones extremas si no se ejerce en el detalle de cada día.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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