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Huellas N.2, Febrero 2006

PRIMER PLANO Don Giussani

Milán, cementerio Monumental. Nunca está solo

Paola Bergamini

Desde hace un año, el padre Francisco presencia la vida que cada día entra en el Famedio, donde está enterrado don Giussani. «El lunes de Pascua, después de la misa, había muchos niños jugando, y yo pensé: “Estamos en un cementerio, pero parece un parque. ¡Qué alegría!”»

«Perdone, ¿el Famedio?», uno de los vigilantes del cementerio Monumental de Milán se separa del grupo de compañeros. Echa un vistazo a la señora: «¿Busca al cura? Vaya derecho, no suba la escalinata, es abajo a la derecha». «Gracias». La señora, empujando el carrito del niño, se encamina. Ante la tumba comienza a rezar en voz baja, desgranando los misterios del Rosario que tiene entre las manos. Pocos minutos después se acerca a la lápida, con la mano roza la fotografía de don Gius, se vuelve hacia el niño, le hace santiguarse: «Ya podemos irnos». Mientras se aleja, llega un señor que apoya el maletín y reza; luego, dos chicas. Es un viernes por la mañana de un frío día de enero. «Es siempre así –cuenta el padre Francisco, capellán del cementerio Monumental–. Siempre hay alguien delante de la tumba de Giussani. Su presencia, durante todo este año, ha cambiado la vida del Monumental, ha atraído al cementerio a mucha gente, muchos fieles que incluso no pertenecen a CL. Personas que preguntan dónde está sepultado y se detienen unos minutos para rezar. ¿Ha visto cuántos jarrones de flores hay? No faltan nunca». ¿Conocía usted a don Giussani? «De oidas. Siempre tuve gran interés y afecto por él y por el movimiento, porque sabía que hacía mucho bien. Ahora que veo tanta gente venir a rezar, mi admiración, mi atención, son aún mayores».

Oraciones y cantos
Una señora nos interrumpe para preguntar al padre Francisco la fecha para celebrar una misa de sufragio: «¿Están hablando del cura? Nunca está solo». «La señora tiene razón –continúa el padre Francisco–. Nunca está solo. El sábado y el domingo, además, casi no puedo pasar. A veces tengo que dar un rodeo para no molestar a los que están rezando. En las misas la iglesia está siempre llena. Llegan autocares de todas partes de Italia y viene gente también del extranjero. Llegan, participan de la misa y luego delante de la tumba rezan el Rosario y cantan. Entonan la Salve y algunos cantos modernos que cantados a coro resultan muy bonitos. La mayoría son jóvenes. Muchos chicos y niños con sus padres. Esto me llama mucho la atención. El lunes de Pascua, después de la misa, había muchos niños jugando, y pensé: “Estamos en un cementerio, pero parece un parque. ¡Qué alegría!”. Recuerdo que tuve que decirles que el cementerio se cerraba pronto. Normalmente, cuando celebro el funeral de una persona anciana hay poca gente; si sucede lo contrario es porque la persona ha hecho mucho bien, como don Giussani. Este bien afluye todavía y el testimonio no se apaga, la presencia de Jesús es para siempre. El Señor nos hace pasar a todos por la amargura de la muerte, pero quien vive bien y está cerca de Él, tiene también el consuelo de Su presencia y de Su amor para siempre, como le pasa a don Giussani».

Flores, notas y exvotos
Mientras hablamos, dos chicas escriben en un papel, que luego depositan en una cesta, junto a la tumba. “También esto me impresiona mucho –cuenta el padre Francisco–. Todas estas hojas. Hay quien da gracias, quien pide una gracia particular (sobre la tumba hay tres exvotos por gracias recibidas; ndr), quien pide simplemente el don de la fe, a veces hay una larga lista de nombres de personas confiadas a don Giussani para que las proteja. ¿Ve? Esas eran dos chicas muy jóvenes, que quizá no llegaron a conocerle. Hace poco llegó una peregrinación de Trento –tres autocares–. La iglesia estaba completamente abarrotada. El sacerdote que les acompañaba dijo durante la celebración: “Mirad chicos, tenemos que dar gracias a don Giussani, porque sin él, si él no hubiese dado origen al movimiento, a esta amistad, quizá hoy no estaríais aquí en la iglesia, quizá ni siquiera habríais venido al mundo”. Se lo decía a todos aquellos jóvenes que ni siquiera le habían visto».
Al dejar el cementerio, me vienen a la mente las palabras que don Giussani escribió a Juan Pablo II en el 50 aniversario del nacimiento de CL: «No sólo no pretendí nunca “fundar” nada, sino que creo que el genio del movimiento que he visto nacer consiste en haber sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos elementales del cristianismo, es decir, la pasión por el hecho cristiano como tal, en sus elementos originales, y nada más». Esto nos ha testimoniado concretamente en todos estos años. Nos ha desvelado –y continúa haciéndolo– la belleza del cristianismo en las alegrías y las fatigas de cada día. La pasión por Cristo que se revela, por gracia, en todos los aspectos de la vida de cada uno, llenándola y haciéndola verdadera y atractiva. Para ser felices. Esta es su herencia: la amistad con Cristo y la indicación del camino hacia ella, ese pueblo que la fiebre de vida de don Giussani ha generado y que desde hace un año hace un alto en el Monumental.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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