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Huellas N.10, Noviembre 2005

CULTURA Cataluña

La mentalidad que subyace al Estatut

Toni Deuloufeu

El divorcio entre las preocupaciones del gobierno y de la clase política y las preocupaciones de la población catalana pone de manifiesto que el empeño por aprobar un nuevo Estatuto hunde sus raíces en otros motivos. Mientras se pretende que el estado se haga cada vez más omnipresente, avanza el nihilismo. Reflexiones a partir de la experiencia

El silencio de la población catalana frente al anuncio del nuevo Estatuto ha puesto de manifiesto un divorcio entre las preocupaciones del gobierno y de la clase política y las preocupaciones de la población; fundamentalmente, vivienda; civismo; estabilidad laboral frente a anuncios de cierre de importantes empresas; infraestructuras y obras públicas; la situación del barrio del Carmelo; la violencia en distintos ámbitos sociales; etc. Frente al intenso debate entre los partidos políticos del Parlamento catalán, la población no ha manifestado, espontáneamente, su deseo de un nuevo estatuto.
¿Por qué, entonces, se ha creado la necesidad de un nuevo estatuto?
La queja que más se ha extendido, desde el nacionalismo, entre la población catalana es la de que Cataluña no ha sido bien tratada en la balanza financiera. Pero el tema no es éste. Para entender por qué se ha creado un nuevo Estatuto hay que acudir a tres líneas de argumentación.

La aspiración nacionalista
La primera es la aspiración nacionalista que afirma que Cataluña es una Nación, pues cultural, territorial e históricamente tiene todo aquello que la configura como tal. Ello le confiere el derecho de autodeterminación, la cual sólo será factible si se acumula el máximo poder posible. Esta concepción parte de la idea de que España no es una Nación sino, en todo caso, el acuerdo asimétrico de tres naciones históricas (Euskadi, Cataluña y Galicia) con el resto de regiones que se ubican, cómodamente, en lo que se denomina España, que pasa a ser un estado plurinacional que detenta la fuerza no tanto como nación sino como estado. Esta ideología nacionalista, que cada vez toma más fuerza, prefigura un Estado federal.

El revanchismo de la izquierda
La izquierda, después de los 25 años de transición, reclama aquello que la transición no hizo: el juicio a todo lo que representó el franquismo, su cultura y su movimiento, y cree llegado el momento de poder reclamar lo que representó la ilegítima manera de romper las instituciones de la República. Ahora ha llegado el tiempo de la transición hecha desde la izquierda, a la que se añade el anhelo del laicismo.

El nihilismo dominante
El momento cultural presente es fuertemente nihilista, lo que hace que las palabras posean más seducción que contenido, y así los grandes debates no contienen grandes conceptos, sino discursos que van expresando emociones y sentimientos carentes de significado verdadero. Este nihilismo, muy fuerte en la cultura dominante, entronca con el pensamiento de las nuevas generaciones, lo cual permite a los poderes públicos sentirse promotores de grandes novedades, entendidas como liberadoras, con una hipertrofia de determinados derechos subjetivos (el derecho a la opción sexual, el derecho al matrimonio homosexual, el derecho al propio cuerpo y a las decisiones respecto de la propia vida, lo que abre la puerta de par en par a la eutanasia y al aborto, etc.), mientras el Estado se hace cada vez más omnipresente, ya que, administrativamente, no para de crecer y de regular la vida.

Cree en el enfrentamiento
Ninguna de las tres líneas de fuerza que han generado el Estatut, representa, a mi modo de ver, una forma realista de abrazar la realidad, la vida y el sentido de las cosas. Por lo que respecta a la ideología nacionalista, parte de una interpretación histórica de Cataluña dialéctica, reivindicatoria y revolucionaria, que distorsiona y falta a la realidad. Ello se refleja en el preámbulo del nuevo Estatuto, donde se omite cualquier referencia a las verdaderas raíces y elementos constitutivos de Cataluña. Resumiendo, diría que el nuevo Estatuto cree en el enfrentamiento, interpreta desde el enfrentamiento y genera enfrentamiento.
Además no puede actuarse sin tener en cuenta la novedad política que supuso la Constitución de 1978, que no puede quedar reducida a un mero documento. Son necesarias razones de mucho peso para poner en crisis un espacio común como es la Constitución.

Pensamiento Zapateril
En cuanto al deseo de la izquierda, dada la supuesta madurez de los tiempos, de iniciar un juicio al franquismo, es obvio que el juicio histórico reclama la capacidad de autocrítica respecto de todo, no sólo de un aspecto: de la República, de la guerra y de la posguerra, del franquismo, del marxismo y del nacionalismo. Si es necesaria una revisión, ésta ha de estar presidida por el sentido de reconciliación y por el deseo de un mejor futuro.
Desde este reclamo idealista, y como miembro de la Iglesia, considero fundamental que no se utilice el laicismo y la crítica sistemática a la Iglesia para dar oxígeno al deseo de realizar la transición de la izquierda. No es muy comprensible hablar de encuentro de culturas, pretender universalmente la alianza de civilizaciones y resucitar internamente un laicismo virulento contra la Iglesia. En nombre de este laicismo se está recortando, por ejemplo, la libertad en un ámbito tan importante como el de la enseñanza.

