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Huellas N.11, Diciembre 2005

PRIMER PLANO El nuevo laicismo

Intolerantes

Maurizio Crippa

Una reseña de algunas afirmaciones que en estas semanas han arremetido contra Benedicto XVI y contra la Iglesia. Se manifiesta una intolerancia que tiene un único contenido: negar a los cristianos la legitimidad de su interés por la realidad

«La tolerancia que, por decirlo así, admite a Dios como opinión privada, pero le niega el ámbito público, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia sino hipocresía», afirmó Benedicto XVI en la apertura del Sínodo de los Obispos el pasado 2 de octubre. Palabras clarísimas para los cristianos y, sobre todo, para los laicos, al igual que las pronunciadas en la audiencia del miércoles 14 de septiembre: «En el centro de la vida social de una ciudad, de una comunidad, de un pueblo, debe estar una presencia que evoca el misterio de Dios trascendente». Un deseo, el del Papa, movido también por la preocupación ante la creciente marginación de la Iglesia y del factor religioso en la sociedad. Las palabras de Benedicto XVI han desencadenado una reacción de hostilidad –cuando no de odio mal disimulado– en todos los que levantan sus escudos anticlericales en nombre del viejo dogma laicista estigmatizado por Cornelio Fabro: «Dios, si existe, no tiene nada que ver». Corrado Augias, por ejemplo, en la Repubblica del 19 de octubre, definió como «gravísimas» las palabras «que el Papa escribió al presidente del senado Marcello Pera» con ocasión del congreso de Nursia. «Gravísima» sería la siguiente afirmación del Papa: «Los derechos fundamentales no son creados por el legislador, sino que están inscritos en la naturaleza misma de la persona humana».
La larga sombra del laicismo alcanzó su máxima intensidad en octubre, con el ataque de Enrico Boselli y su desaparecido mini partido socialista contra el Concordato –por razones que suenan a búsqueda desesperada de visibilidad–, apoyado enseguida por muchos políticos de tendencia laicista. «La superación de las reglas concordatarias es un problema concreto, provocado por el comportamiento de la CEI», alegó el Secretario de los Social-Demócratas: «Hoy nos encontramos con una religión de Estado, financiada como tal, y con las jerarquías del otro lado del Tiber desarrollando un papel político».
Basta con citar al director teatral Peter Brook, que nos regaló algunas perlas en la entrevista que publicaba el 18 de octubre la Repubblica, con ocasión de la presentación en Milán de la obra El gran Inquisidor, tomada de Dostoevskij: «La religión, sea la que sea, cristiana o no cristiana... se ha convertido en vehículo de muerte y de destrucción». Y también: «Entre la Inquisición que quemaba a los herejes y los kamikazes que se hacen explotar con bombas no hay ninguna diferencia».
En este clima de efervescente otoño laicista, se producen además fenómenos de feria, como el del filósofo francés Michel Onfray, que se autodenomina “ateólogo”, autor nada menos que de un Tratado de ateología (rápidamente traducido por Fazi) e intérprete primoroso de gracias memorables («El cristianismo es el neoplatonismo de los pobres», «El verdadero nihilismo es la religión». Entrevistado en La Stampa (19 de septiembre), Onfray argumentaba sin aportar prueba alguna: «Los monoteísmos detestan el pensamiento libre, el cuerpo, el amor y todo lo que forma parte del individuo y de su libertad». Con este historial desconcertante, en Francia ha vendido ya más de doscientos mil ejemplares.

¿Iglesia libre, Estado libre?
Se han sucedido ataques casi diarios “a la injerencia de la Iglesia” y declaraciones de intolerancia. La presidenta de la Región Piamonte, Mercedes Presso, no disimuló cierto desprecio al declarar que si tuviese que convertirse, antes que católica se haría valdense. Con todo esto, en opinión de Gavino Angius, «resulta muy claro que está surgiendo en nuestro país una cuestión vaticana, que hay que afrontar sin fingimientos ni hipocresías». Evidentemente, para él el problema no es lo contrario.
Un clima envenenado en el que de vez en cuando se pasa de las opiniones agresivas a las intimidaciones y agresiones físicas. Como los silbidos de los estudiantes que trataron de callar al cardenal Camillo Ruini durante un acto público en Siena. Episodio mortificante sobre el que incluso un laicista incansable como Francesco Merlo admitió en la Repubblica (28 octubre) que «con aquellos silbidos se legitimaba como laico al cardenal, poniendo en sus manos la laicidad». Y sobre todo, suceso mucho más grave, se produjo la profanación de la iglesia del Carmen de Turín: en el curso de una manifestación anarquista a mediados de octubre, algunos exaltados anticlericales orinaron sobre la fachada, manchándola luego con pintadas amenazadoras.
En todo esto hay quien dice que la culpa es de la CEI del cardenal Ruini. Sergio Romano, que ha publicado recientemente un libro explícito ya desde el título, Libera Chiesa. Libero Stato?, escribía el 20 de octubre en Panorama que si bien «el Sínodo, órgano de la Iglesia universal», tiene derecho a «lanzar sus rayos», la «Conferencia episcopal, institución de la Iglesia italiana, está sujeta al espíritu del Concordato y debemos recordar al presidente de la CEI que su papel no le confiere el derecho a dar indicaciones de voto a los electores e instrucciones a los políticos». ¿Se producirían estos ataques si la Iglesia estuviese callada en una esquinita?

Un tema serio
El gran politólogo francés René Rèmond, autor de un ensayo muy apreciado en Francia, Vers un nouvel anti-christianisme?, denunciaba en una entrevista en Avvenire el pasado 9 de octubre: «La desconfianza hacia el hecho religioso no se ha debilitado... sobre todo en los que rechazan tajantemente que el hecho religioso tenga un lugar en el espacio público». Es quizá inevitable que en un momento en el que, como escribió Massimo Camisasca en el Corriere della Sera del 21 de octubre, «todos percibimos que estamos entrando en una nueva etapa... marcada por la búsqueda de fundamentos», se vuelva a encender el debate filosófico, jurídico y teológico sobre el papel a asignar al «misterio de Dios Trascendente», como lo ha llamado el Papa, en la vida pública, es decir, que es la vida misma. La esperanza es que no quede confinado en una visión en última instancia ideológica y “oscurantista”. Como la expresada por un politólogo de categoría como Giovanni Sartori que, al recibir el premio Príncipe de Asturias en Oviedo, dictó una lección centrada en la “incompatibilidad” entre democracia y religión. «¿Cuál es el factor que vuelve rígida e impenetrable una identidad cultural?», se preguntaba: «Yo creo que es indudable que es el factor religioso y más precisamente el monoteísmo» (Corriere del 22 de octubre). Quizá es verdad que ha llegado el momento, como escribía Marcello Pera, de reconocer que el «juguetito histórico de la Iglesia libre en el Estado libre» se ha roto. Y que es necesario superar «las perezas anticlericales y laicistas y las inercias liberales», ahora en ruinas.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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