Si la duda está en ser
De todos modos, a lo que hemos de estar más atentos es al mayor peligro al que nos enfrentamos, el nihilismo. La falta de sentido de las cosas debilita a una juventud que no acaba de encontrar el horizonte ni el porqué de lo que hace, quiere hacer o debe hacer. La pregunta por el sentido está absolutamente desprestigiada ¿se puede proponer libertad a quien cree que la libertad no es posible? ¿Qué significa ser catalán o español, si la duda está en ser? Si el Estatut, en esta hora nihilista, es incapaz de tener contenidos, la multiplicación de artículos no hace más estatuto, hace más estatalismo y recorta muchas libertades. Es obvio que este exceso de nihilismo y de “administración” debilitan a la sociedad civil que nada dice del nuevo Estatuto, tal vez porque hemos conseguido que aquella sociedad capaz de generar un gran movimiento a favor de la cultura catalana, como fue la Renaixença, tenga hoy, incluso, problemas de supervivencia; tal vez porque se vive dependiendo en exceso del gobierno de la Generalitat y la única posibilidad de vivir parece provenir del mantenimiento de los poderes gubernamentales, haciéndonos más dependientes de una administración que se va engrandeciendo. Si a esta realidad le añadimos la dificultad que tienen las generaciones más jóvenes para tener la fuerza y el coraje necesarios para dirigir la sociedad civil asociativa y cultural, tenemos una sociedad muy adormecida, muy dependiente de la presión administrativa autonómica y con muy poca capacidad de opinión propia.

Un par de ejemplos
Podríamos ilustrarlo con unos ejemplos: cuando el presidente de la Generalitat da a entender, de una manera subliminal, una cierta corrupción sistemática (el famoso 3%), no aparece el interés investigador, sino que se busca el silencio; o bien, cuando percibimos, en el nuevo Estatuto, el intervencionismo de la administración, incluso en el ámbito del voluntariado, no podemos esperar un exceso de realismo y de juicio propio y, cuando este estado de adormecimiento llega hasta los medios de comunicación, que sobreviven gracias a las subvenciones, entonces, para saber lo que piensa el pueblo es necesario prestar atención y escuchar en los ámbitos más sorprendentes, los que afectan a la vida cotidiana, los lugares de encuentro (el metro, el barbero, el bar, la plaza…). La afirmación de aquello que somos no puede estar en manos de una cultura que debilita el ser de las cosas. Un nuevo Estatuto desde esta cultura no hace más cultura catalana, sino más administración catalanista.


BOX
LIBERTAD PARA CONSTRUIR
¿Qué tiene que ver el Estatut con el pueblo catalán? ¿Qué tiene que ver con nuestras preocupaciones? Esperábamos respuestas, y nos hemos encontrado con un manual al servicio del intervencionismo estatal. Ciertamente pocos pedían un nuevo Estatut, a diferencia de lo que ocurría en 1979, pero muchos pedían «respuestas a las necesidades reales de la sociedad», como han dicho nuestros obispos.
Los catalanes somos un pueblo emprendedor, con ganas de construir y con iniciativa, y por ello siempre esperamos que el poder facilite esta tarea de construcción de la sociedad y desarrollo humano de todos. Un Estatut que no sirva a esta tradición no sirve a Cataluña.
Porque Cataluña tiene una tradición cristiana: en la familia, en la educación, en la acción económica y social, en el modo de entender la vida y su significado. Su historia no está definida por el enfrentamiento, como pretende el preámbulo, que omite toda referencia a sus antiguas raíces («Arrels cristianes de Catalunya», documento de los obispos de la Tarraconense) y por el contrario exalta los momentos de enfrentamiento. El nihilismo, el laicismo y el intervencionismo estatal no han contribuido nunca al desarrollo pacífico de nuestra historia; es más, en Cataluña los hemos combatido muchas veces, defendiendo un patrimonio común con el resto de España.
Por ello, pensamos que el Estatut debe ser ante todo un marco para construir la convivencia, y no para crear barreras. Los que lideran esta noble tarea deberían estar especialmente atentos a la realidad y a la dignidad de la persona, por encima de ideologías y proyectos personales o de partido.
Libertad para construir. Y sólo construye quien afirma un significado verdadero para la vida humana, para la sociedad, para la escuela, para la empresa, para la familia, para expresarse. La libertad está tan profundamente ligada al misterio del hombre que en cualquier circunstancia puede vivirse, aún en sociedades dominadas por poderes y culturas políticas que «al prescindir de Dios se vuelven contra el hombre» (Benedicto XVI).
Porque ninguna forma de estado puede usurpar el ámbito propio de la libertad. Pero tampoco puede pretender dirigirla ni codificarla. No hay que tener miedo a la libertad. Hay que aceptar lo que los catalanes somos realmente, y no lo que ideológicamente quieren algunos que seamos. Cataluña sólo será ella misma si hay libertad para construir.
Comunión y Liberación
Barcelona, 31 de octubre de 2005

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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